lunes 6 de diciembre de 2021
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Adelanto de «Quien no extraña al comunismo no tiene corazón», de Martín Baña

Como se dice en las redes sociales, “era una broma pero quedó”: hacia mediados de los años 80 Mijaíl Gorbachov abrió la puerta a una sucesión de reformas destinada a solidificar la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de cara a los desafíos de fin de siglo, pero que terminó por desbaratarla, llevándola a la implosión definitiva, la caída de finales de 1991.

A treinta años del aquel suceso fuera de serie, Martín Baña ofrece una lectura aguda, sensible y extraordinariamente informada del complejo y contradictorio proceso que determinó el fin de la URSS y del comunismo tal como fue conocido durante décadas, pero también del derrotero político que colocó a Vladimir Putin como el núcleo de poder en la Federación Rusa.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

 

Antes del principio

En diciembre de 2010 el entonces primer ministro y antes dos veces presidente de la Federación Rusa, Vladímir Putin, participó de Conversación con Vladímir Putin. La continuación, un programa anual de televisión producido por la secretaría de Prensa del Kremlin. Su formato era simple: un conductor que oficiaba de maestro de ceremonias coordinaba la intervención de panelistas y de ciudadanos comunes que dirigían sus preguntas hacia el entrevistado desde el estudio o desde móviles ubicados en diferentes partes de Rusia. Estas nunca eran incisivas y solían ser una excusa para que Putin hiciera una suerte de balance anual de su gestión y, sobre todo, una enumeración de sus logros. Entre los participantes de esa emisión se encontraba Aleksandr Zaldostanov, el líder de los Lobos Nocturnos, un club de motociclistas con tendencias homófobas y nacionalistas surgido en los últimos años de la Unión Soviética. El propio Putin supo montar una Harley Davidson y compartir con ellos algunos de sus multitudinarios e imponentes desfiles. Cuando le tocó intervenir, el Cirujano –como también se lo conoce a Zaldostanov– recordó una charla que había tenido con Putin tiempo atrás y citó una frase que este último supuestamente le había dicho. No era una cita textual, pero él la recordaba así: “Quien no quiere la unificación con Ucrania no tiene corazón, pero quien la quiere perdió la razón”. Entonces, le preguntó al primer ministro si estaba de acuerdo con la idea de que el corazón podía reemplazar en ocasiones a la mente pero que la mente jamás podría reemplazar al corazón. Putin no entendió muy bien de qué se trataba la pregunta pero recordó enseguida la conversación. Y lo corrigió: “Recuerdo lo que dije. Estaba hablando sobre la disolución de la Unión Soviética. Y dije que quien no lamenta la disolución de la Unión Soviética no tiene corazón pero quien quiere restaurarla en su forma anterior no tiene cabeza. Dejemos esto entre corchetes. Es cosa del pasado”. Y enseguida cambió de tema.

La frase de Putin se hizo mundialmente famosa y en su versión en castellano se la conoció con una leve variación, en forma de sentencia: “Quien no extraña a la Unión Soviética no tiene corazón, quien quiere restaurarla no tiene cerebro”. Como sea, el sentido de esa reflexión sintetiza muy bien un aspecto central de la Rusia contemporánea: su problemática y aún no resuelta relación con el pasado soviético. ¿Qué debe hacer un país capitalista con su pasado comunista? ¿Es ese legado un obstáculo para el desarrollo de una nueva economía de mercado o, por el contrario, un elemento que estabiliza el nuevo sistema? ¿Es lo soviético un factor de resistencia o un recurso de adaptación a la realidad de un orden neoliberal? ¿Qué efectos tuvo la racionalidad cínica constituida al calor de tantos años de desfase entre discurso y realidad en la vía soviética al capitalismo? ¿Cómo interpretar la actual nostalgia por la experiencia soviética expresada por los mismos que fueron responsables de su disolución? Más aún, ¿es el autoritarismo del actual sistema político ruso una consecuencia de su pasado comunista o más bien un producto de las transformaciones que el capitalismo produjo en un espacio semiperiférico durante la década de 1990? ¿O ambas cosas? Para responder estos interrogantes sobre la Rusia del presente es necesario dirigirnos a su pasado reciente y, particularmente, a un hecho inesperado para ese país pero trascendental para el orden mundial: la disolución de la Unión Soviética ocurrida en diciembre de 1991.

