Trump se merece su muro

Junto al amargo pastel de su segundo aniversario en la Casa Blanca, la propuesta más emblemática de Donald Trump —un muro que separe su ario Estados Unidos de la marrón América Latina— se parece más a un montoncillo de escombros que a un paredón.

En los últimos días, el hombre que llegó a la presidencia al promocionar su maestría para cerrar tratos demostró las suposiciones: que es un negociador muy malo. Su primer intento de forzar a los demócratas a darle miles de millones de dólares para amurallar a México acabó en la paralización del gobierno y en el cierre de administración más largo de la historia estadounidense. Los siguientes intentos de presionar —incluido un viaje a la frontera— también fracasaron.


Tal vez sea el momento de que tanto daño sea reparado: construyamos el muro de Trump. Pero no frente a México: alrededor de Trump. Construir un gran, bello, alto muro que contenga y controle sus devaneos de aprendiz de zar. Es una reversión del campo semántico: que el muro que Trump busca construir a lo largo de la frontera con México acabe rodeando su propio comportamiento fronterizo.