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«Los innovadores», de Walter Isaacson

LosInnovadores


Después de escribir la biografía de Steve Jobs, el periodista estadounidense Walter Isaacson lanza una obra en la que recorre la vida de distintas personas que contribuyeron al avance tecnológico de las computadoras e Internet. En este libro se encuentra la historia de Bill Gates, fundador de Microsoft; Steve Wozniak, cofundador de Apple; Tim Berners-Lee, creador del protocolo HTTP y de Larry Page, uno de los creadores de Google, entre otros. A continuación algunos capítulos a modo de adelanto:

Internet

El triángulo de Vannevar Bush

Las innovaciones llevan a menudo la huella de las organizaciones que las crearon. En el caso de Internet, esta fue especialmente interesante, ya que lo creó una alianza formada por tres grupos: el ejército, la universidad y la empresa privada. Lo que hizo que el proceso resultase todavía más fascinante fue que no se trataba meramente de un consorcio deslavazado en el que cada grupo persiguiera sus propios objetivos, sino que, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, los tres grupos estuvieron fusionados formando un triángulo de hierro: el complejo militar-industrial-académico.

El principal responsable de fraguar esta asociación fue Vannevar Bush, el profesor del MIT que en 1931 había construido el analizador diferencial, aquel primer computador analógico que hemos visto en el los tres campos: decano de la Escuela de Ingeniería del MIT, fundador de la compañía de electrónica Raytheon y el jefe más importante de la ciencia militar estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. «Ningún estadounidense ha tenido una influencia mayor en el desarrollo de la ciencia y la tecnología que Vannevar Bush», afirmaría más adelante el presidente del MIT Jerome Wiesner, a lo que añadió que «su innovación más significativa fue el plan por el cual, en lugar de construir enormes laboratorios gubernamentales, se firmaron contratos con universidades y laboratorios industriales».

Bush nació cerca de Boston en 1890, hijo de un pastor universalista que había comenzado su carrera como cocinero en un pesquero de Bush estaba hecho para esta tarea, ya que era una estrella en caballa. Los dos abuelos de Bush eran capitanes de ballenero, algo que le infundió un talante vivaz y directo que contribuiría a hacer de él un gestor decisivo y un director carismático. Al igual que muchos líderes de éxito en el ámbito tecnológico, era un experto tanto concibiendo productos como tomando decisiones rompedoras. «Todos mis antepasados recientes eran capitanes de barco, y los capitanes de barco acostumbran a dirigirlo todo sin dudar —dijo una vez—. Eso me dejó cierta inclinación a dirigir el espectáculo en cuanto entro en él».

También como muchos buenos líderes tecnológicos, creció amando tanto las humanidades como las ciencias. Era capaz de citar «de corrido» a Kipling y a Omar Jayam, tocaba la flauta, adoraba las sinfonías y leía filosofía por placer. Su familia tenía además un taller en el sótano, donde construía barquitos y juguetes mecánicos. Como relataría más tarde Time con su viejo e inimitable estilo: «Esbelto, agudo y vivaz, Van Bush es un yanqui cuyo amor por la ciencia nació, como el de tantos niños estadounidenses, de la pasión por juguetear con aparatos».

Fue a la Universidad Tufts, donde en su tiempo libre construyó una máquina de medición que usaba dos ruedas de bicicleta y un péndulo para trazar el perímetro de un área y calcular sus dimensiones, lo que la convertía en un instrumento analógico para hacer cálculo integral. Obtuvo una patente para ella, la primera de las cuarenta y nueve que acabaría acumulando. Estando en Tufts, sus compañeros de habitación y él consultaron con una serie de pequeñas empresas, y luego, después de graduarse, fundaron Raytheon, que creció hasta convertirse en un contratista militar y una compañía electrónica con un sinfín de ramificaciones.

