lunes 10 de diciembre
Interesante

Quién es Jorge Rial

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El libro “Periodistas en el barro”, de Edi Zunino es una radiografía de la guerra entre medios y periodistas en la Argentina de los últimos años. Esta Edición Final, de reciente aparición, amplía personajes, datos y batallas. Allí puede leerse el mejor perfil de Jorge Rial, su historia y su ascenso en el mundo del espectáculo y la política. Presentamos aquí un fragmento del “Caso Rial”.


El reality soy yo

Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra.

Simone de Beauvoir

 —¡Vení, pegá! ¡Pegame! ¡Pegá, cagón!

Jorge Rial se lo gritó bajito, exponiendo apenas la mejilla derecha, los puños apretados allá abajo al estilo Nicolino Locche. El invitado a la piña nunca dada era Daniel Tognetti, conductor de Duro de domar, uno de los dos productos de Diego Gvirtz implantados en Canal 9, junto a Televisión Registrada. Hubo rumores de que los separaron antes de que la sangre llegara al río.

Ocurrió un mediodía de 2012. Mayo, para más datos. Hasta minutos antes, ambos periodistas habían confrontado posiciones en una mediación prejudicial. Tognetti reclamaba trescientos mil pesos por un intempestivo tuit de la cuenta @rialjorge, la más seguida del país:

“¿Tontognetti es el mismo que se hizo el boludo cuando echaron a Jazmín como un perro por orden de sus amos, no la defendió y ahora santifica?”.

La mencionada con nombre florido en esos ciento cuarenta caracteres era Jazmín De Grazia, una bella modelo de veintisiete años a la que, en febrero, habían encontrado muerta por sobredosis de cocaína en el baño de su departamento. Un año y medio atrás había sido despedida del programa, donde oficiaba de panelista freak. Las causas del adiós que te vaya bien nunca quedaron claras, pero se supuso con tono de certeza que estaban relacionadas con los desplantes de la chica contrarios al gobierno. Nada muy contundente había explicado Tognetti cuando prescindieron de ella, pero al enterarse de su trágico final la recordó como a una “divina” muy querida por todos. Y Rial, el capo del periodismo chimentero, descargó su hiriente parecer en Twitter.

La versión oficial de aquel fallido round con Tognetti la dio el propio Rial en su programa matutino en radio La Red:

— Quiero corregir algo: no nos separaron. Del otro lado nunca hubo una respuesta. Es un tipo temeroso. Muy macho con el micrófono y una cámara, pero cuando te enfrenta cara a cara, arruga. Y conmigo arrugó de una manera… ¿Pide trescientas lucas? Que pida lo que quiera. Pensé que íbamos a arreglar de otra manera. Nunca vi un tipo tan cobarde en mi vida, casi se pone a llorar. Yo no lo podía creer. Con la mitad de las cosas que le dije, otro tipo te pega un cabezazo. Se fue corriendo.

Debe saberse que Jorge Ricardo Rial fue criado a manguerazo limpio. Su mamá, Victoria, una inmigrante española con segundo grado completo, lo hizo crecer convencida de que un sopapo, quizás un cinturón bien puesto contra las costillas, pueden valer más que cien consejos. Una vez lo intoxicó con lavandina: le tiró un sachet con tal violencia, que el proyectil estalló y el líquido se le quedó impregnado al hijo único durante horas en el pelo y la ropa. Casi no cuenta el cuento. Por las noches le armaban la cama en el almacén donde Ramón, su padre, carpintero de oficio y también ibérico, se ganaba la vida peso a peso. Lo despertaban los proveedores. Un te quiero a papá hubiese pasado por simple mariconada. Si logró tener una pelota número cinco propia, fue gracias a la unidad básica del barrio, en Munro, donde decir “Perón” era una travesura cargada de futuro. El resto quedó en las inasibles manos de Jesús: los magros ingresos familiares alcanzaban para que la hermandad del Instituto La Salle, de Florida, se hiciera cargo de su educación formal. Le costaba horrores sentirse un par entre los nenes bien de una escuela privada. En los recreos conoció a Mario Pergolini, tres años menor que él. A los dieciséis consiguió el teléfono de Jorge Luis Borges y logró entrevistarlo para el boletín escolar.

Rial formateó su vocación periodística en el Instituto Grafotécnico, pero sobre todo escuchando Radio Colonia y leyendo Crónica. Héctor Ricardo García, creador de ambos éxitos memorables, es su único ídolo. Pero su gran maestro en la TV fue Lucho Avilés, con quien debutó en pantalla y del que fue aprendiendo todos los trucos para convertir cuatros de copas en enemigos bravos. Es que los programas faranduleros de la tarde funcionan, desde sus orígenes, como una prolongación exacta de las segundas marcas que los esponsorean: cumplen la misma función que los del prime time, entretener, pero con menor calidad y a más bajo costo. Nadie les pide información de alto vuelo ni estéticas sofisticadas. Las audiencias vespertinas de la tele, esclavas del encierro semanal en casa, buscan sobre todo matar el tiempo. Como si fuera caspa. O una mancha en el mantel. El fin justifica los precios.

El problema es que un día “Jorgito” se preguntó por qué no decidirse a ser “Havanna” de una buena vez. Es decir, a pegar el ansiado salto de lo común y corriente a lo premium que bien podría sintetizarse, como metáfora, en la distancia entre dichas marcas de alfajores. Sucedió justo cuando se encaminaba sin remedio hacia los cincuenta años y el kirchnerismo lo politizaba todo, empezando por los medios y los periodistas. Él incluido.

Se lo había planteado sin pelos en la lengua a su entonces esposa, Silvia D’Auro, una noche de verano en 2007:

—Es hora de empezar a juntar guita…

La facturación venía viento en popa. Intrusos se consolidaba como tanque de América TV, la revista Paparazzi —creada en 2002 a precio de crisis— pasaba los cien mil ejemplares por semana y el diario online Primicias ya replicaba en la web los escandaletes desparramados desde la tele y el papel, con incipiente lógica de multimedios.

Puso en manos de Silvia el manejo de su productora que, bautizada Ideas + Ideas, pretendía competir con la Ideas del Sur de Marcelo Tinelli, que había emigrado de la pantalla de Telefe para asociarse con el Grupo Clarín, previo paso por el Canal 9 de Daniel Hadad. Fue precisamente en Telefe donde Rial alcanzó en aquel 2007 el horario central de un canal grande, como maestro de ceremonias de la versión criolla del reality show Gran Hermano. Siempre con su propio pellejo como principal materia prima del creciente negocio, solo le faltaba hacer pie en la radio. Tardó un poco pero lo logró al despuntar 2010, cuando La Red —propiedad del Grupo Uno, al que también pertenece América— puso al aire el matutino Ciudad GótiK, título que fusiona la tajante división entre buenos y villanos en el territorio ficticio de Batman con la Argentina K, única dimensión donde el Pingüino puede ser héroe.

En ese imperio de las paradojas, JR descubrió algo muy importante en la radio: nada tenía que envidiarles a los conductores “serios” de un medio que, todas las mañanas, instala la agenda informativa con los diarios subrayados sobre la mesa. Ministros, gobernadores, legisladores, gremialistas y empresarios pasaron a formar parte de su fauna cotidiana. Y lo ayudaron a convencerse de que nada lo condenaba a morir en el barro del cholulismo berreta, donde se había ganado el incómodo mote de “mercenario” gracias a un estilo donde vale todo, hasta el insulto o la amenaza en cámaras, para conseguir una nota.

—Todos los periodistas somos mercenarios por una primicia —llegó a defenderse, metiendo al gremio completo en el mismo lodo.

Le vendió el setenta por ciento de Paparazzi a Editorial Atlántida —controlada por el gigante mexicano Televisa— y otro tanto de Primicias ya a los mendocinos Daniel Vila y José Luis Manzano, cabezas del Grupo Uno: le pagaron con treinta hectáreas en Tupungato, valuadas en 800 mil dólares. Esta última operación estaba destinada a simbolizar un cambio de estatus. En poco más de un año, Jorge Rial estaría debutando como empresario viñatero con la primera cosecha del malbec “Rocío Moreno”. Su recaudación publicitaria mensual en blanco, con ascendente influencia de la pauta publicitaria gubernamental, había pasado la barrera del millón de pesos. Se lo veía exultante. Reciclar su personaje en otro, un as del infotainment —mitad Tinelli y mitad Jorge Lanata—, era su propósito de cabecera.

El éxito, sin embargo, puede resultar un factor muy estresante. El jueves 22 de julio de 2010, antes de salir de la radio, se sintió mareado, con el pecho comprimido y chuchos de frío. Lo llevaron de urgencia al Sanatorio de los Arcos. Tenía la presión por las nubes. Un azote materno le hubiese dolido mucho menos que el diagnóstico: insuficiencia cardíaca, le dijeron, con displicencia médica, antes de avisarle que lo trasladaban de inmediato al quirófano para practicarle una angioplastia. La colocación del stent fue satisfactoria. No tanto la sensación de que la felicidad completa es un estado inalcanzable. Aún no se familiarizaba con las ventajas de la plata grande y ya la vida le daba la primera señal certera de su finitud. Recuperó el aliento 435 junto al humor negro. Metido en la cama de la unidad coronaria, tomó el celular y tuiteó:

—¡Tengo corazón!

No lo discutiremos justo aquí. Pero lo cierto es que con esa y otras vísceras tendría que ver su próxima pelea, ya recuperado físicamente y con la confianza en sí mismo alrededor de los siete puntos, más o menos.

La Red arrancaba 2011 cuarta en el ranking de las broadcasting, detrás de Radio 10, Mitre y Continental. Mucho tendría que ver él con la buena performance de su emisora: estaba tercero en la mañana, con Marcelo Longobardi y Nelson Castro encima, y Víctor Hugo Morales abajo. Por las noches conducía su segunda temporada en Gran Hermano, la gran apuesta de Telefe, que venía pum para abajo contra las ficciones de Canal 13 y hasta Canal 7. De tal novedad se ocupó en el diario La Nación Pablo Sirvén, secretario de redacción de dicho matutino y prestigioso crítico de TV, el domingo 13 de febrero. Su nota, titulada “Las ficciones ya son una realidad” sostenía que dichos productos con guiones y actores nacionales le habían “torcido el brazo a los realities”.

Rial no toleró el comentario y volvió a tuitear sin freno, con palpable ironía dominical:

—Cada vez son más insulsas y adjetivadas las columnas de Pablo Sirvén. Me gustaba más el que pronosticaba el fracaso de Tinelli —escribió, comparándose con el showman que simboliza su meta máxima.

Y volvió a tuitear:

—¡A comer el asadito! Después siesta y a prepararse para la gala de Gran Hermano

Reproducimos a continuación las idas y vueltas por Twitter para mantener el clima de showbiz en cuestión.

—Ojo que el abuso de asadito tapona las arterias y sólo vas a poder conducir GH: Gran Hospital —retrucó Sirvén.

—¡Ja, ja! Prefiero que se me taponen las arterias a que me taponen el cu… ¿O no Pablito? Abrí el placard de una vez —subió la apuesta Rial.

—Dedicada, con todo cariño, a Huevito Seco, un amigo… —esquivó un Sirvén fuera de sí, dando en el blanco. —

Tranquilo, Sirvén. Cada vez que te metés con la adopción de mis hijas me fortalecés. Demostraste qué verdadera clase de persona sos… —se hizo cargo JR.

