jueves 19 de mayo de 2022
Cursos de periodismo

Sobre mostrar y esconder todo en el mismo acto

Cuando era chica a veces leía los libros que me gustaban como si fueran series, no en orden o enteros sino yendo a buscar mis capítulos preferidos, mi capítulo preferido del momento. Durante un tiempo que recuerdo como largo (no sé si fueron meses o años, o quizás incluso semanas; el tiempo a esa edad se siente tan grande como todo lo que no es una misma), mi capítulo favorito de Mujercitas fue “Feria de vanidades”. Lo tengo bastante claro en la memoria, aunque algunos nombres se me van o se me mezclan: el asunto era que Meg, la mayor de las hermanas March, se iba a pasar unos días a la casa de una amiga de plata, Moffat creo que se llamaba la familia, y se iba con dos vestidos, uno muy de día que era de poplín y uno más de noche, de tartán blanco (cada uno recuerda los detalles que recuerda). La cosa es que una vez que llegaba ahí se daba cuenta de que su ropa estaba muy por debajo de la ocasión (me acuerdo también del paraguas, que le había pedido a la madre que le consiguiera uno blanco y negro y le compró uno verde y amarillo) y empezaba a usar el vestido de tartán para las ocasiones informales, porque el de poplín no daba ni para eso, y finalmente dejaba que le prestaran uno elegantísimo y escotado para la fiesta más importante de la estadía. También dejaba que la maquillaran, tomaba champagne y flirteaba con los caballeros; y justo cuando se estaba sintiendo la luz más rutilante de la alta sociedad aparecía Laurie, el vecino amigo de las March, y la descubría haciéndose la linda de una manera que a su familia la avergonzaría profundamente. Todo termina, como suele pasar en Mujercitas, con una lección moral sobre la tristeza de la banalidad y el valor profundo de la sencillez; por supuesto, esa era la parte que menos me interesaba del asunto.

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