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viernes 18 de junio de 2021
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Adelanto de «Fuimos Reyes. La historia completa de Los redonditos de ricota», de Mariano del Mazo y Pablo Perantuono

Cuando salió a la calle Gulp!, el primer disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, sus seguidores constituían una cofradía iluminada. Poco después ocurriría la transformación que los convertiría en una banda de estadios. En esa mutación brutal late un misterio similar al que rodeó al grupo y el origen de este libro: la reconstrucción imposible de una épica y una época que aporta datos y anécdotas nunca antes revelados sobre la mayor leyenda del rock argentino.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

 

Capítulo 17 – Dolores dulces

Cómo ocurrió que Patricio Rey cambió de piel. Qué operó en la cabeza de Solari para, en términos musicales, esconder las viejas partituras y abrazar otras que poco tenían que ver con sus raíces. ¿Era, ese viraje, un gesto de rebeldía que se correspondía con la atávica inconformidad de la dupla compositiva, o era lisa y llanamente un disparo en el pie, una obra maestra del autoboicot?

Las respuestas no son unívocas. En primer lugar, Solari había dejado entrever, en algunos reportajes, que según su visión el rock como tal había abandonado su lugar de planta generadora de energía moderna, de acelerador de partículas de la cultura. Hacía rato que se mordía la cola y lo último interesante para él había sido el estallido grunge, al que Solari asociaba indisolublemente al punk. En términos filosóficos, tanto el cantante como el guitarrista eran artistas que necesitaban de la innovación para mantener vivo el fuego sagrado de Patricio Rey. Agotado el rock, otros ritmos anglosajones derivados de fusiones más o menos familiares captaron la atención de la dupla. Grupos como Massive Attack, Portishead o Prodigy, los dos primeros pioneros del triphop y de lo que se conoció como “el sonido de Bristol”, pasaron a formar parte del entretejido musical de ambos. También inspiradora, aquel 1998 llegó por primera vez al país la banda irlandesa U2. A partir de la trilogía de los discos Acthung Baby, Zooropa y Pop, el grupo liderado por Bono se había colocado a la vanguardia de las grandes bandas en la incorporación de sonidos derivados de la electrónica. A pocas semanas de debutar en Buenos Aires, Bono le decía a Clarín: “Hay un color azul o azul ultravioleta que sale de la música electrónica y nos hemos insertado en ese campo ya que obtenemos nuevas sensaciones y colores”.

Los escarceos entre Patricio Rey y el sonido sintético comenzaron unos años antes, con la llegada a la órbita de la banda de Hernán Aramberri. Aramberri había aparecido como una solución para que Sidotti y Breuer, baterista e ingeniero, pudieran ajustar y enriquecer el sonido de la batería. Pero poco a poco fue transformándose en el hombre que le dio al Indio las herramientas para perforar las angostas paredes del rock. Otro hecho decisivo en el nuevo rumbo fue la construcción de Luzbola, el estudio de grabación propio que Solari levantó en su casa de Parque Leloir. Construirlo le dio la posibilidad al cantante, y en menor medida al guitarrista, de poder encerrarse en esa usina musical y manejarla a su antojo. Completado con el asesoramiento de Breuer y de Aramberri, Luzbola contaba, entre otros equipos, con una consola Yamaha digital, que en aquel momento era una herramienta de avanzada. Pero el gran elemento que le permitió a la cúpula compositiva poder editar y manipular el sonido de manera obsesiva fue la aparición del Pro Tools, un software revolucionario que consistía en una plataforma de grabación y mezcla multipista con el que los ingenieros, y los músicos en general, pudieron comenzar a dividir –e intervenir– el sonido en microsecuencias, como si se tratase de una película. Para alguien obsesionado con las capas y las texturas como el Indio, el Pro Tools resultó el Santo Grial.

