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domingo 17 de octubre de 2021
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Adelanto de «Me cago en las disquerías», de Sebastián Rubin

Entrar en una disquería es mucho más que ir en busca de música grabada. Es cruzar el portal a un ámbito aparte, un espacio mágico de contacto con experiencias sensibles, estéticas y humanas insospechadas. 

De San Francisco a Londres, de Buenos Aires a Bogotá, de Madrid a Tokio, de Nueva York a Oslo, este libro se propone rescatar estas aventuras de la oscuridad de esos locales llenos de magia, discos y música. 

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

Me cago en las disquerías
Sebastián Rubin*

La primera vez que me pasó fue en San Francisco, durante el último viaje que hicimos en familia mis padres, mi hermana y yo, en febrero de 1989. No me llevó demasiado tiempo descubrir que, a solo cinco cuadras del hotel, en Fisherman’s Wharf, estaba Tower Records. Había en Buenos Aires, por aquel entonces, una Tower Records apócrifa en la esquina de Federico Lacroze y 3 de Febrero que, más allá del logotipo amarillo y rojo, poco tenía que ver con lo que me topé al cruzar el umbral de aquella sucursal desarrollada en una esquina y en una única pero enorme planta. A pocos metros de la puerta de entrada, sobre la ochava, estaban exhibidas las últimas novedades: Technique, de New Order; The Delicate Sound of Thunder, de Pink Floyd, y alguna que otra preciosidad que no logré retener ni logro recordar, no por culpa de mi falta de memoria sino por la inesperada reacción física que la inmensidad recubierta de discos de vinilo, casetes y pósters que yacía detrás de ese primer aparador provocó en mi cuerpecito adolescente.

No fueron retorcijones en mi bajo vientre, o al menos no únicamente, sino una combinación de taquicardia y dolor de panza, un poco de sudor frío y la inequívoca sensación de un desenlace inminente y que la evacuación debía ser pronta. Ni se me ocurrió preguntar si el local contaba con las instalaciones adecuadas para tan urgente operación, por lo que solo atiné a dar media vuelta y correr hacia el hotel para desanudar, en privado y con una pizca de honor, el brete digestivo que la sobreabundancia de discos me había provocado.

Cada tarde, durante toda la semana que pasamos recorriendo la ciudad, a poco de regresar al hotel, recorría las cinco cuadras que lo separaban de la disquería con la esperanza de controlar mis esfínteres y concretar alguna compra, y cada tarde aguantaba unos minutos más que la anterior antes de vislumbrar la tormenta en el horizonte.

Nuestro último día en California sería la prueba final, la batalla por el oro vinílico. El viaje nos llevaría a otros destinos igualmente apetitosos en lo que a oferta de discos se refiere –Boston, Washington y Nueva York–, pero mi molino de viento yacía en San Francisco y estaba empecinado en derrotarlo, aunque fuera por cansancio. Entré por la puerta de la esquina y de inmediato tomé sendas copias de los discos de New Order y Pink Floyd (el eclecticismo es así). Raudo me dirigí hacia las bateas de maxis de 12 pulgadas y me hice con una copia de Peek-a-boo, de Siouxsie & The Banshees, canción que por entonces me obsesionaba. Envalentonado por mis pequeñas victorias, salté a la sección de singles y hasta me aventuré a las estanterías con ofertas donde conseguí por un dólar estadounidense mi copia de Around the World in a Day, de Prince & The Revolution, para llegar a la caja con mi botín apenas unos pocos minutos después de haber entrado al local. Todo estaba saliendo a la perfección, tal como lo había planeado, hasta que… Hasta que me di cuenta de que me faltaban un par de monedas para cubrir la factura. Retorcijones, sudor frío, ansiedad, todo lo que no podía suceder empezó a pasar. Los síntomas debieron hacerse más que visibles porque el cajero me tocó la mano (que estaba apoyada en el mostrador mientras mi cabeza permanecía gacha como si eso ayudara en algo a calmar los espasmos) y me dijo que estaba bien, que no importaba. Levanté la vista, le agradecí y arranqué los 500 metros llanos con obstáculos que me separaban del baño de mi habitación, aunque esta vez cargando un hermoso y merecido peso adicional en mis brazos.

