Volver a la Plaza

El sol raja las piedras, pero no importa. El calor aprieta, es una frazada de cactus en el cemento hirviente de la Plaza, pero no importa. El humo de las parrillas flota sobre todo e importa menos todavía: bastó que se abrieran las puertas del subte para percibir el aroma a encuentro peronista, orgullosamente choripanero. Para subir los escalones de dos en dos, ansiedad de llegar. Ayer nomás fuimos a esa Plaza a despedir a Cristina. Pasaron cuatro años de devastación que se hicieron eternos. Pero terminaron. Vamos a la Plaza otra vez. No importa nada.

Seguir el discurso inaugural de Alberto Fernández desde allí le agrega épica a un texto que de por sí tuvo lo suyo. Pero hay explosiones anteriores. Basta que aparezcan Alberto & Cristina en las pantallas para que un rugido cruce la Plaza. El rugido se convierte en silbidos y palabras soeces cuando aparece el Presidente saliente, de pronto reaparece el #MMLPQTP que signó tantos días de resistencia. Pero enseguida vuelve el grito popular, el salto, el aplauso cerrado, cuando ocurre lo que ya la tarde anterior esperaban varios grupos de vigilia en el lugar. Alberto con la banda argentina en el pecho. Alberto Presidente. La Plaza es un mar de dedos en V. El minuto de puteadas al que se va es nada al lado de una jornada de sonrisa pegada al rostro por lo que viene.