sábado 17 de noviembre
Interesante

“Estrellas del pasado”, de Daniel Balmaceda

Con anécdotas compiladas a través de una ardua investigación de cartas, memorias, biografías, expedientes, partes de batalla, tradiciones orales y periódicos, Daniel Balmaceda descubre hechos desconocidos de nuestra historia. En Estrellas del pasado, uno de los divulgadores más leídos del país nos invita a viajar al pasado para conocer a los personajes que forjaron nuestra identidad y entender de dónde venimos y por qué somos como somos. A continuación, un fragmento a modo de adelanto:


LA SOBRINA DE LASALA

La defensa de Buenos Aires en julio de 1807 fue el germen de cientos de historias de valor. Los bravos y profesionales ingleses se toparon con aguerridas milicias, de poca experiencia pero bien dispuestas a dar pelea en cada rincón de la ciudad. Dos lugares fueron los escenarios de los enfrentamientos de mayor violencia. Al norte de la Catedral, la imponente Plaza de Toros (en la Plaza San Martín de Retiro, en Maipú y Santa Fe). Al sur, los alrededores de la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, conocida como Santo Domingo (ubicada en las actuales Belgrano y Defensa), donde se conservaban las banderas que los invasores habían perdido en la reconquista de 1806. Liniers las había ofrendado a la Virgen del Rosario por la victoria.

Sin descuidar el sur, en esta oportunidad nos enfocaremos en los hechos de Retiro. Allí se había dispuesto a un batallón de Marina encargado de entorpecer el desembarco e impedir que los ingleses se apoderaran de la Plaza de Toros. Tengamos en cuenta que las aguas del Río de la Plata llegaban hasta el terreno que hoy ocupa el Monumento a los Caídos en las Islas Malvinas, en el borde de la mencionada Plaza San Martín. Por lo tanto, los navíos británicos anclaron cerca del espacio donde se colocó, en 1916, la Torre de los Ingleses, rebautizada Torre Monumental a partir de 1983.

Los valientes del Tercio de Gallegos más seis batallones de la Infantería de Marina se ubicaron en Retiro. Uno de estos, comandado por el teniente de navío Cándido de Lasala y por el alférez de fragata José Aldana, se emplazó en las cercanías de la playa y debió soportar el peso de la lucha. Peso más que desbalanceado, ya que el enemigo los superaba cinco veces en número.

Sin embargo, los corajudos defensores ofrecieron resistencia hasta donde pudieron y después se replegaron hacia el estadio de la Plaza de Toros. Lo mismo ocurrió con el resto de los batallones. La situación era crucial. Se habían agotado las municiones, los ingleses los tenían cercados y estaban a punto de adueñarse de la posición. Se decidió que saldrían del estadio, en pelotones, para alcanzar la actual Florida y sumarse a las fuerzas que se concentraban en nuestra querida Plaza de Mayo. El primer pelotón logró escabullirse porque tomó desprevenidos a los sitiadores. El segundo fue diezmado por el fuego enemigo. Al salir el tercero, comandado por el bravo Lasala, fue recibido por una lluvia de proyectiles. El teniente cayó gravemente herido. Sus hombres lo metieron en el estadio. Iba a ser una carnicería. Por eso se rindieron a las 9:00, luego de dos horas de combate.

Lasala murió esa semana, cuando todos celebraban la victoria de las tropas de Liniers. Cayetana Juana Agustina Oromí, 19 años, sobrina del héroe, perdió más que a su tío. Perdió al hombre con el cual iba a casarse. En noviembre, la sobrina novia ingresó al convento de las Catalinas con el nombre de sor María del Rosario de la Victoria. Nunca más salió. Se quedó para siempre en Retiro, a pocas cuadras del lugar donde su prometido había recibido las heridas mortales.

 

UN LUGAR LLAMADO NOTTINGHAMSHIRE

Mientras Retiro ardía bajo el fuego cruzado San Telmo se llenó de sangre el violento 5 de julio de 1807. Buenos Aires se defendía con bravura del ataque inglés. Hombres, mujeres y niños. Fusiles, pistolas, espadas, cuchillos, piedras y agua hirviendo, más un poco de alcohol, como veremos.

Al amanecer, una columna del Regimiento Nº 45 de Infantería de Nottinghamshire, al mando del teniente coronel William Guard y el mayor Jasper Nichols, se posicionó sobre la actual Humberto I y ocupó las estratégicas torres de Nuestra Señora de Belén —es decir, la popular iglesia de San Telmo— más el vecino Hospital de los Betlemitas, conocido como la Residencia, que se acondicionó para recibir a los heridos ingleses.

