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Adelanto de «Yo no estoy aquí», de Pipo Lernoud

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Para muchos Pipo Lernoud es el ideólogo del rock argentino. El que rubricó, en canciones como Ayer nomás –convertida en clásico en la voz de Moris– y aquellos primeros manifiestos repartidos en Plaza Francia, el núcleo duro de la contracultura en su versión criolla. No es poco. Pero ese título para nada desdeñable, es solo una parte de la historia.

Desde el campo, la ciudad o sus muchos periplos como viajero impenitente, Lernoud fundó revistas emblemáticas como Expreso Imaginario, Canta Rock y La Mano, fue uno de los pioneros argentinos de la agricultura orgánica y recorrió decenas de escenarios para recitar su propia obra poética. A través de sus diarios, cartas, poemas, canciones, notas y posteos, Yo no estoy aquí revela los avatares de la cultura alternativa, el devenir social y político desde la década del sesenta hasta la actualidad.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

Los afiebrados robots del sábado por la noche
Publicado a propósito del estreno de la película Saturday Night Fever. Expreso Imaginario No 26 (IX-1978).

¡Bienvenidos al último paraíso del mundo moderno! ¡Pasen a sacudirse, que la nueva fiebre está por comenzar!

“Me gustan sus peinados y sus camisas de polyester”, grita el disc-jockey por el micrófono, y su voz resuena entre el intenso vibrato de las guitarras y el alto ulular de las voces, arrastrada por el poderoso sistema de amplificación cuadrafónica.

Todo es deslumbrante, enceguecedor, instantáneo. La pista de baile se enciende y titila, vibra y respira en luces de colores, pestañeos violeta y púrpura, rojo, rosa y azul eléctrico. Los pies de los bailarines patinan sobre el vidrio pulido del suelo a través del que las llamaradas de luz crepitan. Deslizando sus hombros por el aire, estirando sus brazos hacia los spots radiantes, en el caliente ritmo del funk, los autómatas se ensordecen y atosigan de fiebre.

Fiebre del sábado a la noche. Contagiosa temperatura de entorpecimiento cerebral balanceándose, al ritmo del consumo moderno. Después de una semana de mostrar los dientes en sonrisas corteses, Tony olvida su trabajo en el giratorio y bullicioso mundo del boliche. Tony “Travolta” Manero, el nuevo “Fred Astaire de Brooklyn”, el chico que aprendió a bailar delante del espejo, esquivando los chillidos de su madre con un “swing” de caderas, esquivando la fealdad gris de su barrio con una vuelta de talones y un súbito temblor de sus anchos pantalones, esquivando el amor y el dolor con un rápido golpe de jopo, morocho y engominado. Y no es que a Tony le guste bailar. Lo que le gusta es sumergirse en el espeso juego de luces y sonidos, tan fuertes que hipnotizan, tan feroces que se sienten en la piel como olas de calor, golpes de fuego.

Tony ha nacido en un planeta de cemento, plástico y vapor. Sentado con su nena al borde de un parque, le explica emocionado cuántas toneladas de concreto se usaron para construir el puente de Brooklyn. Es el momento romántico, y Tony no está seguro si él quiere o no, no se acuerda muy claramente si le gusta hacer el amor o en realidad solo quiere bailar con ella o ser amigos o qué. No recuerda bien lo que siente. No se reconoce. Ha visto tantas películas de Bruce Lee, tantas policiales y de guerra y de espionaje y de cowboys, que no recuerda si él es su cuerpo o es Al Pacino. Tiene una vaga sensación de que hay algo que se hace con las mujeres. Aunque no conoce más que el mecánico movimiento de los rulemanes de sus piernas, los engranajes de sus hombros, el aceitado resorte de sus tobillos. Tony, como dicen las revistas, es uno de los nuevos jóvenes de la década del setenta, que trabajan durante la semana y van a bailar el sábado, no protestan. Pero Tony comanda una patota de italianitos con navajas automáticas y camisas brillantes, que hace rugir el coche por las avenidas saltando los semáforos a contramano y peleando en los fondos contra los portorriqueños.