Para la banda, trabajar en un estudio propio era una experiencia nueva y enriquecedora. Pero para Solari resultó especial, porque además de ser local y de adecuar ese ambiente a su gusto –una especie de playroom futurista y profesional–, poder contar con ese espacio exacerbó su vida monástica. Si hasta ese momento se exhibía poco por temor a provocar estampidas, a partir de entonces su intervención en la vida pública fue casi nula. Tenía cincuenta años. A mayor edad, mayor fobia y hermetismo.

Mario Breuer: Fue el Indio quien decidió cambiar las texturas de Último bondi…, lo que lo convirtió en un disco casi experimental. Empezó a meter armonías raras, distorsiones, y se involucró muchísimo con la música, ya que tenía muy claro hacia dónde quería llevar el sonido. No es que arrebató el espacio de Skay, sino que, de alguna manera, Skay dijo: “Si la tenés re clara, metele, somos compañeros”. El Indio empezó a tomar mucho más protagonismo en la producción del disco. Las mezclas las cerró él. Decía: “OK, estamos”. En un comienzo, hasta a Skay le caía con cierta simpatía… Es una opinión personal, pero creo que tuvo una sensación de relax, como diciendo:“Y bueno, el disco lo hace el Indio, yo voy y toco las guitarras”. Obvio que hizo muchas más cosas que tocar la guitarra, pero como que se lo dejó al Indio…

Con Breuer había empezado a colaborar Eduardo Herrera, un auxiliar que fue subiendo de “categoría” dentro de la dinámica meritocrática del grupo. De ser un asistente personal de Skay, fue mutando en su especialización. Primero fue ayudante de Breuer en el proceso de grabación y mezcla; luego, en la medida en que el ingeniero – que trabajaba con otras bandas– no podía dedicarse fulltime a los Redondos, se convirtió en responsable de ese trabajo. En cuanto al nuevo rumbo, Skay y el Indio aclararon que si bien podía resultar sorpresivo para el público, ellos hacía tiempo que masticaban esas ideas. En un reportaje en el diario Clarín antes de la presentación del disco, Solari dijo:

Este trabajo del sonido, que parece una novedad, en nuestros demos está desde hace mucho. Yo ya componía a partir de la computadora y el sampler y después reemplazaba la programación por la banda, pero quedaban muchas texturas por el camino. Ahora decidimos dejar las cosas sin que el pulso rockero de los Redondos se apoderara tanto del asunto. Y, en realidad, el acto fundacional tiene que ver con Luzbola, que es nuestro estudio propio. La tecnología te permite plagiar, secuestrar sonidos y eso es rico porque amplía el campo posible de la música. Para nosotros, a esta edad, sería un castigo tener que estar todos los sábados chan, cha-chan (tararea su legendaria “Mariposa Pontiac”). Eso ya es trabajar de uno mismo, hacer de clásico. A mí siempre me interesaron más los David Bowie que los Eric Clapton de esta vida (…) Desgraciadamente parece que hemos cometido un atrevimiento. Y a mí lo que me gustaría es que se atrevieran todos los demás. Cuando eso suceda, dejaré de escuchar mi colección de 1.700 CD’ y estaré viendo a quien salta por encima de los decorados del rock.

Con el disco grabado y acaso fascinado por el sonido de Bristol, Solari le preguntó a Breuer si era factible ir a mezclar y masterizar Último bondi…a Inglaterra. Breuer, que no conocía Londres y se sentía seducido por ir, hizo las averiguaciones correspondientes. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que alquilar un estudio en Londres costaría el doble que hacerlo en Nueva York. Llamó al Indio y le sugirió que desistiera de la idea, y que regresaran a Estados Unidos. Solari aceptó y Breuer, en un viaje previo, aprovechó y conoció los estudios RPM, que supieron ser de Phil Ramone por muchos años.

Mario Breuer: Fuimos ahí: divinos, muy bien ubicados, equipados de cosas hermosas, y quedamos muy contentos.

Viajaron Poli, Skay, el Indio y Breuer y también se sumó Herrera.