A treinta años de un suceso tan impensado como significativo, este libro se propone explicar el fin de la Unión Soviética intentando abarcar la multiplicidad de factores que intervinieron. Tres décadas es distancia suficiente para volver a un evento de tal magnitud como también para hacer necesario ese regreso: es posible que muchos de los lectores de estas páginas todavía no hubieran nacido cuando ocurrió y que palabras como perestroika tal vez les remitan más a una banda pop rusa que a un amplio proceso de reformas. ¿Cómo explicarles que de la noche a la mañana el enorme territorio que componía la Unión Soviética se convirtió en quince repúblicas con nombres, sistemas políticos y relaciones de propiedad diferentes? ¿Cómo contarles que la Guerra Fría que tuvo en vilo a varias generaciones por la amenaza de una destrucción nuclear finalizó de un modo pacífico? Pero también, ¿cómo ofrecerles a aquellos que fueron testigos, y recibían día a día las noticias, una visión global del complejo proceso del cual esos acontecimientos aislados formaron parte? Las preocupaciones sobre el presente son las que orientan las preguntas que le hacemos al pasado con la esperanza de encontrar allí claves que nos ayuden a mejorar nuestra actualidad. Para entender los motivos de la disolución de la Unión Soviética y el verdadero alcance del impacto que generó en el espacio ruso y en el mundo es necesario indagar su pasado y explorar sus alcances hasta hoy.

La Unión Soviética fue el sistema que nació de la Revolución rusa de 1917 y que se propuso como un proyecto mundial alternativo al capitalismo, conocido indistintamente como socialismo –en su fase previa– y comunismo –en lo que sería su última y definitiva etapa–. Por factores propios y extraños, su devenir no fue el imaginado por los revolucionarios y su experiencia terminó resultando opresiva. Hubo allí persecuciones, temores, muertes y ausencia de libertad. Sin embargo, fue un espacio en el que el terror convivió con la utopía, las privaciones con la movilidad social ascendente –con un acceso a la educación y la salud impensado para generaciones pasadas de rusos– y en el que un relativo igualitarismo coexistió junto a los privilegios reservados para una capa burocrática conocida como la nomenklatura. El sistema soviético puso límites a la libertad creativa de los artistas y los intelectuales pero también llevó a cabo un amplio plan de ilustración que creó para ellos una audiencia y oportunidades antes impensadas. Para muchos de sus ciudadanos, los valores y las realidades de la vida socialista –como el sentido de igualdad, el altruismo, la amistad, la educación o el trabajo– fueron de una importancia vital. Sin embargo, todavía hoy la interpretación dominante la sigue describiendo como algo malo y definiéndola como un régimen estático. Esas descripciones no son útiles para dar cuenta de lo que realmente se experimentó en ese gigante territorio que va de Europa a Asia.

Para comprender el sistema soviético debemos dejar de lado las visiones esquemáticas que lo condenan ciegamente pero también las lecturas simplistas que lo romantizan de manera cándida. La vida en la URSS fue mutando a lo largo de sus siete décadas de existencia, reflejando los cambios económicos y políticos que se estaban produciendo en el país y en el mundo. Lo soviético puede ser considerado como una especie de integridad histórica y cultural pero en ningún caso como un todo inmutable y unificado, como suelen hacer los autores que reducen su historia a un régimen totalitario indeseable o, por el contrario, a los nostálgicos que añoran a un gran país perdido a manos de espías y traidores. Como sostiene el sociólogo Boris Kagarlitsky, en la Unión Soviética convivieron tendencias opuestas que, hasta cierto punto, se complementaban y compensaban entre sí. Cuando el sistema comenzó a mostrar sus límites, y la interacción conflictiva de esas tendencias dio señales de agotamiento, la dirigencia intentó una serie de ajustes para mantenerlo a flote.

