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martes 26 de enero de 2021
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Vacunas, la importancia de un buen nombre

El lunes 21 de diciembre la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) al fin le dio luz verde: recomendó la autorización de la vacuna contra el coronavirus desarrollada por la pequeña empresa biotecnológica alemana BioNTech junto al gigante farmacéutico Pfizer. Fue nueve días después de que su contraparte estadounidense, la FDA, hiciera exactamente lo mismo.

En ambos casos, se trató de un momento histórico: nunca antes una vacuna experimental había atravesado con éxito las fases de los ensayos clínicos ni había sido autorizada para su uso de emergencia en tan poco tiempo.

El anuncio propició el arranque de la vacunación europea. “Es el comienzo del fin”, titularon varios medios. Pero hubo un detalle burocrático que muchos pasaron por alto. Ni lo advirtieron. En la ficha técnica y demás documentos que describían tanto la composición química, forma de administración, contraindicaciones, reacciones adversas posibles y eficacia de este producto biológico, un secreto conocido solo por unos pocos en el mundo durante meses era revelado: su verdadero nombre.

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