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sábado 16 de octubre de 2021
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Un jefe de gabinete para el desierto albertista

Casi nada tan “hijo de la democracia” como la jefatura de gabinete. Revisás los nombres propios y se arma el mapa, el lado b del poder político. El “cargo” nació en las aspiraciones sublimes de la Constitución de 1994, el super bowl de una clase política nacida en 1983. Y nació con ese perfume: “hagamos el Estado de vuelta”. Los archivos de esa Constituyente dejan ver el cantón criollo: Alfonsín, Alasino, Chacho, Graciela, Cristina, incluso Rico. Nunca tan democrática la democracia: estaban todos.

Esa nueva Constitución parió al Jefe de Gabinete de Ministros. Un cargo solemne que devino en una figura recurrente: es el ministro que todos aman odiar. La experiencia dice que –en principio– funcionan como el “permitido” de la crítica interna, la infracción sin sanción, el fusible. El jefe sin votos. Un vaso de agua y una crítica a un jefe de gabinete no se le niegan a nadie. El año pasado hubo una reunión virtual de ex JGM por los 25 años de la reforma. Sergio Massa, en un video grabado, dijo su verdad: “Termina siendo el ministro de las malas noticias. Cada ministro cuando tiene una buena noticia va al presidente y cuando tiene una mala noticia va al jefe de gabinete”. Pispiemos “estadísticas”.

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