Es cierto que las primeras reformas importantes comenzaron a ensayarse luego de la muerte de Stalin en 1953. Sin embargo, el proceso más sustancial fue el iniciado por el secretario general del Partido Mijaíl Gorbachov en 1985, el cual pretendía ser más profundo porque los problemas se evaluaban como tales. Por entonces la dirigencia pensaba que la Unión Soviética era reformable. Pero los cambios implementados atravesaron tres ejes sensibles: uno económico que terminó desmantelando el sistema sin poder reemplazarlo en lo inmediato por otro; uno cultural que favoreció el desmembramiento de la Unión Soviética; y uno político que acabó minando el monopolio del poder del cual gozaba el Partido Comunista. Las reformas dieron lugar a una serie de cambios que intentaron revigorizar a un sistema que, sin embargo, arrastraba importantes problemas. A su vez, abrieron un canal que habilitó el surgimiento de una coalición que vio con buenos ojos una transición hacia la economía de mercado. En el marco de esa dinámica, la pérdida del monopolio del poder político del Partido resultaría fatal, ya que dejaría de controlar el destino de esas transformaciones.

La Unión Soviética no dejó de existir por la portación de un gen defectuoso, la existencia de movimientos revolucionarios masivos, la supuesta incapacidad rusa para lidiar con la democracia o el importante peso de sus líderes políticos. No hay documentos que permitan sostener ninguna de estas argumentaciones. Las causas más importantes de su disolución, aunque no las únicas, hay que buscarlas en el agotamiento del sistema y la decisión política de una elite que, temerosa de perder sus privilegios, aprovechó las reformas para operar su reemplazo por una economía de mercado. El grueso de la población acompañó el proceso y lo justificó así: “el capitalismo no puede ser peor que lo que nos tocó vivir”.

“Lo que mi abuelo no pudo lograr en la época de la guerra civil en el Ejército Blanco contra los comunistas, lo hicimos nosotros expulsando al Estado de las relaciones de propiedad”, dijo en 1992 Boris Jordan –banquero norteamericano y nieto de aristócratas que emigraron luego de la Revolución de 1917–, que participó como asesor en el proceso de privatizaciones llevado a cabo en Rusia en la década de 1990. Esta suerte de revancha personal sintetiza muy bien lo que fue la restauración capitalista llevada adelante por el presidente Boris Yeltsin durante esa década: un violento saqueo administrado que pauperizó la vida popular y amplió rápida y escandalosamente una inédita brecha entre ricos y pobres. Al final, el capitalismo no era mucho mejor que aquello a lo que estaban acostumbrados y todavía en 2019 había encuestas en las que la mitad de los rusos decían vivir mejor bajo el comunismo. Pero, de nuevo: corazón y cerebro. La nostalgia no significaba la existencia de una fuerza social que promoviera volver al pasado soviético. La crisis económica de 1998 supuso una alarma para el desarrollo de ese proceso y un freno a las aspiraciones políticas del presidente que le había allanado el camino al capitalismo. Al año siguiente la dirección del país quedaría en manos de Vladímir Putin, un ignoto ex agente de los servicios secretos soviéticos que ya lleva veintiún años en la cima del poder, como presidente con tres mandatos cumplidos y uno en vigencia, y otro como primer ministro.

Favorecido por la suba de los precios internacionales del petróleo durante la primera década del siglo, Putin logró amortiguar ciertos desequilibrios sociales y convertirse en un carismático símbolo nacional y global que suele ser definido de acuerdo con las simpatías de cada cual: desde un zar 2.0 hasta un líder antiimperialista. La obsesión con su figura, sin embargo, reduce de manera notable las vicisitudes de un país como Rusia a cuestiones de personalidad y no permiten ver el complejo y contradictorio sistema del cual el presidente es solo su cara más visible. Cleptocracia, petroestado o Estado neosoviético son las expresiones estereotipadas con las cuales se lo suele definir. Sin embargo, el putinismo no es más que una continuidad del orden neoliberal inaugurado en la década de 1990 que aspira –todavía hoy– a restituir la grandeza internacional perdida y a reconstruir una identidad nacional dañada por la disolución de la Unión Soviética.