Las mujeres giran alrededor de Tony rogándole un poco de su hermosura. “¿Sos tan bueno en la cama como bailando, precioso?”. Él no tiene ni tiempo ni interés de ocuparse de ellas. Es el Super Macho ´78. Le interesa que sepan moverse en la pista, que hagan juego con su camisa nueva. Chicas: las quiero lindas, calladas y obedientes. Con la palidez eléctrica de las luces, maquillaje sintético. Colores de neón, sonrisa de cartel luminoso. ¿De dónde puede sacar su inspiración un hombre nacido en el cemento? Sus árboles son los postes de luz, su luna es la marquesina. En el cine ha visto el horizonte y el cielo, pero no se detuvo a mirarlo, porque la acción de la película no le dio tiempo. Los amigos, como en Kojak y Starsky y Hutch, son compañeros de pelea y conquista. Uno de ellos está triste y le arruga la camisa con sus lágrimas. Uno de ellos se cae del puente y se ahoga. Qué falta de cuidado, para poder bailar bien el sábado, no hay que tener preocupaciones, así que mejor no querer a nadie.

Figuritas de cartón, música en lata
Y no es que a Tony le guste el baile. No es que le guste sentir la música atravesarle el cuerpo, gozar despertando todos sus sentidos con el mismo placer de quien se estira y se zambulle en el mar, bajo el sol, jugando con la espuma. No es que se haya dado cuenta de que el cuerpo es la parte más próxima de la naturaleza y quiera vivirlo a fondo.

Tony no sabe si sabe, no sabe si quiere, no sabe si le gusta. Automatizado en un mundo sin instintos ni sentimientos, repitiendo la moda como figuritas de cartón, Tony baila.

Si los demás, en vez de bailar, hicieran levantamiento de pesas o jugaran al bowling, él también sería el mejor. Pero este es el año del baile. Quizás él no lo sabe –ni le importaría si lo supiera–, pero el baile es un gran negocio, en el que se han metido los grandes popes de la música contemporánea, gente como Herbie Hancock, Billy Cobham, Jefferson Starship y los Bee Gees. Todos vibran y ondulan al excitante sonido “funk”. Tony no lo sabe –ni le importaría si lo supiese– pero su generación está siendo empaquetada con un moño rosa fosforescente estroboscópico, en un bonito paquete de tela sintética con bordados de dacrón.

Música básicamente instrumental. Las notas, apuradas, desesperadas por salir en carrera, se entrelazan sin respiro, sin espacio. Swing y velocidad enloquecida.

Si hay voces, chillan en las alturas del pentagrama en oleadas intoxicantes.

No importa lo que dice la letra, si habla del cosmos o de las bondades de la gaseosa preferida. No es música para comprender, aprender, imaginar. Ni siquiera sentir. No hay lugar para que la mente vuele en los pliegues del sonido, ni tiempo para emocionarse. En su precisión metálica, la avalancha de semifusas ahoga la inspiración y el sentimiento. ¿Quién toca mejor? ¿Cuál es el último virtuoso de los efectos? Desde la Berklee School of Music hasta las discotecas de Los Ángeles, la música de los jóvenes ha vuelto a domesticarse abandonando las esperanzas de ser algo más que un producto. “El sueño terminó”, dijo John Lennon, y Tony Manero baila sobre las cenizas en un ferviente himno hollywoodense. Desde James Dean a John Travolta, desde 2001 a La Guerra de las galaxias, las cosas han cambiado. Hemos vuelto a los cuentos de hadas, pero ahora son tecnológicos. Hadas luminosas y rugientes, en el bosque simétrico de la tierra del futuro, vienen a alegrarnos, entretenernos y hacernos pasar un buen rato. Como en los bares del bajo, Travolta baila para nosotros a cambio de una consumición. “Me gustan sus peinados y sus camisas de polyester”, grita el disc-jockey.

