viernes 17 de agosto
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La Biblia del Rock

biblia_rock El libro “La Biblia del Rock – Historias de la Revista Pelo”, de Juan Manuel Cibeira, es un completo panorama por la memoria del rock en Argentina durante las décadas del ’70 y ’80. Cibeira vivió esa historia en primera persona y la cuenta con detalles. Un modo de conocer los bastidores del período más interesante del  rock nacional desde la óptica de su medio más emblemático. Aquí, a modo de adelanto exclusivo, un fragmento del capítulo que describe la difícil relación de la revista y de su fundador, Daniel Ripoll, con el Proceso.Pelo, el rock y la dictadura

Durante su vida editorial, la revista Pelo atravesó la violenta decadencia y caída del gobierno peronista, la sanguinaria dictadura militar y el regreso a la democracia. El régimen militar no se concentró específicamente en el movimiento de rock, pero no dejó de censurar, perseguir y hostigar a sus miembros y seguidores. Y el rock nacional fue pasando de una actitud distante a transformarse en el espacio donde los jóvenes expresaban su rechazo a la dictadura.


En sus comienzos, la política local era un tema ajeno al rock y su entorno. Si bien había algunos músicos que se identificaban políticamente, no existía una actitud militante homogénea, sino expresiones individuales que no solían trasladarse al escenario. Había una lucha, una actitud contestataria, pero dirigida hacia el sistema, era la búsqueda del amor universal, de la solidaridad ilimitada entre los jóvenes para transformar la sociedad. Una posición que tenía mucho más de filosófica que de política. En ese contexto, el rock era sinónimo de libertad, algo mucho más trascendente que una revolución musical, era una revolución cultural.

La política doméstica no despertaba interés frente a la grandeza de los ideales de mayo del 68 y las consignas de paz y amor del hippismo. Estábamos convencidos de que sin un cambio interior, sin la revolución de las conciencias, nunca alcanzaríamos una sociedad mejor. Pero el mundo real se ocupó, muy pronto, de recordarnos dónde y cómo vivíamos, un lugar en el que la tolerancia, el respeto, la libertad y, sobre todo, la democracia, estaban ausentes.

Con la arrogancia natural de la juventud, en los primeros tiempos a nadie se le ocurrió pensar que la publicación de una revista de rock podría despertar la atención y el seguimiento de los organismos de represión que acompañaban tanto a las dictaduras militares como a los endebles gobiernos democráticos. Sin embargo, tuvimos señales de que estábamos siendo observados en más de una oportunidad. Pelo era el medio de comunicación de un movimiento que cuestionaba seriamente los valores establecidos de una sociedad conservadora y por lo tanto su discurso era seguido con atención por los organismos de Inteligencia. Además, la revista pertenecía a una editorial pequeña, independiente, alejada del circuito de los grandes conglomerados editoriales del momento, como eran Atlántida, Abril o Julio Korn, que por su volumen tenían relación directa con los centros de poder y podían negociar con él.

La primera vez que tuvimos conciencia de lo que estábamos generando fue en 1974, cuando la editorial lanzó la revista Algún Día. Se trataba de una publicación que intentaba ir mucho más allá que Pelo en la radicalización de sus planteos ideológicos, basados en las nuevas tendencias en pautas sociales, sexuales e intelectuales. Algún Día incluía tanto las osadas teorías psicoanalíticas de Wilhelm Reich, como la visión de los medios de comunicación de Marshall McLuhan, pasando por Krishnamurti y músicos como Gato Barbieri y León Gieco, además de un marcado mensaje ecológico, muy adelantado a su época.

Los problemas comenzaron con algunas notas, como la de un colaborador externo, un joven que ni siquiera era argentino, que escribió un descarnado artículo a partir de una investigación sobre las comunidades indígenas en el Norte argentino. La nota abundaba en datos y testimonios acerca de las paupérrimas condiciones de vida que tenían. A partir de la realización de esa investigación, recibimos varios extraños llamados telefónicos de personas desconocidas que preguntaban por su paradero. Mientras tanto, este joven periodista literalmente se esfumó. De pronto, un día se apareció sorpresivamente por la editorial, pidió cobrar con urgencia su colaboración y salió poco menos que huyendo. Apenas alcanzó a comentar que desde que había hecho esa nota lo habían estado siguiendo y que estaba seguro que alguien había revisado la habitación del sitio en el que estaba pernoctando. Desde entonces iba de un lugar a otro, hasta que decidió irse del país.

En otra oportunidad me tocó a mí protagonizar un hecho de esas características. Me encomendaron hacerle un reportaje a la cantante estadounidense Joan Baez, de visita por primera vez en nuestro país para actuar en el Luna Park. La Baez era en ese tiempo un símbolo por su mensaje pacifista y eminentemente crítico de la guerra de Vietnam. Un personaje que, junto a militantes como la actriz Jane Fonda, irritaba a las autoridades estadounidenses.

