Interesante

Adelanto de «Mientras otros duermen», de Fernando Samalea


Fernando Samalea homenajea a sus compañeros de ruta con las anécdotas que los unieron: García en su incendiario período Say No More; Joaquín Sabina cuando gestaba 19 días y 500 noches, y Gustavo Cerati, a quien acompañó en sus giras Ahí vamos y Fuerza natural. En estudios, escenarios, aviones y bares de todo el mundo, los músicos de varias generaciones, estéticas y búsquedas -Fabi Cantilo, A-Tirador Láser, Caetano Veloso, Joan Manuel Serrat, Calle 13, Fernando Kabusacki…- protagonizan la novela mayor que cuenta la historia privada del rock argentino y la de la música en castellano.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

6 – Un lugar con parlantes

En esta página empieza el libro para asiduos a zonadepromesasweb.com, canciónanimal.com,  enremolinos.com, elclubdelafuria.com.ar,  graciastotales.com.ar y sodastereo.com.mx.  Las anteriores, ¡arránquenlas!

“¿Fer?”, escuché tras atender a un “número privado”, mientras desayunaba en el café Mania’s de la avenida Caseros y Anchoris. Era Gustavo Cerati. Llamaba desde su estudio Unísono para comentarme que, junto al coproductor Tweety González, habían pensado en que yo tocase en una canción de su nuevo disco.

—Acá estamos, grabando. La situación es así: tenemos una balada rápida, medio steelydanesca, onda García. ¿Te animás a grabar la bata?

—¡Obvio! ¿Cuándo? —grité saltando de la silla y haciendo temblar el plato del tostado que tenía en la mesa.

—¿Podés mañana?

Ese martes 23 de agosto de 2005, poco después del mediodía, bajo un diluvio torrencial que hubiese preocupado al propio Noé, abordé un taxi desde Constitución. “Por favor, a Urquiza 1761, en Florida”, le dije al conductor. Cargaba solo mi tambor Supraphonic, el glockenspiel, el tam-tam marroquí y palillos 2B Metal, ya que Bolsa González oficiaba de “drum-doctor” y habría elementos de sobra. Durante la hora siguiente de viaje, una lluvia intensa impactó en el parabrisas y las ventanillas, haciendo resonar el techo. Mientras, observé calles caóticas y el paso veloz de algunos aventureros protegiéndose con paraguas.

Bajé del automóvil cargando mis bultos. Tenía el piloto desabrochado y, debajo, una camiseta blanca de mangas largas con musculosa gris encima y pañuelo finito y largo al cuello. Esquivando charcos, toqué el timbre en el portón blanco. Me recibió Leandro Fresco, con su inconfundible sonrisa de labios gruesos. Vestía un buzo deportivo azul con dos rayas blancas en las mangas. Casi no nos conocíamos, pero me cayó bárbaro ni bien cruzar una mirada. Él irradiaba nobleza. Atravesando el estacionamiento sin techo y la antesala, ingresamos al pasillo interior de alfombra gris. Me asomé tímidamente por la puerta del control. Tweety y Gustavo, concentrados ante la consola, giraron sus cabezas hacia mí. Sonreímos y nos dimos un abrazo. A lo sajón, suavecito y con distancia.

—¿Cómo va? Antes que nada, escuchate un par de temas —dijo el líder, parándose con una pirueta, tomando un encendedor y prendiendo un Jockey Suaves.

—Pero por favor… —acoté con una reverencia de manos.

El lugar se veía muy pulcro. Había una mesada color beige en el centro donde destacaban un Roland VK-7, un Micro Korg y un Moog Voyager, además de módulos u objetos personales como llaves, celulares, portalápices, CD, iPods y laptops. Por debajo, asomaban varios racks, preamplificadores API, Pultecs, un Manley Vox Box y un Focusrite Liquid, con cables y pacheras prolijamente ordenadas. Sobre la pared contraria a los parlantes, con difusores acústicos de maderas verticales, había un sofá blanco donde iban rotando quienes se acercaban a saludar o participar. En una mesa baja, un muñeco anatómico transparente de medio metro de alto dejaba ver el aparato circulatorio y los órganos del cuerpo humano. Unos cuadros pequeños con imágenes de The Beatles y el Apollo 11 alunizando colgaban de las paredes, así como vinilos simples, panorámicas en 3D y fotos recortadas de revistas pegadas con cinta scotch: el Flaco Menotti de saco blanco abierto, y dos o tres señoritas exhibiendo atributos.

