Interesante

Adelanto de «Generar a Dios», de Massimo Cacciari

Massimo Cacciari reflexiona sobre el significado de la figura de la virgen María. La imagen de María con el niño implica una serie de contradicciones a la hora de pensar la relación de la sociedad con lo divino. ¿Cómo se relaciona Dios con la historia humana? ¿Cuál es su esencia? ¿Por qué Dios es generado por una mujer? Massimo Cacciari intenta responder estas preguntas a través de un estudio pormenorizado de pinturas en las que María y el niño son figurados.

La doncella no sabe, pero presagia el abandono. El gesto con que aferra contra sí al niño se parece al de un adiós. En el infante al que cuida advierte el sueño del sepulcro. A este presagio obedecen ambos, y sus rostros, sus miradas, sus cuerpos, tocándose, entrecruzándose, a veces evitándose, dan vida al más dramático de los símbolos. La doncella y el niño que apenas ha generado llevan ya dentro de sí la imagen de la Vieja y el Crucifijo; y al mismo tiempo, María en la Cruz es memoria de aquella doncella que Mantegna ha visto inclinada sobre el niño indefenso, como asumiendo dentro de sí, con el hálito, el destino.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

La sombra

Veremos a continuación cómo los íconos del generar van acompañados de los de sufrimiento; pero a partir de ahora es necesario intentar hacerse de imágenes más claras sobre la concepción paradójica, signo de contradicción ella también, de la que María se vuelve elemento libre y esencial. Protagonista de esta imagen es la sombra. Pneûma hágion descenderá sobre ti y el poder del Altísimo episkiásei soi te cubrirá con su sombra (Lucas 1:35). ¿No indica la sombra algo fugaz, caduco? Sueño de sombra llamaba también Job, con acentos de tragedia griega, la condición mortal. Y skiaî, las sombras, los reflejos, las imágenes vagas se oponen en el lenguaje de la filosofía a la realidad de la cosa. También en el Antiguo Testamento el significado traducido del término como signo de lo corruptible (la sombra de la muerte) es predominante; sin embargo, aquí encontramos también la nube como manifestación del Señor en el relato del Sinaí, y es la misma nephéle photeiné, la misma nube luminosa cuya sombra desciende (episkiázein) sobre Jesús, Pedro, Santiago y su hermano Juan, cuando, en un alto monte, se les aparecen Moisés y Elías. Aquí también se escucha un anuncio: “este es mi Hijo, el más amado” (Mateo 17:5), y también aquí quien lo escucha no puede no temer, no ser tomado por phóbos, por el impulso a no escuchar, a ocultar el propio rostro, a huir. Ponte de pie, ordena en cambio el Señor, mè phobeîsthe, como había dicho Gabriel a la doncella. Se da, entonces, una nube cuya sombra no es fuente de engaño y ni siquiera solamente la oscura imagen de la realidad verdadera, del eîdos, de la forma incorruptible. Por cierto, Filón puede llamar sombra del Señor también a sus obras. Pero aquí no se trata de su obra, sino de la manifestación que él hace de sí mismo. Es Él como sombra, bajo forma de sombra, que envuelve consigo a Jesús, así como antes había envuelto a su madre.

¿Cómo imaginar, entonces, una sombra que no oscurece, que cubre sin ocultar, que cubre iluminando? ¿Cómo “arrojar una sombra” sobre algo justamente para manifestar su esplendor? ¿Hay, entonces, una sombra de muerte y una sombra de vida, o mejor dicho, una sombra que da vida? ¿Una sombra que anula dentro de sí misma la aparición de lo existente, y otra que lo vuelve posible, que lo hace existir? ¿Y por qué si son dos tan opuestas las llamamos con el mismo nombre? Una sombra baja sobre Jesús y he aquí que finalmente sus discípulos lo ven en su verdadera forma, como el Mesías. Una sombra cubre a María y el ángel la saluda llena de gracia, bendita, poderosa en la altissima paupertas de su celda. Una sombra envuelve a María, y he aquí que ella resplandece en el oro del ícono. Solo en esta sombra se revela su naturaleza. Es necesario entender bien la paradoja: aquí no se trata de ver en una señal, en un nombre, en una cosa la sombra de la “realidad” necesaria, o las ideas que la mente elabora como sombra de dicha realidad en sí inaccesible. Solo per umbras, por imágenes que no son más que sombras de aquella naturaleza que ama ocultarse dentro de sí, podemos proseguir en camino en el lenguaje. Esta es la sombra del bendecido Reino que Dante manifiesta (Paraíso i: 23). Dicho significado de la sombra podemos comprenderlo bien, como podremos igualmente oponerle que la potencia de la mente es capaz de captar la esencia de la cosa luce meridiana clarius; pero, entonces, tampoco existe el problema, ya que la sombra desaparece, o se vuelve mero sinónimo de ignorancia. Aquí, en cambio, se afirma que Dios mismo se manifiesta como sombra iluminadora, que justamente su omnipotencia se hace sombra y que solo a la sombra de esta sombra la cosa se revela en su propia realidad.