La riña sobrepasó a los avatares de las cuentas tuiteras @rialjorge y @psirven. La siguió el conductor de Ciudad GótiK, el martes a la mañana:

—La infertilidad es una discapacidad, Sirvén. Es tan bajo lo tuyo, sos tan cagón… tan poco hombre que te metés con eso. No me lastimaste. Ya recibiste tu merecido, porque te hicieron pelota en Twitter. Pablito, sos un canalla de la peor calaña. Se metió con mis hijas, Rocío y Morena, que son adoptadas. Si me querés decir algo, ya sabés dónde estoy. Y me gustaría mucho encontrarme personalmente con vos. Caíste en lo peor…

Sirvén ni se tomó el trabajo de pedir un taxi hasta Fitz Roy 1460, sede de La Red, donde sólo hubiera quedado irse a las manos. Le bastó con responder a un cuestionario del website Ciudad.com:

—Twitter es una especie de pelea constante en el barro. Leo cosas muchísimo más fuertes en la red social. Yo no empecé la pelea. Nunca mencioné a Rial en mis tuits, las conjeturas que saque él corren por su cuenta. Él primero difama y después se victimiza. Eso no es ser muy hombre, que digamos. No quiero seguir su juego y hacer de esto una pelea de vedettes.

El cronista telefónico le hizo notar el detalle sustancial que estaba evadiendo: la triste alusión al “huevo seco”, que venía a recrear el mote de “huevo duro” que ya había usado Diego Maradona en un cruce anterior en la TV con el animador de Intrusos. A Maradona le había respondido Rial en aquella oportunidad: “Los tendré duros pero sé dónde los tengo puestos”.

Dijo Sirvén:

—Repito: son conjeturas que hacen los demás. Yo nunca lo mencioné. Pero en el caso de que fuera una pelea directa, si nos difamamos mutuamente, después no me puedo bajar de la pelea y victimizarme, eso es de muy cobarde. Sería poco varonil de mi parte jugar fuerte y después mariconear. Eso no me va.

—¿Pero se arrepiente de haber utilizado ese término? —insistieron desde Ciudad.com.

—Si me hubiera equivocado en algo, lo habría borrado. Pero no me referí a él. Sí lamento que mucha gente que sufre de infertilidad se haya sentido atacada. Nunca se me hubiera ocurrido ofender a alguien así ni estoy en contra de la adopción. A Rial, lo que le molesta es que tengo una postura crítica sobre el avance del chimenterío en la tele, sobre todo en el prime time. Y más de una vez hizo comentarios difamatorios sobre mis columnas. Es un juego perverso. Pero no quiero seguírselo, porque sé que tiene mucho más poder mediático. Sería una pelea perdida.

Perder con Jorge Rial pareciera ser una circunstancia que desvela a figuras del periodismo, la labor artística, la noche y hasta la política. En aquel 2011 electoral, pesos pesados del gobierno nacional como el entonces jefe de gabinete de Cristina Kirchner, el quilmeño Aníbal Fernández, pasaron a ser casi artistas exclusivos del escandaloso periodista tanto en la TV como en la radio. Es más: llegó a decirse con tono de noticia, no de rumor, que el propio Aníbal F. había intercedido ante las autoridades de América para que no dejaran ir a Rial, enojado porque le impedían ocuparse de los chanchulletes derivados de un programa de otro canal: ShowMatch, nave insignia de Marcelo Tinelli en el 13, donde las disputas entre participantes y jurados de los certámenes de baile y canto constituían una fábrica de rating que derramaba contenidos muy acordes con la agenda vespertina de todas las emisoras. Llevaba dieciséis años acumulados en esa pantalla y no se iba a quedar callado ante una orden que cambiaba la lógica de su trabajo.

—Mi relación con Aníbal F. no es tan cercana. Tenemos buen diálogo. Cuando saco al jefe de gabinete en la radio me dicen que soy kirchnerista y cuando hablo con Mauricio Macri me tildan de gorila. No tengo idea si llamó al canal. Sí sé que hubo un revuelo bárbaro por este tema —reconoció el episodio, aunque sin énfasis ni detalles, ante los periodistas Diego Leuco y Daniel Seifert.

—¿Influyó el gobierno en la orden de América de no hablar de Tinelli? —repreguntaron los redactores de la revista Noticias.

—Al contrario. Al gobierno le hubiese convenido tenerme a mí dos horas y media pegándole a Clarín. De hecho, Tinelli está cerca del kirchnerismo. Él fue al velatorio del ex presidente. Yo no.

—El hecho de renunciar y regresar puede interpretarse como una movida de prensa…

—Para nada. No hice el recorrido del censurado. Fue un conflicto de intereses entre el dueño de un canal que quiere controlar los contenidos que emite y yo, que quiero trabajar con la libertad de poder hablar de lo que tengo ganas, como siempre.

—¿Hubo censura?

—No. Creo que fue un error. Una boludez grande como una casa.

—¿América TV se acercó al gobierno? —

No hay dudas de que la relación está mucho mejor y es mucho más estrecha de lo que era cuando se lanzó la Ley de Medios. El Grupo Uno tiene una pelea histórica con Clarín, por eso creo que con el gobierno los une el espanto más que el amor. Eso no me parece mal, pero yo mantengo mi independencia. Hablo con todos.

Ya era otro tipo, Rial. El accidente cardiovascular le había impuesto dieta estricta y caminatas cotidianas. Las cuentas abultadas al filo del cincuentazo le cambiaron el look: anillos Bulgari, relojes Cartier, pantalones y sacos de colores estrepitosos, zapatos puntiagudos, chalinas juveniles… Para fines de 2011 moría por manejar un Smart propio y sumar a la casa familiar en el country San Carlos, de Don Torcuato, un piso en Palermo que le permitiera vivir más cerca de la radio, del canal y del poder. Compró uno en Pampa y Figueroa Alcorta. La publicidad oficial recibida era cada vez mayor: había superado el millón de pesos en el primer semestre. Una seguidilla de amenazas telefónicas y un confuso intento de secuestro a sus hijas mientras iban al colegio lo empujaron a la incómoda decisión de contratar custodia. La discusión pública sobre su presunta infertilidad lo perforó como una llaga en la autoestima.

Quiso celebrar el medio siglo de vida en la cima del mundo. Reservó una suite de tres mil dólares la noche en el Plaza Hotel de Nueva York, donde durmieron los Beatles, bailó de blanco Truman Capote, Robert Redford encarnó a su gran Gatsby y Michael Douglas festejó haberle arrancado un “sí, quiero” a Catherine Zeta-Jones. Hacia ese sueño inalcanzable para un pibe cualquiera de Munro partió con Silvia, Rocío y Morena. La cena del sábado 15 de octubre se le figuraba como una cinta de llegada. El plan era que traspasara la medianoche para brindar con el Chateau Petrus de dos mil dólares especialmente adquirido para la ocasión junto al mejor de los puros cubanos, un Montecristo Especial, que se pensaba fumar entero contra todas las prescripciones médicas. Pero lo peor de las grandes expectativas suele ser el desproporcionado tamaño de las decepciones en que pueden desembocar. Un desacuerdo menor de Silvia con una de las chicas fue subiendo de tono, la respuesta inadecuada de una derivó en el primer insulto de la otra, las hermanas hicieron causa común contra la madre y, en cuestión de minutos, la velada perfecta se desmoronó cual Torres Gemelas. Jorge se agarraba la cabeza. Los peores recuerdos infantiles se le venían encima como una lluvia de escombros. Casi ni probó el vino francés. El habano quedó en veremos. Nunca antes había nevado sobre Nueva York en octubre. Aunque sin cálculos previos ni datos precisos para pronosticar semejante panorama, estaba empezando el combate más complicado y revelador de Jorge Rial contra otro periodista: su propia esposa.

 

Cuando se conocieron, Jorge hacía sus primeras armas como reportero de Lucho Avilés en Indiscreciones —por el viejo Canal 9 de Alejandro Romay— y Silvia manejaba la prensa del sello que editaba en el país los discos de Locomía, aquel grupo de glam español de los enormes abanicos, los atuendos orientales de hombreras exageradas y la ambigüedad sexual como rasgo de época. No parecía un gran partido aquel muchacho bastante común que la esperaba en la puerta del trabajo a bordo de un Dodge 1500. Ella, por el contrario, lo mató desde el minuto uno con la mirada, la silueta, la clase y la irreverencia. Habrá sido a fuerza de insistir e insistir con sus despliegues de agria simpatía que, una tarde, Silvia se dejó llevar. Se casaron enamorados en 1990. Fueron veintidós años de un matrimonio parecido a muchos, con sus altas y sus bajas, cruzado sobre todo por la dificultad para tener hijos y la compleja determinación de adoptarlos. Rocío y Morena cubrieron los vacíos que va sembrando, a su paso, el tiempo. No así las fisuras provocadas por una convivencia larga, invadida cada vez más por la contraposición de responsabilidades y la superposición de roles. Es que hacerse cargo de Ideas + Ideas significó, para Silvia, en cierto modo apropiarse de la marca registrada bajo el nombre y apellido de su esposo. Su actividad se concentró en la tarea de vender Rial, muchas veces en contra, o más allá, de lo que Rial opinara. Ha de ser complicado manejar una fábrica cuya principal mercadería duerme con uno y se define a sí mismo con estas palabras:

—A mí me funcionó siempre que el producto sea yo. Generar todo el tiempo alrededor mío.

Tras unos meses de runrunes entre maliciosos y certeros, Rial oficializó que su matrimonio estaba en crisis el 20 de enero de 2012 en un ámbito nada ortodoxo para esos menesteres. Moria Casán lo había invitado a participar de un reportaje abierto sobre el escenario de La revista de Buenos Aires, en el teatro Tronador de Mar del Plata. El arduo trabajo de volver a apoderarse de sí mismo tuvo su inicio en dos funciones a sala llena, a las 21.30 y a las 23.45, sin guión preestablecido:

—Sí, estoy pasando una crisis y tratando de remarla. No veníamos bien, hubo mucho desgaste. Este medio te erosiona mucho, pero yo quiero volver. No hay terceros en discordia —dijo JR, sentado frente a la voluminosa diva con iluminación intimista. Pronto se sabría que la verdad completa era otra.

Las fotos en Venecia fueron producidas con el sigilo y la variedad de vestuarios y escenarios de una primicia internacional. El sábado 21 de abril, Jorge Rial se convirtió en el primer dueño de revistas capaz de editar su propia vida privada como si fuera la de cualquier otro figurón de la farándula. Su rimbombante romance con la vedette Mariana “La Niña Loly” Antoniale, veintiséis años menor que él, fue tapa de Paparazzi el miércoles 24 y tema central de Intrusos horas después, obligando a sus competidores de Caras, Gente, Pronto y Semanario a correr con desventaja detrás de un relato digitado hasta el más mínimo detalle por su protagonista central. Les ahorró hasta el trabajo de averiguar cuánto había costado el viaje: doce mil pesos cada ticket de avión, mil doscientos dólares la noche en una de las habitaciones más altas del hotel Europa & Regina, a pasos de las tiendas más famosas y con vista a los canales y a la iglesia Santa María Della Salute. Rial con saco azul eléctrico y jeans junto a una Loly de gasas multicolores se hacen arrumacos de a pie. Él con campera de cuero negra fumando un habano de piernas cruzadas en una clásica góndola con ella de saquito y sombrero blancos y lentes oscuros… Los destacados de la nota prometían un cuento medio rosa y medio grasa: “¡Todos los detalles!”, “¡Paisajes de ensueño!”. La edición final en Buenos Aires, a cargo del inefable Luis Ventura, director formal de Paparazzi, tendría un solo descuido. Casi un chiste de mal gusto. Al pie de la segunda doble página, un aviso publicitario vendía “prótesis peneanas de piel sintética real”. Se ve que Ventura, apurado por un cierre caliente, no llegó a ver qué marca quedaría impresa como virtual espónsor oficial de la novelita de su querido jefe, que seguiría su curso de autosobreexposición en Roma. Y más tarde en Madrid. Y en París. Y en una piscina. Y en la vereda. Pero siempre acaramelados. Silvia D’Auro estalló de odio, herida en su doble faceta de mujer desplazada por alguien que por edad podría ser su hija y manager de un negocio que se le iba de las manos. Primero guardó silencio. Después, apenas confirmó que Rocío y Morena lo sabían todo de antemano y habían dado su okey a la nueva relación del padre, fue incapaz de evitar el desagradable impulso de ir ubicándolas como parte del bando enemigo y empezó a hablar:

—Estoy humillada, desconozco al hombre con el que estuve casada durante veintidós años —dijo, aún contenida, mientras las ediciones de Paparazzi ya formaban parte del expediente de divorcio más ruidoso de la última década en la Argentina.