Muchos se apresuraron a ver en este último evento el fin de una era. Algunos prestigiosos historiadores lo interpretaron como el hito que marcaba la finalización del siglo XX, a pesar de que todavía quedaba por delante casi una década. Otros investigadores más osados anunciaron directamente el fin de la Historia. Tales reacciones no nos deben sorprender. La Unión Soviética fue durante casi setenta años una de las dos potencias mundiales que animó la historia de una centuria. Fenómenos como el desarrollo del Estado de bienestar, la carrera espacial o la Guerra Fría, por solo nombrar algunos, no se pueden entender sin hacer referencia a la experiencia soviética. Su caída, a su vez, fue una daga para el sueño de cientos de miles de militantes alrededor del mundo. Al abordar la historia de su disolución debemos tener en cuenta toda su complejidad y dejar de lado la idea de que ese país era una isla o un territorio separado del mundo por una cortina de hierro. Rusia ha tenido desde siempre una historia de transferencias e influencias mutuas con el resto del planeta. De hecho, el comunismo nació como un proyecto internacionalista que estuvo siempre pendiente de los cambios que se realizaban a nivel mundial y fue la existencia de un afuera capitalista lo que explica en gran parte la decisión de la burocracia soviética de reconvertirse en burguesía. Las vicisitudes de Rusia están relacionadas no solo con lo que pasa internamente sino también con los condicionantes externos de una economía-mundo en la que ese país intentó, con resultados no siempre victoriosos, superar su posición semiperiférica.

Cuando abordamos la historia de la Rusia postsoviética también debemos dejar de lado los prejuicios y estereotipos que resurgieron con fuerza luego de 1991 y que apelan a la existencia de un alma rusa o de un homo sovieticus –una suerte de entidades inmodificables heredadas de una historia inmemorial o de su pasado reciente– para explicar desde la melancolía y la supuesta locura de su población hasta la predisposición que tendrían los rusos hacia los gobiernos fuertes y autoritarios. Las miradas prejuiciosas y esencialistas que aislaron a Rusia y la definieron históricamente como un otro cultural subordinado y estigmatizado omiten su complejidad y obstaculizan una comprensión cabal de su historia y su cultura. Es necesario, por el contrario, dar cuenta de la heterogeneidad de cada experiencia social correspondiente, analizándola históricamente y sin preconceptos. Desde la derrota del nazismo en 1945 por el Ejército Rojo, el envío del primer ser humano al espacio o más recientemente la creación de la vacuna Sputnik V –que el Estado ruso financió para combatir la pandemia de Covid-19–, la historia viene demostrando que Rusia sigue siendo un actor difícil de desdeñar dentro del orden mundial y del que, paradójicamente, sabemos muy poco y, a veces, muy mal.

