martes 18 de diciembre

Un truco matemático para acabar con las colas en los grandes museos

El turismo de masas y las huestes del palo selfie han transformado la manera de visitar el mundo. Y también, por supuesto, las prioridades de los museos. La revolución, la modernidad, ya no pasa tanto por innovar en el relato de la ordenación de las colecciones, como en los años noventa, sino por algo tan prosaico como la mejora de una experiencia masificada y cada vez más insoportable. La Galería de los Uffizi en Florencia es casi tan famosa por sus obras de Botticelli y Leonardo como por sus colas. Lo mismo le sucede a los Museos Vaticanos en Roma y a tantos otros centros culturales, convertidos en una tortura emocional y climatológica cuando toca esperar más de dos horas a la intemperie. La vida, piensan ahora en Florencia, es demasiado corta para consumirla en una cola.

Cuando Eike Schmidt (Friburgo, 1969) aterrizó en 2015 en los Uffizi, el museo más visitado de Italia (3,4 millones al año), decidió dedicar parte de su esfuerzo a cuestiones del entorno artístico. Era el primer director extranjero de la historia del museo, que no tenía ni página web, y vivía de su leyenda. Primero estableció un sistema variable de tarifas. La temporada alta y la baja no podían costar lo mismo. Eso ayudó. Luego, reordenó la colección e hizo las reformas para regular los flujos de visitantes, a menudo, colapsados delante de obras como La Primavera de Botticelli o la Venus de Urbino de Tiziano. Pero quedaba la peor propaganda que se hacía a sí misma.


El pasado domingo se probó por primera vez un sistema basado en un algoritmo que recoge información científica —como el tiempo de visita medio, la capacidad de las salas, la época del año y la comparativa histórica…— y social. Este apartado es el que le confiere viveza a la máquina, ya que basa su predicción de espera en asuntos como la meteorología, el impacto de determinadas exposiciones temporales o el perfil de los visitantes.

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