Mariana Antoniale se crió en los suburbios humildes de la ciudad de Córdoba, que algo de Munro tienen. Al cumplir cinco años, el papá dejó la casa y ella y su hermano quedaron a cargo de la madre. En alguna presentación del grupo Sabroso —impulsor de los hits cuarteteros Mojadita, Juguete de noche o No es sólo sexo— algún productor rápido para los mandados le propuso dedicarse al modelaje, carrera que inició recién cumplidos los quince en el popular programa televisivo cordobés Telemanías. Desembarcó en Buenos Aires tres años después. Gerardo Sofovich la tuvo de secretaria hot en la tele y la hizo debutar en el teatro, exhibiendo su inquietante porte. El salto a la fama se le dio cuando hizo babear en cámaras a Tinelli como concursante de la temporada 2011 del Bailando por un sueño, factoría de peleas mediáticas que terminó sentándola en el living de Intrusos. Allí conoció a Rial, a quien llamaba “Tío Jorge”. Se cruzaron en Mar del Plata el verano siguiente. JR se definía “roto”. No se descruzarían más. D’Auro y las nenas estaban de vacaciones en Punta del Este.

Al hacer público su desenfrenado amor por Loly, el rey del chimento hizo circular el rumor de que querían tener un hijo y que tal vez la joven estuviera embarazada. D’Auro se afiló las uñas:

—Si cree que está embarazada de él, mejor que se haga un ADN.

Su ex le respondió con una carta abierta:

Hace un año escribí este artículo para el desaparecido diario Libre. Hoy me parece más vigente que nunca cuando, nuevamente, se me intenta atacar por mi bellísimo milagro de ser padre adoptivo. Lo hicieron los que no me conocían. Ahora los que decían amarme. Ninguno de los dos logrará que mi orgullo dé un paso atrás ni para tomar impulso. Ser padre no es una cuestión de sangre o de ADN. Por eso vuelvo a publicar esta nota:

No hay una fórmula para ser padre. Te pueden vender la cigüeña que viene de París, la semillita, el repollo o el más natural y placentero de hacer el amor con la mujer que elegiste para un compromiso de por vida. Pero ser padre es otra cosa más complicada y maravillosa. Es un hilo invisible que te une a tu hijo más allá de la manera en que la vida los unió. Si lo viste nacer, guardá esa imagen única e irrepetible. Pero tampoco eso se convierte en un certificado de paternidad garantizado.

Hay tantas maneras de ser padre. De convertirte en alguien indispensable en la vida de una persona que también se va a transformar en indispensable para vos. Un puente que muchos saben cómo se construye, pero pocos cómo se transita. No existe la diferencia entre la sangre y el corazón. Si hasta dicen, y me consta, que los hijos adoptados terminan pareciéndose a uno. Podría contarles la cantidad de gestos que me unen a mis soles. Incluso que me remontan a mi viejo. ¿Cómo les puedo explicar esa herencia que sólo yo conozco? No hay manera de encontrarla. Si a la hora de estar al lado de tu hijo, él no te pide esa diferencia que sólo hace la naturaleza con cierta cuota de mezquindad. A ellos no les importa nada de herencias, genes y otras obviedades.

Tu hijo sólo quiere que le cambies los pañales cuando ya pesan más que él y el peligro de derrumbe es inminente. Que estés a su lado cuando la fiebre parezca un dragón que hay que vencer como si fueras el Príncipe Valiente. Que los sostengas en sus primeros pasos sin saber que estás siendo testigo del comienzo de un camino imposible de parar y que, algún día, los llevará por un desvío que los terminará alejando.

Que intentes, como yo, buscar las palabras justas para decirle que lo amás y te das cuenta que el idioma, tan bien usado por Cervantes, Cortázar o Saramago, a vos no te alcanza para describir la felicidad que te invade. Que su primera palabra, siempre dedicada a mamá, es el sonido más hermoso que ningún compositor pudo imaginar.

Sentir que esa bandera idolatrada que iza tu hijo tiene más sabor a Patria de lo que vos te imaginabas. Que cada minuto que tenés que dedicarle a repasar la regla de tres simple te hace sentir que tu paso por el colegio no fue en vano. Que verlas crecer es verte a vos mismo madurar. Más o menos eso es ser padre. Quedarte ahí cuando muchos sólo quieren pasar.

Ser padre es maravilloso. No hay mucho más para darle vuelta. Es como pertenecer a un club exclusivo. Por eso si no lo sos, no te lo pierdas. Si Dios no te dio la suerte de tenerlo naturalmente, no hay que aflojar. Hay otro acto maravilloso que se llama adoptar. Dejar que un ser maravilloso te elija como padre y no al revés, como muchos creen. Que el amor que él necesita se funda con el que vos tenés para dar. Es tu hijo. Lo sentís en el pecho. En la mirada que se cruza. En el infinito amor que llegás a producir y que nunca imaginaste tener. En las preguntas que alguna vez llegan y vos podés contestar con la misma naturalidad con la que ellos las reciben. En el abrazo que siguen a esas preguntas.

En saber eludir a los que creen que ser padre adoptivo es un motivo de insulto, sin saber que cada cosa que te digan te hace más fuerte y más grande. Y vaya si lo sé. Cada día me lo hacen recordar y cada día me llenan de valor. El mismo que deben tener, seguramente, quienes eligen alquilar un vientre para entregar su felicidad de padres. ¡Qué importa cómo lo hagan! Qué importa la polémica que traiga, como sucedió con Florencia de la V. Sólo los que lloran en silencio, los que sienten que la espera es larga, que la soledad no es una opción de vida y que la tenacidad es una herramienta que abre todas las puertas, saben realmente qué es ser padres.

Los biológicos, los que pasaron por largas, caras y a veces decepcionantes sesiones de fertilización asistida, los que recorren juzgados con la esperanza en un puño y los que esperan cada noticia de ese hijo que crece en un vientre ajeno. Me preguntaron qué era ser padre. La verdad no tengo idea. Te sale naturalmente. Es un acto reflejo de amor eterno. No podría describirlo. Lo que acaban de leer fue sólo lo que salió de mis entrañas mientras sentía las risas de mis hijas peleándose para ver qué película ponían en la tele. Ven, esto último es ser padre. Pensar que gasté tantas palabras para decir algo tan simple.

La Niña Loly se prendió en el debate sobre la fertilidad de su novio recién seis meses después, luego de que aquel declarara en la revista Gente que sus hijas, ya definitivamente distanciadas de la mamá, le pedían a gritos un hermanito varón. Para fijar posición sin molestas repreguntas de por medio, la vedette cordobesa eligió el espacio súper bizarro y para nada conflictivo de La pelu, programa conducido en Telefe por el transexual Florencia de la V, que un año antes, gracias a un alquiler de vientre en los Estados Unidos, había adoptado junto a su marido, Pablo Goycochea, a los bebés mellizos Isabella y Paul Alexander. Dijo Antoniale, al borde del llanto:

—Es cierto que las chicas quieren un hermanito varón y hay gente que te pregunta: ¿y en qué tienda lo van a comprar? ¿En Prada? ¿En Gucci? Son crueles. Y yo quiero dejar en claro que Jorge tiene posibilidades de ser padre. Él ha sido caballero durante mucho tiempo y se ha bancado cosas terribles, insultos, y se las bancó porque es un señor. Defendió siempre a su familia y hoy soy yo su pareja y lo voy a defender de todo el mundo. Jorge no es lo que de esa manera horrible lo llamaron durante mucho tiempo. Jorge no es estéril. Puede tener hijos. El tiempo lo va a decir todo.

Antes que el tiempo, sin embargo, lo largaría todo Silvia D’Auro. Un “todo” diferente al prometido entre lágrimas en el párrafo anterior, cierto, pero mucho más acorde al contenido de este libro.

Aún quemaba enero de 2013 y Jorge Rial encabezaba una vez más su propia compañía revisteril en el teatro Radio City marplatense, extensión a ritmo de varieté del género escandaloso que anima su multimedios y exterioriza su privacidad. La temporada venía bastante bien para Rialidad, estructurada en el mismo formato —pensado por su ex— que un par de años antes le había valido una nominación a los Premios Estrella de Mar con El ángel y el demonio del espectáculo.

D’Auro veraneaba sola en Punta del Este y aceptó ser tapa de la revista Noticias sin que mediaran insistencias. Las fotos se hicieron bien temprano en La Brava, cuando el sol oficia de extraordinario flash natural. Salió con un título prometedor: “Confesiones de una socia arrepentida”. La bajada no lo era menos: “Denuncia la red de funcionarios y presidenciables que pagan un canon mensual a cambio de la protección periodística del conductor. Los nombres y las cifras. Acusaciones cruzadas, puja por los bienes y las hijas”. Tampoco el título interior de la entrevista realizada por Diego Leuco y Diego Gualda: “Llegaban motos con dinero de políticos”. Va completa a continuación, tal cual fue anexada en el expediente judicial del divorcio. Arranca D’Auro diciendo:

—Me separé porque las cosas se desgastaron. El medio corrompe. El poder corrompe. —¿En qué consiste el poder de Rial?

—Su poder está en el micrófono.

—¿Qué significa eso?

—Él siempre me preguntaba: “¿Por qué todos me tienen miedo menos vos?”.

—¿Le gusta sentirse temido?

—Le encanta. Le encanta ser el más malo.

—¿Pero realmente es así o es un personaje? ¿Existe un Rial que levanta el teléfono y frena una publicación?

—Preguntales a los de cierta revista muy importante quién paró la nota conmigo hace más de tres semanas.

—¿Dice que está vinculado al poder político?

—Y… parece que llegó la moto (D’Auro hace un gesto que denota la aparición de un mensajero entregando un sobre con plata).

—¿Pero usted no estaba a cargo de la publicidad en sus programas?

—Sí, yo manejaba las relaciones comerciales, pero una cosa es el dinero de los auspicios y otra muy distinta es la moto que recibe con dinero por afuera.

—¿Dice que políticos enviaban literalmente motos para entregar dinero?

—(Sonríe). Fijate en los auspiciantes, fijate en los PNT del programa, la clave está ahí. Fijate adónde concurre, qué eventos conduce…

En la versión escrita, el ritmo de entrevista se corta. Hace un paréntesis. Leuco y Gualda señalan que, en un estricto off the record, “en el entorno de D’Auro revelan los nombres a los que ella hace referencia”. Identifican entre los supuestos involucrados en el ratonero delivery al jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, y a su primo Jorge Macri, intendente de Vicente López. Al gobernador bonaerense, Daniel Scioli. A Francisco de Narváez, diputado nacional, accionista minoritario de América TV y dueño del diario El Cronista Comercial. Al intendente de Tigre, Sergio Massa. Y a Florencio Randazzo, ministro del interior de Cristina Kirchner. Dan detalles, además, del polémico “negocio”. Se trataría de “un pack de menciones, promociones y omisiones” por el que se pagarían, sin factura, entre treinta mil y cincuenta mil pesos mensuales. Sigue el ping-pong de preguntas y respuestas:

—¿Y cómo eran esos pedidos?

—Por teléfono y por mail. A mí me llegaban esos e-mails con copia, así que los tengo y, llegado el caso, los sacaré a relucir.

