Interesante

Adelanto de «Todo lo que necesitás saber sobre la Guerra fría», de Telma Luzzani


Entre 1945 y 1991 el mundo vivió un período histórico inusual. El escenario internacional se organizó en torno a la rivalidad de dos países con ideologías contrapuestas. En ese lapso la humanidad temió, en varias ocasiones, estar al borde de su desaparición, víctima de una explosión nuclear. El resultado de esos años fue una posguerra insólita: dos países se disputaron el predominio global y el mundo comenzó a percibirse en función de una oposición binaria excluyente: el capitalismo, representado por Estados Unidos, y el socialismo, por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Hoy, a treinta años de la caída del Muro de Berlín, el duelo global del siglo XX, lejos de haber quedado sepultado, ha sumado nuevos actores, se ha vuelto infinitamente más complejo – a veces ininteligible- y mucho más inestable tanto en lo político, económico, cultural, científico, informativo y deportivo como en lo social.

En esta obra íntegra y contundente, Telma Luzzani, una de las periodistas más comprometidas con el periodismo de investigación del país, nos ofrece herramientas para distinguir las formas imprecisas y cambiantes de un nuevo orden internacional que aún se encuentra en gestación.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

 

Capítulo 4 – El sueño americano y el hombre nuevo

La idea de progreso indefinido y la omnipotencia de querer cambiarlo todo elevaron muy alto la autoestima de mujeres y hombres durante la Guerra Fría. El resultado fue un amplio y continuo abanico de innovaciones y descubrimientos científicos que asombraron al mundo. La gran paradoja fue que esa creatividad sirvió tanto para facilitar y prolongar la vida como para ponerla en extremo riesgo.

Los avances científico-tecnológicos entre 1945 y 1991 fueron sobresalientes. La computadora digital de uso civil (1946); los discos de vinilo (1948) y luego los compactos; los nuevos medicamentos, las fotocopiadoras y videocaseteras (1950); los satélites artificiales (el primero fue el soviético Sputnik, en 1957); el láser y los trasplantes exitosos en humanos (1960); los tomógrafos (1970); la cámara fotográfica sin rollo y los teléfonos celulares, que salieron al mercado por primera vez en los años ochenta, la red informática global (World Wide Web) en los años noventa. La lista es interminable.

Muchos productos estaban en fase experimental o existían de modo embrionario antes de la Segunda Guerra Mundial, como la penicilina (descubierta por Alexander Fleming en 1928); el nylon y el poliéster (1935) o la TV (inventada en los años veinte). Otros se desarrollaron inicialmente con fines militares, como el radar (1930), y luego se perfeccionaron y adaptaron para uso civil, sobre todo en EE. UU. El capitalismo usó con mucha eficacia la cantidad y variedad de nuevos bienes de consumo como propaganda del american way of life, cuyas virtudes contrastaban con el “atraso” comunista.

El sovietólogo argentino Isidoro Gilbert narraba una anécdota muy ilustrativa. En 1959, Richard Nixon, entonces vicepresidente de EE. UU., inauguró en Moscú una exposición de bienes de consumo de empresas estadounidenses. El líder soviético, Nikita Jruschov, impactado con el lavaplatos y los nuevos modelos de lavarropas, auguró que en los años ochenta la URSS superaría en eficiencia y productividad a EE. UU., pero sin adoptar el capitalismo. De hecho, en el XXII Congreso del PCUS de 1961 se proclamó que para el año 1980 se crearían las bases materiales para alcanzar el comunismo. Hoy sabemos lo equivocados que estaban.

 

1. La confianza en la ciencia: los inventos

En la segunda mitad del siglo XX, la medicina, la química y la farmacología dieron un salto gigante con un fuerte impacto civilizatorio. Profundas transformaciones culturales, como la revolución sexual de los años sesenta, no hubieran sido posibles sin los antibióticos (no solo flagelos como la viruela, sino también las enfermedades venéreas como la sífilis dejaron de ser irremediablemente fatales) y menos aún sin la píldora anticonceptiva. Otro ejemplo es la reducción de la tasa de mortalidad y la prolongación de la expectativa de vida, que produjo una fuerte variación demográfica global. En 1800 la población mundial era de 1.000 millones. En doscientos años se sextuplicó: en el año 2000 éramos 6.000 millones de habitantes y en 2018, 7.400 millones.

