lunes 23 de abril
Interesante

Adelanto de “El infiltrado”, de Uki Goñi


En 1977 Uki Goñi era periodista del diario de habla inglesa Buenos Aires Herald, el único medio en Argentina en informar sobre las desapariciones masivas llevadas a cabo por la dictadura del 1976-1983. Entre las madres que se acercaban al diario a denunciar la desaparición de sus hijos, se encontraba infiltrado el teniente de Marina Alfredo Astiz, agente secreto experto en secuestrar a madres, monjas y activistas de derechos humanos. Astiz logró inclusive infiltrarse en el propio Buenos Aires Herald, haciéndose pasar por hermano de un desaparecido. 

La infiltración de Astiz culminó con el secuestro de un grupo de doce personas, recibidas regularmente por Goñi en el Herald. Este libro significó para el autor saldar una deuda con aquellas madres de desaparecidos y activistas que lo visitaban en el diario.

El infiltrado fue citado como evidencia para sentenciar a Astiz en la Causa ESMA II en 2011 y nuevamente en la Causa ESMA III en 2017, y su autor fue testigo en el juicio. Íntegramente reescrito tras estas históricas condenas para la presente edición aumentada, El infiltrado reconstruye cronológicamente la infiltración de Astiz entre las primeras Madres de Plaza de Mayo y relata en primera persona el modo en que el Buenos Aires Herald se enfrentó a la dictadura en una soledad casi completa en aquellos años sangrientos.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

Capítulo 8 – Agosto

Creo que tenía curiosidad intelectual por ver qué tan lejos podían
llegar las violaciones de derechos humanos en la Argentina sin
que nadie reaccionara.
RAYMOND MCKAY, ex periodista del Buenos Aires Herald

 

Patricia Derian

Aunque las dictaduras argentinas del siglo XX habían contado tradicionalmente con el apoyo de los sucesivos gobiernos de Estados Unidos, que veían en los militares un reaseguro contra el avance del comunismo en Sudamérica, esta situación cambió dramáticamente en enero de 1977 cuando Jimmy Carter asumió la presidencia de Estados Unidos y pateó el tablero, anunciando que de ahí en más los derechos humanos se convertirían en el eje principal de la política exterior de su gobierno.

La designación de Patricia Derian, una activista de los derechos civiles, como secretaria de Derechos Humanos de Carter, resultó ser un tremendo dolor de cabeza para la dictadura argentina. Secundada en Buenos Aires por el diplomático Tex Harris, un hombre corpulento y bonachón que se dedicó a recopilar datos sobre los desaparecidos, el trabajo de Derian pronto resultó en listas de miles de nombres que altos funcionarios norteamericanos entregarían a las autoridades argentinas demandando explicaciones. Más dolorosamente aún, Washington empezó a congelar créditos y a reducir la ayuda militar al país exigiendo una mejora de la situación.

En el mes de agosto, durante una visita a Buenos Aires, la infatigable Derian se reunió con el comandante en jefe de la Marina, Emilio Massera, en la misma ESMA para demandar explicaciones sobre lo que estaba ocurriendo en Argentina, como declararía en el Juicio a las Juntas en 1985.

El día 10 de agosto de 1977 a las once de la mañana me reuní con el almirante Massera en la Escuela de Mecánica de la Armada. Yo comencé la reunión repitiendo lo que era de alguna manera mi introducción, que era explicar cuál era el interés de mi país en la Argentina, cuáles eran nuestros objetivos y las dificultades que planteaban los derechos humanos para las buenas relaciones de nuestros países. Ha pasado mucho tiempo y no recuerdo totalmente la conversación, pero hay, sí, algunos tramos que han quedado grabados en mi memoria. Estaba hablando sobre las torturas. El almirante Massera dijo entonces que la Armada no torturaba a nadie, que eran el Ejército y la Fuerza Aérea los que lo hacían. Yo le dije que nosotros teníamos cientos de informes de personas torturadas por oficiales navales y que incluso algunos de esos informes provenían de gente dentro de la Armada y en otros casos de gente del Ejército y la Fuerza Aérea. Él negó que tuviera ninguna participación en torturas y me habló de los esfuerzos que había hecho en favor de líderes sindicales que estaban detenidos a bordo de un barco anclado frente a la costa, esfuerzos que había realizado por mejorar su suerte, se había puesto en contacto con sus familiares y otras gestiones. Yo entonces volví a llevar la discusión al tema de las torturas y le dije que yo había visto un esquema rudimentario del piso que estaba justamente debajo de aquel donde nos encontrábamos.

