Y en 2020, seguiremos leyendo televisión

La década que enfila su final convirtió a George R.R. Martin en uno de los autores mejor pagados del mundo, gracias a cierta saga de fantasía con dragones que empezó a escribir en los noventa; transformó a Margaret Atwood, tres veces ganadora del Booker y eterna candidata al Nobel, en un fenómeno pop (la adaptación de su novela distópica de 1985, El cuento de la criada, no pudo estrenarse en un momento más oportuno) y consolidó la figura híbrida del autor-guionista, como Tom Perrotta, el autor de The Leftovers y La señora Fletcher. Los productores de televisión saquearon las librerías en busca de títulos de culto tipo Amo a Dick, fenómenos literarios de prestigio, como las novelas de Elena Ferrante, Elizabeth Strout y Edward St. Aubyn y thrillers con comentario de actualidad a lo Gillian Flynn.

En el año que está a punto de empezar todo indica que seguiremos leyendo televisión. Reese Witherspoon, que mantiene un influyente club de lectura en internet llamado Hello Sunshine, ha comprobado con sus últimas dos aventuras televisivas la relativa seguridad que da partir de un material ya conocido. La primera temporada de Big Little Lies, una adaptación de la novela de la australiana Lianne Moriarty, le supuso un espaldarazo como actriz y sobre todo como productora. La serie, que estaba pensada para tener una sola temporada, se llevó cuatro premios Emmy y cuatro Globos de Oro. El éxito casi obligó a rodar una segunda y para eso pidieron a Moriarty que escribiese una continuación, para que pudiera trabajar el guionista David E.Kelley. Los resultados no fueron los mismos, en parte porque dejó la serie el director Jean-Marc Vallée y hubo problemas con el encaje de su sustituta, Andrea Arnold, pero también porque los mimbres de la historia eran bastante más débiles.