En Nueva York se hospedaron en el hotel Delmonico, un señorial cinco estrellas ubicado a dos cuadras del Central Park, legendario por haber sido el lugar del primer encuentro entre Bob Dylan y los Beatles, en agosto de 1964. De acuerdo a testigos de la reunión, aquel día Dylan llegó al hotel ubicado en Park Avenue con una bolsa de marihuana, y le dio de probar porro por primera vez al cuarteto de Liverpool y a su mánager, Brian Epstein. En un sentido, el lugar donde cambió parte de la historia de la cultura rock. Los Redondos hicieron la mezcla a treinta cuadras de ese lugar, en los desaparecidos estudios RPM, en Greewich Village.

Antes del viaje, y considerando que la complejidad del nuevo disco obligaba a sumar músicos al vivo, Solari le ofreció a Aramberri incorporarse a la banda de manera estable. El baterista quedó en contestar ni bien la alta jerarquía volviera de Nueva York. Finalmente aceptó, y su incorporación materializó otro de los grandes cambios que ensayó Patricio Rey en esa etapa; un cambio que, como estilaba, no fue ventilado. Después de más de quince años de trayectoria y ocho discos, los Redondos pasaban a estar integrados por seis músicos.

Para que no quedaran dudas, Último bondi…abría con una andanada de samplers, los del comienzo de “Las increíbles andanzas del capitán Buscapina”, que significaron una manifestación brutal del nuevo orden. Si bien presente, ya no era la guitarra de Skay la que arrastraba la estructura sonora de la banda sino una máquina piloteada por Aramberri. El “Walter” de la letra, lo aclaró Solari de entrada, no hacía referencia a Bulacio sino simplemente a Sidotti, el baterista del ahora sexteto.

Indio Solari: Remite al Pinamar de tiempo remotos. Una noche que andábamos de ácido con el Negro Beilisnon y su mujer y también Fenton. En medio de la tripa, empecé a dibujar un cómic: una aventura con Fenton como superhéroe, vestido con una capa que tenía el sello de Boehringer, el laboratorio que fabrica la Buscapina. Al verme metido en eso, me rodearon todos en la mesa y empezaron a tirar ideas.
Jugábamos con la pepa, básicamente.
También tiene que ver con las pelis de ciencia ficción que a Walter Sidotti le gustaban. Además de verlas, le encantaba contarlas. Y se largaba a explicarte tramas incomprensibles, porque siempre se olvidaba de mencionar elementos fundamentales. Además, Walter siempre llevaba encima la golosina de moda, lo más nuevo, lo que te estaban vendiendo por la TV: el caramelo que te explotaba en la boca. Se llenaba la boca de esas cosas, al mejor estilo Tinelli: de ahí salió lo del bocado maravilla.

Solo con ese comienzo, Patricio Rey pateó el tablero de su propia doctrina. Al tiempo que desconcertaba a sus fans y a los músicos afines a su obra, el grupo despertaba el interés de aquellos que, hasta entonces, se sentían estéticamente alejados de su sonido. Fue así que, consultado por el nuevo álbum, Andrés Ciro, de Los Piojos, prefirió no expedirse al respecto; Gustavo Cerati, por su parte, lo bendijo escribiendo una columna laudatoria en el diario Clarín:

Me parece que está bueno. Tiene más búsqueda, más juego, más riesgo. Desde el punto musical es un trabajo que está mucho más cerca de lo que podría estar haciendo Soda Stereo que a los grupos barriales que se sienten herederos de los Redondos.

Con matices, el disco resultaba una mixtura entre sonidos programados, triphop, guitarras y secuencias. En “Estás frito Angelito” Skay se viste de Slash mientras Solari, continuando una parábola abierta en Lobo suelto, recita un réquiem para los “ganadores” de una década, desquiciada y controvertida, que terminaba en bancarrota. El ocaso menemista encontraba al país en recesión y con índices de desempleo elevados.

Manipulada, la guitarra de Beilinson descuella en “Gualicho”, uno de los temas que mejor envejeció del disco y una gema que, sin duda, bien podía haber integrado Luzbelito. La frase “Las despedidas son esos dolores dulces” suena premonitoria. Como en otras canciones, también el saxo de Dawi, que en vivo también tocaría teclados, está intervenido digitalmente.