“Es posible que mientras nosotros estamos hablando, en el piso de abajo se esté torturando a alguien”, le dijo Derian a Massera.
Entonces sucedió algo que Derian relató como “realmente asombroso”.
Massera esbozó una enorme sonrisa e hizo el gesto de lavarse las manos.
“¿Usted recuerda lo que pasó con Poncio Pilatos?”
La nueva política norteamericana a favor de los derechos humanos descolocó completamente a los militares argentinos y dio esperanza a los familiares de desaparecidos. Como toda persona que deseara profundizar sobre lo que realmente estaba ocurriendo en Argentina, Derian acudió a las oficinas del Buenos Aires Herald, donde la vi encerrarse en el escritorio de nuestro editor Robert Cox durante sus visitas al país.

“The Mad Women of Plaza de Mayo”

Otra visita de Washington cinco días más tarde, el lunes 15 de agosto, resultó en la publicación de la primera referencia a las Madres de Plaza de Mayo en el Buenos Aires Herald. Unas 100 madres se habían congregado frente a la Casa Rosada por la llegada del subsecretario de Estado de Carter, Terence Todman. La gran cantidad de madres atrajo el interés de los corresponsales estadounidenses que cubrían la visita, para disgusto de la policía. Una periodista de la cadena norteamericana de radio NBC que estaba entrevistando a un grupo de madres fue interpelada por un policía de civil que le arrebató el pasaporte y las cintas de grabación, demandando que debía acompañarlo a la comisaría de la calle Lavalle. El intento de arresto derivó en una situación increíble que fue informada por el Herald en su edición del día siguiente.

“Las madres, que dicen que se juntan periódicamente en la Plaza de Mayo para llamar la atención acerca de familiares que han desaparecido, rodearon y comenzaron a gritar al hombre, exigiendo que devolviera el pasaporte. Cuando se negó, varias de las mujeres empezaron a arañarlo y a tirar de sus ropas. Una de las mujeres consiguió recuperar el pasaporte y devolvérselo a la periodista.”

Dos policías uniformados debieron acudir al rescate del hombre de civil mientras un grupo de madres escoltó a la periodista junto con su pasaporte y sus cintas de grabación fuera de la plaza. Vale la pena transcribir el resto de la nota, ya que constituye el primer relato sobre el comienzo de las madres.

“Las mujeres dicen que no conforman un grupo organizado, pero que han desarrollado un espíritu de cuerpo como resultado de sus repetidos encuentros en oficinas del gobierno a las que acuden frecuentemente en búsqueda de información sobre sus hijos desaparecidos. Recientemente han comenzado a juntarse cada jueves a las 15.30 en la Plaza de Mayo para llamar la atención sobre su situación y para solicitar una reunión con el presidente Videla. Ayer fueron a la plaza y agitaron pañuelos blancos para atraer la atención del diplomático norteamericano de visita.”

“Miembros del grupo de madres dicen que no desean dañar la imagen del país, pero que están desesperadas por noticias de sus hijos, que han desaparecido sin rastro después de ser ‘arrestados’ por grupos de hombres armados que dicen tener alguna conexión oficial. Las mujeres dicen que algunos de los oficinistas de la zona se refieren a ellas como ‘Las mujeres locas de Plaza de Mayo’.”

En los días siguientes la policía siguió presionando a los corresponsales extranjeros que cubrían las marchas de las madres. El jueves 25 de agosto llegó incluso a arrestar a dos periodistas.

“Un enviado especial de La Voz de América, el señor Ortiz, y el corresponsal de la BBC, Derek Wilson, fueron interpelados mientras registraban los sucesos”, escribió Jean-Pierre Bousquet, de France-Presse, un corresponsal que siguió de cerca el nacimiento de las madres.