La disolución de la Unión Soviética y su reemplazo por la actual Rusia capitalista nos invitan a pensar también el modo en el cual se produce el cambio social en la historia. En principio, podríamos ver en esa transición un cambio tan violento como radical: de la noche a la mañana, el comunismo le dejó paso al capitalismo invirtiendo la clásica transición imaginada por el marxismo. Pero los cambios no siempre son tan revolucionarios ni tan radicales. Por un lado, debemos marcar que dentro de un reacomodamiento de la Rusia comunista a las transformaciones mundiales y a sus propias crisis internas se instaló allí un proyecto capitalista de un modo relativamente pacífico, sin revoluciones ni antagonismos. Por el otro, como bien explica Claudio Ingerflom, existen estructuras del pasado que persisten y que se dan a conocer en el presente aún en contra de la voluntad de los propios actores. Nadie está afuera de la Historia. Si el cambio en Rusia se produjo en las relaciones de propiedad, la continuidad se manifestó en la presencia de una elite que ya era dominante bajo el comunismo y lo siguió siendo bajo el capitalismo. No se trató de una invasión externa o de la emergencia de una clase burguesa que clamaba por su libertad: fue la propia elite comunista la que se reconvirtió –pacíficamente, aunque no sin formas de violencia mafiosa– en una capitalista. Yeltsin pertenecía al Comité Central del Partido Comunista, Putin era agente del KGB, varios líderes nacionalistas de las repúblicas que se independizaron eran dirigentes del Partido y la elite económica surgió de la antigua clase gerencial. De Gorbachov a Yeltsin y de Yeltsin a Putin: siempre queda un lastre no asumido del pasado que limita los alcances del cambio y que solo puede resolverse en diálogo con la historia. Esta concepción del cambio social nos ayuda a comprender mejor no solo el pasado sino también el presente de Rusia, ya que nos pone en contacto con su historia reciente, no para atribuir mecánicamente los problemas específicos del capitalismo ruso moderno al legado comunista sino para entender cómo el nuevo capitalismo ruso tomó prestado, transformó y deformó el legado soviético a nivel político, económico y cultural tanto en el desarrollo de su dinámica interna como en el desempeño de su intervención externa.

“Quien no extraña el comunismo no tiene corazón” es un juego de palabras compuesto con la famosa frase de Putin que intenta sintetizar el objetivo al que apunta este libro: contar una historia que permita pensar y unir las piezas del rompecabezas que explican tanto la disolución de la Unión Soviética como la Rusia actual, animados por la convicción de que los relatos históricos deben ser divulgados y circular por todos los espacios del tejido social y no solo en revistas académicas o aulas universitarias. Ese intento lo hacemos a través de una narración –no carente de tensión dramática– que, por un lado, retoma y sintetiza los saberes producidos por los diversos especialistas del campo –cuyas referencias completas se encuentran en la sección de la bibliografía– y, por el otro, ofrece un marco interpretativo para las distintas acciones significativas del período abordado. Aunque pueden aparecer otras regiones y actores, nos concentramos mayormente en los acontecimientos ocurridos en las dos capitales y en los grandes procesos que se desarrollaron a nivel político, económico, social y cultural.

Con “extrañar el comunismo” apuntamos también a rescatar otra dimensión que involucra el fin de la URSS: la de repensar los proyectos emancipatorios. Para muchas personas en el mundo, la Unión Soviética encarnó una idea de futuro promisorio. Hoy no existe más y para muchos es la prueba irrefutable de la inviabilidad de cualquier proyecto emancipatorio. Sin embargo, creemos que revisar este capítulo de su historia nos puede ayudar a comprender los errores del pasado y a librarnos de sus lastres en el presente para poder imaginar proyectos liberadores en el futuro. “Extrañar el comunismo” debe leerse también como “seguir imaginando un mundo mejor” y no como una repetición –ni deseable ni posible– del pasado. Los cambios se dan con las masas en las calles. Los libros de historia pueden servir para hacernos comprender algunas cuestiones y moldear nuestras identidades pero de por sí no realizan ningún cambio. En un contexto de confusión social que es testigo de una impugnación de los proyectos emancipatorios y del resurgimiento de nuevas fuerzas conservadoras, este libro recupera un entramado histórico que aspira a colaborar en la compresión de esa experiencia del pasado para estimular la capacidad de actuar en el espacio público del presente. De nosotros sigue dependiendo.

Quien no extraña al comunismo no tiene corazón - De la disolución de la Unión Soviética a la Rusia de Putin
Una lectura aguda sobre el complejo y contradictorio proceso que determinó el fin de la URSS y del comunismo tal como fue conocido durante décadas.
Publicada por: Planeta
Fecha de publicación: 11/01/2021
Edición: 1a
ISBN: 978-987-4479-42-6

 

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