sábado 15 de diciembre

Yo te acoso, “moi non plus”

Quizá haya sido la cara de Catherine Deneuve la más compartida junto al manifiesto firmado por cien francesas contra el #MeToo, pero puedo reconocer sobre todo el sello inconfundible de la otra Catherine, la Millet, en casi todo el texto. Me juego un brazo a que fueron los aportes de la escritora los que consiguieron imprimirle a la carta su estilo de curiosa amalgama ideológica, entre una suerte de feminismo prosexo, negacionismos varios y justificaciones que harán las delicias del cínico #NiUnoMenos: “El flirteo insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista”, dicen.

Conozco esa retórica. La vida sexual de Catherine Millet hizo por mí en 2001 lo mismo que Los diarios de Anaïs Nin en 1994. Las francesas, cada una a su tiempo y en feliz progresión, me corrompieron, me legitimaron, me sacudieron de encima los prejuicios, me hicieron ver que allí donde los otros me habían colgado el estigma de la libertina, en ese mismo dolor estaba mi poder y mi redención. Que, como lo hace un hombre, yo podía ser agente de mi cuerpo y mi sexualidad. Que podía dejar de ser la envilecida Justine y convertirme en mi propio Marqués de Sade. Millet, en particular, me inoculó el orgullo de la promiscuidad, fue la mano de la que me cogí en el sopor conyugal para que me enseñara el camino al bosque o al jardín de los suplicios en busca de otros placeres, a veces sin sentimientos, ni miedo ni frío ni culpa, hasta sin deseo.


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