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sábado 26 de septiembre de 2020
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Periodismo para la hinchada

“El único patrimonio del periodista es su buen nombre”, escribió Tomás Eloy Martínez en el comienzo de su célebre decálogo profesional. Por entonces no existía internet y el rol de la prensa gráfica era central en la vida de la sociedad. “Cada vez que se firma un artículo insuficiente o infiel a la propia conciencia, se pierde parte de ese patrimonio, o todo», remató. En este nuevo aniversario de la creación de La Gazeta de Buenos Ayres, el primer periódico patrio, quiero dejar constancia de la defunción de aquella frase del admirado autor de Santa Evita.

Sobran los ejemplos de periodistas que son infieles a su conciencia, que vulneran el principio básico de “la verdad de los hechos”, que modelan la realidad según su perspectiva ideológica, que se someten a los intereses políticos y económicos de los dueños de los medios para los que trabajan o, peor aún, que acomodan su trabajo en función de los beneficios económicos personales que les facilita el poder político de turno o los grandes anunciantes. Lejos de cosechar alguna “sanción” de sus lectores, oyentes o televidentes, mantienen una alta consideración popular. Tan importante y vasta como la de aquellos que trabajan de forma rigurosa y se mantienen ajenos al juego de intereses que los rodea.

En definitiva, lo que para Tomás Eloy Martínez significaba emprender el inevitable camino al descrédito, en la actualidad puede convertirse en un pasaje al buen rating y al dinero. Hay que reconocer que esta suerte de pragmatismo comunicacional hizo escuela, no son pocos los que estudian Periodismo para “estar en la tele”, “ser famosos” o “ganar mucho” sin importar la manera en la que se alcancen esos objetivos.

La pregunta más importante es “¿Por qué?”. Y aquí no alcanza con plantear la defección de los comunicadores por voracidad económica o, en el mejor de los casos, por vocación militante. Tampoco la funcionalidad que esa manera inescrupulosa de trabajar tiene para los poderosos de turno. Ni siquiera la ansiedad por conseguir más espacios o ascensos en el medio. Una de las respuestas más desafiantes pasa por analizar el comportamiento de las audiencias. Y lo primero que hay que decir es que aquello que antes las hubiese espantado ahora las atrae.

En el tiempo de la posverdad, a la hora de informarse, las personas esencialmente quieren confirmar sus prejuicios. No importa si lo que piensan tiene sustento real o no. No importan los hechos y, en consecuencia, no importa si les mienten “un poco”. Un porcentaje relevante de los consumidores de información se mueve como lo hacen los fanáticos en el fútbol. Quieren que su equipo gane y solo se permiten ver y escuchar lo que esté en línea con lo que desean. Un fanático suele negar lo evidente. Por esa razón, a la hora de publicar una información, para muchos editores pasó a segundo plano que una noticia esté validada. Es más relevante el impacto que pueda provocar y si ese impacto coincide tanto con “las necesidades” políticas del medio como con la expectativa del público-hinchada que consume el mensaje.

En este proceso de conformar al receptor se degradaron los productos periodísticos. Los contenidos son simplificados como en los cuentos infantiles, con buenos y malos. Y está claro que los malos siempre son los otros. La llamada grieta política facilita ese tipo de construcciones mediáticas. Nunca antes la información falsa, las fuentes espurias, en muchos casos vinculadas a servicios de inteligencia, tuvieron tanto protagonismo en las agendas de medios tradicionales. Lo triste es que a nadie parece demasiado molesto por el nuevo paisaje.

Con todo, perdón Borges por la cita, “nadie rebaje a lágrima o reproche” estas reflexiones. Son apenas un intento de señalar que, aunque pasen los años y se sume tecnología en el ejercicio profesional, el dilema central del periodismo sigue siendo ético. Desafiar a la hinchada, contrariarla, invitarla a pensar críticamente, puede ser un buen comienzo para volver a poner en duda lo que aparece como certero, exitoso, inevitable.