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miércoles 25 de noviembre de 2020
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Adelanto de «Conexión Bogotá», de Nahuel Gallotta

“Pum, pum, pum, pum, pum, pum, pum. El man bajó la pistola nueve milímetros, se dio vuelta y preguntó: ‘¿Cuánto?’. ‘Siete segundos, nueve décimas’, le contestaron”. Así, sin miramientos de ningún tipo, Nahuel Gallotta sumerge al lector en la historia de un ladrón común de relojes de Bogotá que, perseguido por la policía colombiana, viaja a los Estados Unidos y funda, a golpe de suerte y de osadía, la orden de Los Internacionales: ladrones que recorren los países centrales arrebatando aquello con lo que legales ciudadanos de ropa de primera marca hacen funcionar el statu quo de las finanzas mundiales: joyas, dinero negro, tecnología.

Para ello emplea el eficaz recurso de dar la palabra al personaje, de mostrar su experiencia, de escuchar sus palabras y su particular modo de entender una realidad siempre complicada. Y, como señala certeramente Héctor Gambini en el prólogo a este libro, “Nahuel Gallotta abreva en esas fuentes y sacia allí su sed de averiguar para contar”.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

Capítulo 14 – «Las grandes fortunas se encuentran  donde la gente se siente más segura»

Fausto y su sueño americano cumplido.

Diferencias y recelos entre nacionales e internacionales.

Para robar en Asia hay que ser un «diez».

Los mejores timbos están en los ranchos de Buenos Aires.

—¿Profesión?

—Gastronómico.

—¿Nacionalidad?

—Ecuatoriano. Soy de Quito. —¿Motivo de su visita a México?

—Turismo.

—¿Qué lo motivó a venir?

—Bueno…, quiero recorrer los sitios nocturnos de Plaza Garibaldi…, disfrutar de los mejores mariachis…, cenar en los restaurantes de Antonio Aguilar…, conocer el Estadio Azteca…, ver peleas de lucha libre…, comprar recuerdos del Chavo del 8 para mis sobrinos…, viajar a Tijuana por las artesanías.

—¿En qué hotel se alojará?

—En uno del Centro Histórico, señorita. Ahora no recuerdo el nombre, pero en la maleta tengo la dirección exacta. ¿La necesita?

Entrar al Distrito Federal fue fácil. Fausto pisó la ciudad cinco días antes de la fecha en la que debía reunirse en un hotel con sus compañeros, ubicado a metros de la Avenida Insurgentes, y también poblado por bandas de mujeres venezolanas que clonaban tarjetas de crédito. Fue en un billar de Bogotá donde acordaron el punto de encuentro. Una vez en el DF, cada uno de los cinco de la banda llegaría por su lado. Ese era uno de los recaudos para robar en uno de los países más violentos del mundo.

Al llegar a la ciudad alquilaron un departamento amueblado, después un auto y recién entonces salieron a recorrer cerrajerías. Las observaban desde el auto, sin que sus encargados lo notaran. Estaban buscando un empleado con cara de atorrante, joven, con pinta de ser de un barrio bajo, que no se asustara ni se ofendiera por la propuesta que le querían hacer. Encontraron cinco o seis: a todos les propusieron un trabajo. Anotaron sus teléfonos. Le dieron prioridad a uno: creían que iba a aceptar aquello que le iban a ofrecer.

A la medianoche de ese mismo día, llamaron al candidato desde el hotel. Atendió él mismo. Usaron una excusa cualquiera: que habían cerrado la puerta del departamento con las llaves adentro y necesitaban solucionar el problema lo más rápidamente posible. Recién después trabaron con llaves y las tiraron hacia el interior de la vivienda por una ventana.

Desde que el cerrajero comenzó con su trabajo, lo aturdieron de propuestas. Eran cordiales como pocas veces en la vida.

—Amiguito, ¿una cervecita?

—Cabrón, ¿una marihuanita?

—Buey, si nos soluciona el problemita vamos a invitarlo de farra. ¿Quiere salir con nosotros esta noche? ¿Qué nos recomienda? Tenemos ganas de ir por las muchachas de la Zona Rosa.