Luego de que se apretase play en el Control 24 del Pro Tools, fui descubriendo canciones bellísimas a través de los monitores Tannoy y Dynaudio. Parecían vivir en sí mismas: “Adiós”, con un ingenioso arpegio de guitarra resolviendo cada tres compases, “Lago en el cielo”, de estilo épico, “Gato House” —“creo que le voy a poner ‘Bomba de tiempo’”, aclaró—, con pinceladas dance, y otra de tinte rockero que reconocían como “Together”.

—¡Parece un tema de Pappo’s Blues de los setenta! —gritó Gustavo entre risas al reproducirla. Y agregó: Me parece que se va a llamar “Al fin sucede”.

Llevaba un ritmo de síncopas en tom-toms y rasguidos marciales de guitarras y bajos que la emparentaba a esa tendencia sutilmente “tarantella” del rock iniciático argentino. Los yeites de guitarras se respondían entre sí, con distorsiones al límite del acople.

—Increíble todo. Che, temones en serio. ¡Suenan súper las batas! —acoté.

—Ya pasaron tres bateros: uno que se llama Emmanuel Cauvet, Pedro Moscuzza, el chico que tocaba conmigo y que viste la otra vez en la Costanera, y el propio Bolsa —dijo, señalándolo—. Me vino de perillas para “Uno entre mil”, el que ya tenía compuesto desde el unitario Locas de amor, ¿te acordás? Ahora lo pongo, quedó buenísimo… Ah, él es Uriel Dorfman… Uri, nuestro ingeniero.

—Cómo va. Soy Fernando —le dije al joven, con el habitual choque de mejillas y pose de manos en hombros.

De pocas palabras, flaco, pequeño y de pelo lacio oscuro caído de costado sobre la frente, el muchacho inspiraba confianza. Evidentemente, debería hacer muy bien lo suyo.

—¿Y ya tienen casi todo grabado? —pregunté.

—Sí. Igual es medio raro como estoy haciendo este disco. Rompí con los métodos viejos, digamos, para no aburrirme. La situación es que damos vuelta las cartas en cualquier momento, já.

Yo había llegado casi de colado, como “cuarto baterista”. O como un viejo amigo que se acercó a grabar, sin demasiado protocolo ni compromiso. Mientras sonaba otra de las bases, aún instrumental, entré a conocer la sala de grabación. Era bastante grande, con piso de madera clara. Había dos alfombras de diseño moderno de rombos, tres mesitas para apoyar cosas, un puf a lunares blancos y negros, veladores futuristas, una leve tarima al fondo y varios separadores móviles para aislar instrumentos. Las paredes blancas mostraban revestimientos celestes en las columnas. El techo estaba cubierto, en zonas, por telas colgantes, como embolsadas. También podían verse estuches de guitarras, soportes con micrófonos Shures, Newmanns y Coles, amplificadores, cajas Anvil, una máquina de cinta de dos pulgadas y un Piano Rhodes al fondo.

La canción que el destino había puesto delante hablaba de cuando uno está lejos de la persona deseada y juega con mensajes de texto o e-mails, intentando “tocarse” con el lenguaje. “Vení, papi, fijate si te gusta la afinación”, me dijo Bolsa, llevándome hasta la Sonor de color amarillo armada de espaldas a la pecera. Todo estaba fantástico. Me sentí agasajado como un sultán dentro de un palacio. Tranquilo y agradecido de poder compartir música con Gustavo otra vez, sin pensamientos molestos. Buscamos el sonido pacientemente, pensando en los armónicos, sustain o notas de cada golpe. El vidrio que me separaba del control tenía adosado un micrófono PZM y refractaba imágenes superpuestas hacia ambos lados. Al darme vuelta para mirarlos y hablar con ellos por el talkback, descubría pequeñas luces en movimiento y formas singulares que llegaban tanto de la consola como de los racks de efectos o displays de teclados.

—Esta se llama “Olvido”. El ritmo es re vos: pum cha pum pum, cha, pum cha pum pum, cha… ¡Deberías patentarlo! —bromeó Gustavo.

—Normal, normal… algunas dicen que sí, otras que no… —reflexioné, acomodando el cable de los auriculares por detrás de mi espalda y la banqueta, mentalizándome para hacer la toma.

“¿Te llega bien el click? ¿Vamos?”, preguntó Tweety.