—¿De qué se hablaba en esas comunicaciones?

—“Necesito que pongas en Twitter tal cosa”; “necesito que me preguntes tal cosa en el reportaje que me vas a hacer en la radio”; “necesito darle manija a este proyecto”. Pero, obviamente, no es el momento de hablar. Yo no quiero hacer bolonqui y quiero que esto se arregle de la mejor manera. Pero si no se va a arreglar y… ¡qué sé yo!

—¿Por qué usted recibía esos mails?

—Porque me copiaban y, además, como él no se reunía con nadie, yo me encargaba de pasárselos y decirle: “Tomá, hay que hacer tal cosa”. Así es que yo estoy enterada de todo.

—Entonces reconoce que sabía todo e incluso que era parte… ¿No se siente cómplice de la situación que denuncia?

—A mí había muchas cosas que me hacían ruido. Pero no es fácil hablar cuando enfrente tenés a un tipo que tiene seis horas de aire todos los días para hacerte percha. Durante este tiempo se me atacó mucho. Me humillaron. Me dieron muchos cachetazos.

—¿Qué se dijo sobre usted?

—Que soy mala madre, que fui mala esposa… Si ponerles límites a tus hijas es ser mala madre… Si haberte levantado para hacerles la mamadera, para llevarlas al colegio, para hacerles el desayuno es ser mala madre… Si enseñarles a ser mujeres el día de mañana es ser mala madre, entonces soy mala madre. Yo llevaba a las nenas al colegio, me iba a la oficina y cuando volvía, me bajaba de los tacos, me ponía el broche en el pelo y les preparaba la cena. Comían ocho y media y se iban a la cama temprano, como en una familia normal…

—Sus hijas tuitearon que prefieren vivir con el papá…

—Él no pidió la tenencia hasta último momento. Las chicas están en plena adolescencia y yo las respeto. Como las amo, no las voy a tironear. Por más que el padre haga lo que haga, no van a dejar de ser mis hijas. Durante doce años él no hizo nada por las chicas, lo hice todo yo. Así que tampoco está mal que ahora se ocupe un poco y que sepa lo que es tener hijas.

—¿No cree que esta pelea puede hacerles daño a ellas? —Ellas ya tuvieron que lidiar con el abandono de sus mamás biológicas. Y yo no las voy a abandonar. Las llamo, soy la que va al colegio, la que firma las malas notas, la que se entera, por ejemplo, de que Morena, a los trece, empezó a fumar. Eso conmigo no pasaba.

—Al principio, la separación parecía ser en buenos términos…

—¡Hasta que se fue a Venecia con la nueva pareja! Me enteré por los medios y, cuando vuelvo a casa, mis hijas me dicen: “Ah, sí, nosotras sabíamos, lo organizamos todo con papá”. Meter a dos chicas de doce y trece años en esa situación no va… Cuando nos separamos, Rial me pidió dos cosas…

—¿Cuáles?

—“Se terminó la sociedad conyugal, pero no la comercial”, me dijo. “Y que no me pongas en contra a las nenas”, me rogó. Yo jamás podría hacer una cosa así. Soy hija de padres separados y sé lo que se sufre. Y ellas tuvieron lo suyo: dos sesiones de terapia semanales durante diez años.

—¿Y él sí le puso a sus hijas en contra?

—¿Te parece que no?

—¿Por qué usted no reclama la tenencia?

—Yo se las doy. No voy a tironear a mis hijas, las amo. Si él quiere tironear, que se haga cargo de las consecuencias.

—Se especuló mucho sobre los motivos de la separación. Se habló de infidelidad…

—Yo nunca le fui infiel.

—¿Él sí lo fue? —Obviamente. Hace ocho años me confesó una infidelidad.

—¿Y cómo siguieron adelante?

—Como un jarrón chino. Se te rompe, lo pegás y ya no tiene el mismo valor. Después lo ponés en un rincón para que no se vea la parte que se rompió, pero cada vez que pasás cerca, te acordás…

—¿Y de la relación con La Niña Loly…?

—(Interrumpe). Se llama Mariana. Digámosle Mariana. No fue la primera ni será la última. Después de aquella confesión, me di cuenta de que Rial nunca me había sido fiel.

—¿Cuánto factura Rial por mes?

—Según las cuentas que hicieron mis abogados, unos dos millones. Pero antes se facturaba y se invertía. Ahora, por lo que veo, se factura y se gasta. Él habla de que pasa plata por alimentos, pero si las chicas vuelven conmigo esa cifra se va a tener que modificar…

—Se habló de cuarenta y cinco mil pesos mensuales…

—Esa era la cuota que pasaba él, pero no alcanzaba para los gastos.

—De todos modos, él debería pasarle la cuota alimentaria si las chicas vuelven con usted…

—Y eso no va a pasar. Él las tiene endulzadas con plata. ¿Sabés lo que dijo una de ellas cuando las invité unos días a Punta del Este? “Que lo hablen los abogados”, me dijo. ¿A vos te parece la respuesta de una nena de trece años?

—¿Hay otros bienes gananciales? ¿Propiedades?

—Está el departamento de la calle Pampa, donde vivíamos. La casa del San Carlos, donde volví yo, y el departa mento de Miami.

—Y el de Punta del Este…

—No, ese es de mi vieja.

—¿Hay algún bien de Rial previo al matrimonio?

—No, no hay nada que Rial no haya hecho a mi lado. Todo lo hicimos juntos.

Jorge Rial tuvo espacio para su descargo en Noticias. En un principio se negó a hablar, por el “bienestar” de sus hijas. Pero ese no era el asunto. Su ex mujer había formulado denuncias graves que, sin su versión, podrían ser dadas por ciertas.

—¿Usted cobra dinero en negro para darles protección periodística a políticos de primera línea?

—Eso es una mentira absoluta. Lo único que puedo responder es que todas las relaciones comerciales, sean con empresas privadas o con entes públicas, las manejó siempre ella.

—D’Auro se refirió a plata en negro…

—Ella se encargaba de todo. Si hay guita en negro, no es mía.

Autocondenado a ser estrella de su melodrama personal, Jorge Rial no volvió a hablar de las acusaciones de Silvia D’Auro sobre su viscosa ética periodística. Se limitó a denunciar por radio que, desde cuatro meses atrás, venía “siendo víctima de una extorsión”. Y se dedicó la próxima portada de Paparazzi, abrazado en el agua con Mariana sobre un título en mayúsculas: “RIAL ÍNTIMO”. La entrevista de cinco páginas estuvo a cargo de su amigo Ventura. Hay párrafos interesantes allí para bucear en la psicología del personaje. Pero de las presuntas motos, ni mu.

—¿Qué te da miedo de la relación con Mariana?

—Cuando empezamos, le advertí que teníamos una gran diferencia de edad y que la gente iba a decir cualquier cosa sobre ella. Le propuse terminar en ese momento, para que nos doliera menos. Y ella me respondió que ni loca. De hecho, se las sigue bancando todas. Algo importantísimo: adora a mis hijas. Se van con ella a Córdoba y yo estoy tranquilo, soy feliz. Por eso, más allá de los piedrazos que estoy recibiendo hoy, estoy pasando por un momento de gran felicidad.

—¿Cerraste la fábrica?

—No. Me encantaría darles un hermanito a mis hijas. Hoy sería lo mejor que me podría pasar.

—Si pudieras cambiar algo de lo que te pasó, ¿qué sería?

—No haber sido tan confiado, haber tenido más cuidado. Pero uno es así, cree que la persona que tiene al lado es de absoluta confianza. Y bueno, me equivoqué.

—Tu matrimonio duró veintidós años. ¿Para vos cuánto duró?

—Restale cinco o seis que sobraron. Seguí por miedo a la soledad. Yo no tengo familia, nada. Mis hijas eran muy chicas. Lo que banqué, lo banqué por ellas. Pero también me fui por ellas, porque más allá de que se había terminado el amor, su mala relación con ellas me hizo terminar de tomar la decisión.

—Cuando uno toma una decisión así, siempre hay un hecho que termina de empujarlo. ¿Cuál fue, en tu caso?

—Hubo varios, pero casi todos explotaron cuando empezó a entrar plata. Hay un dicho español muy bueno: “Cuando la plata entra por la puerta, el amor sale por la ventana”. A mí me pasó eso.

—Cuando tu esposa pasó a ser tu socia…

—Sí, de lo único que hablábamos era de laburo. Yo me cansé de ser un producto y nada más, el que generaba guita. Un día me sentí un objeto y dije basta.

—Y te fuiste…

—Sí, fue duro. No era la primera vez que pasábamos por una situación así, pero me obligó a decirles a mis hijas que estábamos separados. Las vi llorar y no lo toleré. Me sometió a la humillación más grande de toda mi vida.

—¿Pensabas que las cosas llegarían tan lejos?

—No, al contrario, si le ofrecí que siguiera manejándome todo. Quería terminar bien, pero la soberbia la hizo querer más, no sé qué, pero más. En ese momento entendí que se venía una guerra de abogados. Uno confía en la persona que tiene al lado, pero me equivoqué.

La guerra de abogados continuaba cuando esta historia entró en la imprenta, lo mismo que sus derivaciones espasmódicas en Twitter, en la tele, en la radio y en las revistas. Hubo medidas cautelares para impedir que las chicas se expusieran en el programa de Susana Giménez junto a su padre y la novia. Hubo chicanas varias, más escenas patéticas y reclamos pegajosos o demoledores desde ambos lados. Claro que a Jorge Ricardo Rial le sobraba tiempo —y cancha— para librar otras batallas no menos taquilleras ni farragosas, aunque moco de pavo al lado de aquellas que amenazaban su equilibrio afectivo y patrimonial.

 

La frase “llegó la moto” alcanzó muy pronto la categoría de clásico en los pasillos de la insidia periodística, tan análogos en su lógica de cuchicheo al modo en que se desparraman al instante centenares de verdades y mentiras por los circuitos inalámbricos de las redes sociales.

Es innegable que Jorge Rial desarrolló más musculatura que la inmensa mayoría de sus colegas para defenderse del qué dirán. Ser tercero a la mañana en radio, primero en la TV a la tarde y arrimarse a los 2,5 millones de seguidores en Twitter debería conformar un escudo capaz de aguantar los flechazos venenosos del enemigo más pintado. Ventaja extra: él conoce, con autoridad de fabricante, cada una de las recetas magistrales de esos venenos.

El problema es que la existencia de las perturbadoras “motos” fue revelada por la persona que más lo conoce. Y que irrumpieron en un contexto de politización extrema. El Grupo Uno, que concentra en el personaje de JR su nudo editorial, fue virando hacia el oficialismo cuanto más el gobierno profundizó su confrontación con el Grupo Clarín. El pico más dramático de dicho acercamiento se dio el 20 de diciembre de 2011 cuando, por una demanda de sus cabezas empresariales, los ex menemistas Daniel Vila y José 455 Luis Manzano, un juez mendocino ordenó la intervención de las oficinas porteñas de Cablevisión. Actuaron cincuenta efectivos de Gendarmería. En 2012, la facturación de publicidad oficial para el conjunto de medios del holding superó los 60 millones de pesos, ubicándolo tercero en ese ranking detrás del Grupo Szpolski-Garfunkel y Telefe. Para junio de 2013, las empresas petroleras de Vila-Manzano acumulaban ya veintitrés licencias de exploración en pozos de Neuquén, Mendoza y Salta, lograban expandir el negocio a tres estados brasileños e ingresaban a Metrogas, tras comprar los activos de la inglesa British Gas como parte de la estrategia “renacionalizadora” que Cristina Kirchner inició con la expropiación de las acciones de la española Repsol en YPF. Por si fuera poco, la Casa Rosada explicitaba su beneplácito con el plan de adecuación del grupo a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, que en un principio había combativo con uñas y dientes: Agustín y Barbarita Vila, hijos de Daniel, figuraban al frente de varias empresas creadas para hacerse cargo de los medios que excedían los límites impuestos por la polémica norma, como si su padre no mantuviera relación alguna con ellos.