Indio Solari: Ahí está ese verso que dice: “Con lo que cuesta armar un full”… Significa, por un lado, que el amor no es coger ni nada de eso. Más bien el deseo de bien para el otro, algo que no le deseás a todo el mundo. Un día te encontrás deseándoselo a alguien… y eso es amor. Un full tampoco es una mano ganadora sí o sí. Es buen juego pero no necesariamente definitorio. Si son cinco o seis jugadores, todavía. Pero si jugás de a tres, el otro puede tener cualquier cosa y revolearte por los aires. ¡No es fácil creer en uno!

Hipnótico, susurrado y plagado de texturas, “La pequeña novia del carioca” es uno de los puntos más altos. Sobresalen la guitarra de Skay y el piano de Lito Vitale, que también colaboró en el disco. El tema es la exégesis de eso que tanto ambicionaba Solari, y la expresión más acabada del nuevo bondi ricotero: una maquinaria multiinstrumental –varias guitarras, bajo, piano, saxo, violín, batería, sampler, secuenciadores, distintas voces, muchas texturas– que resultará todo un desafío representar en vivo. La influencia de Morphine, la banda indie de Massachusetts, es notoria.

Indio Solari: Lo que me gusta de la música es la diversidad. En ese momento el deseo pasaba por cambiar, por mutar, en consonancia con el “Test para el colono virtual”. Si se escuchan las maquetas suenan todavía más actuales que el resultado final. A Morphine los vi tres veces en vivo.

A ritmo de rap, “Esto es to-todo amigos!” hace referencia explícita a María Soledad Rosas, la anarquista argentina que en 1997 se ahorcó en una cárcel de Turín. Tenía veintitrés años y se convirtió en una postal universal del movimiento Okupa.“La Sole se fue de lo linda que era”, canta Solari. Allí también nombra a Omar Chabán, quien no mucho tiempo después viviría la pesadilla de Cromañón.

Indio Solari: Yo no soy de mencionar a nadie real en mis canciones… Pensar que, al lado de los lugares en los que hemos tocado, Cromañón era un templo. Cuando uno empieza, toca donde puede. Yo no lo puedo ver a Chabán como un asesino. Ni siquiera como un empresario. Para mí era un artista. Todo el país está dentro de los parámetros de seguridad de Cromañón, que no son precisamente los de Suiza. La diferencia entre Cemento y el CBGB está en que ahí a nadie se le ocurrió prender una bengala. Porque después eran lo mismo: baños malolientes, todo un gran culo infecto. De algún modo todos habremos sido cómplices, por convocar a la gente a esos lugares.  

Pero los samplers de Último bondi…no solo dispararon sonido pregrabado sino también preguntas. ¿Animarse al cambio debía ser saludado como una virtud, aun cuando el objetivo alcanzado pudiera no ser satisfactorio? ¿Es la mutación, por su supuesta audacia, ontológicamente positiva? Eso parecía querer responder la crítica especializada, que en líneas generales osciló entre la aprobación tenue, el murmullo y la duda. Algunos, en cambio, estaban convencidos de que Patricio Rey había editado una gran obra. El diario Página/12 consideró a Último bondi…por encima de sus discos inmediatamente anteriores. “Para el observador imparcial, Finisterre recupera nada menos que el placer y las ganas de, una vez terminado, volver al track uno. Dicho en términos absolutos, que no son muy aconsejables pero que vienen al caso: es el mejor disco que han hecho los Redondos en la década del 90.”