Escuché claramente en mis oídos la melodía de la voz: “Esta tarde de sol me puse a mirar,/ tu postal bajo un haz de luz”. La canción mantenía su marcha con mucho relax. Sonaban acordes contenidos, algunos stacattos de guitarras e incluía samples de voces infantiles. Era Dina, la hija del asistente Barakus. Leandro la había grabado con el programa Live, para luego disparar el truco con su octapad Roland SPD. Gustavo susurraba la palabra “deseo”, adoptando también voces agudas en los coros, de “estilo femenino”, según sus propias palabras. Por suerte, se resolvió rápido y, tras la toma de batería, nos pusimos a charlar en medio de la sala.

—Qué bueno esto otro que trajiste —me dijo el líder tomando las baquetas de punta plástica y tocando algunas notas en el glockenspiel.

—Tiene más batallas que Napoleón. Este bichito me acompaña desde hace décadas. Viajó conmigo por todo el mundo. ¿Querés que probemos algunos ostinatos sobre esta misma canción? Creo que quedarían bien, al menos en algunas partes.

—Dale, obvio, eso te iba a decir. Suena como campanitas del cielo. Yo tengo uno, pero más trucho, casi de juguete. Este es bueno, ¿no? La valijita es mortal, muy práctica.

—Sí, lo compré a principios de los noventa. Es de la época del “uno a uno”.

El propio Tweety se ocupó de colocar los micrófonos, alentándome. Hacía bastante que no nos veíamos. Él ya era por entonces un productor reconocido, pionero en el uso del MIDI, programaciones y samples desde los primeros ochenta. No eran pocos quienes lo habían considerado “el cuarto Soda”. Tuvo que esperar a que se inventasen los secuencers para poder demostrar sus dotes de programador. El año anterior habían trabajado con Cerati en la producción de dos canciones de la colombiana Shakira y ahora, con naturalidad, encaraban este nuevo álbum. “Está saliendo súper. ¿Grabamos el tam-tam en la coda, después?”, propuso. En esa parte, que se iría en fade, yo había hecho ciertos jugueteos en el hi-hat, en semicorcheas, durante la toma de batería, mientras el bajo de Nalé iba alterando la inversión armónica de los acordes. Unos repiques en sus parches de piel de camello sumaron énfasis al ritmo general: “Si el lenguaje es otra piel,/ toquémonos más,/ con mensajes de deseo”, se escuchó por los monitores.

El staff trabajaba muchas horas diarias en Unísono. Venían de un largo proceso, que había dado su puntapié inicial con “La excepción”, en principio con Richard Coleman, Cauvet, Leandro y Nalé. Coleman no solo había participado con sus guitarras magistrales sino en los textos de algunos temas. Gustavo y él se habían reencontrado tiempo atrás, por casualidad, en Los Angeles, donde por entonces vivía Richard. Obra del destino, él pedaleaba con su bicicleta por una calle y quedaron frente a frente, sorprendidos por lo increíble de la escena. Otro encuentro posterior en Buenos Aires hizo que comenzasen a trabajar juntos de nuevo. “Se decía que Fricción era el lado más oscuro de Soda y que hacía canciones partiendo desde las guitarras, trabajando con delays y pedales”, recordaban divertidos.

Luego de esos primeros registros con banda de apoyo, Cerati bocetó en soledad la fase siguiente del disco. A veces, trabajando con Lean en teclados y Fer al bajo, usando samples Fucking Drum para definir ritmos básicos. En las fotos de Germán Sáez o de la cámara “incontrolable” de Santi Contreras, que habían ido publicando en la web oficial, podían observarse los cambios de estaciones desde que habían comenzado: de pullóveres y gorros de lana a remeras y bermudas. El líder gustaba usar gorras a cuadros escocesas o de camuflajes militares, buzos polares y joggings. Llegaba al lugar vestido de entrecasa, pero con mucho estilo. Estornudos y stocks de pañuelos habían desfilado entre las paredes de Unísono, a lo largo de meses y meses.

A Cerati se lo notaba sin un plan concreto, decidido a regrabar lo que hiciese falta, incluso lo dado como definitivo en su momento. Cada tanto hojeaba el libro Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes, o prendía un cigarrillo. Debatía mucho con Tweety y Dorfman, sentándose él mismo en la banqueta con ruedas de cuero negro y respaldo alto. Mouse en mano, ante el monitor del Pro Tools, Gustavo solía editar o clasificar canales. La opinión de Adrián Taverna, su histórico ingeniero en vivo, quien se acercaba cada tanto, era también muy respetada.

