Periodismo Justo

Gelman

Pinté con sus poemas las paredes de Rosario cuando ni siquiera soñaba con conocerlo. La dictadura agonizaba y habíamos aprendido gracias a él a “olvidar el olvido”. Sus versos eran, como los de Paco Urondo, los de Roberto Santoro, los de Mario Trejo, banderas de nuestro amor y nuestra rebeldía: “Hay que aprender a resistir/ ni a irse ni a quedarse/ a resistir”. Le debo al periodismo haberlo conocido, pude abrazarlo, hasta me animé a darle algún poema. Compartimos una charla interminable junto a Miguel Bonasso una tarde en su casa de Colonia Condesa. Allí acudí para recibir instrucciones sobre la cobertura de unas elecciones en México para Página/12 y nos la pasamos hablando de política y literatura. Fue cómo hacer un Master en verdad y belleza. Siempre lo tuve cerca gracias al puente fraterno de su hermano menor: Jorge Boccanera. Una vez hasta me ayudó a enamorar a una mujer en la distancia. Ese era Juan, el gran poeta del dolor, del amor y la memoria; el porteño cabal, cómplice y cercano. Su poesía seguirá iluminándonos. Es un faro que permite saber “el juego en que andamos”.