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domingo 28 de febrero de 2021
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Adelanto de «Creo en la historia de mis pasos», de Esteban Feune de Colombi

Conocida en inglés como travelling fugue, suerte de fuga viajera que incita a caminar, la dromomanía es la inclinación excesiva por trasladarse de un lugar a otro. Encandilado por la novela El paseo de Robert Walser, Esteban Feune de Colombi la convirtió en una obra de teatro a pie y desde hace años viaja por el mundo interpretando la delicia de su temperamento.

El viaje como corriente vital, el espíritu curioso y la inscripción del paseo vuelto arte son el germen de estos textos. Entre muchas de sus experiencias, el desierto mexicano en busca del peyote; la reverberación de la presencia de Borges en Islandia; la Tánger de Paul y Jenny Bowles y la de hoy, aún inasible; el té más caro del mundo y la majestuosidad de Darjeeling como nueva percepción del tiempo; los rituales clásicos del Bajo porteño; las lindas voces de las calles de La Habana; la caminata por la mítica ruta del Tokaido, clave durante el Japón feudal y olvidada en la actualidad.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

2. El momento congelado en el que todos vemos lo que está en la punta del tenedor   

La cuidad está llena de caminos.
José María Fonollosa

La Tánger que leí por primera vez hace veinte años no va a volver.

Nada va a volver: tampoco las manos extraordinariamente secas, largas y calientes de mi abuela Susy en una tarde de invierno junto al lago. No quiero que vuelvan porque estuvieron donde debían en el momento que les tocó y ahora basta escribirlas para sentir otra vez lo extraordinariamente secas, largas y calientes que eran. Unas manos para que les caiga encima un rayo y no pase nada, unas manos de no soltar, unas manos para revolver durante un día la cuchara de madera dentro de la paila de cobre.

La Tánger que yo leí, la leí primero y antes que nada en The Naked Lunch, que William Burroughs publicó en 1959 en Olympia Press. Esa editorial parisina fue responsable de la primera impresión de Lolita y de otros libros censurados en el mundo anglosajón (ese era su fondo de comercio, de Beckett a Miller). Su porfiado editor, Maurice Girodias, le agregó el artículo a la novela: por sugerencia de Jack Kerouac era Naked Lunch a secas.

Mi memoria trenza la distopía y el pus de ese texto con los fotogramas de la película que David Cronenberg filmó tres décadas más tarde, guion del propio autor y música de Ornette Coleman. Desde entonces, en mi disco rígido William «Bill» Lee, protagonista y álter ego de Burroughs, pasó a ser para siempre la cara poliédrica del actor Peter Weller. En eso la literatura y el cine manejan a contramano hasta que se estrolan: una amplía, el otro fija; una propone, el otro impone.

Algo parecido me sucedió con la lectura de El cielo protector, escrita por Paul Bowles en 1949. Otra inmersión tangerina que leí —«ora, lee, lee, lee, relee, trabaja y encuentra», pregona el Mutus Liber, un tratado alquímico del siglo XVII— en la adolescencia y que chocó después con la adaptación cinematográfica de Bernardo Bertolucci, estrenada curiosamente un año antes que la de Cronenberg. O sea que a principios de los noventa el Magreb del noroeste estaba en boca del cine mundial y yo deseaba que llegara el momento congelado en el que todos vemos lo que está en la punta del tenedor.

De adolescente leí en Página/12 una entrevista que le hicieron a Bowles en su casa de Tánger. Nunca olvidé esta frase que el escritor neoyorquino le dedicó a Burroughs: «Decía que tenía una aureola en la cabeza que lo hacía invisible; salía a la calle y no veía a nadie y a su vez decía que nadie lo podía ver a él». La declaración está en línea con el mote que se había granjeado en la ciudad que era como un burdel a la intemperie o «la capital mundial del todo vale» en boca de Brian Jones: «Hombre invisible». Además, gracias al reportaje supe que Gertrude Stein había sido la culpable del «tangerismo» de Djuna Barnes y del propio Paul.

Vine a la elíptica Tánger porque hace años que quería venir, porque soy gánico a instancias de Federico Manuel Peralta Ramos, porque acá Jarmusch filmó su floja Only Lovers Left Alive. Se abrieron cinco días en mi horizonte madrileño de trabajo y no dudé un segundo en sacar un pasaje. Antes de zarpar la gente me preguntaba qué lugares de Marruecos visitaría. La idea de «visita» me fastidia. Omitían mi lacónica respuesta; retrucaban con Marrakech, Fez, Casablanca, Esauira. Decían que Tánger no valía la pena, que había perdido la mística, que a lo sumo servía para una inspección rápida y seguir camino.

Extrañado ante quienes te dicen qué hacer cuando no tienen idea de lo que harían ellos, puse en práctica una encuesta con la que logré mi objetivo: a quienes me disuadían de visitar Tánger les preguntaba a bocajarro qué lugar del mundo deseaban conocer; la mayoría de las respuestas eran tartamudeos. De entre varios encuestados un amigo contestó Macao sin dudar y la novia de una conocida contestó Tánger sin dudar.

