Teoría del cascoteador urbano

Hoy entré en la movilización desde la 9 de Julio, acompañé por el costado la extensísima y colorida columna de organizaciones sindicales, políticas y sociales y disfruté, a lo largo de Avenida de Mayo, la alegría de reconocerse con tanta gente, juntos en una protesta que difícilmente iba a terminar bien. Hasta que llegué a destino, el Congreso de la Nación. Mi objetivo era plantarme ante el vallado que cercaba el Parlamento y presenciar el inicio de los más que obvios desmanes que iban a cerrar la jornada. Acudí con una ilusión adicional: tratar de comprender la psicología del cascoteador urbano. Ya en la zona detecté alrededor a los primeros amigos de la capucha –con trapos enroscados muy profesionalmente, sin ninguna identificación política, social o sindical– que empezaron a lanzar piedras en dirección a la pared policial. La distancia que separaba al cascoteador de la policía no volvía a su arma peligrosa, la curva de la trayectoria de algunos piedrazos, incluso, permitían predecir el punto de caída, posibilitando al objetivo desplazarse sin mucha incomodidad. Desde luego, la futilidad del ataque no es la única razón que vuelve al cascoteo un sinsentido evidente.

Me acerqué a uno de los encapuchados. Me costó romper el hielo, nunca es fácil intentar una conversación con una persona con el rostro cubierto.