Más cercano en el tiempo se encuentra el descubrimiento del ADN (el patrón de instrucciones genéticas que controla el funcionamiento de los organismos) y la consiguiente explosión de la ingeniería genética, cuyo horizonte todavía hoy es difícil predecir.

El primer trasplante exitoso de corazón humano, realizado el 3 de diciembre de 1967, en Sudáfrica, por el doctor Christian Barnard y su equipo, fue un hito en la medicina. Una década después, nació en Gran Bretaña la primera beba de probeta y en julio de 1996 (ya sin Guerra Fría), se logró clonar el primer mamífero a partir de una célula adulta: la oveja Dolly. En muchos países, como en Argentina, están prohibidos los experimentos de clonación relacionados con seres humanos.

En ese vasto desarrollo científico —aquí se presenta apenas una mínima muestra— nada tuvo mayor impacto masivo, social y cultural que la píldora anticonceptiva. Transformó la sexualidad femenina, las relaciones de pareja y la conformación familiar. No solo porque permitió el control de la natalidad, sino porque significó un giro en la subjetividad femenina que alimentó portentosos cambios durante las décadas siguientes.

América Latina tuvo un papel clave en su desarrollo. En primer lugar, porque el joven científico mexicano Luis Miramontes fue el primero que sintetizó, en 1951, la hormona que bloquea la ovulación. No obstante, fueron dos estadounidenses, John Rock y Gregory Pincus, de la Universidad de Harvard, quienes en 1955 desarrollaron la pastilla utilizando esa hormona sintética. Con laxos principios éticos, según explica un artículo publicado el 28 de septiembre de 2017 en el diario The Harvard Crimson, Rock y Pincus probaron la píldora, primero, en mujeres con problemas mentales y luego, para obtener el permiso de la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE. UU. (FDA, por sus siglas en inglés), en mujeres latinas pobres de México, Haití y Puerto Rico.

Una de las mil quinientas puertorriqueñas que participaron, Delia Mestre, dijo en 2004 al diario The Orlando Sentinel: “Nos dijeron que se trataba de una pastilla que evitaría que tuviéramos niños que no podíamos mantener”. No les dieron la más mínima compensación y, peor aún, no les informaron sobre los riesgos y los efectos secundarios del medicamento.

Según el diario The Washington Post, “tres mujeres fallecieron durante los ensayos clínicos. Pero no se realizaron autopsias, por lo que no se sabe si sus muertes estaban vinculadas con el medicamento”. El 22% de las “conejillas de Indias” abandonó las pruebas debido a efectos secundarios severos. Aquellas píldoras contenían tres veces la cantidad de hormonas que llevan en la actualidad.

Una vez que la FDA aprobó el anticonceptivo oral —cuyo nombre comercial fue Enovid— en 1960, los médicos abandonaron a sus pacientes sin el menor reconocimiento de su ayuda en la concreción de un medicamento que dio ganancias millonarias. A partir de esa fecha, si querían anticonceptivos, las mujeres pobres debían pagar 11 dólares al mes por las pastillas.

2. Sociedad de consumo

El modelo de acumulación del capitalismo tuvo como uno de sus ejes centrales el aumento de la capacidad de consumo, lo que implicaba brindar ciertos beneficios a la población: desde leyes de protección para los trabajadores o los desempleados, hasta créditos bancarios para la familia.

Durante la GF, la producción masiva de artículos para las clases medias y trabajadoras produjo una metamorfosis de la vida cotidiana. Aparecieron nuevas prácticas vinculadas a las rutinas hogareñas, las dietas, la organización familiar y hasta hubo una cierta democratización del ocio.

Con las heladeras eléctricas, los alimentos empezaron a conservarse de otra manera; con el lavarropas, las mujeres se liberaban de un trabajo forzado y ganaban tiempo libre; con el auto se abrió la posibilidad de hacer viajes placenteros a lugares más lejanos. En 1938 había en Italia 470.000 autos; en 1975, 15 millones. En EE. UU. y Europa la venta creció de manera exponencial; en los países socialistas y en América Latina también aumentó, pero menos.