Al mediodía, una docena de soldados pelirrojos, necesitados de mayor estímulo alcohólico, golpearon con furia la puerta de la casa que se encontraba frente a la iglesia. Los atendió Martina Céspedes, de 45 años, inquilina del frente de una casona convertido en comercio, como era costumbre en esa época. La señora despachaba bebidas y algunas otras cosas desde la ventana que se encontraba junto a la entrada. Dicho en otros términos, manejaba un maxikiosco de aquel tiempo. Lo hacía junto con sus tres hijas, de las cuales solo conocemos el nombre de la menor, Josefa.

Con brusquedad, los hombres le ordenaron que les diera algo fuerte para saciar la sed (y la abstinencia). Martina aceptó atenderlos, pero con la condición de que ingresaran a la casa sin llamar la atención y de a uno. Así lo hicieron, permitiendo que ella y sus tres hijas —que se encontraban en superioridad de condiciones porque estaban sobrias— fueran desarmándolos y atándolos. La prisión fue el sótano de la casa.

El 7 de julio, doña Céspedes se encaminó al fuerte para entrevistarse con el virrey Santiago de Liniers. Le comunicó que atesoraba una docena de prisioneros bien amarrados. Por su acción, el virrey le otorgó a la heroína de San Telmo el cargo de sargento mayor del Ejército, con goce de sueldo y uso de uniforme.

Prácticamente nada se sabe de esta mujer durante el período de 1810 a 1824, correspondiente a la Guerra de la Independencia. La tradición sostiene que se sumó con fervor patriótico a varios desfiles con su uniforme reluciente. Volvió a ser mencionada en las crónicas periodísticas acerca de la procesión de Corpus Christi de 1825, ya que en esa oportunidad marchó al lado del gobernador, el general Las Heras.

¿Qué pasó con los prisioneros de San Telmo? Fueron embarcados junto con el resto de los invasores y enviados de vuelta a sus casas, bien lejos del territorio que pretendían conquistar. Bueno, no todos. Si damos crédito a la leyenda, la sargento Martina Céspedes (aclaramos que la calle Céspedes del barrio porteño de Belgrano recuerda a un antiguo gobernador, no a ella) entregó once. El restante lo apartó para casarlo con su hija Josefa. Fue un típico caso de “viva la Pepa”.

Según los documentos oficiales ingleses, el Regimiento Nº 45 tuvo las siguientes bajas en Buenos Aires: 17 muertos (entre ellos, dos capitanes y un teniente), 45 heridos y un soldado desaparecido en acción.

 

SANTA COLOMA Y LOS REYES

Entre los protagonistas de la Buenos Aires hispana figura Gaspar de Santa Coloma, nacido en Álava, en 1742. De familia noble, podría haber llevado una estadía desahogada en España, pero un asunto lo alejó de la corte: con 26 años, abandonó Madrid y marchó a Buenos Aires. Los biógrafos de la familia han señalado que su partida de Europa se debió a “intrigas palaciegas”. Otros han mencionado “cuestiones sentimentales”. Pero los motivos que lo trajeron a estas playas siguen siendo un misterio.

Su cuna aristocrática le abrió puertas en la cerrada sociedad porteña. Se dedicó al comercio con éxito y algunos meses antes de cumplir los 40 años casó con una soltera muy codiciada: Flora de Azcuénaga y Basavilbaso, nieta de Domingo de Basavilbaso, el hombre más rico que conoció aquella Buenos Aires. La ceremonia tuvo lugar en la Catedral, que entonces era más pequeña. Lograría aumentar su superficie en 1797, luego de que Santa Coloma comprara un terreno contiguo y lo donara a la iglesia.

Por datos que aportó el investigador Walter D’Aloia Criado, sabemos que la dote que ofreció Flora al matrimonio incluía, entre tantos objetos de valor, una piocha (adorno para lucir en la cabeza) de plata, compuesta por un tronco de oro que sostenía un pájaro, todo guarnecido con 135 diamantes rosas, con hojas de plata y un rubí por cada ojo. Asimismo, como parte del trato, se concertó que el novio se encargaría de administrar una quinta que los Azcuénaga poseían en Olivos, la que mucho más adelante, a través de sucesivos legados, se convertiría en la quinta presidencial.

El matrimonio ligó a Santa Coloma con una parentela política muy auspiciosa. Su mujer, Flora, era hermana de Anita, quien contraería matrimonio con Antonio de Olaguer Feliú en 1788. Dos años después, Olaguer asumiría la gobernación de Montevideo y en 1799 sería nombrado virrey del Río de la Plata. Y Anita, la cuñada de Santa Coloma, se convertiría en la primera virreina criolla.