Los Bee Gees
“Hubo un tiempo –recuerda Barry Gibb–, en que salía de mi casa y todos los coches de la cuadra eran míos. Desde el Rolls Royce blanco estacionado en la puerta hasta el Alfa Romeo de la esquina”. Maurice, más práctico, renovaba su plantel automotor (cinco Rolls, seis Aston Martin) tirando uno a la basura de vez en cuando. Esa vida de lujo repentino que llevaron en 1969 llevó a los tres hermanos (Robin es el otro) a la locura y la ruptura. Pasaron años antes de que volvieran a reunirse encontrando una veta musical nueva. Antes hacían canciones dulces con gran arreglo vocal “tocábamos rocks y los productores nos decían: muy lindo, pero ¿dónde están las baladas?”, recuerda Robin. Ahora, el trío ha optado por una vida más razonable y la vertiente sonora “disco”.

El éxito volvió a acompañarlos, sobre todo a partir de Fiebre. “Llega un punto en que todo el mundo maneja tu vida o trata de hacerlo, y no podés respirar. Tenés que protegerte, o terminás como lejanos amigos, encontrándote en los corredores camino a una cita”, explica Barry, justificando sus enormes mansiones con rejas de hierro. “Es difícil controlar los quince millones de dólares que hicimos el año pasado”. Y es solo el comienzo. Allá lejos, en la parte más austral de América, en un país llamado Argentina, las galerías de las avenidas Santa Fe, Cabildo y Rivadavia, vomitan sus éxitos ininterrumpidamente. Por algo el año pasado tuvieron cinco discos entre los diez más vendidos, cosa que solo los Beatles habían logrado antes.

Pausa porteña
Medianoche, Sarmiento y Rodríguez Peña. Dos muchachos de unos diecisiete años, con blue jeans que terminan levemente ajustados en la pantorrilla, pelo corto peinado con raya a la izquierda, remeras claras y sweaters en cuello en V, colocan nerviosamente un cartel. Nos ven y su nerviosidad aumenta. Nos detenemos a curiosear. Están pegando un cartel de Alejandro Pont Lezica encima de uno de Rafael P. Sarmiento, con una precisión tal que el de abajo desaparece completamente. “¿Cómo hiciste para gastarte la camisa?”, me pregunta Ricardo, vestido todo en jean y cuero, pelo rubio corto peinado con gomina hacia el costado, que lleva del brazo a una rubia de dieciocho años con pollera estampada, chaleco beige y carterita bandolera. El pelo de la niña parece peinado hacia atrás por el viento, pero está rígido, al estilo Farrah Fawcett Majors. “Y, qué sé yo, la usé”. “Te la cambio por una nueva”, me dice, y mira a la nena como diciendo ¡Qué tipo raro! “Bueno, fenómeno, cómo no –le digo. Pero mirá que ya el cuello se está empezando a deshilachar”. “No importa, cuanto más gastada mejor. Yo me compré una la semana pasada y la puse en lavandina, la cepillé, le hice de todo pero no se gasta. Es Argentina. Tengo un jean al que le puse parches aunque no estaba roto. Ese sí destiñó bien con lavandina”.

John “El Hombre” Travolta
Pero volvamos a Bay Ridge, el barrio italiano proletario de Nueva York. En la discoteca Odyssey, John Travolta, 24 años, actor de televisión, observa en silencio los movimientos de los bailarines. Todavía nadie lo ha reconocido. Está preparando su personaje para Fiebre de sábado a la noche, aprendiendo la psicología de los jóvenes. “Me concentraba en cada detalle de su comportamiento.

Toda su manera de bailar, moverse, conversar, relacionarse con las chicas, era como un ritual. Tenía reglas fijas”. Era fácil estudiarlos, porque Travolta, aunque conocido, aún no tenía la categoría de ídolo. Un actor de televisión, a quien uno ve todas las semanas en el living de casa, es más un amigo que un mito. Pero, después de Fiebre, John entró en el paraíso dorado del cine, la lejana ilusión de la pantalla grande, con su enorme poder hipnótico, que convierte a los hombres en arquetipos inalcanzables.