Fuimos a verla junto con Rosa Corgatelli, periodista de la editorial que además tenía el inglés más fluido de la redacción. Joan Baez estaba con un discurso muy parco e impenetrable, en el que solo se refería al pacifismo, evitando contestar sobre cualquier otro tema. No había manera de entrarle por ningún resquicio, la mujer repetía una y otra vez su letanía pacifista y no hizo un solo comentario fuera de ese contexto. Evidentemente, eludió cualquier definición sobre la actualidad de la Argentina en momentos en que en el país había violencia política por todas partes.

Lo singular es que durante la nota, que en parte transcurrió mientras caminábamos por Recoleta, nos siguió un auto que a todas luces pertenecía a algún servicio. Durante su estancia, Joan Baez recibió la atención de los grupos de Inteligencia, que compartió con quienes en algún momento nos acercamos a ella.

Desde aquellos tempranos escarceos de mediados de los 70 hasta la llegada de la dictadura, tuvimos certeza de que estábamos siendo observados. A través de algunos comentarios de personajes cercanos al poder pudimos constatar que en los servicios de Inteligencia existían archivos sobre la editorial, sus periodistas y publicaciones. Fue algo que nos inquietó mucho, a pesar de que los mismos contactos aseguraron que en esos momentos todos los que hacían algo que tuviera exposición pública eran espiados.

Sin embargo, la inconsciencia de la juventud, esa tendencia adolescente de creerse inmortal pudo más que las veladas amenazas. Seguimos en nuestro mambo, sin reparar demasiado en las consecuencias. Pero los dinosaurios estaban ahí, atentos a todo aquello que pudiera subvertir el orden establecido. Y tuvimos otra señal.

Pelo no solo era una publicación única en su tipo, un medio que iba creciendo y expandiendo una enorme influencia sobre sus lectores, entre los que se contaban tanto los productores y músicos como el público en general. Siempre en la búsqueda de nuevas opciones para conquistar nuevos lectores y fidelizar a quienes ya lo eran, a Ripoll se le ocurrió una brillante idea. El correo de los lectores siempre fue uno de los bastiones de la revista, especialmente en los primeros años. Ese espacio epistolar se convirtió en el lugar de encuentro de muchos chicos y chicas que no solo escribían expresando sus opiniones sobre la actualidad musical; también volcaban sus sentimientos, aspiraciones, rebeldías y todos aquellos nobles impulsos que la juventud suele transmitir.

Ripoll decidió darle una vuelta de tuerca a esa sección, agregándole un sector en el que los lectores contaran sus sueños. Así nació el Correo de los sueños, un espacio para que relataran esos paisajes oníricos. No importaba si lo habían soñado realmente, sabíamos que muchos de esos mensajes podían gestarse con los ojos abiertos y la conciencia despierta, solo se trataba de ofrecer un nuevo incentivo a la imaginación.

La convocatoria funcionó bastante bien un par de números, hasta que una tarde la recepcionista me pasó un llamado. Su cara ya me lo dijo todo: problemas. Atiendo y escucho una dura voz masculina que pregunta si estaba hablando con un encargado de la redacción. Le contesto que sí y a continuación el tipo se despacha con un largo discurso en tono autoritario, seco, sin dejar el más mínimo espacio para balbucear una palabra. Se identificó como un oficial de las Fuerzas Armadas, dijo que había descubierto que una de sus hijas estaba tratando de escribir al Correo de los sueños contando el suyo. Sin dejar espacio para ninguna explicación, preguntó qué clase de revista para jóvenes les puede envenenar la mente con semejantes propuestas. Los jóvenes argentinos no estaban para soñar, solo debían atenerse a la realidad del trabajo y el estudio para el engrandecimiento de la Nación. Cerró su exasperante monólogo con una recomendación que sonó como una orden inapelable: “Saquen esa porquería de la revista”.

Colgué el teléfono como lo había levantado, sin pronunciar palabra. Daniel salía de su oficina, me miró y preguntó: “¿Qué pasa Juan? Estás pálido…”. Solo atiné a contestarle: “No, nada… Che, ¿qué podríamos poner en lugar del Correo de los sueños?”.

Luego de este tipo de incidentes tomamos conciencia de que estábamos entre los medios de comunicación cuestionados por la dictadura. Tuvimos muchas charlas al respecto, siempre partiendo de la base de cómo podíamos mantener nuestro discurso crítico sobre la industria musical y, en general, sobre un sistema cultural atrasado y reaccionario, sin ser tildados de subversivos. Teníamos que ser muy cautelosos para que el movimiento de rock no fuera identificado como otra forma de subversión, a la vez que tratábamos de cambiar pautas del establishment en una forma que, obviamente, quería subvertir el orden establecido.