Durante los años siguientes engordé mi colección de música, primero en Devoto Musical, al salir del colegio algunos viernes, como venía haciendo desde mi primera adolescencia cada vez que los ahorros me lo permitían, y más adelante en antros de Belgrano –La Pelela, Downtown o El Oasis (mi segundo hogar durante gran parte de los años noventa)– sin perturbación intestinal alguna, a punto tal que lo ocurrido en San Francisco quedó como una anécdota excepcional, casi olvidada.

Y un día viajé a Londres.

Mi amigo Diego Ivanier y yo aprovechamos el receso invernal de la facultad para cruzar el Atlántico. En agosto de 1994 llegamos a la capital del imperio después de tres semanas de periplo continental en el que dejamos atrás, a fuerza de excursiones e infinitas escalinatas, la tristeza de la eliminación mundialista[1]. O al menos lo intentamos.

Dejamos nuestras mochilas en el bed and breakfast de Earl’s Court y, como cualquier turista neófito, lo primero que hicimos fue tomarnos la línea azul con destino a Piccadilly Circus, tal vez la postal más trillada de la ciudad junto al Big Ben y el London Bridge. Al llegar a la estación homónima, en el West End, entre la multitud que circulaba por la misma descubrí los viejos y queridos colores rojo y amarillo de la disquería de mis pesadillas. ¿Era acaso posible que una de las salidas del subterráneo londinense diera directamente a la más grande sucursal de Tower Records de Europa? ¿Podría yo contener la irracional e inevitable atracción que esa demoníaca puerta ejercía sobre mí? Las respuestas a ambas preguntas son sí y no, respectivamente.

No recuerdo haber visto a Diego en el andén. A decir verdad, no recuerdo nada salvo por un vago mareo psicodélico provocado por la obscena y absurda cantidad de discos que desfilaron frente a mis ojos al cruzar aquel portal de la perdición, todos ordenados alfabéticamente en un laberinto de bateas que susurraba a mis oídos su canto de sirena.

“¿Qué hacés acá?”, escuché decir a Diego mientras me tocaba el hombro deshaciendo el hechizo en el que había estado sumido quién sabe cuánto tiempo. “Saliste disparado del subte como un caballo de carreras en el hipódromo”, siguió. Traté de disculparme y esbozar una explicación más o menos razonable pero enseguida empecé a sentir en el estómago contorsiones que creía olvidadas. Sin decir palabra alguna, subimos a la planta baja, buscamos la puerta principal y salimos a la vereda. Hablo en plural porque Diego me siguió sin entender demasiado qué estaba pasando. Es triste, pero la primera vez que levanté la vista en el centro de Londres fue solo para buscar entre la maraña de carteles y neones que decoraban al circo de Picadilly la “M” milagrosa de la hamburguesería cuyos baños sabía me sacarían del apuro. Siempre hay una cerca.

En la puerta del local de comida rápida me esperaba Diego con lágrimas en los ojos de las carcajadas que lo habían poseído durante toda mi estancia en los servicios del mismo.

Nos quedaban por delante varios días en Londres y después partiríamos hacia Edimburgo, Escocia, donde nos separaríamos, él para regresar a Buenos Aires y yo para seguir un poco más hacia Inverness y Liverpool y terminar nuevamente en la capital del imperio. Estaba claro que, por el bien del turismo, tendría que evitar las disquerías hasta mi regreso y que, cuando me adentrara en las mismas, debía hacerlo organizado y preparado, física, mental y… químicamente.

El plan era sencillo pero debía cumplirlo a rajatablas si quería llegar a buen puerto y sin accidentes que pusieran en peligro la navegabilidad de la misión: confeccionar una lista detallada de todos los ítems que pretendía adquirir y luego comprarlos en un único día predeterminado con antelación y con la medicación adecuada en mi sangre.

Primero, me devoré todos los ejemplares de la NME, Melody Maker, Spin, Q y demás que se cruzaron por mi camino, subrayando, resaltando y marcando todo lo que me llamara la atención. Luego, con la lista más o menos definida (siempre, siempre, hay que dejar algo librado al azar de las ofertas y a la magia que cada disquería ofrece), puse fecha precisa a mi cacería.

De regreso en Londres, la noche anterior al raid tomé, junto con la cena frugal, claro, una pastilla de carbón. La mañana siguiente repetí la operación en el desayuno y acto seguido partí hacia el Centro, confiado en haber secado mi sistema lo suficiente como para sobrevivir a la jornada.