Con ella hablamos de Jane «Jenny» Auer Bowles y de la vida «siempre al borde de algo» —lo dijo así— que había llevado en Tánger junto a su marido Paul y Cherifa. Cherifa era su amante: una mujer iletrada, misándrica, con dientes de oro y bigote, que apenas si respiraba detrás del velo y del caftán color carbón. Carbón como su magia, sospechada por Paul de haber envenenado a su compañera, afectada por un derrame cerebral en 1957 y muerta en un asilo de monjas malagueño luego de pasar allí seis años olvidada.

Hablamos de todo y la novia de esa conocida presagió: «Al corazón inabordable de Tánger no llegarás, pero uno no llega al corazón de casi nada, ni siquiera al propio». Terminó de asombrarme con un consejo: «Si pasas la primera rompiente, sus calles se te abrirán como una flor».

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Quienes viajan seguido a Marruecos tienen su taxista de confianza. Me lo aseguró la madre de un amigo francés que me compartió el contacto de Said pese a que su auto era «medio cutre» (y de paso me enseñó que la palabra «cutre», que adoro, viene del francés croûte, o sea «costra»). El chofer me mandó por WhatsApp una imagen de su tarjeta personal: ahí estaba su viejo Mercedes color marfil recortado sobre una gruta de mar al atardecer. La foto de perfil de Said era discreta, pero su cara ensombrecida filtraba un cuarto de sonrisa que me generaba más dudas que certezas. Cuando le pregunté por el precio del traslado hasta la medina, contestó que eso no importaba, que me esperaría a la salida del aeropuerto de Tánger cargando un cartel con mi nombre.

Dicho y hecho: Said, una hoja A4 escrita tiernamente a mano, varias palmeras, tres gatos locos y una sonrisa que me generó más certezas que dudas. Quiso saber en qué idioma conversaríamos. Además del árabe, ofrecía inglés, francés u holandés. Elegimos el francés, idioma oficial del país en el que reina Mohamed VI, cuya hierática representación adornaba el hall central del aeropuerto. Me abrió la puerta del copiloto, me acomodé como si fuera un pariente cercano.

Una vez dentro vi que los boquetes del aire acondicionado de la máquina alemana habían sido tapados con postales de sitios míticos marroquíes. Enseguida Said me contó que en mi asiento había viajado Mick Jagger, que vino a visitar al director de una iglesia inglesa que era, de casualidad, amigo suyo (Marruecos fue para los Rolling Stones lo que India para los Beatles). Como quien no quiere la cosa, pero queriéndola horrores, sacó de la guantera un sobre con un pin de los Stones, la típica lengua roja. Ah, y que acá también estuvo sentada Marianne Faithfull.

Llegamos a la plaza 9 de abril de 1947, donde debería haber estado Anjum. Según Nadir, afincado en Londres y propietario del departamento que alquilé por Airbnb, ella me buscaría en el Cinema Rif para acompañarme a pie porque los huéspedes siempre se perdían. Pasaban los minutos, nadie llegaba. Para ayudarme Said llamó a Anjum, quien dijo que había mandado a Ousmane, su hijo. Cuando llegó, intercambió un par de frases con el chofer, quien me contó, tentado, que el niño quería saber si yo le había pagado.

Directo al paraíso perdido de la medina a través de una de sus grandes puertas con forma de cerrojo. No logré impedir que Ousmane, de once años, cargara a toda costa mi carry on. Él sorteaba con maña hombres con gallinas muertas al hombro, motos o vendedores ambulantes de artesanías, y hablaba pocas palabras de francés, así que el diálogo no fluía mucho.

Ya en el minúsculo departamento, que daba a una callecita serpenteante que memoricé, le pidió prestado el celular a su madre. Le habló en árabe al aparato y en altavoz oí la siguiente propuesta del Google Translator: «Si quieres ir a un restaurante popular en tu mejilla, yo soy». Más por compromiso que por deseo le dije que me buscara en quince minutos. Algo tenía que comer, peregrinar con Ousmane por la medina no podía estar mal. Sin embargo, la cita recién tuvo lugar dos horas más tarde, cuando ya había resuelto una módica compra de agua, chirimoyas, un pan rarísimo, dátiles, aceitunas.

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La foto. Qué placer describir fotos. Blanco y negro tirando a sepia con el horizonte chueco, como si un niño se hubiera metido en el cuarto oscuro para torcer el fondo. Tres protagonistas, dos fisgones y el hombre de la cámara. 1957, Tánger, año de publicación de En el camino. Una playa mansa, algunas construcciones detrás. Técnicamente: una bahía.

A la izquierda, de pie sobre la arena, un desgarbado Peter Orlovsky (veinticuatro años) en traje de baño, las piernas apenas flexionadas, los puños cerrados. A su lado Kerouac (treintaicinco años), ese apellido vuelto minarete de nomadismo y escritura: reír piola, las patas elásticas en tensión, el bóxer pegado a la piel en señal de un chapuzón reciente, ¿un diente roto? A la derecha de la imagen, un Burroughs (cuarentaitrés años) socarrón en jeans y campera, echado como un camello que duerme la siesta quién sabe si puesto, pera sobre manos, la punta de los zapatos casi-casi yéndose de cuadro. En segundo plano asoma un fisgón caminando que parecería emular la facha de Orlovsky y de Kerouac; en la mitad exacta de la instantánea el otro fisgón parecería emular la facha de Burroughs.

