lunes 27 de junio de 2022
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¿Y si la IA empieza a esforzarse en resolver la desigualdad que genera?

Las tecnologías digitales, especialmente la inteligencia artificial (IA), y los veloces cambios que imponen en la manera en la que vivimos y trabajamos están transformando la economía. Pero esta transformación plantea un rompecabezas preocupante: estas tecnologías no han hecho crecer demasiado la economía, al tiempo que la desigualdad de ingresos ha empeorado. El crecimiento de la productividad, que los economistas consideran esencial para mejorar el nivel de vida, ha sido bastante lento en muchos países desde al menos mediados de la década de 2000.

¿Por qué estas tecnologías no logran producir más crecimiento económico? ¿Por qué no están alimentando una prosperidad más generalizada? Para obtener una respuesta, algunos destacados economistas y expertos en políticas han analizado de cerca cómo inventamos e implementamos la IA y la automatización y han identificado algunas formas en las que podríamos tomar mejores decisiones.

Erik Brynjolfsson, director del Laboratorio de Economía Digital de la Universidad de Stanford (EE UU) describe, en su ensayo titulado La trampa de Turing: la promesa y el peligro de la inteligencia artificial similar a la humana, cómo investigadores y empresas de IA se han centrado en construir máquinas para replicar la inteligencia humana. El título es una referencia a Alan Turing y su famoso test de 1950 para determinar si una máquina es inteligente: ¿puede imitar a una persona tan bien que no se note que no lo es? Desde entonces, según expone Brynjolfsson, muchos investigadores han estado persiguiendo este objetivo. Pero esa obsesión por imitar la inteligencia humana ha llevado a un tipo de IA y automatización que, con demasiada frecuencia, simplemente sustituye a los trabajadores, en vez de ampliar las capacidades humanas y permitir que las personas realicen nuevas tareas.

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