—¿Qué hora es?

—Casi las doce y media —contestó el asistente Nicolás “Parker” mirando la pantalla de su celular.

—Sama, la seguimos mañana, ¿no? Si podés traete el bandoneón. ¿Tipo tres? —me dijo al despedirme. —Aquí estaré…

Con pocas horas de sueño, llamé otra vez al radio-taxi. Dado que siempre he sido un exagerado, abarroté el baúl de percusiones, roto-toms, octobans, chapas y gongs, más el fueye requerido. Durante el trayecto, pude observar de nuevo las postales de la ciudad, como en un videoclip personal: el Paseo Colón, sus edificios góticos de cúpulas, la Casa Rosada, las arboledas y lagos de la avenida Alcorta, el Planetario, los monumentos ecuestres, el estadio de River Plate, el de Obras Sanitarias, los departamentos de Libertador, mi ex colegio Raggio y el cruce a provincia por debajo de la General Paz. Sentía un estado de dicha por lo que estaba sucediendo. Mientras, la Radio Aspen no defraudaba: “Easy Like Sunday Morning” de The Commodores, “Another Day in Paradise” de Phil Collins, “California Dreamin” de The Mamas & The Papas, “The One” de Elton John, “Valotte” de Julian Lennon y algún otro de Air Supply.

—¿Y, flaco? ¿Va bien eso de la musiquita? Yo antes tocaba el bajo en un grupo de bailes. ¿Cuánto ganás por show? Muchas minas, ¿no? —me dijo el taxista, escrutándome por el espejo retrovisor.

—Sí, jefe. Se vive bien.

Gustavo me recibió en la sala delantera de persiana americana, mientras sacaba un jugo de naranja de la heladera. Tenía puesta una remera celeste con la consigna “Jesús” y los cabellos enrulados hacia arriba. “Estoy metiendo unas violas, ¿me bancás un ratito? ¿Querés un té o algo?”, ofreció.

Él acostumbraba grabar arrodillado, moviendo la cabeza de un lado a otro como si estuviese en pleno concierto ante una multitud. Cubría el piso con pedales de novedosos diseños: Fuzz Probe, Mr. Ed, Sans Amp, Ratt, Ultimate Octave y Turbo Overdrives. Su fiel asistente Barakus controlaba esa maquinaria como nadie. Para registrar guitarras acústicas o voces, a veces ocupaba el pasillo lateral, colocándose ante micrófonos a válvulas con telas antipops. Usaba los auriculares por encima de su gorra y, al cantar, solía bailar y hacer la mímica como si estuviese rasgando una guitarra invisible. Algo muy gestual. Si sonreía, se le formaban hoyuelos en ambas mejillas. Cuando quería referirse a algo por resolver, decía “la situación es…”. Le encantaba la muletilla “situación”. Adoptaba un modo formal al hablar, tal vez heredado de su padre Juan José. Si no le gustaba una idea que le proponían y prefería otra cosa, decía “yo considero que…”, para descalificarla con sutileza y educación.

Por entonces, su sangre italosajona parecía estar dejando aflorar como nunca el lado “simple” y “humano” de su personalidad. Mantenía una linda relación con una chica llamada Sofía Medrano, y eso tenía mucho que ver. Ella, de poco más de veinte años y cabello largo pelirrojo, fomentaba su mejor versión a través de la buena influencia que suele darnos el universo femenino a los caballeros.

Cuando regresé, Leandro estaba tocando un teclado apoyado en la mesada del control, con una campera de jean puesta. Abordaban una balada clásica, escrita por el líder hacía tiempo en la habitación de un hotel mexicano, mediante una laptop, según contó. Aunque le daban vueltas a la canción desde hacía meses, aún no habían encontrado el arreglo. Quizá, al tratarse de un “lento”, Gustavo lo percibía banal, con demasiados clichés románticos.

—Se llama “Celos”, pero creo que va a quedar afuera. ¡Me suena a Robbie Williams! —dijo un poco en broma y otro en serio.

—¿Qué? Tiene que ir sí o sí. Estás loco si la sacás —retrucó Tweety con su hablar hacia adentro y la barba crecida de días, mientras se acomodaba su gorra roja.