El otro cuñado importante fue Miguel de Azcuénaga, quien asumiría como vocal de la Primera Junta en 1810. Era el mayor de la familia y había tomado distancia por cuestiones de herencias. Pero una vez que se disiparan las rencillas, el propio Gaspar de Santa Coloma se propuso lograr que Miguel sentara cabeza y formara una familia. Lo consiguió en 1795, cuando el cuñado cuarentón concurrió al altar con Justa Basabilvaso, una prima de los Azcuénaga.

Además de sus cuantiosas donaciones, Gaspar de Santa Coloma es recordado por haber tomado como dependiente aprendiz a un joven vasco de 12 años que daría que hablar: Martín de Álzaga. Incluso fue su padrino de casamiento.

Santa Coloma fue un valioso protagonista de las Invasiones Inglesas, pero no se sumó a la revolución del año 10. Luego de haber sido uno de los hombres más poderosos del virreinato, terminó sus días muy alejado de los asuntos que marcaban el ritmo político de Buenos Aires. Murió el 31 de enero de 1815, semanas después de haber cumplido los 73 años.

Por haber nacido un 6 de enero, sus padres lo bautizaron Gaspar Melchor Baltasar de Santa Coloma.

 

LOS COLORADOS DE BUENOS AIRES

Fue clave la ayuda de los buenos vecinos de la Banda Oriental en la reconquista de Buenos Aires, en 1806. Al año siguiente, llegó el tiempo de devolver gentilezas y un regimiento al mando de Pedro de Arce partió desde Buenos Aires para asistir a Montevideo, acosada por el ataque inglés. La defensa se sostuvo todo lo posible, pero el general Samuel Auchmuty logró quebrarla. Viendo que la situación era inmanejable, muchos de los milicianos de Montevideo dieron por cumplida su tarea, se deshicieron de las armas y regresaron a sus casas para no ser relacionados con los defensores. El problema lo tuvieron los que habían llegado desde Buenos Aires: los porteños, los arribeños y los oriundos de las Misiones. Quedaron desamparados y fueron tomados prisioneros. Las nuevas autoridades resolvieron enviarlos a Inglaterra.

Este tema lo trató Bernardo Lozier Almazán en su imprescindible biografía de Beresford. Y Rosendo Fraga, quien lo profundizó en un trabajo posterior, estableció que fueron embarcados ochocientos hombres: unos quinientos de las tropas de Buenos Aires, cien de otros cuerpos y doscientos presos comunes; así, de paso, vaciaban la cárcel.

La nómina de los embarcados contabilizaba 51 oficiales. Entre ellos, el gobernador de Montevideo, Pascual Ruiz Huidobro; los hermanos González Balcarce, Pedro de Arce y los Rondeau. El destierro y el confinamiento nunca son buenos, pero al menos la oficialidad fue diseminada en ciudades británicas, mientras que la sufrida tropa debió soportar las penurias del encierro en pontones, es decir, barcos que hacían las veces de prisión, amarrados a la costa del Támesis.

Luego de cinco meses fueron puestos en libertad y remitidos a España. Una vez allí, algunos oficiales regresaron sin demora a Montevideo y Buenos Aires. Pero no así la mayoría, que vivió una nueva aventura. La guerra con Francia había puesto en alerta a España y esto derivó en la creación de un insólito cuerpo: el Batallón Buenos Aires.

Fueron destinados a Lugo e incorporados a las fuerzas de Galicia. Todos mezclados: soldados y delincuentes, veteranos y novatos, artilleros e infantería. Incluso se les entregó uniforme: consistía en una camiseta blanca, una casaca colorada y pantalones estrechos blancos que, según José Rondeau, habían sido confiscados a los ingleses en alguna otra guerra muy anterior y estaban apolillados. Por la casaca, pasaron a ser conocidos como los colorados.

El bautismo de fuego de este singular grupo tuvo lugar el 14 de julio de 1808 en la batalla de Medina de Rioseco. El ejército español fue vencido por las tropas napoleónicas y los historiadores hispanos cargaron las tintas sobre los colorados. Sin embargo, como señaló Rosendo Fraga, no puede responsabilizarse a quinientos hombres por la derrota de veintidós mil.

Tuvieron sus triunfos y sus sinsabores. Los ofi ciales regresaron al Plata en 1809 y muchos se destacaron en la Guerra de la Independencia. En cuanto a la tropa, continuó peleando en España. Incluso participaron en acciones conjuntas con el ejército inglés. Sí: terminaron aliados con quienes los habían tomado prisioneros y desterrado.