En ese marco fue que Rial anunció su inminente giro al periodismo político. Con las “motos” negadas rodeándole el rancho en el imaginario periodístico, pero sin desmentir sus buenas migas con Macri, con Scioli, con Massa, con De Narváez y con Randazzo, lo cual le otorgaba cierta imagen de amplitud e independencia. Insinuó que iba rumbo a dejar Intrusos en el pasado para encarar nuevos formatos. Incluso Vila se hizo cargo de la idea, aunque sin dar precisiones ni arriesgar fechas concretas. Hasta el momento, sus más estridentes incursiones en el género habían pasado por discutir con la actriz cómica Florencia Peña su militancia K y por acusar a la vedette Graciela Alfano de un presunto amorío en los 70 con el dictador Emilio Massera, gracias 456 al cual se habría apropiado de ciertos bienes pertenecientes a detenidos-desaparecidos durante la dictadura. El juez federal Claudio Bonadío la absolvió por falta de elementos probatorios. Kirchnerismo bizarro, que le dicen.

—A mí la política siempre me gustó. De hecho, milité en política. Soy un peronista de barrio, en Munro no podías ser otra cosa que peronista. Voy camino al periodismo político, pero soy un tipo de transiciones lentas. Cuando dejo algo, lo tengo que dejar bien —le dijo Rial en agosto de 2012 al periodista Juan Pablo Varsky, en el programa El péndulo, de Canal (á), una emisora de cable dedicada, curiosamente, a los fenómenos culturales.

—¿Qué te parece el periodismo de periodistas?

—El kirchnerismo lo puso en blanco y negro. Lo puso en la superficie, pero existió siempre, incluso dentro de un mismo medio. Lo que hizo el kirchnerismo fue sacarlo afuera y vino para quedarse. Tal vez, sin el kirchnerismo en el poder no sería tan brutal, pero tampoco está tan mal. Aunque no todo el tiempo ni todos los días, ¿eh?

—¿Sentís que está limitada la libertad de prensa en la Argentina? —Hay libertad de expresión, se puede decir cualquier cosa. Hace tiempo que hay libertad de expresión, no creo que falte. Lo que no hay es comisión sindical interna en el Grupo Clarín, por ejemplo. Me hace ruido que en una empresa no puedan expresarse los trabajadores. Claro que cuando veo 678 me dan ganas de hacerme opositor, pero cuando leo Clarín me dan ganas de hacerme kirchnerista. Nunca me había pasado esto. Hay una subordinación muy grande del periodismo al “sobre”.

Así, entre “motos” por aquí y “sobres” por allá, llegó el domingo 14 de abril de 2013. Esa noche, Jorge Lanata estrenó la segunda temporada de Periodismo para todos, por el Canal 13 del Grupo Clarín, denunciando una maniobra 457 de lavado de dinero y fuga de divisas por parte del empresario Lázaro Báez, señalado como “testaferro” de Néstor Kirchner y su viuda, la presidenta de los argentinos. La supuesta ruta del dinero, unos 55 millones de euros, se iniciaba en Río Gallegos, capital de la provincia de Santa Cruz y territorio original de la familia presidencial y del amigo Báez, hacía una escala operativa en Buenos Aires —a través de una financiera instalada en un lujoso edificio de Puerto Madero— y seguía hasta bancos suizos triangulada por una serie de empresas fantasma radicadas en paraísos fiscales latinoamericanos, como Panamá y Belice.

En el centro de la trama se ubicaban cinco jóvenes intermediarios, dos de ellos vinculados a la farándula: el financista Federico Elaskar; un empleado suyo, Fabián Rossi, esposo de la vedette Iliana Calabró; el millonario de oscura fortuna Leonardo Fariña, casado con la modelo Karina Jelinek; y los dos hijos de Báez, Leandro y Martín, titulares de las sociedades off shore radicadas en el extranjero. Rossi y Fariña gozaban de cierto conocimiento público. Habían transitado varias veces las desopilantes bambalinas de ShowMatch, el programa de Marcelo Tinelli, cuando sus mujeres compitieron bailando y cantando. La boda de Jelinek y Fariña, conocido por sus autos de lujo y su rodete permanente, fue tapa de revistas. Se hizo en el tradicional palacio Tattersall de Palermo y costó medio millón de pesos.

Elaskar fue quien denunció el tejemaneje en Periodismo para todos. Lo hizo visiblemente alterado porque, según dijo, estaba recibiendo amenazas para entregar el manejo de SGI, su enigmática financiera, ubicada en el complejo Madero Center, donde vive el vicepresidente Amado Boudou y Cristina compró dos departamentos y ocho cocheras. Después negaría todo en la Justicia. El testimonio de Fariña se logró con cámaras ocultas en el living de Lanata: distendido, habló de los cinco mil millones de dólares que habría manejado a pedido de Lázaro Báez y aseguró saber que toda esa estructura de negocios había sido armada en vida por Kirchner, con quien aseguró haber jugado al fútbol y comido asados. Rumores nunca confirmados insistían en señalar que el muchacho era hijo natural del ex presidente. La emisión tuvo audiencia récord. El escándalo fue primera plana de todos los diarios.

Fariña se tomó un día y medio para salir a desmentirlo todo. A embarrar la cancha, como suele decirse. El escenario elegido fue Intrusos, donde Jorge Rial apenas intervino para dejarlo dar rienda suelta a su gesticulada verborragia. En síntesis, aseguró que, advertido de que se trataba de una cámara oculta, había expresado todo lo que se andaba desparramando por ahí y que Lanata seguramente quería escuchar para tomarlo como una confirmación. Esta especie de juego al embaucador embaucado llamó la atención por el despliegue de terminología oficialista formulado por Fariña. Habló del “apoyo de la corporación” a Lanata y lo tildó de “golpista”.

—Lo que estás haciendo ahora, al kirchnerismo le viene bárbaro —pareció tomar distancia Rial.

—O no —evadió Fariña.

—Pero le estás pegando en la línea de flotación a la credibilidad de Lanata —insistió el conductor, acompañado por Luis Ventura y Marcela Tauro en el piso, dejando en claro lo que estaba pasando exactamente en el programa más visto de América TV.

—No me interesa voltear a Lanata. Pero un periodista que sabe hacer su trabajo sabe que una cámara oculta no tiene carga probatoria. Yo te traigo a cincuenta y cuatro tipos que digan que la plata no es de Lázaro Báez y listo.

—Yo puedo decir de qué trabajo, ¿vos de qué trabajas? —se animó Tauro.

—Yo no puedo decir para quién trabajo, porque soy una figura…

—Eso es raro —cerró la panelista, sin pedir precisiones con más énfasis.

Una curiosidad al margen: dos años antes de esta esena, en un reportaje para la revista Noticias, se le había preguntado a Rial qué sabía “del misterioso esposo de Karina Jelinek, Leonardo Fariña”. La respuesta sólo agrandó el interrogante: “Es un testaferro de alguien cercano al gobierno y ese matrimonio es muy sospechoso, no le creo nada a ninguno de los dos”. ¿Por qué Rial nunca reveló el nombre del “testaferro” que aseguraba conocer? ¿Por qué cuando el tema se hizo público y tuvo la oportunidad de entrevistarlo no fue más incisivo intentando confirmar lo que parecía saber desde al menos dos años antes?

Al día siguiente, en la misma pantalla pero en el noticiero central, el gerente de noticias de América, Rolando Graña —a quien la jerga periodística suele llamar “Largando Roña”—, se hizo cargo del micrófono ante la visible molestia de la conductora habitual, Mónica Gutiérrez. Ahora el arrepentido era Federico Elaskar, quien pidió perdón por haber mentido y aquí no ha pasado nada. Ni lavado, ni valijas, ni Lázaro, ni amenazas, ni nada de nada. Un Elaskar balbuceante afirmó que toda su equivocación se había originado en un enojo con Fariña y Rossi, que jamás explicó.

A esa altura, las audiencias de la teleberreta vespertina y los noticieros del prime time ya estaban de aquí para allá tratando de sacar sus propias conclusiones a lomo de zapping. En un mismo espacio se mezclaban declaraciones de Lanata con aclaraciones de Iliana Calabró, bataclana de gran físico y pocas luces convertida en fuente de periodistas serios. El staff periodístico completo del Grupo Clarín entrevistaba, todos de oscuro, a un Lanata de saco colorido y en papel de hombre del momento. Por acción, por omisión, por pura dinámica televisiva y acaso por “orden de arriba”, el affaire que apuntaba al nudo de la plata negra kirchnerista parecía frivolizarse sin remedio. Se aseguraba que Carlos Zannini, el poderoso secretario de Legal y Técnica de la Presidencia, digitaba en persona el guión de los involucrados y los cuestionarios dóciles de los periodistas adictos al gobierno. Rial caía en la volteada.

Para entender en mayor profundidad el clima que se estaba viviendo en América TV, viene muy al caso hacer un breve paréntesis sobre la situación particular de Ernestina Pais, conductora del programa matutino de interés general Desayuno americano. Terminó abandonando el ciclo tres meses después del debut, víctima de lo que los psicólogos llaman comúnmente ataque de pánico. Es cierto que no venía bárbara Ernestina: a fines de 2012 se había separado de su novio, Nicolás Pinto, y el arranque de Desayuno… había coincidido con una pelea feroz con Elizabeth Vernaci, voz desenfadada de la Rock & Pop, que la había acusado al aire de imitarla y querer dejarla fuera de esa FM. “¡Dedicate a tu vida, gorda!”, le había respondido Pais. “Yo puedo adelgazar, pero vos no podés dejar de ser tan hija de puta ni de consumir sustancias”, redobló la apuesta Vernaci, quien días después recibió una carta documento de su rival. EP optó por judicializar la pelea cuando su hijo, Benicio, le preguntó: “¿Por qué dicen que consumís drogas, mamá?”. Más tensa todavía se puso cuando empezaron las “presiones de arriba” por cómo tratar el “Lázarogate”. Según fuentes muy bien informadas, la dirección de América le exigía “que no se ocupe de lo que había de Fariña hacia arriba, que se quedara en el extraño personaje, en la relación con Jelinek, en Calabró…”. Arriba de Fariña estaba Lázaro Báez. Y al lado de éste, la Presidenta de la Nación. Los llamados a la producción eran constantes. El ciclo, de golpe, estaba “como intervenido”. Un día no pudo salir de su casa. Pasó los dos siguientes metida en la cama, a oscuras y en posición fetal. Inició tratamiento psiquiátrico. Fue medicada y obligada a salir de escena. Explicó su drástica decisión a través de un comunicado de prensa: “El ataque de pánico es una enfermedad imprevisible y me hace fluctuar a momentos muy angustiantes. (…) La situación en que me encuentro compromete seriamente mi desarrollo dentro del programa; por ello, y por el enorme respeto que le tengo a mi profesión, a la productora y al público, lo mejor es tomarme un tiempo hasta que me reponga”. Nótese que dejó afuera de su “enorme respeto” a las autoridades del canal. La reemplazó Pamela David, esposa del dueño de la emisora, Daniel Vila. La voluptuosa morocha ya había conducido Desayuno americano hasta que pidió licencia por maternidad.

Retomando la disputa Rial-Lanata, a las 11.03 del jueves 18 de abril se produjo un acontecimiento inédito en la radiofonía nacional. Desde su programa en Radio Mitre, Jorge Lanata se había hecho eco de las versiones sobre la influencia de Zannini en la nota de Jorge Rial a Fariña. Y Rial, que a esa misma hora conducía Ciudad GótiK por La Red, pidió derecho a réplica. Los dos conductores se cruzaron en dúplex, generando una noticia en sí misma que dio cuatro vueltas al país. Arrancó Lanata:

—¿Me dejás comentarte un par de cosas?

