jueves 9 de diciembre de 2021
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Stanislav Petrov, el hombre que sí salvó al mundo

Dicen que el mundo nunca estuvo tan cerca de desaparecer como aquel día. Aquel día el presidente Reagan arengaba contra los comunistas en la ONU, Francia seguía vetando la entrada de España en Europa, los dictadores argentinos se autoamnistiaban y Simon & Garfunkel se despedían para siempre. Aquel día un centro comercial estaba por inaugurarse en La Vaguada y se temían ataques terroristas; la nueva ley de educación socialista, que aminoraba la religión en los colegios, era atacada por obispos y populares coaligados.

Aquel día, 26 de septiembre de 1983, Stanislav Petrov tenía 44 y era un teniente coronel del ejército soviético a cargo del Centro de Detección de Ataques Nucleares de la URSS. Desde ese búnker operaba la inmensa red de radares, satélites, técnicos, analistas que intentaban proteger su territorio de los misiles atómicos norteamericanos. Aquella medianoche el centro se sacudió con una alarma: los ordenadores habían detectado uno que volaba hacia Rusia a 24.000 kilómetros por hora. Petrov pidió que se lo confirmaran; los ordenadores insistían, pero los satélites de observación no lo veían. Petrov creyó —eran otros tiempos— que las máquinas y sus algoritmos podían equivocarse. Decidió esperar; en los cinco minutos siguientes saltaron cuatro alarmas más. Uno solo de esos misiles tenía —tiene— el doble de poder explosivo que todas las bombas de la Segunda Guerra.

Debe ser tan extraño pensar que uno tiene el destino del mundo en sus manos. Si Petrov seguía el protocolo y alertaba a sus superiores, en minutos cientos de misiles rusos volarían hacia territorio americano. En una hora la guerra nuclear habría matado a docenas de millones; Petrov esperó. Los ordenadores ratificaban, pero no había confirmación visual. Debe ser tan extraño saber que si uno toma la decisión equivocada lo pagará la humanidad.

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