La primera parada fue el Virgin Megastore de Oxford y Tottenham Court Road. Anoté las iniciales “V.M.” en la segunda columna de mi lista (la primera correspondía a los discos que pretendía encontrar) y recorrí sus bateas tomando nota de los precios de cada uno de los ítems, poniendo una “x” si no lo encontraba. Al terminar este inventario personal, bajé hacia el Soho, a Berwick Road, para repetir el proceso en los maravillosos locales que Oasis haría célebres al inmortalizarlos en la portada de su (What’s the Story) Morning Glory: Selectadisc, Reckless Records, Sister Ray y demás. La última estación previa al almuerzo sería HMV, en Leicester Square.

Una vez repuestas mis energías, y habiendo pasado la mañana sin sobresaltos en las disquerías más sofisticadas y espectaculares que jamás había conocido, volví a cruzar las puertas del Tower de Piccadilly. Recorrí las interminables bateas y estanterías de cada uno de sus pisos, comparando precios con los recabados, recolectando álbumes y simples cuando correspondiese y saliendo ileso de la operación con una veintena de títulos entre simples y álbumes. Luego, desanduve mi recorrido matinal recolectando las piezas más convenientes en cada uno de los locales previamente relevados, para, ya entrada la tarde, volver a mi habitación de hotel con la satisfacción del deber de melómano cumplido, mi ropa interior ilesa y, sobre todo, con una más que buena cantidad de discos en mis manos.

Mi romance incondicional con Madrid nació en los albores del nuevo siglo en una disquería, la ya desaparecida Globo Records, situada en una de las mágicas callecitas llenas de tiendas de discos que unen a Callao con la calle Arenal[2]. Allí logré convencer a Jorge, el dueño del local, que me cambiara dos ejemplares de Hogar, el álbum debut de Grand Prix (mi banda de entonces) por sendas copias del disco homónimo de The Pets (una maravilla perdida, si se me permite el comentario) y un grandes éxitos de los más grandes todavía Brinsley Schwartz (comandados por Nick Lowe). Quiso el destino que, un par de meses más tarde, una de esas copias llegase a manos del bueno de Pacopepe Gil, conductor de un clásico programa de la radio madrileña, Plástico elástico, audición especializada en power pop que sigue sonando hasta la actualidad. Cuando con la banda –o lo que quedaba de ella– intentamos mudar nuestra operación a la Península a comienzos de 2002, uno de los primeros en recibirnos fue Pacopepe quien, al terminar su programa, nos recomendó contactarnos con Pablo Carrero, del sello Rock Indiana.

Pablo nos convocó a una reunión en, dónde si no, Globo Records para ofrecernos, a los pocos minutos de comenzar la charla, editar un segundo disco y salir de gira por toda España con otras bandas del sello en el segundo semestre del año. Sin salir de nuestro estupor, Arpe, guitarrista de Grand Prix, y yo aceptamos el desafío a sabiendas de que, con la banda dispersa –por no decir disuelta– la empresa era prácticamente una quimera. Pero el contexto general de la Argentina (y mío personal) de entonces no podía ser menos propicio para intentar llevar adelante un modestísimo proyecto artístico en nuestro país por lo que, viaje relámpago a Buenos Aires mediante para grabar Lejos y rearmar el grupo, terminaría instalado gran parte del año en el barrio de Ventas, a pasos de la Plaza de Toros y entregado a la aventura.

Mi extendida estadía en la ciudad, sumada a la lamentable falta de presupuesto con la que subsistí durante esos largos aunque muy felices meses, me permitió conocer cada una de las disquerías del centro de Madrid sin la presión ni la ansiedad que me provocaban el escrutinio y la selección de discos. Eran tiempos en los que Madrid Rock todavía reinaba desde su enorme local sobre Gran Vía y, a pocos minutos de allí, yacían la ya mencionada Globo Records, El Yunque, Metralleta, Discos Babel, Escridiscos y Rock and Roll Circus, solo para enumerar algunos de los locales donde admiraba con la ñata contra el vidrio, empobrecido y desahuciado, la mercancía que se exhibía en sus aparadores aunque sabiendo que, tarde o temprano, hincaría mis colmillos en más de uno de sus apetecibles productos.