—Lo que quieras —concedió su tocayo, Rial.

—Primero, yo te encontré a vos el sábado al mediodía en la puerta del restaurante Gardiner, estuvimos charlando muy amablemente… Me gusta verte, sos un tipo que en su momento laburó conmigo y que respeto profesionalmente, igual que a Ventura. Los dos, más allá de alguna diferencia con la manera de hacer periodismo, son periodistas. Esto que parece una pavada, para mí es un elogio en este mundo donde hay cada vez menos periodistas. Ustedes lo son y de raza. Te conté ahí, antes de salir al aire, que iban a estar Fariña y Rossi. Te dije que no lo dijeras y cumpliste con eso. Pero vos hacés un programa de espectáculos y era bueno que lo supieras dos días antes para que pudieras actualizar archivo y eso… Ahora, yo después veo que tu canal, y yo sé que vos tenés independencia… yo veo con cierto asombro que tu canal se alinea con el gobierno y farandulizan el caso. Yo entiendo que en un programa de espectáculos no van a hablar de Lázaro Báez: tienen que hablar de Rossi y de Fariña. Pero también vos entendés, porque sos periodista igual que yo, que eso no es inocente. Que cuando presentás este caso como el Fariñagate lo estás bajando a otra cosa. Pero lo que más me desconcertó fue lo de Ventura, más que lo tuyo. Porque Ventura, que no es ningún boludo, se curó en salud aclarando que había trabajado para Fariña. Él dijo al aire: “Yo trabajé para Fariña”. Y después lo defendió de una manera increíble, al punto que otros integrantes de tu programa le dijeron al aire: “Viejo, ¿por qué lo defendés tanto?”. Por una cuestión profesional, si Ventura laburó con él o para él, no tendría que opinar sobre el caso. Es una opinión de parte. Hasta acá llegué, decime lo que quieras vos…

—Perfecto… Te agradezco que me consideres periodista, porque vos sabés que en este medio se hace la división. Sabés el respeto y el cariño que te tengo. Me molesta que intenten, porque no sos vos solo, relacionarme con una supuesta llamada de Carlos Zannini, a quien no le conozco ni la voz. No hablé nunca en mi vida, no me llamó nadie, ni siquiera para una reunión ni para nada. A Fariña lo veníamos buscando porque, obviamente, era la nota. Él no quiso salir aquí por la radio, sí quería ir a Intrusos. Costó bastante… La nota que le hice puede gustar o no, pero era la nota que todos buscábamos en un programa de espectáculos. Pero yo no puse nunca “Fariñagate”, nunca, Jorge Rial no usó eso nunca. ¿Por qué quiero hablar con vos? Porque sugerís que tuvimos una llamada de Zannini… A mí me lastimás, ponés en juego la mucha o poca credibilidad que tengo. No es así, Jorge.

—Está bien, te creo. Si vos me decís que no es así, te creo.

—No me llamó Zannini, no lo conozco. ¿Querés mandar a alguien a revisar el teléfono?

—No seas boludo, ¿cómo voy a hacer eso? Hablamos de buena fe. Si me decís que no, es no y se acabó. Pero no me podés negar que el canal se alineó con el gobierno en este tema. Hizo cosas vergonzosas, como el reportaje de ayer de Graña a Elaskar. Fue un papelón.

—Primero: no es mi canal. No soy el dueño. Apenas bajo línea en Intrusos. Segundo: vos tenés la gran oportunidad, el domingo, de pegarles un golpe de knock-out y que todos vayan en cana y por fin podamos descubrir una red de corrupción de una puta vez por todas. Ojalá puedas desenmascarar a estos dos chantas, Elaskar y Fariña…

—Para mí no son el tema principal del domingo, para nada: el tema es Néstor y Lázaro. Estos dos pibes son re-cuadros…

—Jorge, sos un showman además de periodista, le pusiste la cuota de farándula y la gente que tal vez cree que Báez es una calle de Las Cañitas, con esto que le pusiste se acercó y conoció toda la historia política. Vos también lo hiciste muy bien. Lo único que yo quería aclarar, Jorge, en este cara a cara virtual, es que no me llamó Zannini ni nadie para pedir ni para putear. Me duele viniendo de vos. Que no te vendan carne podrida.

—¿Le creíste a Fariña?

—Obvio que no le creo. ¿Cómo le voy a creer a un tipo que no me dice de qué trabaja, ni cómo viaja tres veces al mes a Miami, ni quién le paga el departamento? Si viste el reportaje, le pregunté si te lo había plantado el kirchnerismo…

—No lo vi entero, estaba al aire. Después vi partes.

—No le creo, pero le tenía que hacer la nota.

—Obvio, yo hubiera hecho lo mismo. Pero acá hay una pelea política en el medio y el gobierno salió a responder. Está bien, salió por Canal 7 y por Canal 9, que no los ve nadie. Pero también salieron por América…

—Pero a mí nadie de América me vino a pedir nada. Lo conseguí yo personalmente a Fariña, lo puse al aire y me fui a mi casa. Fariña se quedó en el canal porque no podía salir y no sé qué pasó… A mí nadie me baja línea del gobierno, porque no lo conozco a Zannini, ni del canal. Algo me conocés…

—Por eso me llamó la atención lo de Ventura…

—Lo hablé ayer con Ventura. Tuvo relacion con Fariña, le debe tener aprecio… No es la mía. Él tiene todo el derecho a expresar su opinión en mi programa, por más que no coincida con él.

—Hasta me parece bien reconocer que hubo una relación, mejor que lo diga él. —Yo sólo te pido, Jorge, que desmientas eso de Zannini…

—Lo estás haciendo vos y te creo. Todo bien: no tuviste ningún llamado de Zannini. Aprovecho para hacerte una pregunta más importante que todo esto: ¿por qué no me saludó Tinelli el otro día en Gardiner?

—Cuando se me acercó le dije: “Está Jorge allá, vamos a saludarlo”. Y me dijo que no. Pasa que tengo otra cosa para contarte, pero lo tendría que hacer por línea privada. ¡Jajajaja! Ya te lo voy a contar. Lo llamo a Zannini y, si me da el OK, te lo cuento… Tinelli también estaba enojado con Lanata, pero esa es harina de otro capítulo. La cuestión es que las tandas publicitarias de La Red y Mitre coincidieron como nunca antes. Fuera de micrófono, Rial apretó los puños como quien va a gritar un gol y bramó:

—¡Te comiste los mocos, gordo! ¡Qué Zannini ni Zannini! ¡Te lo metés en el orto a Zannini, ahora!

En el estudio de Lanata sin filtro, el conductor arrastró la silla hacia atrás y manoteó el atado de Benson & Hedges. La incursión en territorios ajenos para capturar rating lo había puesto cara a cara con un peligro inesperado: el de retractarse y pedir perdón como Dios manda.

Otra curiosidad al margen: esa semana Noticias llevó en tapa a Báez, a quien venía investigando sin freno desde 2007. Fue el primer medio en asociarlo a la palabra “testaferro” cuando casi nadie hablaba de esas cosas. El título principal prometía: “Todas las pruebas de que Lázaro es Kirchner”. En la franja superior amarilla de la portada decía: “Lanata vs. Rial: detrás de la guerrita”. Y en la clásica bajada de letras rojas se abundaba: “Uno teme por su credibilidad y el otro huye del estilo mercenario”. Lanata me mandó un mail: “Acabo de ver el cabezal de Noticias. ¿A vos te parece, Eddie, que yo temo por mi credibilidad?”. Desconozco si me llamó “Eddie” por distracción —me llamo Edgardo, pero todos me dicen y firmo “Edi”— o en alusión deliberada al apellido de Eddie Pequenino, aquel trompetista italiano que, cuando éramos chicos, amenizaba las tardes de domingo con sus chistes malos en la tele blanco y negro. Le respondí al toque: “Entiendo ‘temer por tu credibilidad’, Jorge, como ‘pelear por ella’. Es lo que está atacando el gobierno desde la TV basura, donde precisamente nada subsiste por creíble y todo se banaliza (con el aporte de la propaladora). Y creo que si no temieras por tu credibilidad, es decir, por lo que el otro pueda estar recibiendo en este bombardeo, tendrías un problema muy serio. Pero bueno, es apenas un punto de vista… Gran abrazo. Edi”. Queda clarísimo que el horno no estaba para bollos. La “guerrita” encajaba justo —como las matrushkas rusas— en la guerra Gobierno-Clarín, esa dimensión de locos donde quien no se alinea, pierde. Por tibio. O por salame del sándwich. Anótenme en esa.

La semana siguiente a las virtuales paces entre los dos grandes Jorges de la mañana nacional, la revista Paparazzi, 466 que es de Rial pero dirige Ventura, sacó en tapa a un Lanata mirando de reojo a cámara detrás de unos lentes modernos de marco negro y rojo, sorprendido y medio boquiabierto. Título principal: “Entre las denuncias y la cocaína”. Copete: “Quién es, cómo vive y qué busca el nuevo Marcelo Tinelli de la tevé. Sus gustos caros, su pasado con las adicciones y… ¿está en crisis de pareja? El perfil desconocido del tipo que hace hablar al país los domingos por las noches con sus informes periodísticos y otras yerbas. ¡Imperdible!”. ¿Hace falta reproducir el contenido de la nota?

El “Lázarogate” siguió al tope de la agenda periodística. Insistentes rumores indicaban que Báez había concertado con Rial una exclusiva, gracias a los buenos contactos con el entorno gubernamental. Lanata se hizo eco de la versión en su programa televisivo del domingo 26 de mayo por la noche:

—Es una suerte que lo puedan entrevistar a Lázaro —dijo, irónico.

A la mañana, el “intruso” mayor volvió a contraatacar desde la radio:

—Lo que dijiste ayer, quiero que me lo digas en la cara. Estás mintiendo, Lanata. Te vuelvo a desafiar públicamente, hagamos un dúplex otra vez. Ahora no vas a querer, obviamente, porque es una mentira grande como una casa. Te estás equivocando, es la segunda vez que me involucrás en algo y ya me estás rompiendo las pelotas. ¿Quién no quiere hacer una nota con Lázaro Báez? Yo logré teóricamente arreglarla y al otro día se cayó. No salió y punto. A él también le encantaría hacerla, la querría hacer cualquiera. No veas más fantasmas, Jorge.

Acotó Ventura:

—El programa de Lanata es un show, ya tiene que ver más con el humor que con muchas de las realidades que existen en el país.

Al poco elegante contrapunto sólo le faltaba que llegara la famosa “moto”. Y el runrunear de los motores hizo de imaginaria cortina de fondo en la emisión de Periodismo para todos del domingo 17 de junio. Tres días antes habían chocado dos trenes de la línea Sarmiento en la estación Castelar, con un saldo de tres muertos y 315 heridos. Las imágenes no hacían más recordar la tragedia ocurrida el 22 de febrero de 2012 en la terminal Once del mismo ramal ferroviario, donde murieron 51 personas y hubo 702 lastimados. Por obvias razones, el ministro del Interior y Transporte, Florencio Randazzo, fue defenestrado en el programa. Pero Rial también cobró. Jorge Lanata aprovechó la ocasión para referirse a un exigente trabajo de recopilación de una decena de tuits de la cuenta @rialjorge favorables a @RandazzoF en el breve lapso de julio a octubre de 2012. Lo había subido a la red una movediza tuittera, anónima y anti K, conocida como @imaarg e identificada por un canario “Tweety” con un floripondio en la cabeza. Los mensajes de Rial comunicaban informaciones tan ajenas al chimenterío rialista como:

Lanata sugirió que el alto funcionario le habría estado pagando a Rial una importante suma de dinero por cada tuit que lo dejara bien parado. Como conclusión, sugirió a los usuarios de dicha red social que impusieran desde ese mismo momento el tópico —hashtag, hablando con propiedad tuitera— #DejemosDeSeguirARial. Mensajito va, mensajito viene, Rial se metió en el juego desde su casilla a la 1:32 de la madrugada:

El conductor de Lanata sin filtro le respondió desde Mitre bien temprano:

—Rial dice que lo llamé para pedirle perdón. Nunca lo llamé, es un caradura. Un verdadero pelotudo…

El conductor de CiudadGótiK no se quedó atrás:

—Anoche Twitter se llenó de humo. ¡Ah! ¿Lanata habló de mí? Si yo supiera por qué cambia tan seguido de opinión sería millonario. Igual, le agradezco las disculpas de ayer —dijo Rial, y cambió de tema.