La dictadura trató en varias oportunidades de captar de alguna manera eventos, artistas, personajes y empresas vinculadas al rock. Desde alguno de los servicios de Inteligencia siempre aparecía una iniciativa para tratar de conseguir consenso sobre nebulosos proyectos vinculados a la juventud. Pelo siempre tuvo una posición clara respecto de este tema. En un sentido, no podían caber dudas respecto de la identificación de la gente con la música de rock nacional, un movimiento con características tan particulares y claras como para formar parte de la llamada cultura nacional. Pero la verdad es que el rock, con sus ideales libertarios y humanitarios, no necesitaba de la homologación oficial para existir o manifestarse. Es más, la cultura oficial siempre había sido un obstáculo para el movimiento.

Para todos los que vivimos aquellos años, el Estado fue sinónimo de la Policía y el Ejército en las calles y los conciertos, siempre en actitud amenazante cuando no directamente represiva. Esa fue una característica común a todos los gobiernos autoritarios (civiles y militares), que hostigaban a los músicos e indefectiblemente intervenían en cada espectáculo llevándose cientos de detenidos, cuando no prohibiéndolos.

Había una sociedad también ignorante y sospechosa de todo lo que fuera diferente del modelo establecido. Por eso Pelo fue una revista que desde sus primeros números mereció la atención de los servicios. Era habitual que alguien se acercara a tratar de negociar el enorme caudal de popularidad que tenía el rock. En más de una oportunidad, se nos acercaron gestores que decían tener poder de representación o intermediación para convocarnos a “dialogar con el Gobierno”. Nunca aceptamos ninguna de esas invitaciones, siempre nos mantuvimos alejados de los poderes de turno, sabiendo que lo único que pretendían era utilizar políticamente al rock y su emergente popularidad.

Cuando el peronismo desembarcó en el gobierno en el 73 se vivió un tiempo de gran euforia, fue como un poderoso revulsivo cultural. Después de la cerrazón que había impuesto Onganía, esos breves tiempos libertarios fueron como un huracán de aire fresco. Lamentablemente, a un sector del gobierno que ocupaba el poder no le parecía tolerable semejante arrebato de libertad y salió con todo a pararlo. Lo hizo apelando a la violencia y la persecución, haciendo que muchos artistas locales optaran por el exilio, mientras que los que se quedaban debieron soportar toda clase de censura, atropellos y violencia. En ese paquete también se incluyó al rock, siempre sospechoso para los sectores más reaccionarios de la cultura oficial. Paradójicamente, también era cuestionado por los jóvenes militantes de los grupos políticos más radicalizados, que en su discurso veían al rock como un instrumento de penetración cultural del imperialismo.

En ese contexto, en el que no tomar parte era tan peligroso como hacerlo, la revista consiguió eludir las presiones y mantenerse al margen de una situación explosiva. Pelo se limitó a comentar lo más asépticamente posible los escasos eventos musicales organizados por grupos políticos, de los cuales el más recordado fue un acto de la Juventud Peronista en respaldo de Héctor Cámpora.

Por la redacción pasaron muchos oscuros personajes, de diversos signos políticos, reclamando un mayor compromiso de la revista con las acciones de la tendencia partidaria que decían representar, desde la derecha más rancia hasta la izquierda más extrema. Fue una época de resistencia. Ya no se trataba de luchar contra quienes manejaban espuriamente el mundo del espectáculo, ahora el enemigo era un monstruo mucho más grande y sanguinario. Pelo había nacido como una publicación que acompañó el surgimiento del rock nacional, apoyándolo en su lucha contra una industria chata y anquilosada que le negaba un espacio. Pero esto era distinto: muchos de los artistas que llenaban las páginas de las revistas fueron declarados enemigos del régimen y, por lo tanto, objeto de permanentes intimidaciones y amenazas de todo tipo.

La Biblia del Rock
En febrero de 1970, en un sótano nacía la revista Pelo. Su creador y editor, Daniel Ripoll, supo ver el espíritu de la época y con un grupo de amigos periodistas y diseñadores impulsó un medio emblemático que, como bien llama Juan Manuel Cibeira, autor de este libro, fue “el banco de la memoria cultural de una generación”. Durante las siguientes dos décadas la revista fue un referente fundamental e ineludible dentro de lo que dio en llamarse rock nacional.
Publicada por: Ediciones B
Fecha de publicación: 03/01/2014
Edición: Primera Edición
ISBN: 9789876274401
Disponible en:Libro de bolsillo

 

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