martes 16 de octubre
Interesante

“¿Qué leer?”, de Maximiliano Tomas

Este libro es muchos libros a la vez. Una ayuda para quienes entran a una librería y no pueden decidir qué leer. Una recopilación de columnas, críticas y opiniones sobre la industria editorial. Y también un mapa de lecturas personal y polémico de libros nuevos, de ficción y no ficción.


Maximiliano Tomas se ha convertido en uno de los referentes de la crítica literaria argentina. Sus columnas en el suplemento cultural de Perfil y de La Nación, registran el pulso de lo que se escribe y se lee en el país. En palabras de Beatriz Sarlo, «Tomas traza el mapa a medida que recorre este territorio». Cada uno de sus artículos mueve al debate entre defensores y detractores, y muy pocos consiguen quedar excluidos de las pasiones que despierta.

De esa extensa producción, el autor ha reunido una muestra importante bajo el título ¿Qué leer? Una guía de lectura para los amantes de los libros que acaba de publicarse en la colección Reservoir Books de Penguin.

A continuación un fragmento a modo de adelanto:

 

Las cosas que Rodolfo Walsh hacía antes de convertirse en Rodolfo Walsh

Antología del cuento extraño
Rodolfo Walsh (ed.)
El Cuenco de Plata, Buenos Aires, 2014

 

Breve, ambicioso y frustrado: así podría definirse mi paso oficial por el mundo de la edición literaria. Entre 2000 y 2003 trabajé como editor en una empresa periodística que financiaba, a su vez, una editorial de libros. Más preciso sería decir que, sin que mis compañeros y yo lo supiéramos, nos estaba destinado administrar el definitivo hundimiento de un barco cuyo destino a nadie le interesaba. Éramos apenas tres personas y la editorial funcionaba en una especie de pasillo entre las redacciones de una revista rural y otra de automovilismo, y mientras vendíamos un fondo editorial que se volvía rápidamente obsoleto, hacíamos lo que podíamos en una época en la que la gente andaba abstraída en cosas más importantes que la literatura. Dos aviones habían derribado tiempo atrás sendos edificios en una ciudad del norte, y meses después lo que se desplomaba era el suelo bajo nuestros pies. Recuerdo que mientras veíamos por televisión la violencia que se desataba a solo tres cuadras de donde estábamos, por la ventana de la oficina entraban los estruendos de las bombas y los disparos en Plaza de Mayo. Como cada vez que llegaba diciembre, nosotros estábamos metidos en la edición del horóscopo de Lily Süllos, cuyas ventas financiaban los títulos que sacaríamos el resto del año.

No debo haber publicado más de quince libros. Pero con la terquedad de los 25 años, estaba dispuesto a superar cualquier dificultad con tal de reeditar algunos títulos que habían dejado de circular hacía un buen tiempo. Los cuentos y las novelas de Osvaldo Lamborghini, por ejemplo, que sólo existían en una vieja edición de 1988 impresa en España por Del Serbal. Llegué a hablar del tema con Elvira Lamborghini, que se mostró interesada en la idea de que los textos de su padre se publicaran en la Argentina, y ella me puso en contacto con César Aira, el albacea del autor de El fiord. Aira escuchó con paciencia la oferta que le hacía por teléfono un ignoto editor de un sello zozobrante, y no dijo que no. Quedamos en que lo pensaría y volveríamos a hablar. Nunca lo hicimos. Meses después, la editorial Sudamericana distribuyó el primero de los dos tomos de la obra narrativa de Lamborghini en una edición al cuidado del propio Aira.