Esa mañana, en La Red, nadie habló de las secuelas del accidente ferroviario en Castelar.

Alguien susurró, temeroso, en la pecera:

—¿Llegó la moto?

Y sonrió.

 

Lo peor de hacer un libro como este, atado a temas actuales, es la constante sensación de nunca acabar. Pasan tantas cosas todo el tiempo que el vértigo de cerrar un diario puede ser añorado como se extraña un espacio de confort. De última, en un diario, el hilo se retomará en la edición de mañana.

Envié por mail la primera versión de este capítulo a mi editor, Daniel Guebel, en la madrugada del jueves 27 de junio de 2013. Al despertarme, ya tenía su devolución en la casilla. Algunas consideraciones suyas merecían ser trasladadas a Jorge Rial, a quien venía persiguiendo yo sin éxito, desde un mes antes, por teléfono, por mensajes de texto y por mail para encontrarnos o, si así lo prefería, me respondiera un breve cuestionario sobre su vida, su obra y sus circunstancias coyunturales. Las preguntas, enderezadas a chequear datos y refrescar opiniones, eran tan sencillas como:

• ¿Por qué nunca salió el programa de tono más político que habías anunciado y también anunció Vila? ¿Sigue en pie la idea? ¿Para cuándo?

• ¿Cómo es tu relación cotidiana con Vila-Manzano? ¿De qué hablan? ¿Dónde se ven?

• ¿Hablaste con Lanata en privado? Si así fue: ¿me reconstruirías la charla en detalle (lugar, día, circunstancia, diálogo…)?

• ¿Te sirve la polémica con Lanata? ¿Y al canal? ¿Mejora el rating?

• Vila dijo en Noticias: “… Primero se peleó con Graña, después con Rial y Ventura, y luego con Fantino… Lo de Lanata es Clarín contra América…” ¿Lo sienten así los conductores? ¿Lo charlaron? ¿Y Majul, que es el biógrafo de JL, qué dice?

• ¿En qué estado está tu divorcio al día de hoy (detalles técnicos)?

• ¿Conocés otro caso como el tuyo de un editor que edite su propia vida en tapa y en vivo? Si fuera un caso ajeno, ¿cómo lo analizarías desde tu experiencia profesional? ¿Qué dice tu analista al respecto?

Apenas leí los peros de Guebel, agregué una consulta más por mail y le avisé por mensaje de texto a Jorge Rial que lo había hecho:

• Me dicen que militaste en Derechos Humanos. ¿Cierto? ¿Dónde y cuándo?

Tres horas después supe que Silvia D’Auro acababa de presentar, a través de su abogado, un escrito de veinticinco carillas en la causa por presunto intento de extorsión iniciada por su ex. Le mandé un desbordado SMS a Guebel:

—D’Auro se desdijo de lo de Noticias en Tribunales hoy, ¡la concha de la lora!

Al rato, la BlackBerry me dio un alerta. Tenía un mensajito de Rial. Di por hecho que acusaba recibo del mail con la nueva pregunta incorporada. Al abrirlo me quise morir:

—¿Viste? Eso por darle bola a una loca —decía.

Tardé un segundo en darme cuenta de que, en vez de mandarle mi lamento a mi editor, se lo había enviado por equivocación a Rial. Opté por seguir la conversación por vía textual como si mi mensaje anterior encerrara cierto aire de meditada confabulación. Respondí, doblado de risa al revelarme un reverendo… tarambana:

—¡Ah! ¿Este lo contestás? Uno tiene que ponerse de tu lado… Sos un tierno.

—Como ustedes… —puso JR.

—¿Vas a responder el mail con mis preguntas un día?

—¿Me van a tratar bien un día?

—¿No entendés que si ese día llega te va a empezar a ir mal? Jaja…

Ahí quedó la cosa.

 

El escrito de D’Auro, presentado por su defensor, Ricardo Solomonoff, era en realidad un pedido de sobreseimiento en el cual todas las culpas recaían en el modo de “editar” sus respuestas por parte de la revista Noticias en aquel número de enero. Cosa de locos. Hasta en las disputas de divorcio entre periodistas el principal problema puede llegar a ser el mensajero.

Repasemos el escrito, que no tiene desperdicio:

Formula descargo. Postula sobreseimiento. Silvia Gabriela D’Auro, por derecho propio, en la causa 2860/2013, con domicilio constituido en la calle Esmeralda 614, piso 1º “B”, con la asistencia de mi defensor me presento y digo que las presentes declaraciones (…) sean tomadas como parte integrante de la declaración indagatoria que he sido convocada a prestar. De las mismas habrá de surgir la completa certeza de mi ajenidad a toda conducta ilícita.

(…) Oportunamente contraje matrimonio con Jorge Ricardo Rial, con quien mantuve una convivencia de casi veintidós años, conformando una familia que se consolidó mediante la adopción de nuestras dos hijas, Rocío y Morena.

(…) Lamentablemente, en determinado momento se hizo patente no sólo el desamor de mi cónyuge, sino la falta de respeto hacia mí y actos de ultraje en la dignidad de mi persona en tanto esposa del nombrado y madre de nuestras hijas. Entonces, resultaron frecuentes las situaciones de violencia en el ámbito familiar, propiciada exclusivamente por mi esposo; mientras nuestras hijas tuvieron que recurrir a la asistencia psicológica, que en varios informes alertó sobre la gravedad de los hechos desencadenados por el aquel, inequívocamente vinculadas a consecuencias físicas notorias que las menores experimentaran, tales como el aumento descontrolado de peso coincidente con la crisis familiar.

En determinado momento empezó a trascender la existencia de un romance de mi esposo con una modelo y vedette cordobesa de veinticuatro años de edad conocida como “Niña Loly”; y, no obstante las excusas de mi cónyuge de que se trataba de meros “chismes” propios del ambiente en el cual él desarrolla su actividad profesional, debí rendirme ante la evidencia de la falsedad de sus dichos, al producirse el escandaloso blanqueo de su relación con la mentada Niña Loly, en todos los medios periodísticos. Como consecuencia de ello y de las actitudes adoptadas por mi esposo, las niñas se sublevaron en mi contra, me desautorizaron en cada situación en que pretendía que cumplieran con actividades mínimas de la vida familiar, tales como bañarse, estudiar, levantarse para ir al colegio, etc.; todo ello con la abierta complicidad y aquiescencia del padre que transformó a dos niñas en árbitros y jueces de la vida de pareja y familia. Para mis hijas pasé a ser una “loca, desquiciada” y la Niña Loly “una grossa…” en el lenguaje de las chicas; algo inmanejable por no contar con la menor colaboración o empatía de parte de mi cónyuge, quien propiciaba tales conductas de falta de respeto e intolerancia de parte de las niñas, mediante su propio discurso peyorativo a mi respecto.

Así fue como tomé conocimiento de la decisión del demandado de dar unilateralmente por concluido nuestro matrimonio de la manera más brutal, mediante las publicaciones de los medios de información pública que se agregaran a la demanda de divorcio —que deberá ser requerida ad effectum videndi et probandi—, todas ellas ilustrativas del adulterio que mi esposo cometiera sin ningún tipo de pudor, respeto, o cuidado hacia mi persona o hacia nuestras hijas. De pronto ese modo de actuar que caracteriza la actuación profesional de Rial —ámbito en el que denosta, denigra, ofende, insulta, amenaza físicamente a sus ocasionales adversarios, los desafía a pelear, los trata de “ cagones ” , manipula la información para dejar mal parados a sus “enemigos”; seduce al poder de turno y trata de caer siempre bien parado, aun con las mentiras más burdas; y si se equivoca, rápidamente muda de parecer, imputando su error a algún colaborador— pasó a ejercerlo a mi respecto, descalificándome como esposa y madre y exponiéndome públicamente como destinataria de ese tipo de actitudes.

Dicha situación y el permanente hostigamiento y descalificación hacia mi persona (…) me impulsaron a abandonar el silencio que me había impuesto, para responder a las actitudes que no sólo afectaban mi honra, sino comprometían la salud mental de mis hijas menores de edad. Fue con ese propósito, en consecuencia, que accedí a mantener la entrevista con Noticias, en el curso de la cual hiciera referencia a las presiones de Rial a las que estaba siendo sometida y a la forma que era humillada por este.

La querella basa la imputación que me dirige en el contenido periodístico que la revista Noticias de fecha 26 de enero de 2012 diera a las entrevistas que quien expone concediera a dicho medio de prensa (…) donde se patentiza el delito de extorsión…

(…) A fin de reconstruir la realidad de lo sucedido —lo que permitirá verificar que no he incurrido en delito alguno—, corresponderá tomar en cuenta el contexto completo que resulta de la desgrabación de las entrevistas periodísticas y no la versión “editada” que de las mismas hiciera la revista en la recordada publicación. En tal sentido, se advierte nítidamente que, mientras quien expone intenta mantener aquella temática, los periodistas en forma recurrente procuraron llevar la conversación hacia los vínculos de Jorge Rial con la política. (…) Asimismo resulta evidente mi intención de evitar dar respuesta a ese tipo de interrogatorio, lo que debe ser tenido en cuenta como una pauta que contradice la hipótesis de la querella.

(…) En cuanto a la expresada posibilidad de aportar ante la justicia aquellos mails que —de acuerdo a lo adelantado— obran en mi poder, en caso de serme requeridos desde el ámbito judicial, jamás pensé que ello podía ser tomado como una amenaza o una actitud extorsiva, debiendo dejar constancia expresa que jamás he actuado con esa intención.

(…) En consecuencia, a mérito de cuanto expresara se acredita que, según reitero, jamás efectué alusión alguna a pagos que políticos o funcionarios del gobierno habrían hecho a Jorge Rial; menos aún a cambio de una supuesta “protección política”. Ello deja sin sustento la imputación que la querella ha vertido en mi contra.

No obstante, a todo evento, cabe preguntarse: ¿cómo es posible que Rial pueda decirse intimidado ante la eventualidad de que se revelaran conductas de su parte en las que él mismo admite haber incurrido?

En efecto, en el escrito de promoción de la querella, cuyo contenido ratificó Jorge Rial en todos sus términos, el nombrado reconoció haber recibido pagos de políticos y funcionarios, aunque intentó deslindarse de ello atribuyéndome falsamente a mí su percepción. En la referida presentación el aquí querellante refirió: “…la imputada tenía el gobierno absoluto de la relación de las personas interesadas… (entre ellas)… políticos… y, por ende, recibía y distribuía los pagos”.

En el mismo sentido se habría expresado al ser consultado por la revista, ante la que reconoció haber tenido “relaciones comerciales… con entes públicos”, aunque nuevamente intentó desligarse de ello diciendo que “las manejó siempre ella”, en clara alusión a mi persona.