 

RELATOS SALVAJES

Hace doscientos años las funciones de gendarmería eran realizadas por los cuerpos de blandengues. Ellos eran los centinelas del territorio y su nombre se debe a un sistema copiado de los jinetes árabes que agitaban su espada de un lado al otro, es decir, la blandían.

Gracias a un magnífico libro sobre la historia de los blandengues orientales que nos regaló el incansable historiador Enrique Mayochi (gracias, maestro), logramos rescatar la historia del soldado blandengue Pascual Balladares, cuya vida quedó en manos del virrey Del Pino.

Todo comenzó el mediodía del 19 de febrero de 1801 en la isla Gorriti, divisable desde las playas de Punta del Este. El soldado Balladares discutió con Juan Manuel González Machado, un integrante del cuerpo de Dragones. La cordura faltó a la cita y Balladares debió ser contenido. Enterado del suceso, el jefe del pequeño destacamento, el alférez José Monterola, citó a testigos y pronto logró establecer que el entredicho había sido originado por Balladares en inocultable estado de ebriedad.

Mandó comunicarle la pena habitual para ese tipo de conductas: un día en el cepo. Ahí hubiera terminado todo. Pero el soldado no aceptó la sanción y decidió apelar de mala manera. Se apareció en el rancho de la comandancia y le gritó a Monterola que no quería ir al cepo y que de ahí no se movía hasta que suspendiera la pena. El jefe lo sacó a empujones del rancho. Furioso, Balladares se abalanzó sobre un soldado, le quitó la espada y pegó la vuelta hacia la comandancia, dispuesto a hacer justicia por mano propia. En el trecho, el cabo Luis Pinto quiso detenerlo, pero recibió un corte de sable en el brazo. El hombre estaba fuera de control. Un sargento y cuatro dragones lograron tomarlo de brazos y piernas y arrastrarlo hasta el cepo.

Semejante acto de insubordinación obligó a modificar la pena. Monterola resolvió que Balladares debía ser ejecutado. Para que se cumpliera la sentencia, trasladaron al reo a Montevideo. En la cárcel fue visitado por el sacerdote y médico José Manuel Pérez, quien conversó con el condenado y se apuró a escribir un informe para el virrey Del Pino. El documento certificaba que Pascual Balladares “de edad como 25 a 30 años”, era hijo del albañil Juan Miguel, ya muerto. El punto más importante era que Juan Miguel era mulato y se había casado con una india, la madre de Balladares. De esta manera, se establecía que el reo era pardo o mulato. Y esa condición le salvó la vida. Porque al ser pardo nunca debió haber sido admitido en el Cuerpo de Blandengues. Tampoco podía estar sujeto a las penas impuestas para sus hombres.

Desde Buenos Aires, Del Pino ordenó que fuera remitido al presidio de las islas Malvinas, el inhóspito rincón austral donde eran enviados aquellos que recibían penas graves. En el caso de este hombre que perdió el control por una borrachera en la isla Gorriti, fueron diez años de reclusión en otras islas, las más queridas por los argentinos.

 

JUANA Y SUS HERMANOS

Entre los paladines de la reconquista de Buenos Aires en 1806 fi gura Juan Martín de Pueyrredon, porteño, hijo de padre francés (los Pueyrredon no ponen tilde en el apellido), futuro director supremo y futuro patrono de una de las principales avenidas porteñas. Pocas semanas después de la heroica recuperación de Buenos Aires, el Cabildo lo comisionó para que viajara a España y se entrevistase con el rey Carlos IV para brindarle los pormenores de la invasión inglesa al Río de la Plata. El objetivo era obtener alguna recompensa en favor de la capital del virreinato, desde un título para la ciudad (el de fi el o el de reconquistadora) hasta exenciones tributarias.

La misión no tuvo el éxito esperado. En esos días, ya preparándose para regresar, Pueyrredon —quien parecía tener un imán para las aventuras— fue testigo de la invasión napoleónica a España. Huyó de Madrid y, luego de peregrinar por ciudades españolas, embarcó rumbo al Río de la Plata. El océano también conspiró en su contra: el viaje fue una montaña rusa. Por fin arribó a Montevideo donde lo esperaban con los brazos abiertos. Pero para arrestarlo. Acusado de ser agente francés, el gobernador Elío ordenó que fuera devuelto a España en calidad de prisionero. En eso estaban, pero el barco que lo transportaba naufragó en aguas brasileñas. Fue trasladado de Santos a Río de Janeiro donde logró burlar la custodia y se fugó. Nuevo destino: su Buenos Aires querida de la cual había partido en misión diplomática.