La otra reunión que mantuve por esos meses fue con el responsable de la editorial Hachette en la Argentina. Mi idea era reeditar la Antología del cuento extraño que había seleccionado y traducido Rodolfo Walsh, cuya última edición disponible era la de 1976 (a fines de la década del 90 los cuatro tomos se conseguían dispersos, con una pobre sobrecubierta que camuflaba el bello diseño de tapa original). A pesar de que nadie parecía recordar aquellos libros, ni mucho menos pelearse por el derecho a reimprimirlos, el monto que me pidieron excedía largamente nuestro presupuesto anual. A principios de 2003, finalmente, la empresa decidió que ya había tenido bastante con el poco redituable negocio de los libros, y la editorial entró en un estado de hibernación permanente. Más de diez años después, la editorial El Cuenco de Plata acaba de distribuir aquel magnífico trabajo literario que Walsh diera a conocer en 1956. La edición respeta el esquema original en cuatro volúmenes, y agrega un breve prólogo de Daniel Link, en el que se manifiestan los múltiples vínculos que existen entre las dos antologías de cuentos más célebres de la edición argentina: la de Walsh y la Antología de la literatura fantástica de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo.

El Walsh de estos libros (que no solo elige y ordena, sino que traduce y escribe las notas biográficas de los cuarenta y nueve autores seleccionados) es un experimentado trabajador de la industria editorial, con pocos intereses más allá del ajedrez y la literatura policial. Es un Walsh nacionalista y antiperonista, que traduce el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce y todavía ni sueña con los fusilamientos de José León Suárez del 9 de junio de 1956. Es un Walsh premiado por el sistema literario argentino, un Walsh anglófilo seducido por el aura del Grupo Sur: Borges, Bioy, Ocampo y José Bianco son cuatro de los seis autores argentinos que integran su antología (y los otros dos son Leopoldo Lugones y Bernardo Kordon). ¿Qué pensaría ese Walsh, no menos interesante que el posterior (el de la Revolución cubana y Prensa Latina, el del peronismo revolucionario y la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”), del hecho de que esta primera parte de su vida fuera casi marginada de su biografía, y la segunda haya sido convertida hoy en poco menos que una hagiografía?

En el prólogo a esta edición, Link escribe que por entonces, a mediados de los 50, “un antólogo debía ser un erudito o un paciente archivista”, y probablemente Walsh haya sido las dos cosas.

Un lector de una curiosidad inagotable, estéticamente más abierto de lo que uno pudiera imaginar. En la selección que realiza para estos cuatro volúmenes hay autores ingleses, americanos y franceses, pero también españoles, peruanos y bolivianos. Hay algunos escritores que son frecuentes representantes del género (lo “extraño” designa en este caso un plus de ambigüedad en referencia a lo que se conoce como “fantástico”, una definición más abierta e incitante), como Kafka o Saki. Hay otros, como Bierce, que funcionan como fetiche del propio Walsh. Hay nombres que no pueden faltar en toda buena antología del cuento moderno: Poe, Maupassant, Kipling o Andreiev. Y hay también relatos célebres, como el de W. W. Jacobs. Pero, sobre todo, hay nombres nuevos, poco visitados o definitivamente olvidados, algunos de los cuales invitan a pensar que son meras invenciones del propio Walsh, en una suerte de homenaje borgeano. Esta Antología del cuento extraño que vuelve a estar disponible es obra de la curiosidad y los gustos personales de un erudito y de un archivista (de un misántropo), pero también un trabajo de una generosidad poco habitual con el lector, al que ofrece un vasto muestrario de ficciones que conforman un universo literario en potencia. Pocos libros son capaces de funcionar, como esta antología, como una poderosa puerta de entrada a la verdadera literatura.

 

Redonditos de Ricota: del rock del país al fetiche editorial

Redondos. A quién le importa.
Biografía política de Patricio Rey
Perros Sapiens
Tinta Limón, Buenos Aires, 2013

 

No hay (¿acaso no habrá nunca?) en la Argentina banda de rock más importante que Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota: ninguna puede jactarse de haber afectado de una manera tan profunda y transversal la sensibilidad de dos o tres generaciones.

En más de una ocasión su cantante, Carlos “Indio” Solari, se declaró constructivista: “Si una canción cambia la forma de ver el mundo, entonces cambia el mundo”. Si nos atenemos a esta afirmación, pocos han cambiado nuestro mundo (nuestro paisaje musical, sentimental, ideológico) como Los Redondos. Pasados doce años de la disolución del grupo, Los Redonditos de Ricota devienen objeto de estudio. Y si bien siempre se mostraron reacios a la idea de que un otro exprimiera cualquier tipo de rédito de esa entidad llamada Patricio Rey, los homenajes musicales y, últimamente, los libros que abordan desde distintos miradores aquella experiencia que duró un cuarto de siglo (de 1976 a 2001) no dejan de multiplicarse.