Para Clarín el resultado fue desparejo pero arriesgado. “Como ‘La pequeña…’, los otros temas de Finisterre coquetean con la música electrónica. Y en algunos casos son correspondidos, y en otros, no. Así, el interesante ‘Esto es to-todo amigos!’ se contrapone con los previsibles ‘Las increíbles andanzas del Capitán Buscapina en Cybersiberia’ y ‘Drogocop’. En el excelente arte del disco hecho por Rocambole, hay un Test para el colono virtual. Ahí se ofrecen cinco opciones que incluyen la palabra mutar. La última indica: Mutar porque nos gusta el bondi a Finisterre y porque vale la pena la leyenda del futuro. Con buenas y malas, el mouse de los Redondos hizo clic ahí”.

Cualquiera fuera el futuro de la banda, fueron pocos, muy pocos, los temas de Último bondi que se convirtieron en himnos o que fueron coreados a viva voz por sus seguidores. Esto provocó una pequeña arruga en la interacción entre músicos y público: no es que que la relación corriera peligro –los Redondos nunca dejarían de tocar sus hits–, pero lo que sí se interrumpió fue la producción de canciones con ADN rocanrolero plagadas de eslónganes y riffs irresistibles. Aun con su complejo entramado de texturas, o justamente por ello, la confección de Último bondi…, su calidad técnica, resultó impecable. Había sido grabado, mezclado y masterizado con los más altos estándares de audio posibles. Su sonido era internacional.

Mario Breuer: Si me preguntan cuál es el disco con la mejor calidad de sonido, no tengo dudas: Último bondi… De los que hice yo, creo que es el mejor en ese aspecto. Tiene un sonido increíble.

Lito Vitale: Breuer sacó un sonido impecable.

Las encuestas ya no eran entre artistas sino entre lectores, y a pesar de su desconcertante contenido el álbum fue elegido el mejor del año y se vendió a ritmo ricotero: con fiebre. Unas cien mil copias salieron a la calle el miércoles 18 de noviembre. El formato del porta CD también fue revolucionario. Obra de Rocambole y confeccionado por la misma imprenta que había diseñado Luzbelito, de su cubierta se desprendía, como una navaja, el sobre con el disco. En la portada se destacaba una imagen futurista de los integrantes. Era la primera vez que los miembros de Patricio Rey aparecían en la tapa de un disco.

Rocambole: Los filmé en video, los metí en una computadora y los convertí en muñequitos animados digitales con un programa de 3D. Con eso hice el videoclip que se vio en los shows de Racing. El relieve que tiene está tomado de la caja del whisky Chivas Regal. La idea era hacer una especie de OVNI, una nave, pero no se pudo.

Indio Solari: Nos estamos involucrando autorreferencialmente, desde esa imagen que nos pone mirando desde el bondi para afuera. La idea es la de este bondi en el que vienen estos vejetes, que han curtido toda la cultura rock, y ahora están en la frontera del paso a un nuevo milenio.

Después de largas cavilaciones, para la presentación de Último bondi…la cúpula redonda pensó en un estadio de pura prosapia popular enclavado en las estribaciones de la Capital: la legendaria cancha del Racing Club de Avellaneda. El operativo arrancó varios meses antes. Daniel Panebianco, el encargado del armado del escenario, comenzó a juntarse con Poli en la casa de la calle Gorriti. Como siempre, fueron maquetando el show entre mates y facturas. Solari casi no aparecía.

Daniel Panebianco: La Negra te decía “Esto lo quiero así, esto asá”y siempre se llegaba a un acuerdo. Todo, absolutamente todo, estuvo previsto, desde el primer día que llegó el primer caño para armar el escenario hasta que nos fuimos.

Pablo Baldini, fanático de Racing, fue el productor del show. Por entonces, administraba el club de Avellaneda un feideicomiso liderado por la síndico Liliana Ripoll. Baldini firmó el contrato con ella casi un año antes. Otro que intercedió para que la banda tocase en “el cilindro” fue Daniel Lalín, ex presidente del club y seguidor de la banda. Cuatro meses antes de los conciertos, Lalín pidió la quiebra del club. De todas formas, eso no condicionó la presentación.

