lunes 19 de noviembre

Ya sabemos qué pinta tiene un agujero negro tragándose una estrella

Por fin hemos visto cómo un agujero negro se come a una estrella. O mejor dicho, deglute parte de ella y rechaza otra, cual romano en una bacanal que se purga a sí mismo parte de los abundantes manjares de la celebración. Lo hemos visto no con nuestros propios ojos, por suerte para la vida humana, pero sí con herramientas que han garantizado en parte una observación de longitudes de onda visibles. Es decir, tan directo como cualquier cosa que ve sin mediación el ojo humano. Como vemos en lo publicado en la revista Science, tenemos hasta fotos.

La proeza viene de un equipo internacional de astrónomos liderado desde el Observatorio de Tuorla de la Universidad de Turku, en Finlandia, y el Instituto de Astrofísica de Andalucía, el IAA-CSIC. En 2005, en un centro astronómico de Gran Canaria, se atisbó en la galaxia Arp 299B algo que creían que podía ser una supernova, muy común en este confín del universo a 150 millones de años de distancia. Pero brillaba demasiado. Más de una década de observaciones e investigación después han confirmado el hallazgo.


El agujero negro era de tipo supermasivo, del tamaño de “una masa del orden de 20 millones de soles” como el que nosotros conocemos. La estrella volante, del orden de 2 a 6.5 veces más grande que nuestra bola de plasma, se acercó demasiado a su órbita, y el agujero respondió con su atracción gravitacional a velocidades de vértigo, esto es, acercando la estrella a su boca destructora a una velocidad de 75.000 kilómetros por segundo, un cuarto de la velocidad de la luz. La estrella sólo tuvo que esperar un brevísimo tiempo de semanas, tal vez varios meses, para ser absorbida, un pestañeo en sus millones de años de vida previos al encuentro.

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