En el centro de todas ellas, como el ojo de Sauron, se erguía la FNAC, con sus seis plantas repletas de libros y discos[3] y, sobre todas las cosas, con baños exclusivos para clientes en el segundo piso. Esta novedad me resultaba por demás tranquilizadora aunque, por lo general, la limpieza de estas instalaciones dejaba bastante que desear.

Pero, y siempre hay un pero, justo enfrente de la FNAC se encontraba[4] una enorme sucursal de El Corte Inglés donde, después de estudiar los servicios de casi todos sus pisos, descubrí que los de la séptima planta, “Muebles y Oficina”, siempre estaban vacíos e impolutos. A diferencia de los dedicados a vestimenta o fotografía y electrónica, o incluso bricolaje, el piso de mueblería tenía un tránsito modesto tirando a escaso. Si las estadísticas no fallan, solo un porcentaje ínfimo de los clientes usa los sanitarios de los comercios, minimizando así el uso y desgaste de los cubículos perfectamente equipados del piso siete.

Este fenomenal descubrimiento no solo me permitió revolver, estudiar y, eventualmente, comprar discos en la zona sin temor alguno, aprovechando las prístinas instalaciones ya mencionadas cuando mi incurable ansiedad me urgiera a hacerlo, sino también replicar la experiencia en cada ciudad que tuve la suerte de visitar (y que contara con una sucursal grande de El Corte Inglés, claro), primero durante la gira con Grand Prix ese año, y luego ya en solitario o simplemente como turista en cada una de mis visitas posteriores a España.

Una de las cosas más estresantes de comprar discos es la certeza de que nunca podremos llevarnos todo lo que queremos. Los discos no son un vicio oneroso. Comprar discos no es caro. Pero comprar todos los discos que uno quiere es carísimo. Además, están las cuestiones no menores del peso, cuando uno viaja al menos, y del presupuesto. Por otro lado, ¿qué gracia tiene comprar todo lo que uno desea? ¿Qué placer podía sentir Elton John al entrar a las tiendas de discos y llevarse decenas de ejemplares cada semana, el muy hijo de puta?[5] Siempre, siempre se deja algo. En mi caso, suelo juntar discos a sabiendas de que no todos llegarán a casa, porque además hay que darle una chance a que la siguiente disquería que visites te sorprenda. Te prometo que, algún día, primer disco solista de Bryan Ferry de tapa celeste que tantas veces he levantado como dejado de lado, te llevaré conmigo.

Cuando no hay hacia dónde correr ni Corte Inglés que te salve, y únicamente en casos de emergencia, siempre se puede recurrir a la buena voluntad del disquero y rezar porque el local tenga baño. Algo así me pasó en Porto Calling, una pequeña disquería especializada en punk y new wave ubicada en la igualmente diminuta y encantadora ciudad portuguesa de Porto. La había conocido, o encontrado, a decir verdad, en mi primera visita al país en 2011. Llegué apenas unos días después de la boda de Xoel y Lola en A Coruña, en pleno verano boreal, y me encontré con una ciudad rebosante de música, de talleres de lutería a la calle y de disquerías con cantidades de discos bastante notables y a precios muy accesibles, especialmente los vinilos de industria nacional.

En aquella ocasión, Porto Calling tenía una amplísima variedad de discos usados y no pude resistir llevarme el disco de Klark Kent en vinilo verde y con la portada troquelada en forma de “K”. Entablé una amena charla con el disquero en un portuñol pobre y cuando sugirió que me llevase el álbum debut de The Men They Could’t Hang, tampoco pude negarme. Es que nunca se le dice que no a un disquero que te recomienda de corazón un disco.

Cuando volví a la ciudad varios años más tarde, el mercado de los vinilos usados había cambiado bastante. En otras palabras, los disqueros se habían avispado y los precios ya no eran tan “razonables” como antes. De todos modos, mi segunda visita a Porto Calling fue de lo más, por decirlo de algún modo, gratificante. Ya había aprendido hacía tiempo que el secreto para comprar discos baratos yace, en parte, en revisar las bateas de los títulos y estilos que los disqueros defenestran. Así, en Río de Janeiro conseguí discos de Erasure a precios de baratija en una disquería especializada en rock pesado y sinfónico de los setenta. Del mismo modo, el buen muchacho de Porto Calling, que ya no tenía tantos discos usados de punk y new wave como antes, conservaba sin embargo una gran colección de álbumes de los ochenta que bien podrían haber pertenecido a la discoteca de FM Aspen. ¿Cómo no llevarse Big Bam Boom, de Hall and Oates, por solo un eurito? Imposible. Tampoco puso reparo alguno a mi pedido de usar su baño personal cuando mis retorcijones de rutina volvieron a aparecer, dejándome un recuerdo más que grato de mi paso por su disquería. Seguramente él no pueda decir lo mismo de mí.

