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«I’m Zorry. The gourmet rock tour», de Fabián Von Quintiero

I'm zorry tapa.


El «Zorrito» Von Quintiero realiza un recorrido en primera persona por las dos cosas más importantes de su vida: la música y la cocina. Además de recomendar recetas y restaurantes,  en I’m Zorry el músico y chef  cuenta los viajes, anécdotas y comidas que compartió  junto a personalidades del rock nacional como Charly García, Juanse, Gustavo Cerati y Pappo. A continuación, tres capítulos a manera de adelanto

CRIAR A UN ZORRO

 
Mi nombre es Fabián Quintiero. También soy Fabián Silvio Quintiero. También soy Fabián Von Quintiero. No Quintero, o Quinteros, o Von Quinteiro, cosa que me molesta mucho (pero que me pasa seguido). Sin embargo, el epígrafe en la tumba de mi abuelo Doménico en Calabria dice “Quintieri”. Hace solo un par de años, mi tío abuelo Eugenio me dijo que Doménico había sido cocinero de fiestas y banquetes. Cuando me lo contó, lloré y entendí por qué me atrae tanto la cocina, el acto de dar de comer y la bella Italia.

Pero Quintieri no es Quintiero. Esto quiere decir que a mi abuelo también le escribieron mal el apellido… Ahí empieza la historia de los Quintieros mal escritos.

Es bastante común que durante las giras por otros países escriban mal nuestros nombres en las entrevistas, las crónicas y las críticas. Alguna vez, en algún país, llegaron a decirme “Fabián Quinterno”. Y la cosa no solo era conmigo: por ejemplo, a mi amigo Fernando Samalea, gran baterista, compositor, escritor y uno de los “enfermeros” con quien toqué junto a Charly García, le decían “Salamea” o “Zambalea”. Llorábamos de risa cuando lo leíamos en los diarios de América Latina.

Teniendo en cuenta mi italianidad, desde chico siempre esperé que me llamaran “Tano”, que era mucho mejor que “Cabezón”. Pero eso sucedió muy poco en la época de la escuela secundaria. Cuando empecé a tocar, a los 16 años, los pibes de la calle Olazábal, donde paraba en Villa Urquiza, empezaron a llamarme “Teclas”.

Eso fue hasta que apareció un animal en mi vida. Como ustedes saben, soy “Zorrito”, “Zorry” o “Zorro”. También han llegado a decirme “Zorrino”. Me banco todas, pero si pinta “Zorrino” está todo mal, pues esta versión supone mal olor y no es el caso. Muchas veces me preguntan de dónde salió mi apodo. Y debo decir que nunca estuve muy seguro. El gran músico Fernando Samalea, en cambio, tiene la posta. Según él, en la época de la grabación de Vida cruel, el disco de Andrés Calamaro, íbamos al estudio por la avenida Triunvirato y nos encontramos, de taxi a taxi, con Daniel Melingo, saxo de Los Abuelos de la Nada. Andrés lo invitó al estudio a grabar unos saxos y yo lucía una bufanda de piel muy típica de los 80, en look glamoroso, de piel artificial. Cuando Melingo bajó del taxi y entró a los estudios Panda, me dijo que parecía un Zorrito. Fue ahí donde nació el apodo, según Samalea.

Cuando MTV me contrató en 2006 para hacer El After con el Zorro, tuvieron que cambiar el nombre del show por El After con Zorrito, porque “Zorro” es una marca registrada de Disney. El hecho es que, aunque ellos no tuvieran la más puta idea de quién era, Disney no me dejó ser el Zorro.

Así nació el diminutivo y el nombre del programa que hice durante 2007. La verdad es que cuando me dicen “Zorrito”, a los 45 años, no me suena; prefiero “Zorro”. Pero, si por Disney no puedo ser Zorro y ya no quiero ser Zorrito, entonces: I’m Zorry.

