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viernes 15 de enero de 2021
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Sobre el fin de «Basta de todo»

Los ciclos biológicos de la radio duran unos diez años. Antes de ese tiempo prudencial, no alcanza para consolidar eso que llamamos una mística; luego de ese límite, las cosas se empiezan a deshilachar. Crecí escuchando la Rock and Pop de los años 90. Guardo todavía un cassette de la noche del primer concierto de los Rolling Stones en River, en el 95; a pesar de que el propio dueño de la emisora había traído a la banda, la entonces 106.3 no tenía la autorización para transmitir el concierto, asi que pasaban temas de los discos mientras, cada media hora, salían al aire los conductores desde el estadio, cada vez un poco más drogados, como juglares que traían noticias de un reino lejano. Yo era muy chico para ir pero sentía, con la radio pegada al oído, que estaba siendo parte de algo verdaderamente importante, y supongo que si la radio sirve para algo, es para eso. Me acuerdo que, cuando empezó a sonar “Sympathy for the devil”, el Ruso Verea pidió aire y dijo que, ahora sí, se iba a fumar un “conogol”. Mediados de los años 90: la Rock and Pop era el cenit de la juventud, la contracultura, el desparpajo, la libertad. ¿Cuándo se empezó a joder del todo?

Radio Metro llegó, por diseño o por azar, para relevar un poco ese espacio vacante. Basta de todo se emitió por primera vez el 19 de marzo de 2001 y no fue un clásico instantáneo. Al principio estaba Matías Martin solo, contestando mensajes de la gente que migraba muy lentamente de una Rock and Pop en decadencia a una Metro incipiente. Era como un enfermero de la cruz roja que iba recibiendo refugiados con una manta y un vaso de bebida caliente; tenía una palabra amable para cada uno, y esa fue una especie de ceremonia de apertura que duró uno o dos años. En ese lapso gestacional, desembarcó Perros de la calle y de a poco se fue consolidando la grilla. El cambio de época era general y las radios son también válvulas sociales que absorben y retransmiten el humor colectivo. Metro nació con el colapso nacional del 2001 y es la radio de la reconstrucción, del primer kirchnerismo. Sus figuras centrales venían de la Rock and Pop pero en el traspaso soltaron el cinismo y ganaron empatía: la Metro era una radio que escuchaba a los oyentes, que no los boludeaba (bueno, a veces sí) y sobre todo que los contenía. Así se creó un sentimiento comunitario, de pertenencia muy fuerte: en mi circulo de amigos, gente de 20 años de clase media de barrios acomodados, todos escuchaban la 95.1. Si los conductores de la Rock and Pop de los 90 tenían algo “inalcanzable” –era como estrellas de rock con un micrófono, y generaban más idolatría que identificación–, el modelo Metro era el del amigo, el del primo. Esa fue la contraseña: si Rock and Pop era la radio de los que estaban en contra de algo –de los padres, resumiendo–, Metro vino a decir que “el amor vence al odio”, por usar una consigna de época.

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