martes 16 de octubre

Venezuela: “Cómo me afectó la hiperinflación”

Cuando tenía 10 años, en la década de los ochenta en Brasil, mi trabajo consistía en correr por los pasillos del supermercado para rebasar a unos adultos que, armados con máquinas etiquetadoras tan grandes que daban risa, deambulaban por todo el lugar dedicados a subir los precios a lo largo del día. Como era bueno para las matemáticas, mi mamá me daba el dinero que podíamos gastar en las compras de la despensa cada mes y yo corría por todo el supermercado para llenar el carrito. Como no tenía que detenerme a teclear los precios en una calculadora, ahorraba tiempo valioso para evadir a los etiquetadores.

Este ciclo se repetía el día 5 de todos los meses, la fecha en la que la mayoría de los brasileños que tenían un trabajo fijo recibían su sueldo mensual. Los empleados públicos gozaban de más privilegios y recibían pagos quincenales, así que los envidiábamos porque podían comprar cuando los supermercados no estaban abarrotados de familias ansiosas.


Quizás por ello no fue una gran sorpresa que haya decidido ser economista: desde entonces, debía elegir suficientes alimentos para todo el mes con un presupuesto reducido. Debía pelear con mis dos hermanos por los mejores productos —como el bote de dos litros de helado o la botella de refresco— que desaparecían casi de inmediato al llegar a casa. Ese era el escenario recurrente hasta que Brasil finalmente superó la hiperinflación en 1994.

Ahora que Venezuela se hunde en la hiperinflación se han visto fotografías que muestran cómo la gente paga provisiones simples con pilas enormes de dinero. Las reacciones al plan reciente del gobierno de eliminar cinco ceros de la moneda variaron desde la burla hasta el desconcierto. Teníamos la idea de que la hiperinflación era una especie de enfermedad exótica que casi había desaparecido; pero, al parecer, en algunas ocasiones los gobiernos hacen todo lo posible para empeorar la vida de sus ciudadanos.

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