miércoles 18 de mayo de 2022
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¿Tiene sentido enseñar gastronomía en los colegios?

“Mejor que dar pescado es enseñar a pescar”, reza un antiguo y conocido proverbio. Cuando se habla de educación alimentaria, la frase cobra un sentido casi literal. En tiempos en que los gobiernos se esfuerzan por sacar la comida chatarra de las escuelas e incorporar opciones saludables en los comedores y kioscos, todavía son pocos los que se detienen a mirar más allá y abordar el fondo del problema. Ofrecer alimentos nutritivos ya es, por cierto, mejor que no hacerlo y dejar librado a los caprichos de la industria (con sus gaseosas, alfajores y hamburguesas de cadena) el almuerzo o la merienda de los alumnos. Pero los expertos coinciden en que no basta con eso: para fomentar hábitos positivos y duraderos en la mesa, además de proveerles mejor comida hay que enseñarles a comer mejor.

Mientras en los hogares cada vez se cocina menos y se consumen más alimentos procesados en detrimento de los frescos, una generación de analfabetos nutricionales urbanos llega a la adolescencia con el paladar moldeado por el mercado, desconectada por completo del proceso de producción y sin las mínimas herramientas para leer (y descifrar) una etiqueta en la góndola, preparar un plato básico o planificar su dieta cotidiana con ingredientes variados y equilibrados. Frente a este panorama, y en línea con una corriente pedagógica que alienta a acercar el aula a la vida cotidiana y a las necesidades prácticas, cada vez más voces —siempre tan preocupadas por inculcar fechas patrias o teoremas matemáticos— se alzan para reclamar que las currículas escolares incorporen asignaturas o talleres obligatorios de educación alimentaria.

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