domingo 23 de septiembre

Think tanks, la diplomacia de las ideas

El poder y las ideas siempre han sido dos caras de una misma moneda. Joseph Nye recordaba este principio en un artículo para Foreign Affairs, al señalar que todos los grandes imperios de la Historia se han caracterizado por tener en común al menos dos elementos: el poder de sus tropas y el poder de atracción de su civilización. El caso paradigmático es el Imperio romano; según Nye, no podría haber perdurado tantos siglos si, además de dominar militarmente sus territorios, no hubiese gozado de una capacidad de atracción cultural que le permitiese reforzar la legitimidad de su poder. La ecuación, por tanto, es clara: las ideas crean y legitiman el poder.

En el corazón de esta relación de complementariedad se encuentra la antesala de lo que hoy entendemos por think tank o ‘laboratorio de ideas’. Resulta interesante rastrear en este sentido el antecedente en el ámbito castrense de estos centros de producción de análisis, políticas y pensamiento internacional, lo cual no deja de ser un buen indicativo de que poder e ideas, dominio militar e intelectual, es uno de los binomios más interdependientes y simbióticos de las relaciones internacionales. No en vano, aunque se suele situar el antecedente de los think tanks en el nacimiento de iniciativas sindicalistas como la Sociedad Fabiana en la Inglaterra decimonónica o en la aparición de centros corporativos filantrópicos e instituciones como la Institución Brookings en EE. UU., su popularización en su concepción moderna se produjo eminentemente al calor de la Segunda Guerra Mundial.


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