Travolta se apura en marcar sus diferencias con Tony Manero, su personaje.

Los muchachos de la discoteque empujan a las chicas a un costado. “Todo el machismo chauvinista de Tony lo aprendí observándolo”. Aunque a John le parece normal que los chicos que lo reconocen por la calle le digan cosas como: “¡Wow! ¡Cómo me gustaría ser vos!”, él no les firma autógrafos, prefiere conversar con ellos, conocerlos. “Supongo que ya no hay más héroes para esta generación, excepto aquellos que producen el cine y la TV. Es una generación materialista, nada más. Están tan atraídos por la fama y el dinero. Piensan que ser como yo es estar en el mejor de los mundos. Cuando uno empieza a pensar que la fama y el dinero son todo lo que hay, es absorbido por una serie de valores falsos. Por supuesto, yo no trato de arruinarles esas ilusiones”.

Es la generación del gran espectáculo. Como en los años dorados de Hollywood, cuando Fred Astaire zapateaba entre miles de colores y toneladas de cortinado sedoso y brillante. El mundo fantástico de la ilusión, del ensueño. Ahora tenemos nuestro hermoso Peter Frampton, nuestro magnífico John Travolta, nuestro mundo de maravilla. Todo provisto a tiempo por la industria. El mundo se acaba, señores, olviden todo y mírenlo bailar bajo las luces.

 

Tratamos de ver a Serú Girán
Publicada en Expreso Imaginario No 29 (XII-1978)

Me parece que hubo un error. Aunque, pensándolo bien, quizás lo hicieron a propósito. Para la primera actuación… El Gran Salto al Vacío… mandar a sus dobles por razones de seguridad. Uno piensa en los famosos monedazos y pilazos a Casa das Máquinas y comprende que debe dar miedo enfrentar al público. Aunque Charly García siempre tuvo a las audiencias en el bolsillo. Y esta es una prueba más de que este es su doble: la gente distraída, indiferente. Claro que ya pasaron como seis temas y ninguno sonaba con demasiada convicción. Pero si fuera el verdadero David Lebón ya nos hubiera emocionado a todos. Este tiene la misma voz, pero canta sin dulzura. Yo no sé qué pasa. Mirando a través del tele-objetivo de la cámara, se ve qué bien hechas que están las máscaras. Pero los ojos de Charly no brillan. ¿Dónde se habrán quedado los otros?, ¿estarán en Buzios, tomando sol en la playa? ¿O es que Charly manda a su doble al frente desde la disolución de Sui Generis y sigue siendo aquel tipo tímido que sentía mucho las cosas? Porque la música se nota que es de Charly, pero parece procesada por otro tipo.

Bueno, mejor escuchemos el recital, que no tengo ninguna prueba de lo que estoy diciendo y nadie va a creerme si lo pongo en la crítica. ¿No se oye mucho a la orquesta, no? Las partecitas que me llegan están bien, pero nada más. Lo que suena un camión es la base Aznar-Moro. Aznar patina, se arremolina, contrapuntea. Pseudo Charly anunció que van a hacer un tema urbano. Entró con un lindo jueguito de bajo y guitarra, y ya se está poniendo rockero. “Yo te veo entre los autos pidiendo perdón”, se lamenta David. Las voces suenan bien, pero los temas parecen diluirse en la instrumentación. Coramina Lopez38 levantó un poco los ánimos con su potente rock and roll tipo Rolling. David lo cantó en caliente sobre una hamaca infernal. Ahora Charly, con su nuevo piano eléctrico, ha largado Tropicalia y Aznar le baila alrededor con sus notas, contrapunteando a veces, empujando para arriba siempre. Ahora Charly mete el sintetizador y la cosa se pone movida.

