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viernes 23 de octubre de 2020
Periodismo . com

Tras el represor de Rodolfo Walsh

Sus tres hijas y su mujer duermen. Él no. Es 14 de mayo de 2020 y Ezequiel Rochistein da vueltas en la cama. Está nervioso, tenso. Piensa que es normal, que cualquiera en su lugar lo estaría. Vive en una casa de dos pisos en Ituzaingó, un municipio de la zona oeste del conurbano bonaerense, los suburbios de la Ciudad de Buenos Aires. Es una casa que construyó en varios tiempos, en momentos en los que hubo plata. En pocas horas, este argentino de 42 años, estatura mediana, pelo castaño, al que de niño le decían “el polaco”, tiene que volar a la frontera con Brasil.

El despertador suena y trata de hacer el menor ruido posible para que su mujer no se inmute. Pero ella también se despierta porque está preocupada. No sabe qué misión le fue encomendada esta vez a su marido. En realidad nunca lo sabe. Es un pacto tácito: él no cuenta, ella no pregunta. Pero ahora es diferente. Brasil es el país con más casos de coronavirus en la región y en el mundo. Solo hasta ese día, se registran quince mil muertes y más de 200 mil contagios.

La Argentina, para entonces, está en cuarentena desde hace casi dos meses, cuando el 19 de marzo del 2020 el gobierno argentino decretó el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio en todo el país por la pandemia del coronavirus. De esta medida quedaron exceptuadas las personas que cumplen tareas esenciales: trabajadores de la salud, de la alimentación, funcionarios públicos. Ezequiel clasifica en esta última categoría. Desde el 10 de diciembre de 2019 es director nacional de Investigación Criminal del Ministerio de Seguridad. A él no lo preocupa demasiado el coronavirus. O mejor: es una preocupación secundaria.

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