lunes 28 de noviembre de 2022
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“Tu canción es una basura”: así juzgamos la música por motivos que nada tienen que ver con la calidad

De la nueva canción de P!nk, Never Gonna Not Dance Again, compuesta por el titán sueco Max Martin (el productor y compositor contemporáneo más exitoso, con 25 números uno en EE UU), no se ha dicho nada bueno. “Sin vida”, “genérica”, “trágica”, “horrible”, se lee en la web especializada en pop más respetada, PopJustice. Cierto, es blanda e inofensiva, pero también pegadiza. En realidad se podría defender que es lo que la mayoría del público busca en la música pop. De ahí surge la pregunta: ¿por qué se consideran “malas” a canciones que cumplen su función, que satisfacen al público al que se dirigen? Hay elementos comunes a la hora de recibir ese sambenito: letras exageradamente sentimentales (o demasiado obvias, o demasiado crípticas) y melodías que, cuando son muy pegadizas o empalagosas, dejan ver sus costuras.

Pink publicará disco nuevo el próximo febrero. Pablo Alborán lo hará dentro de muy poco (La cuarta hoja, el 2 de diciembre, a tiempo para la campaña navideña). Ambos son ejemplos de fenómenos de masas que dejan fría a la crítica. Marta España, musicóloga, crítica musical y líder de su propio proyecto musical, Marta Movidas, subraya la influencia que el “factor identitario” de la música ejerce en el modo en que la valoramos. “Un individuo se define a sí mismo, muchas veces, por la música que consume pero también por la que públicamente decide no consumir”, explica. “Con ello pone de manifiesto los ideales, valores y comportamientos ligados a un género que comparte. Muchas veces catalogamos una canción (y un artista) por lo que representa para una sociedad, aunque sea de forma inconsciente, y eso hace que te guste o no”.

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