Aunque desmiento haber recibido los pagos de políticos que me atribuye —que, obviamente, se vincularían con el desempeño de Rial como periodista— es claro que es el propio querellante quien debería explicar lo contradictorio que resulta dicha admisión con la hipótesis armada para justificar la calumniosa imputación que me dirige; y cómo puede decirse amenazado en relación a conductas en que él mismo reconoce haber incurrido.

Todo ello me lleva a sospechar que, habiendo percibido Rial efectivamente esos pagos —de políticos y de entes públicos, según admite—, ante el temor de que ello trascendiera decidió atribuirme a mí esas percepciones con el propósito de deslindar sus propias responsabilidades.

Ello explica que, sobreactuando esa postura y luego de intentar justificar su silencio sobre el punto alegando el “bie nestar de mis hijas”, refiriéndose a mí haya señalado: “Ella se encargaba de todo. Si hay guita negra no es mía…”. Un intento de justificación pueril que no necesita de mayores comentarios. Adicionalmente, cabe consignar que resulta evidente que las reiteradas preguntas que realizaran los periodistas Gualda y Leuco acerca de supuestas relaciones de Jorge Rial con el actual gobierno y la pauta publicitaria que tendría asignada, obedece a una convicción que se encuentra instalada en distintos sectores del periodismo y de la opinión pública sin que en ello haya mediado intervención alguna de mi parte. Ello se refleja, actualmente, en múltiples publicaciones, algunas de las cuales adjunto, que dan cuenta de que:

 

• “Lanata cuestionó a Rial y a Ventura y los acusó de responder a directivas de Casa Rosada y de Carlos ‘El Chino’ Zannini, el Secretario de Legal y Técnica…”;

• “Los periodistas faranduleros Jorge Rial y Luis Ventura cerraron un millonario acuerdo con el gobierno y a través de la SIDE manejan información sobre la vida privada de Jorge Lanata…”;

• Revelaciones en Twitter: “El vínculo entre Rial y Randazzo….”; •

Y que “LUIS y JORGE COBRAN 400 MIL PESOS POR MES DE LA SIDE Y LO HACEN DESDE HACE 15 AÑOS”…

Las grabaciones del reportaje de Gualda y Leuco a D’Auro en Punta del Este integran el expediente de la causa por “extorsión” llevada adelante por la jueza Susana Mabel Castañera de Emilozzi, al igual que las declaraciones testimoniales que ambos periodistas prestaron en Tribunales. La ex de Rial fue procesada el 5 de abril de 2013. El 12 de agosto se encontraron en el juzgado para firmar el divorcio y la división de bienes. Ni se saludaron.

La negociación estaba cerrada. A Daniel Vila, dueño de América TV, le pareció divertido poner al tanto a Jorge Rial por mensajito de texto:

—Estás nominado.

Y Rial, que vive online, tardó lo que un suspiro, tal cual Vila tenía previsto, en llamarlo para ver de qué se trataba exactamente.

Sabía que en el gobierno querían que entrevistara a Cristina Kirchner, dispuesta, tras rechazarlo por costumbre, a hacer que daba reportajes en un ciclo llamado Desde otro lugar.

Sabía que, una vez consumado el desdichado primer ping-pong de preguntas y respuestas con el periodista-historiador-militante Hernán Brienza, emitido por La TV Pública en dos emisiones, el sábado 14 y el domingo 22 de septiembre de 2013, CFK había dicho:

—Sí, está bien, sigamos con Rial.

Sabía, desde luego, lo que ello representaba para sus postergados planes de saltar a la categoría de “periodista serio” de una buena vez.

Lo que no sabía eran las condiciones finales en que debería hacerlo. Vila, entonces, muerto de risa del otro lado del smartphone, le sintetizó la charla que acababa de mantener con el vocero presidencial, Alfredo Scoccimaro, y el entonces jefe de gabinete, Juan Manuel Abal Medina. Para esto, la primera emisión de la entrevista de Brienza ya había sido emitida.

—Me dijeron que la nota saliera primero por Canal 7 y les dije que no era conveniente para nadie. Te dejaba a vos pegado al gobierno, a América también y a ellos como unos truchos…

—Claro, eso habíamos hablado.

—Entonces plantearon que salieran en simultáneo y les dije que era lo mismo. Quedamos en que nosotros la damos primero a las siete de la tarde del domingo 29 y que, como mínimo, ellos la saquen una hora después. De paso, la dan con la pantalla caliente de Boca-Quilmes, que juegan ahí.

—¿De la edición hablaron?

—Me dicen que, si editan algo, va a ser de lo que diga Cristina y no vos. Lo único que piden es que las preguntas sean respetuosas.

—Fenómeno… El capo máximo del periodismo farandulero se puso a preparar la entrevista a la jefa del Estado. No iba a andar preguntando, como Brienza, “sin entrar en la metafísica, ¿qué es el kirchnerismo?”. Ni dándole el pie, como Brienza, considerando que “su gran arma política, Presidenta, es la argumentación”. Era, en gran medida, la oportunidad de que todos los que no habían podido ni podrían jamás llegar a ese sitio le “chupen un huevo”.

El solo hecho de entrar a la quinta presidencial de Olivos a bordo de su Mini Cooper fue un flash. Y ni les cuento llegar al chalecito de “jefatura” y ver el estudio que estaba montado ahí. Cinco cámaras, isla de edición, monitores LED, diez asistentes entre productores, técnicos y funcionarios. Y él sin corbata. Y Cristina, más maquillada que Susana Giménez y con calzas negras.

Tomó sus recaudos, de todos modos. Una vez que la entrevista —que hoy cualquiera puede ver en YouTube— estuvo en condiciones de ser emitida, la anticipó en su programa de radio para que, si alguien había decidido cortar algo a último momento, él estuviera cubierto. Y para venderla, de paso.

—Entrevisté a la Presidenta, le pregunté de todo. Hablé del caso Lázaro Báez, de sus viajes a las islas Seychelles, de las valijas, del cepo cambiario, de Daniel Scioli y de Sergio Massa… Elogió a Mauricio Macri, aunque les parezca mentira. Asumió que en algún momento fue menemista… —recapituló en Ciudad GótiK, por La Red.

En la misma radio, pero dos programas más tarde, lo entrevistó Luis Majul:

—Seguramente Brienza no hizo buenas preguntas y yo no hice mejores. Pero traté de pasarle el tamiz y los que vengan después sabrán de qué se trata. Yo fui a descubrir un poco el clima, el ambiente, el terreno…

Consultado por Nicolás Diana, subeditor de “Política” de la revista Noticias, Daniel Vila sacó sus cuentas:

—El negocio para nosotros fue muy bueno, por el rating y porque se habló del canal. En efecto, mientras los “capítulos Brienza” de Desde otro lugar habían rendido por La TV Pública 1,9 puntos de rating en la primera emisión y 9,2 en la segunda, que salió al aire mientras dejaba de jugar Boca contra Argentinos y empezaba a hacerlo River contra All Boys, Rial marcaría la diferencia el domingo 29. Clavó 8,2 por América TV y 11,2 en el 7, luego del triunfo xeneize ante los quilmeños con dos goles de Emanuel Gigliotti.

El periodista Pablo Mendelevich sacó sus conclusiones en el diario La Nación. Podrían haber sido firmadas por todo el periodismo no K, incluyéndome, en alguna medida. Tituló su nota “Elegir al periodista”, todo un tema:

Los gustos periodísticos de Cristina Kirchner han evolucionado. Antes, ella sólo contestaba de buena gana preguntas que le hacía en un registro banal un notero de CQC, las que se le podían ocurrir a una actriz simpatizante como Soledad Silveyra o las que le formulaba un senador propio, Daniel Filmus, entrevistador amateur. Ahora elige de a uno a periodistas que, por algún motivo, le merecen confianza. Primero, Hernán Brienza, kirchnerista confeso.

Hace pocas horas, Jorge Rial, especialista en farándula, probablemente uno de los mejores de la especialidad, desde la que se expandió al terreno político sin traicionar su estilo.

Ahora bien, ser un periodista elegido por la Presidenta para hacerle a ella una entrevista, ¿es un premio o un castigo para el periodista? A primera vista parece un privilegio, una distinción: nada menos que la Presidenta de la Nación lo eligió -entre miles de periodistas- para hacerle a ella lo que en la Argentina llamamos reportaje (en otros países hispanoparlantes reportaje significa historia, cobertura). Pero, en verdad, los presidentes no seleccionan periodistas aptos para entrevistarlos, entre otras cosas porque la sola actitud de hacer esa selección sugiere funcionalidad, conveniencia, subordinación, y podría manchar la reputación del profesional preferido.

Un periodista al que escoge el aparato gubernamental para que le formule preguntas a una presidenta que dogmáticamente descree del periodismo profesional genera, de manera inevitable, una duda: ¿por qué habrán confiado en él? Muchísimo más si se trata de una presidenta empeñada desde hace años en no responder preguntas a periodistas -o bufones, actores, entrevistadores de ocasión- que no ofrezcan garantías respecto a su poca voluntad de incomodar a la entrevistada con preguntas que le disgusten.

El problema, entiéndase bien, no es Rial sino la forma en la que el Gobierno encara su obligación de informar y de ser transparente. Recuérdese la doctrina K: “Yo no voy a hablar contra mí misma”, dijo Cristina Kirchner tiempo atrás, cuando los periodistas acreditados en Casa de Gobierno le reclamaron conferencias de prensa. Las preguntas sin filtro la llevarían, cree ella, a autoincriminarse. Y quizás algo de razón tenga, por lo menos si el modelo es el resultado de la serie de preguntas frescas que le hicieron en Georgetown y Harvard, no periodistas sino meros estudiantes universitarios.

Uno tiene en algún lugar de la memoria el dato de que las celebridades, por lo menos las de personalidad extravagante, eligen a qué periodista le dan una entrevista y a cuál ni siquiera le atienden el teléfono. Pero una cosa es un astro de fútbol caprichoso, que no tiene obligaciones republicanas en cuanto a la información pública de los hechos que protagoniza, y otra un presidente. Por eso, en muchas democracias es habitual que los presidentes brinden conferencias de prensa periódicas y lo hagan, claro, sin militantes ni aplaudidores presentes: sólo periodistas, tan diversos como la sociedad, que preguntan, por cierto que en forma educada, aquello que entienden necesario preguntar. Elegir quién pregunta muchas veces significa elegir hasta dónde se pregunta, más allá de los climas intimistas, familiares, confesionales o lacrimógenos que puedan crearse con oficio y astucia. Si se analiza con detalle la reciente entrevista realizada por Brienza se advierte que la Presidenta no reveló allí nada demasiado útil o que no hubiera dicho antes. Impactó, claro, que mencionara un par de insultos de alto voltaje para expresar que le producen dolor (si bien nadie se ocupó de aclarar que esos insultos no los propina la prensa sino en todo caso personas aisladas en las redes sociales), pero poco fue lo que esa entrevista aportó al conocimiento público respecto de los temas que el secretismo oficial resguarda.

Se suponía que los reportajes a Cristina iban a seguir. Alejandro Fantino, Matías Martin, Juan Pablo Varsky y una sola periodista extra deportiva, Mónica Gutiérrez, estaban en la lista de candidatos escaneada por la Secretaría de Comunicación Pública. Pero una semana después, el sábado 5 de octubre, Cristina fue internada en la Fundación Favaloro por un hematoma subdural en el cráneo, producto de un golpe menor, y para analizarle una preocupante arritmia cardíaca. La operaron de la cabeza. Estuvo en reposo y sin agenda oficial más de un mes. Jorge Rial fue el último periodista que la entrevistó. Lo tiene anotado en su currículum. Él, digo.

Periodistas en el Barro (Edicion Final)
Publicada por: Sudamericana
Fecha de publicación: 04/15/2014
Edición: Primera Edición
ISBN: 9789500747400
Disponible en:Libro de bolsillo

 

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