En cuanto a la democratización del ocio, el efecto sobre el turismo fue enorme. Antes de la guerra solo viajaban las clases adineradas, que podían vivir sin trabajar. Pero con el fin de la Segunda Guerra Mundial y el perfeccionamiento de los medios de transporte (trenes, autos, aviones y barcos) se produjo la mutación del ocio-aristocrático al de masas. De la mano de las conquistas sociales, como la disminución de las horas laborables y las vacaciones obligatorias pagas (que se incluyeron como un derecho en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948, en su artículo 24), se catapultó el turismo.

En 1950, apenas trescientos mil viajeros estadounidenses veranearon en el Caribe, pero en 1970 ya fueron siete millones. El boom en España, que en los años cincuenta aún no conocía el turismo masivo, fue todavía más espectacular: en 1980, 54 millones de personas visitaron la península ibérica y el turismo se convirtió en una industria vital para ese país. En Argentina, durante el primer y segundo gobierno de Juan Domingo Perón (1946-1955), se implementaron políticas públicas relacionadas con el tiempo libre y el ocio popular. Hubo un alto crecimiento del consumo de los entretenimientos públicos, el deporte y el turismo. En 1930, visitaron Mar del Plata 60.000 turistas. En 1940, 380.000; diez años después, un millón y para 1955, antes del golpe militar, 1.400.000 argentinos fueron a esa ciudad balnearia, muchos de ellos beneficiados por la política de turismo social.

La combinación del estado de bienestar y la ampliación de derechos, los inventos y el consumo, fue moldeando una sociedad muy diferente a la de la primera mitad del siglo XX. Un dispositivo que se descubrió a fines de los años cuarenta, el transistor, revolucionó las máquinas, la electrónica y también produjo cambios sustanciales.

Las mudanzas adquirieron una velocidad vertiginosa. En los años cincuenta aparecieron las tarjetas de crédito y la fibra óptica. En los años sesenta, una hazaña titánica conmovió al mundo: el soviético Yuri Gagarin fue el primer hombre en navegar por el espacio. A fin de esa década, los estadounidenses redoblaron la apuesta y llegaron a la Luna. En esa década también se conocieron el chip de silicio (en Silicon Valley, EE. UU.), el casete, el robot industrial, el aire acondicionado, el procesador de textos y, en Japón, un tren bala circuló, por primera vez, a 200 kilómetros por hora.

En la década de 1970, la URSS lanzó la primera estación espacial y en la Tierra aparecieron los relojes digitales, el primer videojuego Atari (con un rudimentario partido de tenis), el código de barras, la fertilización in vitro y la primera tomografía axial computarizada (predecesora de la resonancia). La miniaturización de los productos fue otro de los éxitos de la época (radiotransistores portátiles, calculadoras de bolsillo, primero a pila y luego a energía solar).

Para entonces, el Pentágono ya utilizaba una red que iba a revolucionar los últimos años del siglo XX y el siglo XXI: Internet. Los primeros correos electrónicos entre universidades se registraron en los años ochenta, en EE. UU. Esa fue también la década del fax, las cámaras de foto digitales y el mouse.

Cuando ya había caído del muro de Berlín y la URSS se tambaleaba, la NASA puso en órbita un telescopio espacial (satélite espía), el Hubble, y las computadoras volvieron obsoletas a las máquinas de escribir. En 1991, el lenguaje y los vínculos de hipertexto del británico Tim Berners-Lee se convirtieron en el patrón estándar de las comunicaciones electrónicas y recibieron el nombre de World Wide Web (la primera se realizó en 1989). Internet se remonta a 1969, cuando se estableció la primera conexión entre tres universidades de California. En 1972 se llevó a cabo la primera demostración pública y en 1977 apenas cien personas estaban conectadas. En 1991 se calculaban unos dos millones de usuarios y, con la caída de la URSS, la globalización estalló. El político estadounidense Albert Arnold “Al” Gore, vicepresidente de Bill Clinton (1993-2001), acuñó el concepto de “autopista de la información”, aludiendo a un sistema global de información y conocimiento. Cuando se lanzó la World Wide Web se calculaban más de 60 millones de personas en red y en el año 2000, unos 250 millones, apenas un 4 % de la población mundial.