Hay que imaginar una sombra que no remite a un cuerpo, del que sería esclava pasiva. Por lo tanto, una sombra que todo incluye dentro de sí ab initio, anterior a toda forma o figura y que a todas, en su apertura, da lugar. Si no fuese esta sombra la que ilumina, la pura luz se tragaría cualquier aparición. La luz divina no anula en sí misma justamente porque es nube, sobra ella misma. Dando sombra, las cosas la reflejan, son su verdadera imagen. Es por la sombra que las cosas asumen forma concreta, que su aspecto se define y se hace por eso posible representarla, pintarla. Las cosas están cada una en la sombra de la otra, se dan sombra recíprocamente con su mismo existir. La luz encarna en la sombra. Sin este primer momento, inmanente a la misma luz, nada podría manifestarse, ninguna forma podría asumir concreción terrenal. Quizá es Orígenes, en las Homilías sobre el Cantar de los cantares, quien entendió mejor que nadie cómo la dýnamis del Señor se hace sombra y cómo el alma puede recibirla. La meditación de María tiene su corazón justamente en ese nexo. En María se hace carne la Sombra del Señor, que es la sombra de la vida opuesta a la de la muerte. Y sin embargo son inseparables: la espada profetizada por Simón lo significa. La sombra de la vida impide que la de la muerte obtenga la victoria, pero no podría anularla. Solo la perfecta luz podría, pero al precio de anular también la de la vida. La sombra de la vida es por eso la de la gran pintura, que, justamente, no se da sin sombra.

María lo entiende y deja que la sombra se expanda sobre ella y en ella, con un hálito silencioso y ligero. O tal vez es justamente encontrándola que la Luz se hace Sombra. Tal vez es solo a la sombra de María que finalmente la luz se hace carne. Esos ángeles llameantes, luciferinos, que deslumbran en algunas Anunciaciones, encuentran refugio a la sombra de la mujer, apagan su canto altisonante, recuerdan, finalmente, ser mensajeros de la sombra, por la que María se ha hecho fecunda. Ella entra en María como el silencio en el discurso, como la pausa en el canto. Así como la luz atraviesa el vidrio sin mancha, esa misma luz, que ya dentro de sí es sombra, a cuya sombra se dibujan las cosas, y que no es un rayo violento que arde, penetra el alma sin dejar heridas. “El espíritu tronador del Señor entró en ella y se hizo silencio”, dice Efrén de Siria. En medio del silencio solo se entiende el Verbo. Así como en la sombra resplandece la luz. Es esta luz en la sombra que entra en ella, este silencio de la sombra, que significa ab initio esa dýnamis, ese poderío que permite una revelación de lo viviente, su manifestación en formas y figuras que se reflejan, se entrecruzan, se fecundan recíprocamente, y que podemos pintar de varios modos. La palabra proviene del silencio, como de la sombra proviene esta luz que ilumina y re-vela. Aquí corre también la línea que divide los íconos de Oriente de los de Occidente. Es como si la pintura de Europa, de la tierra del ocaso, presupusiese siempre la nube luminosa, y se inspirara cada vez en esa imagen tan paradójica. El gran ícono oriental es nostalgia de la luz, a ella quiere recurrir como si fuera el principio; en ella las mismas sombras están pintadas como si fueran relámpagos, destellos, instantes de esa luz pura, no a fin de encarnar, sino de desmaterializar la forma. Pero ninguna luz podría quedarse inmóvil en sí misma frente a la belleza de María, ninguna podría resistir el deseo de ser recibida a la sombra de su figura.

Generar a Dios
Massimo Cacciari reflexiona sobre el significado de la figura de la virgen María.
Publicada por: Ediciones Godot
Fecha de publicación: 04/01/2020
Edición: 1a
ISBN: 9789874086747
Disponible en:Libro de bolsillo