Fausto dice que el mexicano esquivaba las invitaciones. Que primero decía que en horario de trabajo no le gustaba tomar, que después del trabajo le era imposible salir porque estaba casado y su mujer lo mataría si volvía a cualquier hora. Pero tenía cara de flojito; en cualquier momento podía aceptar todo junto. Y la noche terminó como la habían planificado. Le dieron el doble de lo que pidió por el trabajo y se fueron con él a beber a los cabarets de la Zona Rosa. Antes, había conseguido lo más importante: que el cerrajero le enseñara al puertero de la banda —que había hecho cursos de cerrajería en Bogotá— los secretos y características de las cerraduras mexicanas.

En los viajes, Fausto era otra persona. Sabía que estaba por trabajo y en un país como ese no se podía salir de paseo ni de farra. Lo de ir con el cerrajero a un cabaret formaba parte del trabajo. No había llegado al DF para salir, como lo venía haciendo en Bogotá. Estaba allí con su grupo para robar y punto. O algo más que eso: estaba para hacer los viáticos que les permitiría llegar a los Estados Unidos. México, esa vez, era una escala. No durarían más de un mes. Aunque con el tiempo se transformaría en la segunda casa de Fausto.

—Llegué a México con la idea de empezar de nuevo —recuerda—. A ver qué hacía, cómo conseguía la plata otra vez. Usted no sabe qué le va a pasar en cada viaje; pero usted está alegre, vive en un sueño, es feliz solo de recorrer otra ciudad arriba de un carro y sentir que está a uno o dos días de los Estados Unidos. O bien dicho: sentir que su sueño americano está muy cerca.

Fausto evoca su segundo viaje a México en la oficina de una galería de Buenos Aires. Es prestada, para conversar tranquilos. Acaba de almorzar un pancho y una gaseosa que compró en el kiosco de adelante. Ni pensar en salir para comer. En cualquier bar, plaza, shopping o restaurante, está siempre más pendiente de los patrulleros que de lo que habla. Pero ahora todo es distinto. Lo único que lo interrumpe es su celular. Cada vez que suena, pide disculpas y atiende. Llama su mujer y le lee los mensajes que le llegaron durante la última semana a su cuenta de Facebook: un internacional lo espera en Bolivia y otro le pregunta por qué se demoró tanto en la Argentina, que todavía sigue teniendo un lugar en la banda, que ahora anda por Perú. Una mujer comenzaba el mensaje privado pidiéndole disculpas por el tiempo que llevaba sin escribirle, y le contó que andaban moviéndose por Asia. Que si ya había salido de la cárcel argentina le interesaba sumarlo al parche. Fausto le hace un pedido: «escríbale a Fulano y pregúntele si me enviará el giro que me debe». Corta y cuenta su plan. Está solo y no quiso buscar muchos colombianos, por su situación: el mero hecho de que la Policía quiera identificarlo puede costarle años de cárcel. Es consciente de que los teléfonos de otros compatriotas pueden estar intervenidos, y prefiere no llamarlos. Como tantos otros internacionales —en especial los Viejas Guardias— es muy cauteloso con las redes sociales y los teléfonos celulares. Cree que pueden ser el motivo de una detención. Conoció muchos casos de compatriotas que pisaron una cárcel por una conversación telefónica.

Son pocos los que saben que está en el país. Por eso su idea es viajar en micro a Rosario para robar; subir a otro micro hasta Santa Fe y volver a robar; llegar a Mendoza y seguir su periplo delictivo; terminar su gira en Salta, cometer otro ilícito y desde allí cruzar a Bolivia. A su mujer le dijo, antes de cortar, que es muy probable que viaje y deje Buenos Aires esa misma noche.

Durante ese mes, en México, con la banda no dejaron de cruzarse con internacionales que estaban recién ganados en los Estados Unidos y habían decidido pasar unas semanas de festejo en el DF antes de regresar a sus casas de Bogotá. Eran hombres mayores, casados, comprometidos, que en Colombia preferían no salir de noche para evitar problemas con sus mujeres. Además, estaban convencidos de que la menor cantidad de gente posible debe enterarse de sus trabajos. Salir en el DF y no en Bogotá era uno de los recaudos que tomaban.