—Veremos, veremos. Terminémosla y evaluamos si entra o no. Al menos tiene algo de “Jealous Guy” de Lennon. ¡La canción de amor por antonomasia! Pero la escribí en un momento feliz, eh, aunque confieso que se me cayeron un par de lagrimones. “Los celos otra vez” dice el tipo, qué tremendo —agregó, como burlándose de sí mismo.

Tweety, ni lerdo ni perezoso, comenzó a tocar la progresión de acordes, entre los arpegios distorsionados. Apoyando el bandoneón en mis rodillas, me senté frente a la consola, justo al lado de Gustavo. Probamos algunas ideas y fuimos pensando los lugares correctos para frasear.

—Puedo usarlo más como teclado que como bandoneón, algo sutil, sin yeites tangueros. ¡No te voy a arruinar el tema! —le aclaré de entrada.

—Claro, la situación sería que hagas la bajadita de La bemol, Sol, Sol bemol y Mi de la segunda estrofa, también algo por el medio, lo que quieras, y luego rematás con lo que sea, al final. ¿Te dije cualquiera, o entendiste? —dijo.

—Entendí, muchacho.

“La espera me agotó,/ no sé nada de vos,/ dejaste tanto en mí./ En llamas me acosté, en un lento degradé,/ supe que te perdí”, resonó desde su voz. Lo resolvimos de esa manera y también doblé algunos bajos con las teclas de la mano izquierda. Tras ello, a su pedido, sumé otra batería de refuerzo a la grabada por Bolsa. Hice el pattern básico, luego algunos breaks de tom-toms y otros ritmos quebrados.

“¿Qué otra cosa, puedo haceeer…”, cantó Gustavo sonriente, con sus brazos abiertos a la manera teatral, antes de prender otro Jockey y salir caminando por el pasillo.

—¿La seguimos mañana? ¿Podés venir? ¿Querés?  —gritó desde la salita delantera para que lo escuchase.

—¡Claro, más bien! —contesté, apuntando el grito hacia la puerta.

Desde entonces, me sumé a la rutina. A veces viajaba junto a Fer Nalé en el colectivo 19, bajándonos en Maipú al 1200, en la esquina de Roca, donde funcionaba la heladería Flamingo. Veíamos su logo de cigüeñas y palmeras en la vereda de enfrente de la avenida, mientras apretábamos el timbre de parada. Siempre tentaba pedir en el mostrador uno de chocolate y americana para acompañar la caminata de tres cuadras y media hasta Unísono. En otras ocasiones, me dirigía a Belgrano para viajar en el auto de Richard. O tomaba el subte C desde Constitución a Retiro y allí combinaba el tren a Florida. Era un traslado ideal para escuchar música contemplando el paisaje. Si abordaba el ramal Tigre, bajaba en la Estación Vicente López y hacía un alto en el Café de París, de fachada europea marrón clara, ventanales de madera oscura y mirador de novela francesa, para rememorar por un ratito mis tiempos en la Ciudad Luz.

Durante el resto de esa semana completamos otras bases. Por sugerencia de Gustavo, sobregrabé gongs, octobans y roto-toms en la versión new wave de “Caravana”, también reconocida como “Palmer”, así como un bongó y las chapas Rimtech que había estrenado años atrás con los Kuryakis en “Abarajame”. Había mucha libertad para experimentar y se usaba el “prueba y error” para ir avanzando. Las canciones, algunas aún sin letra pero con melodías esbozadas, llevaban títulos tentativos. “Llévame a un lugar con parlantes” parecía ser el leitmotiv conceptual de la grabación y comentó que así pensaba titular al disco.

A modo recreativo, el estudio se usaba cada tanto para escuchar música de otros: LCD Soundsystem, The Rapture y The Strokes eran bandas requeridas. Gustavo y Leandro, que habían compartido el proyecto Roken con Flavio Etcheto, solían poner grabaciones de DJ’s alemanes como Michael Mayer o Plastikman. Yo percibía todo con ojos y oídos agigantados. Fui tomando conciencia del gran momento que me había puesto la vida delante: estábamos otra vez entre micrófonos y parlantes, dedicados de lleno a la música y transitándolo con excelente humor. Había un objetivo común entre los participantes

Mientras otros duermen
Continuación del exitoso Qué es un long play, en este segundo volumen de memorias Fernando Samalea, el baterista del rock argentino, explora cronológicamente, con humor y emoción, historias musicales entre 1997 y 2010.
Publicada por: Sudamericana
Fecha de publicación: 10/01/2017
Edición: 1a
ISBN: 9789500759427
Disponible en:Libro de bolsillo