Bush obtuvo un doctorado conjunto en ingeniería eléctrica por el MIT y Harvard, y luego pasó a ser profesor y decano del MIT,  donde construyó su analizador diferencial. Su máximo deseo era dar a la ciencia y a la ingeniería un papel más relevante en la sociedad, en una época, mediados de los años treinta, en que no parecía estar sucediendo nada demasiado emocionante ni en un campo ni en otro. Los televisores no eran aún un producto de consumo, y las invenciones recientes más destacables introducidas en la cápsula del tiempo de la Feria Universal de Nueva York de 1939 fueron un reloj de Mickey Mouse y una maquinilla de afeitar de Gillette. El estallido de la Segunda Guerra Mundial cambiaría eso y traería consigo un auge de nuevas tecnologías, con Vannevar Bush a la cabeza.

Preocupado por que Estados Unidos quedara rezagado en desarrollo tecnológico, movilizó al presidente de Harvard, James Bryant Conant, y a otros líderes científicos para convencer al presidente Franklin Roosevelt de que creara el Consejo Nacional de Investigaciones de Defensa y, más adelante, la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico del ejército, ambos bajo su dirección. Con una omnipresente pipa en la boca y lápiz en mano, supervisó la construcción de la bomba atómica en el Proyecto Manhattan, así como los proyectos para desarrollar sistemas de radar y de defensa aérea. Time lo bautizó como el «General de la Física» en una portada de 1944. «Si hubiésemos estado al tanto en tecnología de guerra hace diez años —había dicho, según la revista, mientras daba un puñetazo sobre el escritorio—, seguramente no habríamos tenido esta maldita guerra.»

Con un estilo expeditivo atemperado por su calidez personal, era un líder duro pero entrañable. Una vez, un grupo de científicos militares, frustrados por un problema burocrático, entraron en su despacho para presentar su renuncia. Bush fue incapaz de entender a qué se debía aquel jaleo. «Así que les dije: “Uno no renuncia en tiempos de guerra. Ustedes, amigos, largo de aquí y de vuelta al trabajo, y yo ya estudiaré el tema”.» Le obedecieron. Como comentaría después Wiesner, del MIT: «Era un hombre de opiniones firmes, que expresaba y aplicaba con vigor, sin embargo, se sentía sobrecogido ante los misterios de la naturaleza, tenía una cordial tolerancia por la debilidad humana y estaba abierto al cambio».

Cuando terminó la guerra, Bush preparó un informe en julio de 1945, a requerimiento de Roosevelt (aunque acabó siendo entregado al presidente Harry Truman), en el que abogaba por que el gobierno financiara la investigación fundamental en colaboración con la universidad y la industria. Bush escogió un título evocador y prototípicamente estadounidense: «La ciencia, frontera sin fin». Su introducción merece una relectura siempre que los políticos amenazan con dejar de financiar la investigación necesaria para las innovaciones futuras. «La investigación fundamental conduce a nuevos conocimientos —escribía Bush—. Aporta capital científico. Crea el fundamento del que deben extraerse las aplicaciones prácticas del saber.»

La descripción que hace Bush de cómo la investigación fundamental proporciona el trigo de siembra para las invenciones prácticas se dio a conocer como «modelo linear de la innovación». Aunque las oleadas posteriores de historiadores científicos quisieron desacreditar el modelo linear porque obviaba la compleja interacción entre la investigación teórica y las aplicaciones prácticas, este gozaba de popularidad y también de una base real. La guerra, decía Bush, había dejado «claro más allá de toda duda» que la ciencia básica —descubrir los fundamentos de la física nuclear, los láseres, la ciencia computacional, el radar— «es absolutamente esencial para la seguridad nacional». Y era además, añadía, crucial para la seguridad económica de Estados Unidos. «Los productos nuevos y los procesos nuevos no salen de la nada. Se basan en principios nuevos y en concepciones nuevas, que a su vez se desarrollan meticulosamente por medio de la investigación en los campos más puros de la ciencia. Un país que dependa de otros para acceder a los nuevos conocimientos en materia de ciencia básica mostrará lentitud en su progreso industrial y debilidad en su posición competitiva en el comercio mundial.» Hacia el final de su informe, Bush alcanzaba cotas poéticas al exaltar las recompensas de la investigación científica fundamental: «Los avances en la ciencia, cuando se les da un uso práctico, suponen más empleo, mayores salarios, menos horas, cosechas más abundantes y más tiempo libre para recrearnos, para estudiar, para aprender a vivir sin los trabajos pesados y soporíferos común durante las épocas pasadas».