Los dos periodistas fueron llevados a la Comisaría 2ª donde se les sugirió que no perdieran el tiempo registrando las protestas de las madres. Era una sugerencia que los corresponsales extranjeros y el Buenos Aires Herald decidieron ignorar pero que venía siendo escrupulosamente acatada por los medios locales.

Al día siguiente, el Herald publicó en primera página la noticia de que “unas 15 personas” habían sido arrestadas en la plaza durante una manifestación de cientos de madres. El Herald volvió a referirse a las manifestantes como “The Mad Women of Plaza de Mayo” (“Las mujeres locas de Plaza de Mayo”).

El mote fue traído a la redacción por Raymond McKay, un académico estadounidense de la Universidad de Texas que durante los primeros años del Proceso trabajó en el Herald, y que tenía un especial interés en el movimiento.

“Yo solía pasar caminando por la plaza durante la tarde en dirección al Herald, para ver qué andaba pasando por ahí. Fueron ellas mismas las que me dijeron que les decían ‘las locas’. Yo entonces introduje ese apelativo en una nota, que fue la primera vez que se empleó el término. Un corresponsal extranjero se enojó mucho conmigo porque decía que era insultante.”

El silencio sofocante de la prensa argentina con respecto al tema de los desaparecidos se sentía en menor medida en el Herald, donde el director Robert Cox, McKay y yo recibíamos con frecuencia a las madres. Pero no todos en el diario estaban de acuerdo en cubrir las violaciones a los derechos humanos.

“La reacción que provocaba nuestra posición en la redacción me recordaba el modo en que los negros que luchaban por sus derechos en los Estados Unidos eran resistidos por los demás negros”, recordaría McKay, quien luego del Herald llegó a ser rector de una importante universidad privada en Argentina. “Ustedes nos pueden causar problemas”, sentía McKay que le estaban diciendo con su silencio algunos jefes y compañeros del diario.

“Yo a menudo salía del Herald para entrevistar a parientes de desaparecidos en sus casas. En el caso de la desaparecida Margarita Erlich, en julio de ese año, entrevisté incluso a sus amigos y compañeros de trabajo para una nota bastante extensa que firmé con mi nombre. Me acuerdo que le entregué la nota a Cox diciéndole que probablemente sería imposible su publicación.”

“Al contrario, es importantísimo que esto se publique ya mismo”, dijo Cox corriendo a entregar la nota al taller.

Corría el rumor en los medios argentinos de que el Herald tenía protección especial, que éramos intocables porque en realidad trabajábamos para la CIA, que Cox jamás se atrevería a publicar lo que publicaba de no ser así. Había madres que cuando iban a las comisarías a reclamar por sus hijos desaparecidos le advertían a la policía que habían estado con nosotros.

“¡Cuidado, que yo he hablado con el señor McKay del Herald!”

En mi testimonio en la Causa ESMA en el 2011, recordé aquellas primeras visitas de las madres al diario.

“Cuando estas madres empezaron a venir a la redacción, me acuerdo que había una que las traía y las llevaba. A veces se enojaban porque sentían que desde el diario no hacíamos lo suficiente. Otras veces estaban apuradas porque tenían que irse a otro lugar, o pensaban que el Herald no era un diario importante y que total no valía la pena. En cierta ocasión esta madre dijo: ‘Acá no pasa nada, vámonos’. Hoy en día pienso que esa mujer pudo haber sido Azucena Villaflor.”33 Editorial Paidós

 

Capítulo 9 – Septiembre

Existía un mundo civilizado y un mundo paralelo que funcionaba
bajo tierra, que era un mundo oculto, siniestro. Era un secreto a
voces, que no era tan secreto porque finalmente querrían que algo
se supiera para sembrar el terror.
ANA MARÍA CAREAGA, entrevista con el autor

“Navidad en paz”

Invitado especialmente a Washington para la firma del Tratado del Canal de Panamá en la Casa Blanca el 7 de septiembre de 1977, el general Jorge Videla quedó descolocado cuando el presidente Jimmy Carter lo presionó personalmente sobre la situación de los derechos humanos en Argentina. Carter le pidió al dictador “que haga conocer al mundo la situación de los desaparecidos.”

