Viajar a Marte sin salir de la cama

En las oscuras profundidades del espacio, el astronauta Roy McBride (Brad Pitt) bordea la locura. Su mente se resquebraja mientras se dirige hacia los confines del sistema solar en busca de su padre. El más completo aislamiento y la ingravidez lo golpean tanto dentro como fuera de su cuerpo. Se desmorona. De ser un hombre estoico y decidido pasa a ser un individuo errático y aterrorizado.

Solo las 571 personas que han visto la Tierra desde afuera comprenden los síntomas del protagonista de la película Ad Astra. “Ahora estoy solo, verdaderamente solo y absolutamente aislado de cualquier vida conocida”, pensó el estadounidense Michael Collins en el módulo de comando de la misión Apolo 11 mientras sus compatriotas Buzz Aldrin y Neil Armstrong aterrizaban en la superficie de la Luna en 1969 y se convertían en héroes.


Ruth Hemmersbach nunca viajó al espacio, pero conoce de cerca el impacto de la microgravedad en los procesos y organismos biológicos. En el Instituto de Medicina Aeroespacial del Centro Aeroespacial Alemán (DLR) en la ciudad de Colonia, esta biomédica dirige un batallón de psicólogos, enfermeras, fisioterapeutas, científicos deportivos, nutricionistas, oftalmólogos y demás investigadores que buscan comprender cómo un viaje largo a la Luna o Marte podría llegar a repercutir en los cuerpos y mentes de los astronautas y qué medidas se deberían tomar para contrarrestar tales adversidades.