Basándose en este informe, el Congreso creó la Fundación Nacional para la Ciencia. Al principio, Truman vetó la ley porque esta disponía que el director fuese escogido por un consejo independiente en lugar de por el presidente. Pero Bush hizo que Truman cambiara de opinión explicándole que eso le protegería de aquellos que anduviesen buscando favores políticos. «Van, tendrías que ser político —le dijo Truman—. Tienes cierto instintos para ello.» A lo que Bush respondió: «Señor presidente, ¿qué demonios cree que llevo haciendo en esta ciudad desde hace cinco o seis años?».

La creación de una relación triangular entre gobierno, industria y universidad fue, a su manera, una de las innovaciones significativas que contribuyeron a originar la revolución tecnológica de finales del siglo XX. El Departamento de Defensa y la Fundación Nacional para la Ciencia se convirtieron pronto en los financiadores primordiales de gran parte de la investigación fundamental en Estados Unidos, y gastaron tanto como la industria privada entre los años cincuenta y los ochenta. El rendimiento de aquella inversión fue enorme, y condujo no solo a Internet, sino a muchos de los pilares de la innovación y el auge económico de la posguerra estadounidense.

Unos pocos centros de investigación privados, muy particularmente los Laboratorios Bell, existían ya antes de la guerra. Pero después de que el toque de corneta de Bush generara apoyo y contratos gubernamentales, los centros de investigación híbridos comenzaron a proliferar. Entre los más destacados estaban la RAND Corporation, creada originalmente como proveedora de investigación y desarrollo (de ahí su nombre, Research And Development) para las fuerzas aéreas; el Instituto de Investigación de Stanford y su centro sobre el intelecto humano, el Augmentation Research Center, y el Xerox PARC. Todos ellos estuvieron implicados en el desarrollo de Internet.

Dos de los institutos más importantes surgieron en la zona de Cambridge, Massachusetts, justo después de la guerra: el Laboratorio Lincoln, un centro de investigación financiado por el ejército y afiliado al MIT, y Bolt, Beranek and Newman, una empresa de investigación y desarrollo fundada e integrada por ingenieros del MIT (y algunos de Harvard). En estrecha relación con ambos, encontramos a un profesor del MIT con acento de Missouri y un sosegado talento para conformar equipos. Él sería la persona con el papel más importante en la creación de Internet.

 

J. C. R. Licklider

Si vamos en busca de los padres de Internet, la mejor persona por la que podemos empezar es un hombre lacónico pero con un encanto singular, psicólogo y tecnólogo, de sonrisa franca y talante escéptico, llamado Joseph Carl Robnett Licklider, nacido en 1915 y conocido por todo el mundo como Lick. Fue el precursor intelectual de los dos conceptos más importantes en los que se basa Internet: las redes descentralizadas que permitirían la distribución de la información desde y hacia cualquier parte, y las interfaces que favorecerían la interacción hombre-máquina en tiempo real. Además, fue el fundador y director del organismo militar que financió el ARPANET, y regresó al ruedo diez años después, cuando se crearon los protocolos para tejer con dicha red lo que se convertiría en Internet. En palabras de uno de sus socios y protegidos, Bob Taylor: «Fue el verdadero padre de todo».

