lunes 26 de septiembre de 2022
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Los días sin López

Al cumplirse ocho años de la segunda desaparición de Jorge Julio López, presentamos un fragmento del libro Los días sin López, de Luciana Rosende y Werner Pertot, que profundiza en las líneas que no fueron investigadas a fondo por la policía y la justicia.

López es el único sobreviviente de los campos de concentración de la dictadura que fue secuestrado y desaparecido nuevamente en democracia. Su secuestro ocurrió durante el primero de los juicios por crímenes de lesa humanidad que se abrieron tras la anulación de las leyes de impunidad. Los días sin López muestra por qué nunca se identificó a los responsables y quiénes siguen siendo hoy los principales sospechosos.

El rol de la Policía Bonaerense, los diversos intentos de desviar la causa con pistas falsas, los allanamientos a los represores en la cárcel de Marcos Paz, los nombres que no se investigaron de la agenda de Miguel Osvaldo Etchecolatz, los penitenciarios que también tenían interés en que los juicios de lesa humanidad no avanzaran, los policías que López mencionó, las comunicaciones del entorno de Etchecolatz el día de la desaparición de López son algunas de las pistas que revela el libro. A un año de la publicación del libro, no se avanzó en ninguna de estas líneas, que podrían llevar a los responsables de su desaparición.

El fragmento forma parte del capítulo “La agenda de Etchecolatz”, que contiene una de las pistas más interesantes de la causa.

 

PORTADA-LIBRO-SPB0250325-MAXEl rastro de López

Jorge Julio López fue secuestrado y desaparecido el 18 de septiembre de 2006, un día antes que se conociera la sentencia al represor Miguel Osvaldo Etchecolatz. López fue testigo y querellante en ese juicio, el primero que comenzó tras la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. A ocho años de su desaparición en democracia, en la causa no hay ningún imputado. Pero sí hay entre las miles de fojas del expediente ciertas líneas de peso, que podrían marcar el camino hacia los responsables. Esas líneas nunca se profundizaron. Dos de ellas giran en torno a Etchecolatz: por un lado, su entorno privado y familiar; por otro, los policías que formaron parte del Circuito Camps y López mencionó en su testimonio. Hay también una tercera línea que involucra a miembros del Servicio Penitenciario Bonaerense, donde también había interesados en que los juicios por crímenes de lesa humanidad no avanzaran. Lo que sigue es la pista de la policía que vivía en donde se lo vio a López por última vez y que figuraba en la agenda de Etchecolatz. En la única causa en el país que investiga el secuestro y desaparición en democracia de un ex detenido-desaparecido de la dictadura, esa casa nunca se allanó.

“Entre la verdulería y Edelap.” Es decir, en calle 66 entre 137 y 138, en Los Hornos. Ahí, con los cajones de tomates y manzanas de un lado y la empresa de servicios eléctricos del otro, Jorge Julio López fue visto por última vez la mañana del 18 de septiembre de 2006.Un vecino que lo conocía, Abel Horacio Ponce, lo observó parado de espaldas a la calle y de frente a las fachadas, como buscando algo. El abogado Aníbal Hnatiuk fue a Los Hornos y descubrió que ahí, entre la verdulería y Edelap, vivía Susana Beatriz Gopar.

No era la primera vez que ese nombre aparecía en el expediente. Cruzando datos, se encontró con que ya figuraba en los larguísimos registros de alrededor de nueve mil agentes de la Policía Bonaerense que estaban activos al momento de la segunda desaparición de López, y que habían ingresado a la fuerza antes o durante la última dictadura. En su legajo estaba esa misma dirección, sobre calle 66, en Los Hornos.