—Los vimos vestidos y eran finura pura. Eso nos dio más ganas de llegar: se nos sembró en el corazón. A mí se me sembró en mi corazón —repite, y se lleva las dos manos al pecho—. El sueño había empezado, había empezado la ilusión. Yo los vi y me dije «yo quiero ese carro, yo quiero esas joyas, yo quiero esa ropa, yo quiero esa vida. Quiero tener a mi familia como las tienen ellos, que ya cambiaron sus modos de vida». Uno los ve ganados y no se  puede sacar de sus pensamientos todo eso. Usted se dice «yo no soy nadie si no llego a los Estados Unidos; tengo que viajar a allí para demostrar que soy alguien». Si a uno le daban ganas al verlos en Bogotá, imagínese lo que es cruzarlos en México, estando a horas de la frontera.

Cómo entraron a los Estados Unidos es de los secretos que nunca revelará, pero reconoce que no fue nada del otro mundo. Fue, concede, por la misma vía que lo hacían cientos de miles de mexicanos y extranjeros que también buscaban su sueño americano.

El destino de la banda fue Los Ángeles. Hasta esos primeros días habían hecho una caja común: lo robado en los departamentos del DF era de todos. El dinero no se repartía. Recién se dividiría a partir del primer robo en los Estados Unidos. Sacando lo que habían invertido en llegar y vivir en México, les quedaba siete mil dólares a cada uno. Con eso se equiparon: alquilaron piezas por las que pagaban 1.600 dólares semanales y compraron un auto por otros tres mil. Fueron al centro de la ciudad y eligieron trajes, camisas y zapatos. También maletines y lentes de marca. Tenían que mostrar buen aspecto. En los Estados Unidos, dicen los más experimentados, la plata nunca estuvo en los departamentos. Estaba en las piedras preciosas. Por eso querían vestir así. Porque apuntarían a asaltar a los joyeros que llegaban desde todo el mundo para vender o comprar alhajas en el Downtown (el radio céntrico), donde las ventas en sus locales superan los tres mil millones de dólares anuales.

La primera semana consistió en conocer el territorio. Hicieron contactos, escucharon cómo había que moverse por la ciudad y caminaron la zona de joyerías. Estudiaron las vías de escape hasta el lugar en el que vivían y trataron de comenzar a reconocer a los comerciantes. Fueron a los hoteles de lujo, cercanos a los negocios, donde creían que se alojarían los joyeros y comenzaron a anotar dónde había policías, si pasaban patrulleros o si podía haber civiles.

De noche paseaban por las ollas; en especial, por una casa de bolos, donde otros internacionales apostaban miles de dólares. Lo que a Fausto le sorprendía era la cantidad de colombianos que quedaban solos porque sus socios eran detenidos o cambiaban de destino y llegaban buscando un nuevo equipo. Si era un man sin nombre, no le daban la pega. Podía decir que había robado en todo el mundo, podía asegurar que había formado bandas de todas las especialidades del robo, pero si no tenía una recomendación de algún conocido, las bandas no sumaban gente. Todo era a la vista de cualquiera que pasara por allí. A cada hora se aparecía una banda distinta mostrando lo que se había ganado en el día, regalando la liga para los recién llegados y haciendo invitaciones de vueltas de whisky o cenas para el resto. Durante cada festejo se tomaban fotos. Esas fotos, y las fotos de los autos en los que se movían, la ropa que usaban, las joyas que lucían, los sitios que frecuentaban, llegaban a sus familias de Bogotá. Y los pelados de esas familias las llevaban a las esquinas y se las mostraban a sus amigos. Así, simplemente, los pelados de cada barrio empezaban a querer lo mismo para sus vidas. Es una cadena de reproducción que nunca se detuvo ni se detendrá nunca, aceptan los internacionales. Porque viendo cómo viven sus familias, y viéndose a sí mismos cuando regresan, pasan a ser los ídolos del barrio. El barrio se convence de que en los Estados Unidos tienen más facilidad de agarrar un dinero rápido con su astucia y la famosa malicia indígena. Ven que es fácil quitarles el dinero a los gringos de una forma casi profesional, sin que se den cuenta. Roban en Bogotá, ahorran su dinero y se van. Se van con la meta: «vamos a traspasar las frontera. Vamos a buscar otros lados donde hagamos lo mismo y el dinero valga más».

