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viernes 15 de octubre de 2021
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La parábola del jarrón

Por unos días el país estuvo en vilo. Una pelea interna en la coalición de gobierno provocó una crisis institucional: durante tres días el Presidente de la Nación, Alberto Fernández, y su vice Cristina Fernández de Kirchner se cruzaron chicanas y amenazas en forma directa o por terceros. Hasta hubo una catarata de insultos expresados (¿en privado?) por la diputada kirchnerista Fernanda Vallejos. Cerca de CFK nadie repudió los dichos. Salvo la diputada Gabriela Cerrutti que le sugirió a su colega que renunciara a su banca “si tan a disgusto está con el gobierno que integra”. El problema no sólo es la posible ruptura del Frente de Todos sino la situación en la que queda el gobierno. El disparador del inédito conflicto no se limita a la contundente derrota electoral en la Primarias, donde el peronismo perdió casi cinco millones de votos en dos años, sino también a la interpretación de las razones de la debacle.

Para Cristina, toda la responsabilidad es de Alberto; para el Presidente la responsabilidad es compartida. Asumió la derrota en soledad el mismo domingo. Aceptó el peso de sus groseros errores (la fiesta de Fabiola Yañez en Olivos en plena pandemia, el insólito respaldo a una docente que educa a los gritos, entre otros), pero insiste en que fueron las consecuencias de la pandemia y la herencia de recesión y deuda que dejó Mauricio Macri las causas esenciales. Para reforzar esta idea les recordó a sus socios, por lo bajo, que perdieron en sus bastiones principales: la provincia de Buenos Aires (con los ejemplos destacables de Quilmes y Tigre) y en Santa Cruz, donde el kirchnerismo estuvo a punto de terminar tercero. Con ese argumento durante unos días se plantó ante los pedidos de su mentora de cambiar el gabinete de inmediato. Prefería modificar políticas, anunciar medidas y reservar los cambios para después de la elección legislativa de noviembre. Incluso expresó por redes sociales, que era él quien debía resolver los cambios y la oportunidad. Mientras tanto sumó apoyos de gobernadores, intendentes y sindicatos.

Pero -por citar a Sabina, y no a Nebbia- la firmeza duró “lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks”. Bastó que la accionista principal del Frente de todos firmase una carta donde atribuyó al Presidente sordera política (dijo que se reunieron 19 veces, siempre a instancias suyas, y que le pidió cambios que nunca fueron escuchados), fulminó al vocero presidencial Juan Pablo Biondi por hacer operaciones periodísticas en su contra (fue el primer renunciado), criticó la subejecución del gasto, y habló de la urgente necesidad de desplazar ministros para que comenzaran a instrumentarse las modificaciones.

Un día después, en nombre de la unidad, el Presidente presentó un nuevo gabinete con varios nombres con larga experiencia en el poder (Juan Manzur, Aníbal Fernández, Julián Domínguez, entre otros), pasó al Jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, a la Cancillería (bochorno mediante: el ahora ex canciller Felipe Solá se enteró de su salida en México, donde estaba representando a la Argentina), cedió a dos leales más: Sabina Fréderic y Nicolás Trotta, y volvió a su cargo (si es que alguna vez se fue) Wado de Pedro, uno de los dirigentes de mayor confianza de la vice y quien con su renuncia precipitó la crisis.

El jarrón roto ahora tiene sus partes pegadas nuevamente, el tema es saber si no pierde agua. Si después de esta pelea pública y hasta personal puede recuperar su capacidad de cumplir el objetivo para el que fue diseñado. A todos les queda claro que no se trata del mismo jarrón que salió de la alfarería.

La batalla de esta semana mostró al Frente de Todos como un sello electoral más que como una coalición de gobierno. La pelea por el poder en un escenario de pandemia, con más de 110 mil muertos, y cuarenta por ciento de pobres fue obscena. Alberto y Cristina son responsables por igual de estos días de zozobra. Es tiempo de que retomen el mandato que les dieron las urnas en 2019, salir del estancamiento y la recesión que dejó Mauricio Macri. En definitiva, resolver los problemas de la gente, en especial de los que menos tienen, no crear nuevos. Si no lo hacen, las urnas volverán a castigarlos y es bueno que lo sepan, ya no queda pegamento.