Hace un tiempo viví una situación muy graciosa que grafica el problema de llamarse de muchas maneras. Estábamos por tocar con los Ratones Paranoicos en Rawson, provincia de Chubut, y mientras esperábamos para empezar el show yo charlaba con mi amigo guitarrista y estrella del básquet mundial, Fabricio Oberto, un fanático del rock que estaba por esos lados porque había ido a ver las ballenas. De pronto, entró un tipo a los camarines y me preguntó:

—¿Qué hacés, Zorro? ¿Vos tenés algo que ver con Von Quintiero?

Fue insólito y muy gracioso.

Lo de “Von Quintiero” también tiene su explicación. El “Von” nació en un ensayo de Suéter, cuando entré a tocar con ellos. Con ese humor que lo caracterizaba, Miguel Zavaleta, su cantante, me dijo que no me podía presentar como “Fabián Quintiero”, porque al nombre le faltaba glamour. Entonces dijo:

—Vos te tendrías que llamar Fabián Von Quintiero.

Pero Von no pega con Quintiero. ¿Cómo explico ese Von medio alemán o austríaco si los Quintiero somos calabreses? No tiene lógica. Conclusión: desde los shows de Suéter que me llaman así. Y cuando empecé a tocar con Soda, Gustavo Cerati me presentaba igual. Y así quedó.

Después de tantos nombres y maneras de llamarme, me siguen cambiando el apellido y el apodo. Las últimas versiones son la de un chabón de seguridad en La Rural que, al verme, me dice: “Lobito, ¿te sacás una foto conmigo?”. Eso a veces pasa.

Otra vez alguien que no sabía mi apodo —pero que sabía que era un ratón paranoico— me dijo en la calle:

—¿Qué hacés, Juansi?

Tremendo chanta rockero argento.

Más acá en el tiempo, en mi última visita a Ecuador, una periodista de televisión me pidió hacer una nota. Cuando se encendió la cámara, dijo: “Gracias, estamos en el Swiss Hotel de la ciudad de Quito con el Zorrillo”. A partir de entonces, en esa gira por Ecuador con Charly todos me llamaron así, aunque yo, más que zorrito, hoy me siento “Pulpito”, por la cantidad de teclados y máquinas que tengo que usar en el show actual de García.

El “Pulpito” Von Quintiero me va y me hace acordar mi fanatismo por el pulpo, ese marisco que, bien hecho, es un lujo. El mejor que comí fue en el puerto de La Coruña, Galicia, en una gira que hicimos por España con los Ratones Paranoicos. Fue inolvidable, entre percebes y pescados frescos, tortillas de bacalao, sidra y más de un jerez. Pero como Galicia no está cerca, si quieren un pulpo realmente tierno, pueden comerlo muy bien en Bruni, mi ristorante italiano, donde lo hacemos a la salentina, una manera italiana de cocinarlo y servirlo. El Flaco Spinetta se hizo fanático al probarlo. Le gustaba tanto que le dimos la receta una de las veces que vino a cenar. La máxima fue un día que me llamó por una duda que tenía con un ingrediente. Se imaginan al Flaco por teléfono diciéndote “Zorry, ¿al pulpo le puedo poner tomillo?”. “¡Pero maestro! Usted le puede poner lo que guste”, le respondí flasheando por el mensaje. ¡Qué honor para mí, Luis! Es casi como si me hubiera llamado para tocar con él. Me consta que tenía pasión por cocinar y agasajar a sus amigos y a algunos músicos que pasaban a grabar o ensayar por “La diosa salvaje”, el estudio de grabación de su propiedad en mi querida Villa Urquiza, con comidas hechas por las mismas manos con las que compuso las canciones más bellas que se han escrito por acá. Yo diría que su música es la más gourmet del rock nacional premium. Un lujo para todos los que saben disfrutarlo.

BRUNI

Sucre 696. Polipo a la salentina, burrata caprese,
polenta bianca con polpette, ravioli con stuffato di vitello,
tagliardi con ragu, torta meringatta.