Llegó a mediados de 1809. La bienvenida fue corta: un representante del virrey Cisneros mandó detenerlo, nuevamente acusado de ser espía de los franceses. No fue a parar a la cárcel del pueblo, en el edificio del Cabildo, debido a que se trataba de un preso político. Fue alojado en el cuartel de los Patricios, en la célebre Manzana de las Luces. Esto alivió sus penurias porque Pueyrredon tenía muy buena relación con los oficiales de ese cuerpo —Saavedra y Belgrano, entre otros— y se le dio un trato diferencial. Incluso, el prisionero participó de reuniones secretas dentro del edificio. La irregularidad llegó a oídos de las autoridades, quienes resolvieron llevarlo a otro cuartel, el de los Arribeños.

La noticia del traslado provocó un enojo general. José Cipriano —hermano del zamarreado Pueyrredon— y una mujer monísima concurrieron, acompañados por un grupo de vecinos, a quejarse ante los oficiales de Patricios. La señora llevó la batuta y debe haber sido elocuente, porque se postergó por unas horas la mudanza del prisionero. Esa noche, la encantadora dama y José Cipriano regresaron al cuartel de Patricios y, una vez más, ella dio un discurso a los guardias. Les recordó el patriotismo de Juan Martín en la reconquista y les sugirió que reblandecieran la vigilancia. ¿Quién era la atractiva mujer que los arengaba? Juana Pueyrredon de Sáenz Valiente, hermana del prisionero. Esa noche, Juan Martín se fugó por una ventana, dando un final feliz a esta historia de los Pueyrredon. La curiosa historia de Juana y sus hermanos.

 

LA INTERNA POR EL PALCO

Uno de los pocos entretenimientos en los días de la Revolución eran las corridas que se llevaban a cabo en la Plaza de Toros de Retiro, ubicada en la punta más alta de la actual Plaza San Martín (allí donde Lasala se había replegado con sus hombres en 1807). En aquellas reuniones se destacaban el popular jefe de banderilleros, Cristóbal “Corito” Macedo, y dos picadores de antología: José “el Viejo” García, muy apreciado por todos, y Alonso “el Ñato” Alcadio, poco querido por la impunidad con que delinquía fuera del recinto del toreo. Como dato complementario, antes de que finalizara 1810 el Ñato moriría ensartado en las astas de un morlaco (es decir, de un toro de gran tamaño).

La jornada de lidia se vivía de manera especial. Cuenta José Wilde que “era un día de excitación y movimiento en la ciudad; la afición era extremada y la concurrencia inmensa: en la calle Florida [en 1810, se llamaba Unquera, pero todos la conocían como Empedrado], las señoras en las ventanas y las sirvientas en las puertas se apiñaban para ver pasar la oleada humana que iba y venía”. En esa marea de gente, un vecino de la popular calle, nada menos que el próspero comerciante y vocal de la Primera Junta, Domingo Matheu, se dirigía a la Plaza de Retiro, no solo para ser espectador de la lidia, sino también para ganarle de mano a Saavedra y señora (Saturnina Otálora), quienes solían ocupar el palco oficial con invitados propios, cuando en realidad era un espacio para todos los miembros de la Junta.

Parece que al vocal no le caía nada bien esto. Y por ese motivo resolvió ir a hacer valer sus fueros. Conozcamos su relato: “Una tarde que había función de toros —escribió—, me fui al palco destinado para la Junta mucho más temprano que otras ocasiones, sabiendo que servía para Saavedra y su esposa con las mujeres que ella llevaba; y al entrar en él vi dos sillas muy bien adornadas con sus dos cojinillos y alfombras a los pies”. Don Domingo no había sido el único adelantado esa tarde. Se encontró con otros dos espectadores tempraneros: Mariano Moreno y Francisco Passo, hermano de Juan José. El trío se apasionó “hablando sobre el despotismo de don Cornelio y su mujer en atribuirse distinción en el palco de la Junta”.

Matheu preguntó en voz alta quién había puesto las sillas adornadas con los almohadones. El responsable apareció de inmediato —era Manuel del Cerro y Sáenz (71 años, treinta en funciones)— y respondió que la orden se la había dado “el excelentísimo Cabildo”. Aclaremos que no eran poderes independientes, pero sí distintos. Uno era el Cabildo (el cuerpo municipal) y otro, la Junta de Gobierno.

El impetuoso vocal casi no lo dejó terminar de hablar: “Se lo mandé quitar reconviniéndole que tuviese cuidado en volver a poner asientos ni cosa alguna de distinción, que aunque el Cabildo se lo volviese a mandar, no lo hiciese porque no mandaba allí, y al mismo tiempo le hice retirar los cojinillos y alfombras”. Del Cerro acató la orden y el propio Matheu pudo comprobar —ya que concurrió un par de veces a fiscalizarlo— que no solo se acabaron los lujos, sino que Saturnina Otálora de Saavedra, restándole importancia al asunto, no volvió a usar jamás el palco.