La banda comenzó a ensayar de lunes a viernes, unas seis horas por día. Había mucho por hacer. Los temas nuevos abrigaban sonidos desconocidos y a la incorporación de Aramberri se le agregó, nuevamente, Gabriel “Conejo” Jolivet, quien había actuado cuatro años antes en Huracán. Skay lo llamó por teléfono y lo invitó a sumarse al grupo. Pero Jolivet le pidió reunirse, porque algunas cuestiones de los shows en Parque Patricios no lo habían dejado conforme. Se juntaron en un bar de Palermo y después de varios fernet llegaron a un acuerdo. Jolivet ensayaría con ellos todos los días y cobraría por hacerlo, al margen del dinero que le correspondería por los conciertos. En concepto de adelanto, el violero retiró unos cuatro mil dólares en equipos en Mannix, la disquería y casa de música en la que se vendían las entradas de los Redondos.

La banda llegó afiladísima. El día del primer show, el 18 de diciembre, toda Avellaneda se vio atravesada por el aura de Patricio Rey. Decenas de miles de fans llegaron a ese pliegue fabril del Gran Buenos Aires. Era un acontecimiento: después de cuatro años de ausencia, la banda más convocante de la Argentina se presentaba en las fronteras de la Capital Federal. El escenario fue montado sobre el foso y sobre una de las plateas. Contó con el mismo sistema de seguridad que un concierto internacional: vallado a trescientos metros que incluía el control de los tickets. Eso determinó que no hubiera mayores incidentes, aún cuando se trató de la convocatoria más grande de la historia de la banda.

Adentro, el público desplegó su propia ceremonia de banderas, aliento y hormonas desatadas. Como sucedía siempre con Patricio Rey, sus fans vivían en estado de tributo permanente. No solo con los cantos: en sus pieles comenzaban a aparecer tatuadas, la nueva moda, imágenes icónicas relacionadas con el grupo. Cientos de iniciales, rostros de Solari o referencias más o menos explícitas a la banda se replicaban en miles y miles de cuerpos.

Cerca de las 6 de la tarde, y cuando ya había miles de seguidores en el campo, dos numerosos grupos de fans improvisaron un partido de fútbol. Eran cien contra cien, repartiendo patadas y lujos. Desde camarines, el Indio y Jolivet miraban atónitos y se divertían con ese espectáculo entre desopilante y dantesco. Reían con las piruetas, los pifies, las muchedumbres pugnando por una pelota improvisada. En un momento, contemplando desde esa altura la inmensidad latente de un estadio que prometía estallar, Solari lo miró a Jolivet y le confesó: “Pensar que todo esto yo lo imaginé”.

Sin embargo, Solari no imaginaba lo que iba a suceder. El primer show, el del viernes, fue decepcionante, dejando un regusto amargo tanto para la banda como para el público. Varios elementos confluyeron para que eso ocurriera. En primer lugar, hubo un hecho concreto y fue que, debido a un error de quienes manejaban los monitores, el sonido falló y en muchos casos estuvo desajustado. Solari entró tarde a los temas más de una vez, habida cuenta de que su retorno no era el mejor. También fallaron, porque se colgaban, algunos de los sonidos pregrabados y las secuencias, que conformaban la parte angular de Último bondi… Ese desajuste, sumado a la nueva estética instrumental del grupo, redundó en una respuesta inusualmente fría del público, que por momentos ni siquiera cantó algunos de los temas ni explotó de pasión, tal como acostumbraba hacer.

Casi todos los temas del nuevo disco tuvieron problemas de ejecución. La maldición quiso que en “La pequeña novia del carioca”, acaso el mejor corte del álbum, la percusión programada que habían preparado Aramberri y Sidotti –con ambos en escena, actuando uno al lado del otro– no se disparase. Intentaron hacerla arrancar tres veces y fallaron las tres. Decidieron tocar “Pogo”, y entonces la mala suerte se mudó de lugar; esta vez fue el sistema de luces el que sufrió un desperfecto. La banda terminó tocando a oscuras, la postal más acabada de una actuación olvidable.