Aníbal siguió sumando conexiones: el mismo nombre volvió a aparecer en la agenda de Etchecolatz. Junto a su teléfono particular y el de su trabajo, en el Ministerio de Seguridad. “¡A la mierda! –le comentó finalmente Aníbal a Guadalupe Godoy- el último testigo lo ve exactamente en la puerta de una mina que está en la agenda de Etchecolatz”. Gopar estaba en la agenda, entre los policías de la dictadura (su oficina dependía de la de Etchecolatz) y el último testigo que lo vio a López lo ubicaba al albañil frente a la casa de la mujer policía: Aníbal y Guadalupe consideraron que había motivos más que suficientes para investigarla. Se lo pidieron a Corazza, que ordenó tareas de inteligencia. La PSA la fotografió cuando salía de su casa, registró sus movimientos, todas sus líneas de teléfono fueron intervenidas. Cuando ya iban meses de investigación, Aníbal le preguntó al secretario del juzgado, Gustavo Duró, cómo venía la pista de Gopar. “¿Quién es Gopar?”, no entendía el secretario. Aníbal le explicaba las conexiones y Duró seguía sin captar la importancia. “¡Agenda-López-Puerta de Gopar-Lopez-Agenda!”, gesticulaba Aníbal, indignado.

El 19 de septiembre de 2007, un año y un día después de la desaparición de López, Gopar fue citada a declarar. Pero no en el marco de la investigación por el testigo secuestrado, sino en el Juicio por la Verdad. Guadalupe pidió que no le contaran que estaba en la agenda de Etchecolatz, pero no le hicieron caso.

Sentada ante el juez Leopoldo Schiffrin, Gopar negó una y otra vez conocer al represor. “Yo nunca fui secretaria de Etchecolatz”, repetía. El juez le informó que otras dos secretarias de Etchecolatz la habían mencionado, pero ella siguió negando haber ocupado ese puesto. “Creo que fue en el ‘77 o ‘78, en Interpol se va una de las chicas y paso a prestar servicio ahí. Ahí yo hago una nota para pasarme a administrativa, pero Etchecolatz no estaba en Interpol, ¿eh?”, explicó la ex policía de Los Hornos. Lo cierto es que Interpol dependía de la Dirección de Investigaciones. Es decir, del área dirigida por Etchecolatz.

Un día antes de su declaración, León Arslanian resolvió el pase a retiro de la fuerza de Gopar. No fuera cosa que una investigada en la causa López resultara ser una policía en actividad. Su jubilación coincidía con el primer aniversario de la desaparición de López. En esa audiencia del Juicio por la Verdad, el abogado Alejo Ramos Padilla le preguntó a Gopar si conocía a personas del entorno de Etchecolatz, y volvió a contestar que no. Sin embargo, al ser consultada luego por periodistas, diría: “Etchecolatz nunca me habló y nunca le di el número de teléfono. Fue su esposa que un día llamó a mi oficina de Prevención de Adultos Mayores de la Policía y pidió hablar con mi jefe, porque necesitaba drogas para el cáncer. Como mi superior no estaba y yo tampoco, un empleado del área le dio el número de mi casa, pero jamás me llamaron”.

Unos días antes, Gopar le reconoció a un allegado haber trabajado para Etchecolatz, contra lo que dijo en la audiencia.
-Tengo que declarar ante los derechos humanos y eso me tiene mal – afirmó.
-Bueno, pero tratá de tranquilizarte- la calmó él.
-Me vinculan con un tipo nefasto y jodido. Yo trabajaba con él y eso me hizo desestabilizar emocionalmente- admitió Gopar.

En su legajo estaban registradas esas crisis emocionales. Entre 1977 y 1979 la policía había acumulado varias licencias por “neurosis depresiva”. El legajo indicaba también que había nacido en Pehuajó el 20 de septiembre de 1953. La misma ciudad donde Etchecolatz había trabajado a mediados de los setenta y de donde era oriundo el médico policial Carlos Falcone, uno de sus visitantes en Marcos Paz. La familia de Gopar había trabajado para la de Falcone: Se conocían.

“Dicen que estaba en la agenda de este mogólico. Este puto no sé ni dónde está y me siguen relacionando con este tarado”, le comentó Gopar a una conocida. Incluso, se ufanó de su capacidad para esquivar las acusaciones. Le dijo algo así como: “Tengo mucha habilidad porque lo aprendí por los golpes, por los milicos. Yo no pido que me des media hora. Dame veinte metros. Nada más. No me alcanzás”.