Un gran experto en remar contra la corriente fue Manuel Belgrano. No la tuvo fácil cuando recibió lo que quedaba del desmoralizado Ejército del Norte que había sido vencido en Huaqui, en el Alto Perú. Sin embargo, a fuerza de voluntad y del importante núcleo de resueltos patriotas del norte que lo apoyaron, el exitoso abogado y economista porteño logró remontar las fatalidades. Ponemos el acento en sus cualidades profesionales porque, aunque suene reiterativo, es necesario aclarar que el hombre no tenía experiencia militar, ni la vocación, ni las ganas de serlo. Lo que sí tenía era un pecho inmenso para plantarse ante los desafíos. Eso fue lo que vieron aquellas familias que le cedieron sus hijos, como los Paz —Ezequiel y José María— en Córdoba, los que le entregaron la caballada para el combate, como los Cossio en Tucumán; o la hacienda para alimentar a la tropa, como los Padilla (Juana Azurduy y Manuel Padilla) en el Alto Perú. Más aún, los que sacrificaron todo a cambio de nada, como el pueblo jujeño.

Sin dejar de ser un hombre cuestionado por sus superiores y por sus subordinados, Belgrano asumió las pesadas responsabilidades y en ese concierto de voluntades generosas renació el Ejército del Norte en las batallas de Tucumán (en septiembre de 1812) y Salta (en febrero de 1813). ¿Próximo destino? Alto Perú.

La pampa de Vilcapugio se presentó como una escala más a vencer. Las fuerzas patriotas, compuestas por 3600 hombres, tenían confianza. Aunque no estaban bien equipados —los catorce cañones eran deficientes y la caballería montaba mulas flacas y sin herrar, además de que un millar de reclutas no tenía experiencia—, el viento a favor de las victorias previas se hacía sentir. La bandera creada por Belgrano marcaba presencia en el territorio.

El choque fue desigual en la mañana del 1 de octubre de 1813. El hostigamiento de la artillería patriota y la decidida carga de dos batallones del Regimiento de Pardos y Morenos desarmó el centro enemigo. Comenzó el desbande y no hubo realista que no pegara la vuelta dispuesto a salvar el pellejo.

Los nuestros se lanzaron en una carrera alocada, primero para empujarlos fuera del campo y luego para atrapar enemigos, pertenencias de enemigos, armamentos, animales y todo aquello que pudiera servir como trofeo. Sin embargo, surgió un sonido inesperado: una trompa o clarín estridente sonó tocando retirada.

Sin posibilidades de comprender qué estaba ocurriendo, los patriotas pegaron la vuelta de inmediato y pasaron de perseguidores a perseguidos. El caos se apoderó de la escena. Belgrano, sorprendidísimo, actuó sin demora. Tomó la bandera, trepó a un morro y ordenó a un corneta que dejara los pulmones llamando a reunión. La imagen era imponente. Belgrano, desde la cima de un morro, con la bandera en alto, desafiando una vez más todas las calamidades. ¿Cuántos acudieron? Trescientos.

 

300

La derrota ya no tenía vuelta atrás. En lo alto del morro, en la pampa de Vilcapugio, Belgrano logró reunir trescientos hombres. Pero en las más dispares condiciones. Unos montaban, otros estaban a pie; algunos, más enteros, cargaban heridos. Otros se arrastraban.

Se conocen los nombres de algunos de los que integraron aquel histórico grupo. Entre ellos, Eustoquio Díaz Vélez, Diego Balcarce, Gregorio Perdriel, Gervasio Dorna y también Lorenzo Lugones, quien años más tarde evocó aquella complicada tarde, la del 1 de octubre de 1813: “El sol se había inclinado demasiadamente al ocaso y el ejército de la patria en aquella desgraciada hora reducido a miserables restos, se apiña en torno de su general: este, después de haber pasado por mil lances fatigosos, parecía que se hubiese extasiado en la contemplación de aquellos fatales momentos, con la calma que suele sobrevenir después de grandes y extraordinarias agitaciones; parado como un poste en la cima del morro y los ojos fijos, sobre un campo cubierto de cadáveres y ensangrentados despojos”.

Aun estupefacto, Belgrano se mantenía mudo, sin comprender cómo pudo haberse escabullido la victoria de esa manera. Pero pronto reaccionó y dijo a sus hombres: “Soldados, ¿conque al fi n hemos perdido después de haber peleado tanto? La victoria nos ha engañado para pasar a otras manos, pero en las nuestras aún flamea la bandera de la patria”.