No deja de sorprender la acelerada degradación que tuvieron las aclamadas virtudes de Internet. En sus comienzos se elogiaba su inviolabilidad, su libertad ilimitada y su indiscutible democratización (allí éramos todos iguales, aunque esa “totalidad” representaba un magro 4% del mundo). Hoy los usos policíacos y manipuladores de la red son por demás conocidos y peligrosos.

En este contexto, la imagen que los humanos tenían de sí mismos y de los demás, antes y después de la SGM, cambió de manera radical. Una gran parte de la ciudadanía podía acceder a bienes que solo tenían los muy ricos en la época de sus padres. La percepción del tiempo y el espacio se modificó drásticamente. Un avión podía conectar Nueva York con París en seis horas y era accesible para mucha más gente. El teléfono se popularizó.

Las redes entre ciudades e incluso entre continentes permitieron conexiones antes imposibles. En los años setenta se hizo la primera interconexión transatlántica Reino Unido-EE. UU., una verdadera revolución en las comunicaciones a distancia. En esa década había 300 millones de teléfonos, la mayoría en el primer mundo. En diez años, la cantidad se duplicó. Hacia fines de la GF, se impusieron las comunicaciones inalámbricas, que permitieron que las personas estuvieran siempre localizables.

La posibilidad ya mencionada de conocer lo que sucedía en otro continente; cruzar los océanos en pocas horas; tocar un botón y hablar con alguien que está lejos fueron experiencias radicales que el intelectual canadiense Marshall McLuhan sintetizó en dos palabras: aldea global. Este catedrático de la Universidad de Toronto, intrigado por el efecto de los medios masivos, especialmente la televisión —que él detestaba—, estudió en profundidad la nueva sociedad de información que ya se asomaba. Sus libros La galaxia Gutenberg (1962) y Comprender los medios de comunicación (1964) fueron best sellers en las principales universidades de EE. UU.

Como percibió McLuhan, de alguna manera el mundo ya estaba en red. Los libros de Jean Paul Sartre o Herbert Marcuse se podían encontrar simultáneamente en las librerías de Buenos Aires y de París, y los militantes y los académicos podían viajar con mucha facilidad de la Sorbona a Berkeley o a San Pablo en intercambios internacionales.

Demás está decir lo que significaron las computadoras e Internet, una revolución que muchos comparan con la transformación civilizatoria que produjo la invención de la imprenta por Gutenberg en el siglo XV. La red de redes permitió conectarse en segundos con una persona en un punto opuesto del planeta o encontrar textos, imágenes y audios de multitud de fuentes diversas. Internet permite propagar información a la velocidad de la luz, comprar o vender cualquier cosa en cualquier sitio, encontrar personas a las que se les había perdido el rastro y, desde ya, controlar y manejar las conductas de los ciudadanos, como quedó demostrado con las elecciones amañadas del Brexit (referéndum de junio 2016) en el Reino Unido y también en las elecciones presidenciales de Argentina en octubre y noviembre 2015, según admitieron los fundadores de la empresa Cambridge Analytical a la prensa, en el año 2018.

3. El cine y la TV

En la esfera de la vida cotidiana, los medios masivos de comunicación—radio, TV, cine— hegemonizaron el ocio y constituyeron una herramienta muy efectiva de propaganda política y control social. En Occidente, la radio y sobre todo la TV se convirtieron en el centro de la vida familiar y funcionaron como las principales fuentes de información, narradoras de historias, proveedoras de temas de conversación e, incluso, en los últimos tiempos, como niñeras.

El cine fue un arma fundamental a lo largo de todo el siglo XX. “EE. UU. era el único con distribución masiva a escala planetaria. Cuando comenzó la Guerra Fría, tenía un público de cientos de millones. Con el auge de la TV, perdió preponderancia y público. En 1960 produjo una sexta parte del total mundial sin contar la producción de Japón e India”, sostiene Hobsbawm.