En 2011 apareció una novela de Ariel Magnus, La cuadratura de la redondez, en la que un filólogo ficcional se tomaba la tarea de desentrañar el sentido de las célebres letras de Solari,

considerado por muchos el mayor letrista del rock argentino de todos los tiempos. Un mes atrás, Pablo Cillo publicó un extenso volumen titulado Filosofía ricotera, en el que desde el terreno del pensamiento filosófico, y con las herramientas de las teorías marxistas, freudianas y deleuzianas, intenta “servirse de la filosofía para dar una visión de conjunto de las relaciones de sentido hacia el interior del discurso ricotero”. Y desde hace un buen tiempo, los periodistas Pablo Perantuono y Mariano del Mazo preparan la que se propone como la más ambiciosa biografía de la banda, que prometen publicar el año que viene.

Pero esta semana se distribuye en librerías y kioscos el que, hasta la fecha, se presenta como el libro más raro e interesante de todos: Redondos. A quién le importa. Biografía política de Patricio Rey. Lo firma un colectivo y no un autor, Perros Sapiens, que integra los nombres de los tres jóvenes periodistas y escritores a cargo del proyecto (Agustín Valle, Ignacio Gago y Ezequiel Gatto).

No es una historia de la banda, ni de sus integrantes, ni de su música, ni de sus seguidores. El centro del estudio es Patricio Rey. Se trata de un abordaje desde el pensamiento teórico pero también, o sobre todo, desde una posición vitalista. No desde la mente, sino desde el cuerpo (y recién después la mente). ¿Y quién vendría a ser Patricio Rey, para los Perros Sapiens? “Patricio Rey es el mito de que alguien puede apadrinar los berretines de una libertad grupal, que se basta pequeña y efímera pero cuya intensidad puede crecer con trascendencia inmensurable. Alguien excelso, de jerarquía redoblada —patricia y monárquica—, para atizar encuentros en torno al principio ordenador del placer, con el mandato de perder la forma humana y un concepto regente de fiesta”. Unas líneas más abajo, completarán: “Un Rey que no es otra cosa que el nombre genérico de la multitud reunida, efecto transcorporal del encuentro”.

El libro se abre con una pregunta, una declinación, y una propuesta sobre sus fines: “¿Por qué Los Redondos son Los Redondos? Los misterios no pueden resolverse, pero pueden transformarse en misterios mejores (…) Esta es una investigación sobre la singularidad de los Redonditos de Ricota y su incidencia en la cultura argentina”. Dividido en tres partes (“Figuras”, “Historia” y “Apropiaciones”), va recorriendo uno a uno los significantes más tradicionalmente asociados a la historia del grupo. Misterio y clandestinidad, por ejemplo. “El misterio, como dijimos, es un ingrediente fundamental de Los Redondos (…) Mantuvieron el ‘de boca en boca’ incluso en escala masiva (¿Hay antecedentes? Hablan de Greateful Dead…). Inventaron un modo clandestino de habitar la masividad”. ¿Qué clase de clandestinidad? “Clandestinidad para con las corporaciones discográficas, clandestinidad para con el Estado (sobre todo en los shows), clandestinidad para con los medios y, en tanto política general, clandestinidad también en relación a su propio público; y sobre todo, clandestinidad masiva con su público, y en las bandas”.