Los realistas, como aves de presa, aguardaban al pie del morro. No querían arriesgarse a dar el primer paso. En algo estaban parejos. A pesar de la fecha primaveral, la altura jugaba su carta y el frío se hacía sentir. De todos modos, los dueños del campo de batalla eran los realistas. Esto les posibilitaba desplazarse sin inconvenientes y atender a sus heridos. En cambio, los trescientos de Belgrano se encontraban apiñados, en silencio, en torno al pabellón azul-celeste y blanco.

El general sabía que la falta de luz iba a emparejar un poco la situación desventajosa. La única oportunidad, si había alguna, era salir de ahí esa misma noche. Pero no lo haría de manera miserable ni desorganizada. No era un sálvese quien pueda, sino un salvemos a los trescientos.

“Tan luego como acabó de anochecer –escribió Lugones–, el general arregló personalmente nuestra retirada, mandó desmontar toda la poca caballería que se había reunido con don Diego Balcarce y colocó en el centro a todos los heridos que se acomodaron de a dos y de a tres en cada caballo, sin exceptuar ni el del general. Y luego encargando a un jefe, don Gregorio Perdriel, el cuidado de la columna en marcha, lo colocó a la cabeza entregándole la bandera para que la condujese”. ¿Dónde marchó Belgrano? Eso también lo respondió Lugones: “Cargando al hombro el fusil y cartuchera de un herido, se colocó a la retaguardia de todos y dio la orden de desfilar”.

Lograron evadir la vigilancia enemiga. Esa noche salieron de la boca del lobo en silencio, sacando a todos los heridos. Por delante de la columna, la bandera. Cuidando las espaldas de los trescientos, con el fusil al hombro, su comandante, el general Manuel Belgrano.

 

EL NOVIO DE REMEDIOS

En 1787, Antonio Dorna, sevillano, se casó en Buenos Aires con Pascuala Sosa. Fueron los padres de Gervasio y María Sandalia.

El joven Gervasio estudió en el prestigioso Real Colegio de San Carlos, ubicado en la Manzana de las Luces. Y sus días continuaron en esa manzana. Porque en 1806 se alistó en el Regimiento de Patricios, que allí tenía su cuartel, y le tocó actuar en la feroz defensa de 1807. Luego de los enfrentamientos recibió los despachos de subteniente. Apreciado por sus virtudes y muy bien relacionado, ya que la familia Dorna integraba los círculos exclusivos de la ciudad, era capitán en 1810 y fue uno de los 411 firmantes del pronunciamiento del 25 de mayo, que impulsó de manera terminante la instalación de la Junta de Gobierno.

Como varios de sus compañeros de armas, donó parte de sus haberes para pagar remesas de armamento y se sumó a la Sociedad Patriótica, el grupo morenista que manifestaba sin pudores sus diferencias con el gobierno denominado Junta Grande. Para ese tiempo, el capitán Dorna ya había iniciado una relación amistosa de futuro promisorio con una de las niñas de sociedad, Remedios de Escalada.

Las cuestiones de armas lo llevaron al norte y recibió comisiones de importancia, como ocuparse del traslado de carretillas con armas desde Tucumán a Salta, en octubre de 1811. Dos meses después, el amotinamiento de los Patricios conocido como Motín de las Trenzas obligó a la disolución del cuerpo. De todas maneras, Dorna continuó su carrera militar y mantuvo sus aspiraciones amorosas con la señorita Remedios. La relación entre las familias era excelente y todo hacía suponer que Antonio Dorna y Antonio de Escalada serían consuegros.

Pero en marzo de 1812 desembarcó en Buenos Aires José de San Martín. Entonces, la historia de las relaciones personales dio un vuelco: en septiembre la joven contraía matrimonio con el recién llegado. ¿Y Gervasio? En esos días se replegaba desde Salta hacia el sur con el Ejército del Norte. Remedios se casó el 12 de septiembre. Gervasio peleó en la gloriosa batalla de Tucumán, el 24 de septiembre.

El 3 de febrero de 1813, San Martín venció a los realistas en San Lorenzo. El 20 de febrero, Belgrano con el Ejército del Norte los derrotó en Salta. Las fuerzas de la patria que integraba Gervasio Dorna continuaron avanzando por el Alto Perú. Hasta que la malísima fortuna (un serio error de comunicación) transformó la casi segura victoria de Vilcapugio en una derrota de graves consecuencias. En medio de la inmensa confusión, Belgrano reunió un grupo de trescientos hombres que custodiaran la retirada, protegiendo a los heridos y la bandera que había creado. Junto al general marchaba su edecán, Gervasio Dorna. Ya instalados en el pueblo de Macha, lo envió en misión tras las líneas enemigas. El valiente Dorna cumplió la tarea asignada y cuando regresaba fue descubierto por una partida realista. En pelea desigual, murió como un héroe.