Gabriel Jolivet: La gente esperaba algo heroico, y esa noche no hubo nada de heroico. En la segunda parte, el concierto mejoró un poco, pero el clima ya estaba enviciado. Público y banda, siempre tan permeables a los ánimos de uno y otro, nunca hicieron contacto. Fue tan así que después de “Ji ji ji”, el grupo decidió hacer un último bis. Tocaron “Un tal Brigitte Bardot”, canción que apenas si despertó indiferencia en la gente, al punto que muy pocos de los que habían emprendido el éxodo retornaron al estadio.

Como otras veces, Solari fue profético. Unos días antes del show dijo:

Tenemos la política del guerrero permanentemente: esperar lo mejor y prepararse para lo peor. Esperar lo mejor es prepararse para que todo sea una fiesta de alegría, y esperar lo peor es saber que hasta puede haber algún sabotaje. Los Redondos sabemos que eso puede suceder. No somos boludos como para no darnos cuenta y no confundir con que son paranoias. Hemos estado sujetos a eso más de una vez. Hay intereses de todo tipo, no solo por la magnitud que manejás, sino por desde dónde la manejás: desde una total independencia.

En la segunda noche la energía cambió. La banda asumió el golpe del día anterior y salió a rockear. El sonido esta vez fue demoledor. Los nuevos temas se tocaron en tiempo y forma y fueron cantados por una buena parte del público, como el caso de “La pequeña novia del carioca”. Tal vez por la decepcionante actuación de la noche previa o por el grado de neurosis desatado alrededor del fallido show, ni bien arrancó el concierto el Indio lanzó una advertencia:

Sé que por ahí andan diciendo que el viaje de los Redondos está por terminar. Está claro que este viaje se termina cuando ustedes quieran.

Pablo Baldini: Yo me quedé dando vueltas a unas cuadras del estadio y las veredas temblaban.

Para exorcizar los fantasmas de la noche anterior, los músicos tocaron bien unidos, como si un lazo invisible los envolviera. Jolivet se llevó un equipo de 200 watts de potencia. Skay subió el volumen de su consola al máximo posible. No hubo errores y sí, en cambio, mucho fervor. Fue una gran revancha, saboreada por los fans, que bailaron y celebraron su tradicional misa. El Indio, que vistió una camisa a cuadros manga corta celeste, lució aplomado y conformó el tándem de siempre con Skay. El show fue filmado y mezclado en vivo con los mismos estándares de calidad de un concierto internacional, con varias cámaras y una consola de cuarenta canales. El material quedó bajo la custodia de Claudio Quartero, el hijo de Poli. Solo una parte de él, con mal sonido y sin masterizar, se filtraría años más tarde en las redes sociales.

El concierto terminó con las luces prendidas y más de sesenta mil personas bailando “Ji ji ji”. El Indio, que llevó gafas de sol, se las sacó durante el último minuto de la canción. Quería apreciar y precisar el sobrecogedor espectáculo que sucedía a sus pies, esa marea de “bombas pequeñitas”. Fue un año intenso, tanto para la banda como para el país, que entró en recesión económica y padeció la eliminación del seleccionado de fútbol en cuartos de final del mundial de Francia, a manos de Holanda. En términos musicales sí hubo una victoria: Los Fabulosos Cadillacs ganaron el Grammy como “mejor banda de rock en español”. Ese día, desde Nueva York y por Telefé Noticias, Vicentico dialogó con sus compañeros de banda que estaban en Buenos Aires. El cantante los despidió con una pregunta infrecuente para los mediodías televisivos:

Che, Minimal, ¿pegaron fasito? Parecía que eso era todo lo incorrecto que podía ser el rock.

Fuimos Reyes. La historia completa de Los redonditos de ricota
Mariano del Mazo y Pablo Perantuono intentan descifrar el enigmático funcionamiento de un artefacto cultural extraordinario, hecho de pasión y negocio, y dueño del mayor pogo del mundo.
Publicada por: Planeta
Fecha de publicación: 06/01/2021
Edición: 1a
Disponible en: Libro de bolsillo

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