Estaba claro que la mujer había mentido. Aníbal se lo planteó en un escrito al juez Corazza. También solicitó que se allanara su vivienda y las de su entorno. Antes de tomar una determinación, el juez pidió la opinión del fiscal. “Esta Unidad Fiscal no comparte en modo alguno la posibilidad de que en las condiciones en que se encuentra esta causa pueda sostenerse una medida intrusiva de este tipo”, contestó Sergio Franco. Así, la orden de allanamiento de la casa de Susana Gopar nunca se firmó. “La pareja de Gopar me parece que es abogado o martillero. Sería un problema, habría que avisar al Colegio de Abogados”, se excusaba Corazza ante Guadalupe. En cambio, el magistrado sí firmaría poco después la orden de allanar unos silos en Quilmes, donde un hombre había escuchado que estaba López. Por supuesto, allí no había riesgo de encontrar nada.

Recién a fines de 2008, con la causa en manos de la Secretaría Especial del juzgado de Corazza, que estaba abocada a casos de lesa humanidad, la pista de Susana Gopar volvió a activarse. Resultaba difícil que alguien hiciera referencia en sus conversaciones telefónicas a un hecho ocurrido dos años atrás, por lo que el secretario Juan Martín Nogueira –que sí sabía quién era Gopar- decidió generar un motivo para volver a hablar de López en Los Hornos.

El 30 de diciembre de ese año, más de una decena de personas se reunió en la puerta de la casa del testigo desaparecido. Allí estaban su hijo Ruben, los abogados querellantes Aníbal y Guadalupe, el abogado de la familia, Alfredo Gascón, tres policías de la Federal, el prosecretario Pablo Schapiro y Nogueira, a cargo de la medida ordenada por el juez Corazza: reconstruir el recorrido de López en su último día. Hasta se había convocado a la prensa. Las cámaras hacían que la caminata fuera más vistosa.

Tal como se desprendía de los datos aportados por los testigos, el grupo se detuvo en calle 66, entre la verdulería y Edelap, en la puerta de la casa de Susana Gopar. “Del lado de enfrente se ve un cartel que dice ‘Arana’. Una macabra coincidencia”, notó la periodista Adriana Meyer, en alusión a uno de los centros clandestinos donde había estado detenido López en 1976. El objetivo de la reconstrucción era desempolvar el tema para lograr que Susana Gopar, con los teléfonos intervenidos, dijera algo al respecto.

Esa noche, uno de los oficiales de la PSA a cargo de monitorear la línea de Susana Gopar registró a mano una conversación oída por un tubo mal colgado. En la televisión hacían referencia a la desaparición de López. Alguien le hizo un comentario de la noticia y, según anotó el policía, Gopar habría respondido:
– Está muerto.
– ¿Qué pasó?
– La policía está buscando o por ahí está guardado.

La grabación era de mala calidad, por lo que se hacía difícil volver a oír la conversación. El casete –que llevaba el número 13- fue enviado a la Oficina de Observaciones Judiciales de la SIDE (conocida como la Ojota), para tratar de limpiar el audio. Pero el material nunca regresó.

La PSA había advertido que su teléfono se había incorporado tardíamente al VAIC, pese a los reiterados pedidos para que se entrecruzara con los demás números involucrados en la investigación. En una de sus conversaciones Gopar le dictaba su correo electrónico a una mujer, y la investigación se amplió también a sus correos. En un correo con el asunto “noticias”, alguien le contaba que se habían hallado restos óseos en Arana, donde operaban centros clandestinos a cargo de Etchecolatz. Al parecer, el tema era de su interés. Finalmente, Susana Gopar se mudó de la casa que tenía en Los Hornos, sobre la calle 66, entre la verdulería y Edelap. Sin que nunca nadie se la allanara.

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