Hay una manifiesta voluntad de pensar al fenómeno de Los Redondos desde abajo, desde una posición “antrópica” y “reticular”, para utilizar términos que el mismo libro propone. Y también intentos por repensar (quebrar, desplazar, astillar) conceptos asociados a su historia, como el de la violencia y la opacidad de su propuesta lírica. Por ejemplo aquel enunciado sobre la responsabilidad que le cabría a la banda en el proceso de “futbolización del rock”: “La violencia propia de los recitales ricoteros no puede explicarse como degeneración y corrupción. Había algo de violencia que le era constitutivo, y constituyente —de nuevas formas de humanidad; la violencia de la liberación de potencias (…) No era, nunca fue, simplemente un espectáculo”. ¿Y qué pasa con las letras? En el libro se las llama “lírica emancipatoria”. Las letras de Los Redondos no son, según los autores, “ni código a descifrar, ni noticiero representativo de la realidad”. Sino más bien “intensidad enunciativa, imágenes indeterminadas, para apropiarse y dar sentido. De esta manera, la lírica de Solari es en sí misma emancipatoria. No porque tenga contenido libertario (…) Las letras de Patricio Rey son emancipatorias porque proponen un régimen semiótico decisional; es decir, conectarse con ellas es el umbral de una zona de decisión propia”.

Llegando al final, el ensayo se las debe ver con dos contextos históricos en apariencia contrapuestos: el menemismo y el kirchnerismo.

En los años 90, sobre todo a partir del lanzamiento de La mosca y la sopa (1991), Los Redondos transitan un imparable camino hacia la masividad, puntuado por ciertos hitos: en el estadio de Obras Sanitarias es asesinado Walter Bulacio; a mitad de la década deben replegarse al interior del país después de la violencia en las actuaciones en la cancha de Huracán (1993-1994);

la parábola de aquellos diez años se cerrará en verdad en 2001, con los recitales en el estadio de River Plate, el récord de asistencia y la muerte sucediendo dentro de la misma cancha.

Los autores de Redondos. A quién le importa fueron seguidores de la banda durante aquellos años, vivieron la adolescencia durante el sistema de valores propuesto por el menemismo. No

podrían leer la experiencia-Redondos de otra manera que como la escriben: “En los años 90, Los Redonditos resultan un carnaval expresivo para esa hora dominada más bien por la sequedad expresiva (el despojo como estética rectora en cine, en literatura) o por el atolladero y empalagamiento comunicativo (del entretenimiento).

PR elabora, en ese paisaje, un lenguaje sofisticado para nombrar las circunstancias. Circunstancias de catástrofe: y desde esa premisa se sanciona a todas las estéticas sofisticadas pero desproblematizadas, la lucidez cool de los que vieron la onda, a la vida boba sin problemas. Patricio Rey, trinchera estética,sostuvo una expresión sofisticada sobre la base de la catástrofe, donde los cuerpos sobreviven entre escombros, cuerpos que son ellos mismos escombros del derrumbe social, pero persisten, están, siguen siendo, gritan, viajan, saltan, cantan: nada puede ser tan grave si podemos encontrarnos y estamos, hoy, acá”.

El libro cierra con una situación problemática, el uso que el poder estatal (el kirchnerismo) hace de las canciones de Los Redondos: la incomodidad, para los seguidores atentos, de que Aníbal

Fernández intercambie mensajes de texto con Carlos Solari, o que se declare abiertamente fan de la banda. “¿Qué significa el uso del tema ‘Juguetes perdidos’ como telón de cierre de un discurso presidencial?”, se preguntan los autores. Es cuando aparece la declaración de principios, que en este caso está al final del volumen, y no al comienzo. “Ni nos mueve un fanatismo de lo acontecido, ni estamos tampoco en una continuidad (…) Donde estamos, Patricio Rey guarda una vitalidad. Ni Los Redondos ni el Indio ni Skay, sino algo que pasó ahí. Algo que pasó ahí, en un juego de intensidades extraño, ajeno a la obviedad, incodificado que por incodificado da lugar a la pregunta. Y la pregunta aparece, por otra parte, causada por cierta incomodidad con el presente. Presente que, estatización mediante, se reviste con esas banderas, presente que se identifica con esas banderas —traduciéndolas, ahora sí, a código—, nos quita los trapos. Por eso mismo hacemos el ejercicio de investigar metódicamente lo

que vemos en esa experiencia. Lo que vemos en Patricio Rey: porque ver es una actividad siempre actual. Lo que sirve para pensar la vida, está vivo”.