Pasaron más de dieciséis años desde mi última visita a Londres en 2001 que, como yo mismo, había cambiado muchísimo. Ya no es aquella ciudad de edificios bajos y señoriales: una infinidad de modernos rascacielos ahora recorta el cielo londinense desde las márgenes del Támesis. Tampoco se puede acceder a Tower Records desde el subte, pero no porque hayan cambiado las salidas de la estación Piccadilly sino porque simplemente ya no existe Tower Records, y sus instalaciones y vidrieras fueron usurpadas por una cadena de ropa genérica, como las muchas otras que coparon cual maleza el bello jardín que otrora era el West End.

Más allá de estos cambios, normales, en su fisonomía, había operado en Londres otra mutación, mucho menos evidente y visible, que excede a los meros síntomas de su avanzado estado de gentrificación (como lo son por ejemplo los infinitos locales de comida decorados con azulejos blancos y pizarras y tan iguales a los de cualquier calle de Brooklyn o incluso de nuestro Palermo). Ya no se respira en su aire el frescor de la Cool Britannia de los noventa sino el perfumado aroma del dinero, el mismo que se huele al entrar a un banco o a una tienda de ropa exclusiva: el rancio olor a empresario garca. El epicentro mundial del rock, o de la cultura rock, mejor dicho, cedió su lugar al de las finanzas y la especulación, y hay que hurgar bastante para encontrar algún resto de la vibra mod de la Carnaby Street descrita por Ray Davies o de la sordidez de las noches de Suede y Pulp.

Pero el que hurga, encuentra.

La mayoría de las disquerías de Berwick Road cerraron sus puertas durante la década pasada, Virgin desapareció de la faz de la Tierra sin dejar rastro alguno y HMV se reconvirtió en una cadena de tiendas de libros, remeras y chucherías muy parcialmente dedicada a la música. Pero en el barrio de Shoreditch, al noreste de la ciudad, se organizó alrededor del mercado de Spitafields una especie de resistencia de la vieja guardia londinense: galerías de arte, bares, garitos, una sucursal de Fred Perry y, sobre todo, la segunda y fortalecida encarnación de Rough Trade que me recordaron vagamente a aquel pasado glorioso que tanto añoraba.

Me gustaría decir que en sus bateas repletas de discos de vinilo, en las que conviven Pixies con Teleman o el más novel Oscar, y en sus estantes donde el Manifiesto comunista de Marx se codea con la biografía de Big Star, encontré el código genético de aquella Londres de mi imaginario adolescente y mis visitas de veinteañero, pero no. O, mejor dicho, casi. Estaba cerca, a pasitos nomás.

La idea de incluir en las instalaciones de la tienda una monona cafetería, muy acorde a los tiempos que corren, obligó a los dueños de Rough Trade a proveer a los clientes de un sanitario público que, en mi caso, agradecí sobremanera. No pasó demasiado tiempo antes de que tuviese que hacer uso urgente del mismo, y al abrir la puerta me encontré con una de las más bellas e inesperadas sorpresas de mi demorado regreso a la ciudad: no me refiero a la limpieza de sus pisos y sanitarios ni a la generosa provisión de rollos de papel higiénico apilados en forma de pirámide en uno de sus rincones, sino a sus paredes, manchadas con trazos de fibrón negro y marcadores de todos los colores, con nombres de bandas, corazones flechados y un sinnúmero de inscripciones que le daban al cubículo un aspecto propio de camarín de Die Schule o Cemento. Me quedé atónito, hipnotizado, sentado en el inodoro contemplando esas paredes hasta perder noción del tiempo. Por un momento, estaba en el camarín del Moby Dick de Madrid aguardando el momento de salir al escenario con Grand Prix, o en el del Arca de los Músicos de la calle Paraguay en Palermo, dándole los últimos retoques a la lista de temas. Todo lo que le faltaba a las calles del Soho lo encontré en ese milagroso espacio de pocos metros cuadrados.

