lunes 18 de febrero

Soy viejoven

Hace poco volví a la casa donde viví hasta los veintitrés años. Fue en 1999 y apenas había vuelto. Abrí algún cajón, con poco ánimo de revolver. Había entradas de teatro, de cine, billetes de metro de por ahí. No recordaba haber visto algunas de esas obras o películas, ni por supuesto de qué iban. Había también fotos malas de un viaje a un campo de trabajo en Estados Unidos en papel de Fotoprix.

Los recuerdos son vagos pero mi impresión era que no había pasado tanto tiempo. En las estanterías había libros que ahora no leería y me sorprendo de haber comprado. Son sobre todo novelas y muchas no habrán aguantado ni siquiera estos veinte años de historia. Pero leí algunos y me sirvieron para aprender de la vida de otros. Para eso usé las novelas.


Josep Pla dijo en una entrevista en 1965 con Salvador Pániker que «un hombre que después de los cuarenta años aún lee novelas es un puro cretino». Pla tenía sesenta y ocho años. Quizá había seguido su propia opinión. En algo tenía razón: a los cuarenta años es menos necesario querer meterse en cómo lo hacen los demás. Ya no hay tiempo de grandes retoques —eres como eres— y el criterio particular está más formado —eres así en el fondo por decisiones propias—.