Redondos. A quién le importa, con sus aciertos y sus pasajes erráticos, que pide públicamente, a diferencia de los seguidores del grupo, “que no se vuelvan a juntar”, se presenta hasta ahora

como la lectura más arriesgada y creativa de aquel fenómeno de fuerzas, deseos e intensidades que fueron Los Redonditos de Ricota. A pesar de algunas impugnaciones fuertes (“Perdidos los criterios de tino y pudor dados por el espacio de percepción y expresión colectiva Carlos Solari es, casi, un famoso más. Como todos: en tanto individuos, somos presas de la estupidez”), no sería ilógico pensar que esta lectura podría llegar a interesarles, incluso, a los propios miembros de la banda.

 

Las maravillosas contratapas de un editor algo gallego y bastante marxista

Avisos de lectura
Constantino Bértolo
Caballo de Troya, Barcelona, 2014

 

Lo malo de tener amigos talentosos e inteligentes no es que nos recuerden todo el tiempo nuestra ignorancia (eso, en todo caso, siempre viene bien), sino el hecho de no poder hablar de ellos en columnas como esta, no al menos sin resultar sospechosos.

Pero hoy voy a hacer una excepción, amparado en la distancia (hay un océano de por medio), en que este amigo acaba de publicar un libro extraordinario, y en que además ese libro no solo no se vende sino que tampoco se consigue en la Argentina, lo que espero que elimine una parte de las sospechas. Constantino Bértolo (Lugo, España, 1946) tiene una larga carrera como crítico literario y editor, pero para resumir diremos aquí que entre 2004 y 2014 llevó adelante una de las paradojas más memorables de la industria editorial: creó y comandó el sello de carácter independiente Caballo de Troya, abocado a descubrir y publicar nuevos talentos literarios, sello que pertenece al grupo editorial más poderoso del mundo, Random House. Pasando en limpio, o más o menos, Bértolo fue un editor atípico para una aventura literaria anómala, un militante comunista formado en literatura al frente de un emprendimiento marginal integrado a su vez en un conglomerado transnacional. Una aventura que, por si fuera poco, duró diez años y dio como resultado unos ochenta títulos, que conforman un mapa de lectura que bien puede envidiar más de una editorial independiente argentina.

Como lo bueno puede durar bastante, pero nada es eterno, Bértolo fue invitado a jubilarse a principios de este año. Y poco después, en abril, publicado por Caballo de Troya en una edición no venal, apareció el libro del que les hablo, llamado Avisos de lectura. Allí se recogen todos los “avisos de lectura”, es decir, todas las contratapas que Bértolo publicó a lo largo de una década. ¿Las contratapas? Sí, esos dos o tres párrafos que entre nosotros han caído en desgracia hace ya mucho tiempo, que pocos leen y a lo que ya nadie les cree, un espacio cedido a la desidia de los editores y a publicistas sin imaginación porque, al parecer, algo hay que poner en la espalda de un compendio de hojas encuadernadas. Y es una desgracia que habla bastante de la situación de la industria editorial, porque lo cierto es que la contratapa es el paratexto más importante de un libro. Como sucede con toda situación que se naturaliza, el día en que alguien decide romper el hechizo, y lo hace bien, lo que fulgura es algo nuevo. Y Bértolo demostró, con sus “avisos de lectura”, que las contratapas podían volver a convertirse en otra cosa: en espacios para la reflexión política y editorial, para la memoria, la discusión, el desafío y la chanza.

Escritas con humor, complicidad y una honestidad del todo inusual, cada contratapa es un pequeño ejercicio de estilo diferente: Bértolo puede comenzar con una idea, una sentencia, un diálogo, una cita o una narración. A veces cuenta cómo llegó a sus manos el libro que está publicando. Otras, que después de discutir con el autor no quedó del todo conforme con el título final (y devela cuáles fueron las alternativas). A veces puede citar canciones enteras, o textos críticos en inglés y sin traducir. En algunas ocasiones llega a quejarse de los pedidos del departamento de marketing de la editorial donde trabaja, o directamente le exige (no en una, sino hasta en dos y tres contratapas distintas) un aumento de sueldo a su jefe. Casi nunca deja de mencionar que la contratapa es un texto que pretende vender una novela (es decir, una mercancía), de sembrar la duda acerca de sus propios juicios, ni de referirse a la situación social del momento en que el libro se distribuye.