Al salir del baño, un largo rato más tarde, Gimena me preguntó si me sentía bien. “De maravillas, le contesté”.

Japón, o al menos las ciudades que visitamos con Gime durante nuestra luna de miel, constituye lo que en mi libro calificaría como el paraíso para el turismo cazavinilos. La cantidad, calidad y tamaño de sus disquerías, especialmente las de Tokio, justifican, con creces, las últimas palabras de mi afirmación precedente. El resto se sostiene en los dos pilares hercúleos que intentaré describir a continuación.

Durante los primeros días de nuestra visita nos sentíamos raros, como si algo estuviera fuera de lugar, incómodos, alienados, y no tenía que ver con no entender nada de lo que leíamos o nos decían. Algo estaba mal. Y, efectivamente, así era. Éramos nosotros. Al tercer día de nuestra estadía en Kioto nos dimos cuenta de que nadie, nunca, jamás y bajo ninguna circunstancia, iba a robarnos, estafarnos o intentar engañarnos. No cabía en ninguna cabeza nipona la posibilidad siquiera de sacar el mínimo provecho de nuestro desconocimiento total del idioma, costumbres o geografía locales. Y este descubrimiento derivó en una novedosa sensación de bienestar, relajación y tranquilidad permanentes que nunca antes habíamos experimentado, en ningún lugar.

El segundo pilar tiene nombre propio: Toto. Y fue amor a primera vista. Ya me habían advertido de sus cualidades, de su sex appeal irresistible, pero tuve que verlo para creerlo y sucumbir a sus encantos de inmediato, claro. Al llegar a la ciudad, el dueño de nuestro departamento de alquiler del barrio de Kitano, al norte de la misma, nos mostró primero la cocina, luego la habitación y el balcón, dejando el baño para lo último. Y ahí estaba, last but not least, el Toto, el inodoro inteligente del que tanto me habían hablado: calienta-tabla, bidet incorporado con tres intensidades y dos posiciones de chorrito y hasta secador de aire caliente, todo controlado remotamente desde un pequeño tablero situado a un costado del asiento. No había sentido una emoción semejante desde que a los quince mis padres me regalaron mi primera guitarra eléctrica.

Pero no termina ahí la cosa. El Toto (nosotros le decimos Totó, quién sabe por qué) no solo se encuentra en las casas y apartamentos privados, sino también en la mayoría de los restaurantes, centros comerciales y, adivinaron, alguna que otra disquería. Y donde no lo hubiera, como en parques y plazas públicas, los baños siempre estarán pulcros, impolutos y con una dotación de papel higiénico suficiente para limpiar los traseros de un ejército.

Esta devoción de los japoneses por mantener sus upites rozagantes y prístinos, sumada a la inédita tranquilidad con la que caminamos por la calle, me enseñaron, y por primera vez en la vida a mis cuarenta y tres años, el verdadero significado de la palabra vacaciones.

Escudados en la plena noción de que pasase lo que pasase siempre tendríamos un baño utilizable a pasos de distancia, visitamos y recorrimos disquerías de todos los estilos y tamaños. Algunas, pequeños sucuchos ubicados en departamentos dentro de edificios, en general muy especializadas, y otras, enormes tiendas a la calle de varios pisos como, adivinaron, Tower Records. De hecho, aunque extinta en el resto del planeta, la cadena del logotipo rojiamarillo conserva en Japón varias sucursales, la mayor de todas en el céntrico barrio de Shibuya, en Tokio, equipada, además, con los sanitarios robóticos de mis amores. Estos eran, a decir verdad, lo mejor que tenía para ofrecerme, ya que su mercadería, aunque abundante, estaba más dirigida a un público adolescente y consumidor de J-pop, K-pop y Teen-pop que a un adulto en busca de vinilos de Van Morrison.