Sorprendido, Videla prometió a Carter que los argentinos tendrían una “navidad en paz” a fin de año. Sería una promesa que las Madres de Plaza de Mayo tomarían muy en serio, demandando a Videla su cumplimiento.

Washington igualmente siguió incrementando la presión sobre Argentina por el tema de los derechos humanos. Cuando el secretario de Estado norteamericano Cyrus Vance llegó a Buenos Aires el 20 de noviembre para entrevistarse con Videla y otros oficiales argentinos, trajo consigo una lista de 7500 desaparecidos que entregó en la Casa Rosada para gran disgusto de los militares.

Bergoglio y la Madre Teresa

Con dos de sus yernos desaparecidos durante 1976 y su hija Ana María secuestrada en junio de 1977, Esther Ballestrino de Careaga fue una de las principales movilizadoras de Madres de Plaza de Mayo, además de actuar en Familiares y la Liga por los Derechos del Hombre.

“La Liga era la más bullanguera de las agrupaciones”, recordaría María del Rosario Cerrutti. “Ahí fue donde bautizaron a Esther Careaga con el nombre de Teresa.”

Lucas Orfanó la interrumpió cuando hacía una propuesta durante una reunión.

“A ver, ¿qué está diciendo usted?, ¿cómo se llama? Digamos… ¡Teresa!”

Debido al terror imperante y a la informalidad con que se manejaban los grupos de derechos humanos era habitual que los familiares se reservaran sus nombres reales. Teresa trataba de sumar los esfuerzos que se realizaban en las distintas asociaciones de derechos humanos con el objetivo de unir su acción dispersa. Fue recordada con especial cariño por las madres por su actitud de no abandonar la plaza aun después de haber recobrado a su hija de las garras del infierno.

Ana María Careaga había sido secuestrada un frío día de invierno en la esquina de Juan B. Justo y Corrientes en el barrio de Villa Crespo, mientras esperaba un colectivo, vestida con un saco de lana gruesa de color rosa profundo tejido por su madre. Iba camino a reunirse con su padre y su marido cuando fue introducida en un automóvil por un grupo de hombres que portaban armas y que dispersaron a los transeúntes. Sin darse cuenta, se encontraba en una “zona liberada” por la policía, que había cortado el tránsito en ambas avenidas. Estuvo desaparecida durante cuatro meses en el Club Atlético, el campo de concentración ubicado en el subsuelo de Paseo Colón y Garay, bajo un edificio de la Policía Federal que luego fue demolido para construir la autopista 25 de Mayo. Fue salvajemente torturada a pesar de su embarazo.

Entre los desesperados intentos por salvar a su hija, Careaga y su marido se habían acercado al Buenos Aires Herald el 5 de julio donde se reunieron con nuestro editor Robert Cox. Me acuerdo que, apresurado con otras tareas, Cox me presentó a la pareja, entregándome la nota que él ya había comenzado, y me pidió que terminara de redactarla con los datos que ellos me aportarían.

“Una madre, desesperada de preocupación por la vida de su hija de 16 años, embarazada, quien desapareció el 13 de junio, ha presentado un hábeas corpus en el juzgado del juez federal Rafael Sarmiento”, empezaría la nota de cuatro párrafos que publicamos al día siguiente.

Fue el comienzo de una serie de entrevistas que mantuve con Careaga en los meses siguientes, sobre la situación de su hija y la de los desaparecidos en general. El recuerdo de aquellas reuniones en el Herald permaneció vívido en mí. A diferencia de otras madres, sumidas en un estado de fragilidad emocional extrema por las tragedias vividas, Careaga mantenía una entereza notable. Su discurso era claro y preciso. Se trataba claramente de una mujer excepcional. Resulta imposible saber si fue por la nota que publicamos, por los esfuerzos de la pareja o simplemente porque sus captores se apiadaron de la adolescente embarazada, pero Ana María recuperó su libertad.