Su hermana, María Sandalia, se casó en 1814 con José Zenón Videla. Ellos originaron la familia Videla Dorna, cuya descendencia llega a nuestros días.

 

OLAZÁBAL, EL “HIJO” DE SAN MARTÍN

El capitán José de San Martín esperaba que los jóvenes de las principales familias de Buenos Aires dieran el ejemplo y se sumaran al Cuerpo de Granaderos a Caballo que formaba con sus compañeros de armas, José Zapiola y Carlos de Alvear, a mediados de 1812. Los primeros en incorporarse fueron sus cuñados Escalada, Manuel (16 años) y Mariano (17). Entre los que siguieron el ejemplo nombramos a Manuel de Olazábal, quien se sumó como cadete el 7 de enero de 1813, una semana después de haber cumplido los 13 años.

No participó en el combate de San Lorenzo, al mes siguiente de su incorporación, pero pronto se destacó por su destreza, sumada a las muestras de coraje, algo que sus superiores podían detectar en las prácticas que llevaban a cabo en el cuartel de Retiro.

En diciembre ya era portaestandarte y participó de la campaña a la Banda Oriental. El joven fue nombrado jefe de la escolta de Alvear y tuvo acciones destacadas, sobre todo cuando, en una retirada del campo de batalla, Zapiola rodó y surgieron cuatro enemigos para capturarlo. Olazábal y dos hombres se lanzaron de sus caballos para pelear cuerpo a cuerpo y rescatar con éxito a su comandante. A comienzos de 1815, con flamantes 15 años, regresó a Buenos Aires ascendido a teniente.

Luego de una corta estadía, partió a incorporarse al Ejército Libertador que San Martín organizaba en Mendoza. La relación entre el jefe y el subordinado trascendió los límites del campamento El Plumerillo. San Martín trataba a Olazábal como a un hijo. Eso sí: el “hijo” tenía su carácter. Y un día el joven teniente chocó con la arrogancia del capitán José Melián, quien ya venía destacándose por su valentía desde la invasión inglesa de 1806, cuando Olazábal tenía 5 años.

En medio de una discusión, Melián insultó a Olazábal y este lo retó a duelo. San Martín se enteró de lo que estaba por ocurrir y mandó llamar al joven teniente. En su tienda de campaña lo trató con severidad. Lo arrinconó preguntándole si conocía cuál era el castigo que recibiría aquel que se enfrentara a duelo con un camarada. El ofi cial, lejos de ponerse a la defensiva, respondió: “El teniente Olazábal sabrá cumplir la pena que su general le imponga. Pero nadie ha de faltarle al honor de un soldado del general San Martín”. El Libertador se puso de pie y despidió al teniente, evitando mostrar la sonrisa que le había provocado la respuesta.

¿Hubo duelo? Sí. El bravo Melián asestó un sablazo en la rodilla de Olazábal, quien tuvo que pasar días en cama.

En cierta oportunidad, San Martín llegó cabalgando al campamento y vio a Olázabal caminando con una muleta. Se lanzó del caballo (esto era común, siempre se bajaba andando) y le preguntó qué le había pasado. El joven respondió que apenas había sido una rodada, es decir, una caída con su caballo. San Martín lo miró fijo y en tono paternal le advirtió: “Tenga usted mucho cuidado con las rodadas”.

Esa noche, junto con la comida, el convaleciente recibió una moneda de oro, sin remitente. Podía ser anónima; sin embargo, todos sabían que la había enviado su orgulloso jefe.

Estrellas del pasado
En Estrellas del pasado veremos a San Martín en una fiesta, pidiendo a una cotorrona para bailar. A Belgrano conduciendo a trescientos hombres lejos del infierno de Vilcapugio. A Sarmiento calzándose una peluca. A Mitre haciendo de gasista en su barrio. A Fangio y a Victoria Ocampo aprendiendo a manejar. A Gardel, víctima de punguistas. Daniel Balmaceda nos invita a viajar al pasado para conocer a los personajes que forjaron nuestra identidad y entender de dónde venimos. Descubrí los episodios más curiosos de los personajes de nuestra historia.
Publicada por: Sudamericana
Fecha de publicación: 06/01/2015
Edición: 1ra
ISBN: 9789500752046
Disponible en:Libro de bolsillo

 

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