lunes 28 de noviembre de 2022
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Yo soy rebelde porque Instagram me ha hecho así

Ser vanguardista, rebelde, revolucionario, es una cosa que se lleva por dentro, pero que se nota por fuera. Si uno lo es, se viste, se peina, se expresa como tal: que se entere todo el mundo, ya que hoy en día no hay riesgo de ir a prisión. En realidad, desde que el capitalismo contemporáneo absorbió ciertos elementos de la contracultura de la década de 1960 (véase La nueva cultura del capitalismo de Boltanski y Chiapello), la rebeldía, la creatividad, el individualismo genial son más la norma que la excepción. Se ve en el discurso empresarial, en la publicidad, en las tiendas de ropa. Es lo que se pide: generar impacto, cambiar el mundo, ir contracorriente. Tanto que ya no se sabe dónde vamos: es agotador tener que estar siempre reafirmando nuestra identidad y luchando por remontarnos, como un salmón loco, contra todas las corrientes que nos arrastran. Hay veces que ya no sé qué más puedo hacer, de quién copiar o qué comprar para ser yo mismo. Porque parece que no basta con serlo.

Hubo tiempos en los que la rebeldía y la vanguardia no iba por fuera sino por dentro. Anarquistas como Bakunin o Durruti, compositores como Stravinski, escritores como Joyce o T.S. Eliot, o artistas como Duchamp, siempre empujando los límites del mundo en sus respectivas áreas, siempre acusados de locos o radicales, no tenían, bajo el prisma actual, un aspecto demasiado amenazante, más bien el aspecto de cualquier oficinista gris. El traje oscuro, la corbata, el sombrero fueron durante décadas y décadas el uniforme oficial de los señores, fueran como fueran. Los dadaístas y los surrealistas a veces se disfrazaban, se sacaban fotos con los ojos cerrados o se colocaban margaritas en los bigotes erectos, pero, vistos desde hoy, no dejaban de ser señores con una vestimenta seria, una chaqueta, una camisa, una corbata. Algunos fumaban en pipa.

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