Copio algunos casos concretos. La contratapa de una novela de Julián Rodríguez, por ejemplo, empieza así: “Este libro no cabe en una frase y eso es mala cosa, me dice la responsable de marketing.

Qué le vamos a hacer. Tampoco veo que esté escrito con vocación de llegar a la lista de libros más vendidos”. Otra de Alberto Lema termina de esta manera: “Solo una advertencia: esta novela no ha ganado ninguno de los tropecientos mil premios literarios que se conceden, siguiendo el sistema literario en lengua gallega el mal ejemplo del sistema literario en castellano. No parece mala señal”. Este es el comienzo de una contratapa de Juan de Luna: “Si a usted le va bien en la vida y está contento con lo que pasa a su alrededor, este libro no creo que le interese. Aunque a lo mejor le entra curiosidad. Pero si usted es un fracasado, es decir, alguien que se siente obligado a sonreír al jefe o a la jefa, no lo dude: este libro es una ventana”. Para una novela de Sergio Bizzio advierte: “Todo editor es en el fondo (la mayoría incluso en la superficie) un vendedor y como tal su palabra vale menos que un pepino (a 2,30 euros el kilo están ahora)”. Otra de Pelayo Cardelús concluye así: “Esta es una novela sobre el matrimonio, es decir, sobre el erotismo, la propiedad privada, el perdón y la muerte. Y por eso

esta empresa editorial hace constar que en ningún caso se hará responsable de los posibles efectos colaterales que, para bien o para mal, su lectura pueda producir en aquellos lectores o lectoras que vivan en estado de matrimonio o estuvieran pensando en cometerlo.

Que ya somos mayorcitos y todos deberíamos saber en qué libros, líos o matrimonios nos metemos”.

Un escritor español que lo visitaba seguido me contó hace algunas semanas lo triste que era entrar al edificio de Random House en Madrid y ver que la oficina de Bértolo ya no estaba allí, al revés del dinosaurio de Monterroso. Hacia esa oficina solían peregrinar los escritores inéditos y algunos bastante más difundidos en busca de publicación o de una conversación estimulante. Allí Bértolo escribió también buena parte de un magnífico libro de ensayos sobre la lectura titulado La cena de los notables (que sí se consigue en alguna que otra librería argentina), y mantenía una repisa de reliquias y memorabilia soviética presidida por un Stalin en miniatura y escoltada por un muñeco articulado de Shakespeare, colección que el visitante ocasional podía admirar. Si a usted le vienen ganas de leer Avisos de lectura (y si se dedica de alguna manera al negocio del libro, esto sería casi una obligación) no le va a quedar otra alternativa que desplazarse a Madrid, o aprovechar el viaje de algún conocido. Si lo hace personalmente, busque antes la dirección de correo electrónico de Bértolo en Internet. Quizá hasta tenga suerte y la encuentre. Escríbale con anticipación, invítelo a un café o a una copa de vino, y recuerde que su salud ya no le permite fumar. Disfrute sus historias, pague la cuenta, y como quien no quiere la cosa pídale un ejemplar. Lo va a leer esa misma noche y no se va a arrepentir. Pero antes de despedirse hágame un favor, y no se olvide de mandarle un gran saludo de mi parte.

 

¿Qué leer?
Maximiliano Tomas traza un mapa literario a medida que recorre este territorio. Lee en tiempo presente. Lo mueve la curiosidad y la urgencia; se desplaza en un paisaje que ha cambiado, un paisaje donde Fogwill, y no Saer o Puig, es el último gran escritor.
Publicada por: RESERVOIR BOOKS
Fecha de publicación: 07/01/2015
Edición: 1a
ISBN: 9789873818080
Disponible en:Libro de bolsillo

 

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