“Fui liberada el viernes 30 de septiembre. Cuando yo logro ubicar a mi familia, mi mamá estaba reunida con las madres. Estábamos esperándola y como la emoción iba a ser muy fuerte, me escondí en una habitación, porque ella no andaba bien del corazón, para que la fueran preparando.”
Teresa llegó muy excitada, hablando de su hija.
“Puede ser que tenga noticias de Ana María. Alguien que salió de un campo de concentración contó que a través de una chica secuestrada se había sabido que existían las Madres de Plaza de Mayo. Puede ser que haya sido ella.”
Fue entonces que Ana María salió de la habitación donde estaba escondida.
“Fue de lo más hermoso de las cosas que uno puede rescatar, esos momentos. Esa lucha tomó cuerpo y llenó de esperanzas que haya aparecido alguien, que apareciera yo. Era a la vez desconcertante porque ya era una lucha colectiva, y el hecho de que apareciera alguien tampoco era determinante. La próxima vez que mamá fue a la plaza volvió trayendo papelitos con nombres de hijos de las otras madres para ver si yo había visto alguno.”

Mucho tiempo atrás, en 1953, la personalidad de Careaga había impresionado a un joven de 17 años estudiante de técnico químico que trabajaba bajo sus órdenes en el laboratorio Hickethier-Bachman en la calle Azcuénaga casi esquina Santa Fe de la ciudad de Buenos Aires. Allí Careaga ejercía su profesión de bioquímica farmacéutica realizando análisis bromatológicos de productos alimenticios. El joven en cuestión, Jorge Bergoglio, pronto se inclinaría hacia su vocación por el sacerdocio, pero sin perder la profunda amistad que de allí en más mantuvo con su compañera de trabajo.

“Recuerdo que cuando le entregaba un análisis, me decía: ‘Che… ¡qué rápido lo hiciste!’. Y enseguida, me preguntaba: ‘¿Pero este dosaje lo hiciste o no?’. Entonces, yo le respondía que para qué lo iba a hacer si, después de todos los dosajes de más arriba, ese debía dar más o menos así. ‘No, hay que hacer las cosas bien’, me reprendía. En definitiva, me enseñaba la seriedad del trabajo. Realmente le debo mucho a esa gran mujer.”
Bergoglio siempre sintió por Careaga una gran admiración.
“Una mujer con mucho sentido del humor, que me introdujo en el mundo de la política. Era una febrerista, del Partido Febrerista Paraguayo, exiliada aquí. Me hacía leer varias cosas, los artículos de (Leónidas) Barletta, por ejemplo, conversábamos sobre eso, los comentábamos. Le debo mucho a esa mujer. Después, a pesar de que yo era cura, seguimos siendo amigos.”

Aun durante la dictadura, Careaga apelaba a la ayuda de su amigo, para entonces convertido en provincial de los jesuitas argentinos.

“Recuerdo una reunión con una señora que me trajo Esther Ballestrino de Careaga, aquella mujer que, como antes conté, fue jefa mía en el laboratorio, que tanto me enseñó de política”, diría Bergoglio en el libro El jesuita. “La señora oriunda de Avellaneda, en el gran Buenos Aires, tenía dos hijos jóvenes con dos o tres años de casados, ambos delegados obreros de militancia comunista, que habían sido secuestrados. Viuda, los dos chicos eran lo único que tenía en su vida. ¡Cómo lloraba esa mujer! Esa imagen no me la olvidaré nunca. Yo hice algunas averiguaciones que no me llevaron a ninguna parte y, con frecuencia, me reprocho no haber hecho lo suficiente.”

Mientras las madres estuvieron infiltradas por Alfredo Astiz, poco antes de su secuestro en diciembre, Careaga llamó en otra ocasión a Bergoglio, pidiéndole que fuera a su casa a administrar la extremaunción a un familiar moribundo. Esto le sonó extraño a su viejo amigo porque los Careaga no eran una familia religiosa. Al llegar, Bergoglio descubrió que Careaga estaba siendo cuidadosa porque no quería revelar la verdad por teléfono.

“Mis padres tenían una gran biblioteca de libros de política, libros sobre el marxismo y la filosofía, y ella le pidió mantenerlos en custodia”, recordaría su hija Ana María.