 

ÑOQUIS DE PAPPO

 
Lo más divertido que hice con el Carpo ocurrió cuando lo invité a Gustock, el programa que hacía en MTV en el año 1995. Era un show de cocina con músicos invitados. Yo los homenajeaba a cada uno con un plato. Cuando le tocó a él, hicimos los “ñoquis de Pappo”. El Carpo estaba vestido de negro, como siempre, y yo me adecué con remera negra y delantal de cuero. Los ñoquis de Pappo son los clásicos ñoquis de papa, pero en tamaño más pesado. Para empezar a hacerlos, hay que hervir las papas y después pisarlas. En el show, le dije a Pappo que las pisara con un martillo de madera. El Carpo empezó a martillar y las papas volaban para todos lados. Posta, está grabado. Fue un gran show para mí, porque me estaba divirtiendo con alguien que siempre daba la imagen de hombre duro, pero que ahí se había soltado para pasarla bien conmigo. A él también le gustaba comer. Al Soul Café iba mucho. Y, como yo usaba su nombre para llamar a los ñoquis que están todavía en el menú, siempre estaba invitado. Mejor para los mozos porque, si querían cobrarle,  ¡andá a decirle algo!

Para mí, el Carpo era muy divertido. Jamás me tiró mala onda. Aunque cortaba a mucha gente, era un bravo adorable. Tocando la guitarra, era de otro planeta. Verlo tocar de cerca era un flash. Además, dicen que fue el único hombre que amó a Celeste Carballo. Ese es nuestro Pappo. Único en su especie.

Yo venía de tocar con Charly y con él se peleaba mucho, aunque García lo nombra en un tema: “Loco, ¿no te sobra una moneda? / Quiero estar la vida entera escuchando rock and roll / Flaco, tengo un mambo que me caigo / Esta noche toca Pappo, no me lo quiero perder”. Después, con el tiempo, se dio algo genial: Juanse los juntó en el Unplugged de los Ratones, un regalo que nos dejó a los que nos gusta la música de los dos.

Mi relación con el Carposaurio llegó bastante lejos, inclusive vino a mi casamiento y tocó. Ese día también se subieron al escenario Juanse, Roy y Emmanuel Horvilleur. Pappo y Horvilleur tocando juntos en un casamiento fue una cosa rarísima. A todo eso lo tomé como una cuestión de cariño y simpatía hacia mí, y siempre les voy a estar muy agradecido.

Con Pappo, con Juanse y con alguien a quien quiero y respeto mucho, Black Amaya (legendario baterista de Pappo’s Blues y Pescado Rabioso), tocamos muchas veces en zapadas que organizaba Juanse en shows donde el grupo se llamaba La Juanse Pappo Roll Band. En esas zapadas empecé a tocar el bajo. Tocábamos en la Federación de Box y antes de los shows comíamos unas pizzas media masa grossas con mucha birra en el bar Tuñín. Hacíamos temas de Pappo, de los Ratones y covers. También grabamos un disco que nunca salió. En realidad, algo de esa grabación se conoció, aunque yo me olvidé por mucho tiempo. Sino, lean esto.