Una mañana, tempranito, salimos de casa a pie y nos dirigimos al norte, hacia el parque Gyoen, lindero con la ajetreada Shinjuku. Caminamos largo rato por sus senderos cubiertos de cerezos y sus jardines perfectos, rodeando el lago y disfrutando del buen clima de mayo. Tal vez la caminata matinal activó mi sistema digestivo y empecé a percibir la cada vez más intensa sensación de que en cuestión de minutos necesitaría un baño. En principio, esto no debía ser un problema. Así que salimos hacia la zona comercial en busca de alguna tienda que me permitiera deshacerme del lastre y seguir con nuestro paseo. Pero el Forever 21 de la zona no tenía baños y los restaurantes linderos todavía permanecían cerrados al público. Fracasamos sistemáticamente en cada uno de los locales con los que nos fuimos topando, hasta que la caminata devino en disimulado trote ligero con suaves notas de desesperación en el paladar.

Quiso el destino que a escasas tres cuadras del parque nos encontráramos en la puerta de la sucursal local de Disc Union, con sus siete pisos, ¡siete!, repletos de vinilos de todos los estilos y perfectamente ordenados. ¿Y baño? No, señor, la sucursal no cuenta con sanitarios. La disyuntiva era criminal. Ya había comprado suficientes discos en el viaje como para darme por satisfecho y si me alejaba de la disquería lo más probable era que nunca pudiera desandar mis pasos. Pero si me quedaba, ¿cómo haría para hacer oídos sordos al llamado de la naturaleza, cuyos gritos pelados para ese entonces ya retumbaban en mi cabeza? La decisión era obvia. Gime me preguntó cómo me sentía y, por supuesto, le mentí, diciendo que “falsa alarma, ya se me pasó”.

Primero exploré el segundo piso dedicado a los sesenta y el rock clásico. ¿Alguien dijo Please, Please Me edición original en mono Parlophone de 1963 en mint condition? Por aquí, por favor. Más tarde, en el sexto, me hice de varias gemas un poco más modernas, en términos relativos, como el álbum debut de Silver Sun en vinilo amarillo por solamente 600 yenes (el equivalente a 6 dolaricos) o el oscuro Obscurities, de Stephin Merrit. Satisfecho, más no aliviado, salí a la calle donde mi flamante esposa me esperaba con gesto de notorio tedio. “¿Qué tal si vamos a almorzar a Shibuya?”, le propuse, con otros planes en mente.

La venganza es un plato que se sirve frío, como el sushi. Bajamos del subte en las cinco esquinas y seguimos caminando hacia el sur. Al principio, Gime no sospechó nada. Pero al ver el inconfundible cartel de Tower Records, enorme, erguido a lo alto de los cinco pisos de la tienda, mis intenciones se hicieron evidentes. Ya no había vuelta atrás. No me interesaban sus discos ni sus pósters y revistas ilustradas con ignotas, para un servidor, estrellas juveniles. No, mi único objetivo era llegar a los baños del tercer piso, con su aroma artificial a flores de la pradera y sus impecables Totós que clamaban por mi presencia. Y por mi largamente esperada revancha.

Desabroché mis pantalones y me senté dentro de uno de los cubículos, levantando la cabeza y cerrando los ojos, dejándolo todo atrás en un suspiro: mis accidentadas tardes de San Francisco, mi fallida primera impresión de Piccadilly Circus y todos los retorcijones del pasado… al menos hasta la próxima disquería.

*Rubin es músico, porteño, oniofóbico, ex aficionado al tenis, melómano, hacedor de listas y economista. Lideró la banda indie Grand Prix hasta su disolución en 2004 y luego de una etapa solista al frente de Rubin y Los Subtitulados y dentro del proyecto Alvy, Nacho y Rubin Interpretan a Los Campos Magnéticos, volvió al formato grupal con Los Andes. Despuntó su vicio radial como columnista de Gente sexy bajo el seudónimo de Profesor Pop, y el literario editando Yeah Yeah Yeah en 2020 junto a Gime Piu, además de aportar textos a Calidad de vida, de Luka Boo, y a Humildad y paciencia, de Pablo Carrero. Agradece también por la presente, la lectura y consejos de Sebastián Robles quien, muy sabiamente, le sugirió eliminar adverbios.

Diecisiete relatos en primera persona –que se pueden leer indistintamente como cartas, canciones, crónicas, ensayos o cuentos–, fruto de la experiencia real de escritores, músicos, periodistas, disqueros o simplemente melómanos de diferentes países, y que son literatura de la vida misma.
Publicada por: Gourmet Musical
Fecha de publicación: 09/01/2021
Edición: 1a
ISBN: 978-987-3823-61-9
Disponible en: Libro de bolsillo

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