De pronto sale el bajo de Aznar en un largo, vibrante solo. Ya sabemos que tiene una digitación impresionante; lo bueno es que la aplica con gusto. “Por el Ecuador y el trópico, el sol saluda a nuevos vagabundos…”.39 Y corean todos: “Se está yendo todo el mundo” en un ritmo febril con mucha polenta. Moro metiendo oleadas de ritmo y Charly saliendo con el moog a fondo me hacen olvidar por un momento del asunto de los dobles, y me parece reconocer al Charly verdadero con su piano cantando el tema siguiente: Separata. “Algo raro me estaba pasando en el hotel / Estaba solo / Sabía que mi casa estaba lejos de todo y faltaba poco para subir a tocar”.

Pero no, no hay duda. Solo al doble de un bajista se le ocurre hacer un tema de Jaco Pastorius. Supongo que Aznar preferiría hacer algo propio. ¿Y ahora quieren hacer Alto en la torre, de Sui Generis? Los coros están inseguros, no tienen la vibración de la versión original. Y ese tema Calle de las sensaciones no me dice nada. Parece un retazo de melodía que Charly les habrá dado a los dobles. A falta de buena comunicación, hagan rock and roll. “¿Ha muerto el rock?”, gritan en el escenario. El público, ingenuamente, responde: “¡No!”, y se pone a hacer el famoso corito. “Woodstock no, por favor. Ya pasó eso”, les responden los dobles. Y arrancan con una canción de David, tan vieja como el famoso festival: “Los que no piensan / todo el tiempo van a estar / muy aburridos / de estar en el mismo lugar”. Lebón manda su viola claptoniana y cortante, y vuelvo a dudar de los dobles, hasta que se mete Charly haciendo circos y morisquetas con el moog y me vuelve a la tierra: estamos en un no-recital de un no-grupo.

“Vamos a hacer un tema disco for the people of Argentina”, para anunciar un tema tipo Sábado a la Noche. “No vamos a hacer ninguno de los temas que piden”, informa Charly a la audiencia. “¡Y Charly nos cagó!”. Surge potente de la popular. “Ustedes se cagan solos”, responde el doble. No es verdad. El público no sabía que iban a venir estos muñecos. Ellos pagaron por ver a Serú Girán, el nuevo grupo de García, con toda la polenta y el sentimiento que eso significa. Pero estos saltimbanquis pedantes y mecánicos no son un substituto adecuado. A lo mejor es por eso que se aplaude tanto a Luis Alberto, y le piden a Pseudo Charly que lo nombre. “Un aplauso para Spinetta, y para mi mamá que puso un restaurant macrobiótico”, es lo único que atina a decir el doble.

“Vamos a hacer un poco de música, está bien divertirnos, pero hay un límite”. Parece que los peleles se empezaron a dar cuenta que están haciendo quedar mal a García y Lebón. El doble de David canta Serpentina, “¿en qué esquina me encontrarás?”, con lirismo y ternura. “¿Cómo sabrás qué es lo que quiero?”. Hay un regreso de la inspiración y es una pena que ya el público esté distraído y cansado, y que nadie se adelante para terminar el recital con bailes y entusiasmo como en los buenos tiempos. El mendigo en el andén, es el último tema, y la gente ya se está dispersando. Aunque cuando Charly les dijo “Si no aplauden más fuerte no hacemos bis”, casi todos lo obedecieron. Se les contagió un poco el asunto de ser como muñecos a cuerda. Pero terminó la cuerda y se van.

Bueno, ahora que salgo, es hora de recapitular: el sonido muy bueno, la orquesta correcta con un director (Daniel Goldberg), que además de dirigir hizo los arreglos. La música en general estaba bien hecha, pero si hubieran venido los auténticos Charly y David no hubiera sonado tan inconsistente. Ellos, de Brasil, tienen que haber traído algo más lleno, con más polenta que el estilo “Nueva York, 5° avenida”. Quizás no tuvieron tiempo de armarlo y reclutaron a esta gente en la Galería del Este, para actuar en este recital. Esperemos, pues, al verdadero Serú Girán.