Hay ladrones —de los muy buenos— que luchan toda la vida para llegar a los Estados Unidos y no lo logran. O porque no son ahorrativos, o porque son adictos a las drogas, o porque los papeles nunca les salen, o porque los detienen en la frontera y no vuelven a intentarlo. Viven con el sueño y la ilusión: «ya me voy para el USA, la plata me espera allá». Y nunca deja de ser eso: un sueño y una ilusión.

—¿Cómo es estar en los Estados Unidos como internacional?

—Pues…, algo como de mucho orgullo. De mucho ego. En viajes así a uno no le importa si tiene que sufrir o pasarla de lo peor. Uno no ve el costo: al contrario, ya se ve ganado antes de hacer las vueltas. Es extraño, porque uno no piensa ni en la cárcel. Uno nunca piensa que se puede caer. Nunca se me ocurrió, por más que veía colegas a los que «el sueño americano» se les había transformado en una pesadilla. Eso no me martillaba la cabeza. Vives preguntándote «¿hoy qué voy a ganar?, ¿en qué voy a gastar?, ¿qué le voy a comprar a mi familia?». El mundo de la delincuencia es como que te envuelve. Te enamora a punto de dejarte ciego, y no ves nada que pueda preocuparte. Estaba robando en los Estados Unidos. Estaba en un sueño, hermanito.

—Y de las ollas: ¿qué fue lo más loco que vio?

—Lo loco es que en las ollas constantemente se encuentra gente que es enemiga, pero allá ya no son enemigos. Se dicen: «ya estamos en otro país y usted viene por lo suyo y yo vengo por lo mío. Ni usted me busque ni yo lo busco. Vamos a respetarnos mientras estemos aquí y arreglamos las cuentas en Bogotá».

Los primeros atracos fueron a joyeros que salían del Los Ángeles Convention Center y del Pacific Center. La banda de Fausto robó joyeros en San Francisco, Sacramento, Phoenix y Arizona. Hacían un robo y volvían a Los Ángeles. El promedio de cada timbo era de unos cien mil dólares. Las víctimas, por lo general, eran extranjeros: japoneses, árabes, europeos del Este. Fausto los marcaba mirándolos desde cien metros por un binocular. Había distintas estrategias para robarles. Una de ellas era seguir a las futuras víctimas de auto a auto, y cuando bajaban del vehículo sin los maletines, les rompían un vidrio o les abrían el baúl. Hacían inteligencia con los joyeros: cuando notaban que tomaba regularmente la misma ruta o autopista, le pinchaban una rueda al detenerse en un semáforo. También utilizaban carnadas: a la futura víctima le enviaban una mujer con estudios de joyería y manejo de idiomas, provocativamente vestida, que los seducía hasta lograr una invitación a almorzar o a beber. Sabían que cualquier empresario fuera de su país estaba más predispuesto a las aventuras y aprovechaban eso. Mientras el auto permanecía en un garaje o estacionado en la calle, lo robaban.

Llegaban en dos autos comprados con documentos falsos en Los Ángeles y los dejaban abandonados después del asalto. Pasaban la noche en un hotel que alquilaban para abrir las maletas y recibir al reducidor, invariablemente algún joyero de Nueva York, que se llevaba las alhajas y en menos de 24 horas entregaba el efectivo. Regresaban en avión y pasaban por las agencias a comprar autos usados que utilizarían en los próximos hechos.

Los fines de semana, como changa, y para sumar más y más, hacían de mecheros: entraban a las tiendas exclusivas de la ciudad en la que estaban y se llevaban jeans, chaquetas, remeras y lo que quedara fuera del control de los empleados. Total, se decían, para descansar iban a tener tiempo en Bogotá. Era el momento de robar: estaban en «el sueño americano» y no querían que pasara un solo día sin que al menos intentaran cometer un ilícito. Lo de la ropa habían comenzado a hacerlo para cubrir los gastos de las piezas, los autos y los «diarios», como se llama al dinero que cada uno gasta en tarjetas telefónicas y en almorzar y cenar fuera de la casa cada día. Con la mecha se pagaba todo eso, y lo que sobraba se dividía en partes iguales. Con el correr de las semanas, cuando vieron que era fácil, y que se hacía plata, y que cada vez había más comerciantes que montaban sus locales para comprarles y vender la ropa que ellos robaban, se entusiasmaron más. Solo se quedaban con algunas prendas para sus familias.