En un acto valiente, Bergoglio tomó los libros bajo su cuidado, aunque en aquellos tiempos ser hallado en posesión de tal literatura fácilmente podía significar la muerte.

No hay duda de que la serena actitud de Careaga sirvió de ejemplo al resto de las madres. Quince días después de la liberación de Ana María, Careaga viajó a Brasil con sus tres hijas, quienes habían obtenido una garantía de asilo político en Suecia a través de las Naciones Unidas. Rechazando el exilio para sí misma, Careaga pronto volvió a Buenos Aires para seguir luchando del brazo de sus compañeras.

“Tengo presente el recuerdo muy hermoso cuando volvió a la plaza después de que habían liberado a su hija. Cuando la vimos la queríamos comer”, recordaría Cerrutti.

“¡Andate por favor! Vos ya encontraste a tu hija, cesó tu búsqueda, cesó tu lucha”, la retó su amiga.

“¿Y los otros?”, preguntó ella. “Mi obligación es estar acá. Voy a seguir hasta que los encontremos a todos.”

Montevideo

El 18 de septiembre de 1977 Alberto Lennie pudo reencontrarse con su esposa Silvia Labayru. El encuentro tuvo lugar en Montevideo, adonde el joven estudiante de medicina llegó desde São Paulo, adonde se había exiliado, según relataría en la Causa ESMA en el 2014.

“Era la primera vez que la veía desde que la habían secuestrado. Fue acompañada por mi mamá y un oficial. Silvia seguía en manos de los marinos. En ese encuentro conocí a mi hija.”
Al día siguiente, el oficial que había traído a su esposa desde Buenos Aires se dio a conocer como el “Gato” Alberto González. Le dijo a Lennie que se abstuviera de hacer declaraciones públicas sobre su mujer o los secuestros de los que había sido víctima su familia.
“Son los costos sociales de la guerra,” explicó el oficial de inteligencia, conocido en la ESMA bajo el alias González Menotti. “Me dijo que en un futuro cercano volviese a la Argentina y retomara mi carrera de medicina.”

Tras el reencuentro, González volvió a Buenos Aires con la hija y la esposa de Lennie. Labayru se hallaba bajo el control del marino, de acuerdo con el  sistema por el cual cada detenido elegido para sobrevivir debía permanecer bajo el ala de alguno de los represores del centro clandestino. En Montevideo, Labayru confirmó a su marido la muerte de su hermana Cristina pero no le pudo decir que había visto el cuerpo en la ESMA. El encuentro con el siniestro marino causó una fuerte impresión al joven Lennie, quien decidió escaparse más lejos aún que São Paulo.
“Como era todo incomprensible para mí, le pedí a mi padre que me ayudara a ir a España.”

Repugnancia

Aunque Azucena confiaba plenamente en Gustavo Niño, la presencia del infiltrado provocó incomodidad y sospecha en algunos desde el principio. Tal era el caso de Pedro De Vincenti, el marido de la líder de las madres, quien nunca toleró que el joven revoloteara alrededor de su esposa. El hombre le confesó su molestia a María del Rosario Cerrutti en los escalones de una iglesia en Devoto.
“Habíamos hecho una misa en septiembre y había ido el marido de Azucena, que siempre temía por su seguridad. Lo recuerdo a Astiz pegado a Azucena en los escalones a unos cinco o seis metros.”
Pedro hervía de rabia.
“¡No lo puedo ver a este tipo! Me causa repugnancia. ¿Por qué siempre tiene que estar pegado a Azucena, atrás de Azucena?”
“Pobre. Busca seguridad, dejalo”, lo calmó Cerrutti.

El infiltrado
El infiltrado reconstruye cronológicamente la infiltración de Astiz entre las primeras Madres de Plaza de Mayo y relata en primera persona el modo en que el Buenos Aires Herald se enfrentó a la dictadura.
Publicada por: Planeta
Fecha de publicación: 03/01/2018
Edición: 1a
ISBN: 978-987-3804-65-6
Disponible en:Libro de bolsillo

 

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