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jueves 22 de octubre de 2020
Periodismo . com

Transirán

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Irán es el primer país del mundo junto con Tailandia en cuanto a operaciones de reasignación de sexo, lo que resulta sorprendente dada la persecución estatal de orientaciones sexuales no normativas. A pesar de ello, bajo la promesa de diversidad se esconde una terrible persecución en la que el quirófano se vuelve una prisión para el ciudadano que no se ajusta a la norma de género.

“En Irán no tenemos homosexuales”. Con esta frase, el expresidente iraní Mahmoud Ahmadinejad negaba las acusaciones de ejecuciones en su país por razón de identidad sexual. Dicha afirmación ­—falsa, ya que Irán ha ejecutado en numerosas ocasiones basándose en la sexualidad— muestra la complicada realidad para muchos ciudadanos no heterosexuales. Tristemente, el país no supone una excepción al compararlo con sus vecinos, como Arabia Saudita o Irak, cuya región —Oriente Próximo— es un verdadero infierno para miembros del colectivo LGB —lesbianas, gays y bisexuales—.

A pesar de esta persecución a las orientaciones sexuales no normativas, la perspectiva regional difiere en lo relativo a la identidad de género; de hecho, Irán es el país donde más operaciones de reasignación de sexo se realizan en el mundo, al mismo nivel que Tailandia. Esta defensa de unos derechos en detrimento de otros no se debe a razones puramente teológicas —Irán es el único país musulmán que acepta la transexualidad—, sino a motivos más terrenales: la inquebrantable voluntad de una mujer trans —persona nacida con anatomía masculina que se identifica con el género femenino— que consiguió convencer al mismísimo ayatolá Jomeini.

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