El primer problema surgió en California. Habían viajado por una convención de joyeros que se celebraría en la zona de Laguna Beach. Llegaron al evento cerca de las dos de la tarde y Fausto sacó el binocular. Se detuvo en distintos ángulos, a distancia prudencial, para observar el panorama. Querían decidirse rápido por algún comerciante y seguirlo. Tanta urgencia se debía a que la suya no era la única banda de internacionales. Recorriendo la zona se habían cruzado con siete u ocho más. Casi todas iban en grupos de ocho integrantes, en dos autos.

—Se nos hacía raro todo. Que todos los que serían joyeros y entraban y salían de la convención lo hicieran con el mismo color de traje, que los carros que estaban estacionados tuvieran la patente con el mismo código de letras. En los eventos anteriores no pasaba nada de eso.

Tomaron la decisión de dividirse en dos bandas. Planearon que cada auto fuera por su lado y luego repartirían el timbo en partes iguales, como lo hacían siempre. Cuando escucharon el sonido de un helicóptero se convencieron: los que ellos creían joyeros eran policías de civil. Que subían a los autos con la misma patente y comenzaban a perseguirlos. La cuestión, entonces, fue fugarse. Eran unos cincuenta internacionales que volvían con las manos vacías y escapando de las fuerzas de la ley.

—Esa tarde perdimos un Honda en la persecución. Pero lo peor de todo es que nos habían declarado la guerra. Ese era el comienzo. Ellos nos llamaban caliches y nosotros a ellos los anticaliches. En la televisión decían que por la inteligencia y la habilidad que utilizábamos en cada robo debíamos ser paramilitares o de las FARC. Pero lo nuestro era pura malicia indígena.

—¿Qué es concretamente la malicia indígena?

—Es una sabiduría que opera a través del mal. Es una inteligencia para hacer el mal bien hecho. Para hacer el mal, hay que hacerlo lo mejor posible. Es mirar a un joyero y empezar con la malicia, que es saber usar las tácticas, las formas, la sabiduría. Empieza la malicia y empieza a maquinar la mente: cómo quitarle esa plata, qué hacer y qué no hacer, qué vale y qué no vale para ganarse ese maleto.

Después del episodio en California comenzaron las especulaciones: que estaban filmados, que otros damnificados podrían identificarlos en ruedas de reconocimiento. Volvieron a Los Ángeles con la idea de regresar a Bogotá. Llevaban robados, más o menos, 200 mil dólares para cada uno, en tres meses. Pero en una de sus últimas cenas, en un restaurante chino de la calle Sexta, otro internacional se les acercó para ofrecerles un negocio: había que viajar a Nueva York y entrar al departamento de unos narcotraficantes. El dato de las caletas era de un ex ladrón que se había cambiado de rubro y trabajaba para ellos, y que ya había dado buenas informaciones a otras bandas sobre días de entregas de cargamentos.

Fueron a Nueva York extremando los cuidados. Sabían que era la ciudad de los narcos colombianos más duros. Al llegar, hicieron inteligencia de la vuelta y no se convencieron. Era un robo que los podía «retirar» del delito. Pero era un robo, también, que les podía costar la vida a sus familias. Por eso desistieron. De Nueva York viajaron a Miami, para ver un festival de salsa en el que se presentaría Celia Cruz. Hicieron compras, pasearon de noche, disfrutaron del sol y la plata y pegaron la vuelta. A Ciudad Juárez, México, y desde allí a Colombia.

Conexión Bogotá
Crónicas de Los Internacionales, los ladrones colombianos que roban por el mundo.
Publicada por: Planeta
Fecha de publicación: 06/01/2020
Edición: 1a
ISBN: 978-950-49-6974-7
Disponible en: Libro de bolsillo

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