En la Unión Soviética, el cine no alcanzó los niveles estadounidenses, pero produjo extraordinarios cineastas y obras de arte como Solaris (1972) y Stalker (La zona, en español, 1979) de Andréi Tarkovski, entre muchas otras.

A ninguno de los líderes de las dos potencias se les escapaba el poder del cine como propaganda y como formador de “sentido común”. Octubre (1927), dirigida por Grigori Aleksandrov y Serguéi Eisenstein o El acorazado Potemkin (1925), también de Serguéi Eisenstein, son un claro ejemplo de la consigna bolchevique: “Un cine revolucionario para la revolución”.

En la concepción comunista, ese arte ayudaría a educar a los trabajadores en el espíritu del socialismo, a organizar a las masas para la lucha y elevar la educación y el nivel cultural del pueblo. En los años treinta, el extraordinario espíritu de vanguardia que caracterizó el arte soviético cayó en desgracia. Se impuso el realismo socialista, una producción vigilada, de contenido social, que exaltaba un mundo igualitario y en continuo progreso, logrado gracias a la lucha del hombre común (el “hombre nuevo socialista”, claro), heroico, sacrificado, ético y solidario. Fue típica también en las películas de esta época la exaltación de la máquina —el tractor— como símbolo del desarrollo industrial y del éxito de los planes quinquenales.

Mientras que el cine de la URSS se centraba en exaltar el modelo socialista, es decir, en construir una imagen propia positiva, el estadounidense apuntó más hacia la demonización del adversario externo (“el peligro rojo”) y alimentó la figura del enemigo interno (“el infiltrado comunista”).

El mensaje principal para el pueblo estadounidense —analiza Ana Bocchichio en su artículo “¡Ahí vienen los rusos! EE. UU., la temprana Guerra Fría doméstica y la construcción del enemigo interno”— fue que los derechos individuales debían quedar subordinados a las necesidades superiores del país y que los ciudadanos debían “colaborar voluntariamente o al menos sin resistencia por medio de sus impuestos” en el financiamiento del complejo militar-industrial, con el objetivo de mantener en alto “el sueño americano”.

Con una lógica absolutamente maniquea, el aparato cultural estadounidense trabajó a nivel interno con dos modelos antitéticos: uno positivo, “el buen americano” y otro negativo, el repudiable “antipatriota o traidor infiltrado”.

El peligro de una invasión soviética (algo que la Casa Blanca sabía que era imposible, pero que supo instalar y fue firmemente creída por los estadounidenses de a pie) mantenía a la sociedad aterrada y sumisa. El pánico a la “amenaza comunista” lo impregnó todo y operó como un censor muy eficaz ya sea para evitar cuestionamientos a las decisiones de la Casa Blanca por temor a ser calificado de “antiestadounidenses”, ya sea para que el gobierno pudiera realizar intromisiones antidemocráticas en los sindicatos o prohibir las huelgas (Ley Taft Harley de 1947).

Los especialistas coinciden en que la ciencia ficción fue el motor de la maquinaria del miedo y citan como ejemplo Invasion of the Body Snatchers (en Argentina se estrenó con el título Muertos vivos), una película de 1956, en blanco y negro, dirigida por Don Siegel, basada en la novela de Jack Finney. En ese filme, las personas de la familia y del barrio parecen ser físicamente las mismas, pero por dentro ya no lo son porque han sufrido una extraña metamorfosis (¿el comunismo?). Como en muchas producciones de la época, los alienígenas o extraterrestres son la representación de lo otro, de quienes no comparten “nuestro estilo de vida”, en clara alusión a los extranjeros o los comunistas. En la película de Siegel, el peligro radica, además, en que las personas infectadas por el virus buscan captar al resto, es decir, hacen proselitismo. El protagonista, el doctor Miles Bennell, alude claramente a los comunistas cuando interpela a los “infectados”: “Ustedes prometen un mundo donde todos son iguales. ¡Vaya mundo ese! No deseo ser parte de un mundo sin amor, sin Dios”.