 

Alegría sin teorías: Los Twist
Publicada eb Canta Rock No 19 (X-1984)


¡Pongan sus barbas en remojo los sesudos profesores de la filosofía contemporánea, dejen sus oscuros pocillos de café enfriarse en el tabáquico ambiente del bar y vengan a bailar el ritmo colorido!

¡Larguen sus mugrientas e incómodas chaquetas de cuero con tachuelas los poderosos pesados de barrio, que ese apretado pantalón negro que abulta el bulto y molesta la libertad de movimientos quede sobre la moto y las cadenas sirvan para sostener las lucecitas de colores del bailongo popular, porque llegó Cleopatra, la Reina del Twist!

¡Dejen los mamotretos híper explicativos de Carlitos Marx y los orígenes de la propiedad privada del tío Federico para otra ocasión, revolucionarios de calle Corrientes, cantantes populares de elite del Viejo Palermo, y tomen sus hula hula, que ha llegado el momento de no tener más miedo ante los cuerpos libres y la alegría sin teorías!

¡Guarden por hoy la interpretación de los sueños del viejo Segismundo en su opaco consultorio cubierto de tapices, estimados asalariados del diván, salgan de sus covachas atiborradas de drama humano e interpretaciones laberínticas sobre la pérdida de la teta, y entréguense a la locura ritual moderna y curativa por un día por lo menos, que ya tendrán tiempo de elaborar la culpa!

¡Olviden al inminente Apocalipsis nuclear y la basura radiactiva que compra la Argentina, hermanos ecológicos de seño fruncido e inclaudicable expresión desesperanzada, que con el fin del Amazonas se acabará el aire en el planeta y ya no podremos escuchar el rítmico golpeteo del saxo del Gonzo invitado a la tribu planetaria al mágico encuentro de la danza!

Políticos ahorcados por sus corbatas y sus transas, generales ensangrentados en la posición de firme, líderes sindicales con autos importados y manos de manicura, financistas pálidos de eterna sonrisa dibujada, abogados enclaustrados en los dictámenes y los códigos, contadores engominados de temerosos modales y médicos atrapados por la industria farmacéutica; todos los integrantes del triste corso nacional están invitados a dejar sus úlceras en el escritorio, sus calmantes en la mesa de luz, sus píldoras para el corazón en el botiquín del baño, porque esta vez el carnaval va a ser divertido en serio, y va a ser para todos; por una vez podrán sacarse la careta y cantar los delirios de Pipo Cipolatti, pateando la alta presión de las tasas de interés y los impuestos, liberándose por fin de tanto sufrimiento occidental y cristiano.

¡Señores y señoras, bonitas jovencitas y espléndidos galanes, han llegado Los Twist, para que las cinturas vuelvan a la vida y el erótico placer del baile nos haga sentir vivos; han venido Los Twist para resolver tanto prejuicio entre lo “culto” y lo “comercial”, lo “divertido” y lo “preocupado”; han aterrizado Los Twist en el escenario del amargante melodrama nacional para hacer temblar el corazón de la tierra del fracaso!

Son ellos, ¡no hay duda! ¡La voz encantadora de Fabiana Cantilo no volverá esta vez a envolvernos con su estilo fascinante, pero tenemos el ritmo picante de los tambores de Rolo, las notas juntas de Cano en el bajo, el swing de las frasecitas de Gonzo en el saxo, y el talento único de Dany “Ojos soñadores” Melingo en sus composiciones picarescas, que se suman a la apabullante personalidad del nuevo Pipo del rock, el colorado Cipolatti, autor de letras sin parangón!

¡Aquí están ellos, para brindarnos un rato agradable e inteligente en esta media hora antes del Apocalipsis, para mezclarnos a todos en el dionisíaco éxtasis que nos convierte en una sola energía con la vida que nos vive!