Hay un lugar al que suelo ir a comer que se llama Los Platitos y está en la costanera. Siempre voy a la barra, porque Antonio, el parrillero, es amigo y me da de la buena… carne. Siempre que iba, el cuidacoches me decía que tenía que firmarle el disco de Pappo. La última vez que me lo dijo le contesté: “¿Qué disco de Pappo? Yo no grabé ninguno con él”, y el pibe me tira un “¿Cómo que no?”. Un día me lo muestra. Era Caso cerrado. Ahí me di cuenta de que parte de ese disco que nunca salió había sido editada. “Ruta 66” en castellano y “Tomé demasiado” eran temas de aquellas sesiones en el estudio Del Cielito, en Castelar, en las cuales yo había grabado el bajo y el órgano Hammond. Me flasheó saber que Pappo los había editado con mi trabajo. Tengo graves problemas de memoria y he grabado algunas cosas que si no me avisan que las grabé… Por ejemplo, con Andrés Calamaro grabé “El tren que pasa”, un tema que está en el disco Honestidad brutal. Fue cuando Andrés vivía en Madrid, en el barrio de Malasaña. En esa época, cuando visitabas a Calamaro, en vez de servirte un café te daba un instrumento para zapar y lo grababa todo. De eso tampoco me acordaba hasta que me llamaron de un programa de televisión. Por eso aprovecho la oportunidad para pedir a todos que si saben de algún tema que haya grabado, me avisen. Así lo puedo declarar en AADI, y cobrar por la interpretación. Mis queridos colegas músicos entienden bien de qué se trata.

Cuando zapábamos con el Carpo y empezaba a solear, nos mirábamos con Juanse y sentíamos el rock en el alma. La última vez que tocamos con él fue en Santa Teresita, en un show de verano. Era una versión de “Juntos a la par”, gran canción de quien fuera su último bajista, July Roth.

Pero nada más intenso que su funeral. El cortejo salió de La Paternal; iba el auto con el féretro adelante y, detrás, lo seguían doscientos tipos en moto. Cuando llegamos al cementerio de la Chacarita, entraron todas las motos y acompañaron al Carpo hasta la bóveda. Las Harley lo saludaron todas a la vez, mientras muchos de esos tipos duros y fanáticos se quebraban. Jamás voy a olvidarme de eso, ni de él. El rock te extraña, Carpo.

 

TUÑÍN

 Av. Rivadavia 3902. Un clásico
en pizzas desde 1941, también
famoso por su flan casero y su
budín de pan.

 

LOS PLATITOS

Av. Rafael Obligado s/n Puesto 57, Costanera.
Un clásico de Buenos Aires.
La especialidad de esta parrilla son los
sándwiches de lomo y cuadril, al pan o
al plato. Y para empezar: provoleta
con ensalada de tomate, berro
y zanahoria. Ideal para antes o
después de la cancha.
Está abierto hasta tarde.

 

SIGNOS DE ALEJAMIENTO

Cuando volvimos de la gira empezaba la época de Signos. Por ese entonces empezaron a pasar algunas cosas que fueron llevando al final de mi relación con Soda. Después de un show en el colegio Ward, de Ramos Mejía, desapareció todo lo que teníamos en el camión. El mito dice que desde un boliche famoso de Ramos Mejía, como no les habían vendido el show, mandaron a robarlo. Lo cierto es que ahí estaban mis teclados, mis cables, un Roland Juno 60 y una consola que Andrés Calamaro me prestaba con su generosidad de siempre. A él le agradezco esa buena onda que siempre tuvo conmigo, desde que lo conocí en la presentación de Clics modernos en el Luna Park —cuando yo era parte del público— y el haber comprendido lo que pasó esa horrible noche del robo. Andrés, sos un grande para mí.

A la mañana siguiente del robo me llamaron de la productora y me dijeron que me quedara tranquilo, que íbamos a recuperar las cosas. Pero nunca aparecieron. Desde ese momento, las cosas no siguieron igual. Quedé muy herido. Se me notaba mucho en el día a día y, para colmo, se empezaba a decir que yo era “el cuarto Soda”, algo que a ellos no les gustaba demasiado. De hecho, no me llamaron cuando estaban componiendo los temas de Signos en la que sería su sala de ensayo por mucho tiempo, en la esquina de Sucre y Melián. Sé que durante ese tiempo probaron otros tecladistas para reemplazarme pero finalmente me llamaron para ensayar las canciones de lo que sería el nuevo disco. Acepté porque quería seguir tocando y porque sentí que me habían revalorizado. En los ensayos apareció un sonido que no habíamos usado: el órgano Hammond, que suena claramente en la canción “El rito”. Yo tenía muchas expectativas de aparecer en los créditos de algún tema del disco, pero no fue así y a pesar de que seguí tocando en vivo por un tiempo más, eso marcó mi final en Soda.