La religión ocupó un rol central dentro de la lógica de la GF. En la misma línea del mito del “destino manifiesto”, según el cual Dios puso a los estadounidenses en el mundo para civilizar al resto de la humanidad, EE. UU. creía tener el aval divino para combatir —en nombre de todos— el comunismo ateo. Como explica Bocchichio, en esta lógica, la URSS es el Anticristo y los líderes soviéticos, seres diabólicos. Estas películas ocultan el trasfondo político y el objetivo real —la disputa por el poder hegemónico global—, presentando el conflicto como si se tratara de una cuestión espiritual.

4. La caza de brujas

En este marco se entiende el surgimiento de políticas extremistas como la del senador republicano Joseph McCarthy y su “caza de brujas” (1950-1954). En ese período, uno de los más oscuros de la historia estadounidense , hubo “listas negras” (sobre todo en Hollywood), expedientes secretos, delaciones y exilios. Los casos más conocidos fueron los de los artistas Charles Chaplin, Orson Wells y el director Joseph Losey (que se fueron a vivir a Europa). El dramaturgo Arthur Miller denunció esa histeria persecutoria en su obra Las brujas de Salem de 1952.

Es interesante señalar cuánto el macartismo penetró en una gran parte de la sociedad estadounidense, a tal punto que aún hoy el calificativo antipatriota puede seguir usándose como una herramienta para frenar a quienes cuestionan las políticas de la Casa Blanca. Un ejemplo de esto fueron los agravios que recibió la intelectual estadounidense Susan Sontag por preguntarse, a propósito del 11 de septiembre de 2001, si los ataques contra las Torres Gemelas en Nueva York no podían ser una “consecuencia de las acciones y de la política exterior” de la “superpotencia autoproclamada del mundo”. La acusaron de “venenosa” y “traidora”. La propia escritora reflexionó en octubre de 2001: “Hoy, el debate se identifica con el disenso. Y el disenso, con la subversión. Y la subversión, con la traición o la falta de patriotismo. […]La revista The New Republic, que es muy conservadora sin ser de extrema derecha, publicó un artículo que decía ‘¿Qué tienen Osama Bin Laden, Saddam Hussein y Susan Sontag en común?’. Y la respuesta no era que todos tenemos ojos marrones. Era que todos deseamos la destrucción de Estados Unidos”.

Este ambiente paranoico y conspirativo de la GF también encontró eco en el cine de espionaje, como la serie de películas de James Bond o la genial sátira de Stanley Kubrick, Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (en América Latina se estrenó con el título Dr. Insólito o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba), de 1964, considerada la más ácida y punzante denuncia a la amenaza nuclear cuando todavía estaba fresco el recuerdo de la Crisis de los misiles en Cuba, un momento bisagra, de enorme tensión mundial, donde se tomó conciencia de hasta qué punto la vida humana en el planeta estaba en riesgo.

Por otra parte, muchos se preguntan si la obra de Tarkovski La zona no es también una sátira encubierta sobre el GULAG (siglas en ruso de la Dirección General de Campos de Trabajo Correccional y Colonias), organismo que coordinaba los centros de detención del estalinismo, que se disolvieron oficialmente en 1960. Hay especialistas que no concuerdan con esa interpretación porque los personajes pugnan por entrar y no por escaparse de la zona. Hay quienes creen que este espacio prohibido al que alude la película puede referirse a otro grave problema de la época: la contaminación radioactiva. Quienes defienden esta hipótesis consideran el filme como una advertencia o una premonición de lo que sucedió posteriormente en Chernóbil en 1986, la explosión nuclear que afectó no solo a Ucrania, sino a gran parte de Europa.

Tarkovski emigró a Italia en los años ochenta, donde pasó su último tiempo antes de morir de cáncer.

En pocas palabras
Gracias a los descubrimientos científicos
y las innovaciones tecnológicas, que
superaron todas las expectativas, en el
mundo de la Guerra Fría se achicaron las
distancias geográficas, culturales
y económicas.

Todo lo que necesitás saber sobre la Guerra fría
Una obra íntegra que nos ofrece herramientas para distinguir las formas imprecisas y cambiantes de un nuevo orden internacional que aún se encuentra en gestación.
Publicada por: Planeta
Fecha de publicación: 10/01/2019
Edición: 1a
ISBN: 978-950-12-9842-0
Disponible en:Libro de bolsillo