Sobre la economía repugnante del 2×1

El término economía repugnante fue acuñado recientemente a partir de los trabajos del Premio Nobel de Economía Alvin Roth, quien el año pasado visitó la reunión anual de la Asociación Argentina de Economía Política en Tucumán. Roth usó ese término para referirse a intercambios de órganos humanos en donde la compra-venta de órganos choca con la repugnancia moral para la sociedad de aceptar esos intercambios. Pero el término intercambios o trueques repugnantes tiene un vínculo más lejano y de hecho subyace con crudeza y frialdad en la fábula que muestra al filósofo Bernard Shaw en un diálogo con una mujer de la calle. En ese diálogo el filósofo irlandés le pregunta a la mujer si dormiría con él por una cifra de dinero muy alta y la mujer le responde que sí. Y a continuación le pregunta si dormiría con él por una moneda y la mujer reacciona recriminándole si él cree que ella es una prostituta. «Eso ya fue demostrado antes, ahora estamos discutiendo el precio», le responde el filósofo. En la jerga de la economía, al aceptar poner un precio a una transacción anterior queda revelado que existe una tasa de sustitución entre el pago en dinero y el bien en cuestión. A partir de ahí el filósofo lo único que estaba haciendo era calibrar la tasa marginal o de indiferencia exacta entre el dinero y el bien. Esto ocurre entre partes privadas de un trueque o transacción monetaria independientemente de la repugnancia moral que el resto de la sociedad tenga respecto del intercambio o trueque en cuestión. La ciencia económica no resuelve esto, claro está. Pero sí reconoce que existen valores (llamados de existencia o fundamentales) que no tienen un precio o valor monetario de contrapartida y la negativa de la sociedad de aceptar que exista un precio equivale a decir que no hay trueque o intercambio posible. Si uno adhiere a esa posición, entonces mejor evitar hablar de precios para esa amplia gama de valores.