El fotógrafo es el poeta Allen Ginsberg (treintaiún años), eterno compañero de Orlovsky y bujía del movimiento beatnik. Al pie de la copia el retratista escribió con letra enrulada, de secundario: «Orlovsky y Kerouac entrecierran los ojos al sol de la tarde. Burroughs con anteojos y una chaqueta verde oliva, muchachos marroquíes interesados, el puerto y la aduana en el fondo, donde Peter y yo atracamos a bordo del carguero yugoslavo que nos trajo desde Nueva York». Es llamativo que en una copia idéntica Ginsberg, que solía epigrafear a mano las muy buenas fotos que sacaba, haya cambiado algunos datos —la tarde por la mañana— y haya agregado otros —«Burroughs escribía la parte de la Interzona de El almuerzo desnudo»—.

La cosa sigue, se pone melancólica. Hay incluso más placas de la misma sesión que se venden online por miles de dólares. Estos yanquis, segunda camada de expats, ayudaban en Tánger al yonqui Burroughs a mecanografiar en la habitación 9 del hotel el-Muniria, designado por ellos Villa Delirium, la novela El almuerzo desnudo. Burroughs venía de un lioso episodio a lo Guillermo Tell: había asesinado a su mujer en México unos años antes al errarle a una manzana que había ubicado cuidadosamente sobre su cabeza. Cuando fui a la casa del crimen en el DF, 122 de la calle Monterrey, me quedé un rato mirando las ventanas para ver si sentía algo, y nada, salvo un camión de basura que se llevó un cantero por delante.

En rigor de verdad, todos ellos y muchos otros más iban a ver a Paul Bowles, socio vitalicio de la ciudad marroquí que entre 1923 y 1956 fue dominio compartido de España, Francia, Inglaterra, Portugal, Bélgica, Holanda, Suecia, Estados Unidos e Italia. «Una úlcera cosmopolita», al decir de Paul Morand, diplomático y novelista francés.

•••

Todo esto sucede —aquella foto y la descripción de aquella foto, que tengo en el bolsillo y se parece a las que cuelgan del barsucho Tanger Inn, de paredes enmohecidas, chinches trepidantes y un cóctel de vodka con Coca bautizado Burroughs— en una aletargada playa sobre la que dejo mis huellas junto a un camello de alquiler. Una playa desde la que se ve Europa y sugiere la adrenalínica posibilidad de arrojarse al estrecho de Gibraltar para llegar a Tarifa por doscientos euros en un jet ski clandestino que en ocho minutos perpetra la felonía. Me lo cuenta Khalil, el sereno del Teatro Cervantes, abandonado desde hace añares y donde actuaron Enrico Caruso, Lola Flores, Antonio concentro en su chilaba, la túnica con capucha onda Ku Klux Klan que cunde por acá.

Pasa desfilando un pavo real que parece haberse fugado de un jardín monárquico, entreveo unas inscripciones grafiteadas del Corán, arremete el barítono: «¡Khaliiiiiil!». Pienso: ninguna cocaína, eso es rapé, el rapé que los expedicionarios españoles y portugueses llevaron a sus reinos desde América Latina. Sobrevolado por gaviotas, el Cervantes permanece al atardecer quieto como ojo de vidrio, promiscuo en su sordidez, mientras el estacionamiento se embarra de motos chinas con acoplado. Llega Khalil en jogging y babuchas. Salam aleikum, aleikum salam. Me pregunta si tengo algún permiso. No, pero entramos igual. Mira alrededor, abre el candado de la reja, prende la linterna de su celular, vuelve a mirar alrededor y empezamos, en compañía de dos gatos con cara de próceres, el penumbroso recorrido por las entrañas del teatro.

Primero la sala, con sus butacas deshechas, amontonadas como en una instalación de Ai Weiwei. «Acá estaba el despacho de billetes, en este lugar se cambiaban los actores, ahí era el palco del rey, allá se ven algunos decorados», me va diciendo el improvisado guía mientras sorteamos agujeros en el piso de madera. Es alto, flaco, pelado, con dos dientes para una sonrisa diáfana, nada desastrosa. Da la sensación de que todo se detuvo una noche así como así: «Murcia, 1-4-70», leo en una pared adornada con pósteres de diversos espectáculos.

Creo en la historia de mis pasos
En diálogo constante con caminantes legendarios como Hamish Fulton o Werner Herzog, la travesía que ofrece Creo en la historia de mis pasos por momentos es aventura y redescubrimiento, búsqueda o peregrinación. Sin proponérselo, Feune de Colombi consigue en estos textos gozosos que viajemos con él.
Publicada por: Seix Barral
Fecha de publicación: 01/02/2021
Edición: 1a
ISBN: 978-987-8319-26-1
Disponible en: Libro de bolsillo

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