 

¿Para qué sirve Canta Rock?
Canta Rock No 35 (V-1985)

Acá en la revista recibimos continuamente cartas pidiendo temas, reportajes y tapas. Hay fanáticos de los más diversos tipos de música, y cada uno tiene su pasión en el fondo del corazón. Eso es una maravilla, porque Canta Rock no es una revista que acumula datos técnicos e informaciones frías, sino que quiere transmitir emociones (las de los músicos en las canciones y los reportajes; las de los lectores en el correo, que los músicos leen). Y Canta Rock también quiere transmitir ideas y puntos de vista de los tipos que hacen este brillante movimiento cultural. Y muchas veces se detiene a contar la vida de un músico, a permitirle que él mismo cuente cuáles fueron las experiencias importantes de su vida, cómo tuvo que luchar para encontrar su propio camino en un mundo en el que la inspiración vale menos que el dólar. Por eso, en Canta Rock van a encontrar rebelión, emoción, inspiración e ideas de los músicos y de los lectores, y no chismes sobre las peleas del ambiente o rankings inventados sobre el mejor guitarrista del año.

Canta Rock se propuso desde el principio mantener la tradición del rock de los primeros tiempos, un movimiento artístico popular e inteligente. Popular porque puede ser entendido por cualquiera y tiene la fuerza de haber nacido en la calle al calor de la vida, y no en el laboratorio cultural de alguna elite.

Inteligente porque quiere expresar lo mejor y lo más profundo de nosotros mismos, pelear contra la violencia y la opresión que hay en el planeta, evitar convertirse en un artículo de consumo, despertar el espíritu de quien lo escucha y lo hace.

La mentalidad fascista en nosotros
Por eso, cuando las pasiones de los lectores o los músicos los llevan a atacar a otros, Canta Rock no se prende en el juego. A veces recibimos cartas que dicen cosas como: “Basta de publicar canciones pavotas de Los Twist y Las Viudas, vuelvan a nuestros próceres Spinetta y Nebbia”. O: “Basta de los tangueros y melancólicos Baglietto y Nebbia, queremos solo heavy metal”. O: “La única canción que representa al pueblo es la de Silvio Rodríguez y Víctor Heredia y no ese ruido eléctrico del rock”. Cuántas veces descubrimos, viviendo un poco, que las cosas son diferentes de cómo pensábamos que eran, y entendemos de pronto una canción que antes rechazábamos por pavota, melancólica o cualquier otro calificativo.

Los seres humanos, por suerte, tenemos adentro la capacidad para entender y sentir una enorme cantidad de cosas distintas. Tenemos momentos en que somos pensadores, momentos en que somos poetas, momentos en que somos místicos y sentimos la grandeza de la creación, y momentos en que nos convertimos en rebeldes y políticos, para tratar de cambiar un mundo que funciona mal. Dentro de nosotros hay miles de posibilidades, miles de emociones, ideas e intenciones que a veces duermen y a veces se despiertan. Estimular eso, dejar que esa variedad y amplitud de sentimientos crezca y se enriquezca es aprender a vivir, sacarles el jugo a estos años que nos tocan sobre el planeta.

Y si aprendemos eso, aprendemos también a escuchar los mensajes tan diversos de gente como Spinetta, Los Twist o Juan Manuel Serrat. Porque todos ellos están hablando desde el corazón, diciendo cosas que sienten y les pasan, y cuando alguien habla de verdad, los que lo escuchan se enriquecen. Por eso Canta Rock quiere comunicarnos como somos, sin el lenguaje careta que es habitual en el periodismo, ponerlos en contacto con el idioma que hablamos todos, enriquecer la vida compartiendo experiencias sin cerrarnos a nada que sea sincero, porque la vida recién empieza y hay mucho para aprender y trabajar en un planeta que a veces parece al borde del abismo.

Yo no estoy aquí
Yo no estoy aquí revela los avatares de la cultura alternativa, el devenir social y político desde la década del sesenta hasta la actualidad.
Publicada por: Gourmet Musical
Fecha de publicación: 09/01/2016
Edición: 1a
ISBN: 978-987-3823-10-7
Disponible en:Libro de bolsillo