domingo 23 de septiembre

Sobre la constitucionalidad de la legalización del aborto

N° 78.651. ¿Por qué empezar estas breves reflexiones con este número? Se trata de un pequeño homenaje a una mujer, Simone Weil, a un año de su muerte en Francia, cuando su cuerpo fue llevado al Panteón. Ese cuerpo, que hasta el último día de vida tuvo grabado el número de prisionera de un campo de concentración nazi, descansa junto a las personas a las cuales la patria francesa “les está reconocida”. Fuera y dentro de Francia, bien se ha dicho, Simone Weil, encarna tres momentos decisivos en la historia del siglo XX: (i) el Holocausto (por eso el recuerdo doloroso de este número); (ii) los derechos de las mujeres; (iii) la integración europea (fue la primera mujer en la presidencia del Parlamento Europeo, elegida, por primera vez, mediante sufragio universal). Su lucha por la liberación de la mujer se mostró sin tapujos cuando logró que se tuviera acceso libre a los anticonceptivos (1972), y alcanzó la cumbre cuando siendo Ministra de Salud llevó adelante la ley de despenalización del aborto (1975). La llamada “causa de las mujeres”, explicó su esposo Antoine Weil fue, en definitiva, la “causa de la humanidad”, porque ella no propuso una ley a favor del aborto sino que, dada la multitud de abortos salvajes y la devastación que de ellos resultaba, la ley “favoreció que no se pusiera en peligro la vida ni la salud de las mujeres”. Claro está, hace más de cuarenta años, también durante un gobierno “de derecha” que permitió plantear el debate, ella vivió escenas que hoy se repiten en la Argentina: médicos que gritan que no cumplirán la ley, o que lo harán sin anestesia (aunque el texto admite la objeción de conciencia); abogados que anuncian profusión de acciones judiciales; amenazas antisemitas; se la acusó de querer resucitar los hornos del nazismo; se la mandó a escuchar el corazón de un feto, etc. Nada nuevo ni diferente a lo que hoy se profiere con punzante intención descalificadora desde el sector “indignado” de la sociedad que dice estar a favor de la vida. Pero Simone Weil no temió a los fundamentalistas ni transó con la hipocresía; lo único que le interesaba era que la ley fuera sancionada y lo logró.


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