Un peronismo no escrito para el tiempo de lo inestable

Desde hoy, Alberto Fernández deberá resolver el desafío más alto que puede asumir un político: inscribir de manera virtuosa su nombre en una época. El Presidente que nadie había imaginado, salvo sus íntimos y Cristina Fernández, enfrentará una montaña de asignaturas entre las que se imponen la herencia económica y la fortaleza política. Fernández llega al poder después del fracaso aplastante de Mauricio Macri en el terreno en el que, según decía, todo iba a resultarle muy fácil. Pero no puede descansar en culpar al derrotado y, para dejarlo atrás, debe hacerse cargo de sus facturas impagas.

La era que comienza en este diciembre no debería parecerse demasiado al pasado. La sociedad de los Fernández no aparece con la virginidad de los debutantes ni representa una esperanza completa. El tiempo del que disponen no es comparable al de un recién llegado porque vienen, de un modo más o menos dicho, a proyectar el tercer capítulo del kirchnerismo y reparar una obra entre fallida e inconclusa. Su mayor activo, la experiencia de gobierno, es justo para sus rivales la principal prueba que los incrimina. Tienen una mayoría circunstancial y un apoyo condicional que precisan transformar en un crédito mayor con inteligencia, decisiones, gestos y resultados de corto y mediano plazo.