Mi reflexión final es que creo que con otra actitud por parte de la banda y de parte mía, podría haber sido el cuarto Soda. Fui el primero que se sumó al trío, estuve dos años, fui el único que se sacó una foto con el grupo publicada en un disco, hice un montón de arreglos para grandes canciones, tocamos mucho… Pero no pasó y me fui yendo de a poco. Cuando me enteré de que Charly García estaba armando una banda nueva, supe que esa sería la salida más elegante para todos.

Después de diez años me llamaron para hacer los diez Gran Rex de Sueño Stereo y fue una gran alegría. También me invitaron a tocar en el último concierto. Ahí Cerati empezó su gran carrera solista con su disco Amor amarillo y dejamos de vernos. Cuando cumplí 40 años hice una fiesta en el Soul Café. Raro, aunque nunca festejo por un trauma que tengo desde chico: cumplo en enero y en mis cumples de la infancia nunca aparecía nadie. Sin embargo, esta vez pensé en festejarlo con mi ex esposa, que también cumplía 40. Y me pareció buena idea juntar a Soda por primera vez desde la separación. Ahí nomás invité a Cerati y a Zeta; también a Charly Alberti, pero no vino. Esa noche armé un escenario con equipos y toqué el teclado. Hubo dos bateros: Roberto Pettinato y Roy Quiroga, de los Ratones Paranoicos. Con Pettinato había hecho un programa en el viejo ATC que se llamaba Rebelde sin pausa y que iba todos los días a la una de la mañana en la trasnoche “Aurora Grundig”. Desde ese entonces somos amigos. Me identifico mucho con su humor y le agradezco la cabida y la libertad que me dio cuando empezamos el programa, allá por 1993. Esa noche de fiesta Petti tocó la batería en “La ciudad de la furia” y Roy Quiroga —batero de los Ratones— en “Prófugos”. Apenas se bajó del escenario, Petti se acercó y me dijo con su graciosa arrogancia:

—Soda Stereo nunca sonó así.

Esa noche también tocaron Juanse y Sarcófago. Fue muy loco ver y escuchar a Cerati tocar y cantar el “Rock del gato”, por ejemplo, entre otras de los Ratones. A todos les agradezco el cariño que sentí en ese cumpleaños que fue una muestra de gran camaradería rockera.

Al tiempo, los Soda se juntaron por última vez. ¿Por qué no estuve como tecladista en esa última gira final tan exitosa en toda América? Cuando lo hablé con Gustavo me dijo que la imagen del grupo era de trío y no podía ofrecerme tocar detrás de la escenografía. Tenía razón: ahora no hubiera aceptado esa condición. Por suerte, Gustavo me llamó para tocar en tres temas y estuve en el que sería el último show de Soda, en River, en 2008.

Habrán notado que en este período sodero no hablé mucho de comidas y restaurantes… Esto se debe a que en los primeros años de Soda Stereo no comíamos mucho: eran “de música y comida ligera”. Éramos tan flacos… Gracias totales a los tres por haberme invitado a ser una parte de tan moderna, extensa y exitosa historia.

 

I'm Zorry. The gourmet rock tour
ZZZZZZZZZZZ. Z: Linda letra para empezar un nombre. Un animal que acecha y “calcula”. Zorro superhéroe, testigo mudo e invisible que combate por la libertad. Fabián Quintiero: amigo, antena, tastemaker, músico, anfitrióin natural, fashion victim. Tantos años / Tantos aviones / Tantos escenarios “El futuro es tan brillante que usaremos lentes negros.” Sos mi amigo. ¡¡¡Contá todo!!! Charly García
Publicada por: Planeta
Fecha de publicación: 10/24/2014
Edición: Primera Edición
ISBN: 9789504938187