El padre de Licklider era un granjero pobre de Missouri que llegó a exitoso corredor de seguros en San Luis y luego, cuando la Gran Depresión lo dejó en la ruina, acabó de pastor baptista en un pequeño pueblo rural. Lick, hijo único y mimado, convirtió su habitación en una planta de fabricación de aeromodelos y reconstruía coches hechos chatarra con su madre al lado, pasándole las herramientas. Pero, de todos modos, crecer en una zona rural apartada y llena de alambradas de espino hacía que se sintiera atrapado.

Primero estudió en la Universidad Washington, en San Luis, y tras obtener el doctorado en psicoacústica (cómo percibimos los sonidos), ingresó en el laboratorio de psicoacústica de Harvard. Con un interés creciente por la relación entre la psicología y la tecnología, por el modo en que interactuaban el cerebro humano y las máquinas, se trasladó al MIT para poner en marcha una sección Departamento de Ingeniería Eléctrica.

En el MIT, Licklider se sumó al ecléctico círculo de ingenieros, psicólogos y humanistas que se reunían en torno al profesor Norbert Wiener, un teórico que estudiaba la forma en que humanos y máquinas trabajaban juntos y que acuñó el término «cibernética», que describía cómo cualquier sistema, desde el cerebro hasta el mecanismo de puntería de una pieza de artillería, aprende a través de las comunicaciones, el control y los bucles de retroalimentación. «Había una enorme agitación intelectual en Cambridge después de la Segunda Guerra Mundial —recordaba Licklider—. Wiener organizaba una tertulia semanal que reunía a cuarenta o cincuenta personas. Se juntaban y hablaban durante un par de horas. Yo era un fiel adepto.»

A diferencia de algunos de sus colegas del MIT, Wiener creía que el camino más prometedor para la ciencia computacional era diseñar máquinas que trabajaran bien junto con la mente humana y la complementaran en lugar de intentar reemplazarla. «Mucha gente piensa que las máquinas de computar son sustitutos de la inteligencia y han reducido la necesidad de pensamiento original —escribió Wiener—. Pero no es así.» Cuanto más potente sea el computador, mayor será el incentivo para conectarlo con un pensamiento humano imaginativo, creativo y de alto nivel. Licklider se convirtió en un adepto de este enfoque, que más tarde denominó la «simbiosis hombre-computador».

Licklider tenía un sentido del humor malicioso pero simpático. Le encantaba ver «Los tres chiflados» y sentía una debilidad pueril por los gags visuales. A veces, cuando un colega estaba a punto de hacer una presentación con diapositivas, Licklider deslizaba la foto de una mujer guapa en el carrusel del proyector. En el trabajo, se cargaba de energía con un suministro constante de coca-colas y dulces de las máquinas expendedoras, y regalaba chocolatinas Hershey a sus hijos y a los alumnos siempre que le daban una alegría. También estaba entregado a sus alumnos de doctorado, a los que solía invitar a las cenas que organizaba en su casa del vecindario de Arlington, a las afueras de Boston. «Para él, todo giraba en torno a la colaboración —afirmó su hijo Tracy—. Iba por ahí formando grupos de gente y animándola a ser inquisitiva y a resolver problemas.» Esa fue una de las razones por las que se interesó en las redes. «Sabía que para conseguir buenas respuestas hay que colaborar a distancia. Le encantaba detectar a gente de talento y vincularla en un equipo.»

Su afabilidad, sin embargo, no la hacía extensible a la gente pretenciosa o pedante (con la excepción de Wiener). Cuando consideraba que un orador estaba soltando insensateces, se levantaba y le planteaba lo que parecían ser preguntas inocentes, pero que estaban en realidad cargadas de malicia. Al cabo de poco, el orador se daba cuenta de que le habían bajado los humos y Licklider volvía a sentarse. «No le gustaban ni los pedantes ni los farsantes —recordaba Tracy—. Nunca era mezquino, pero siempre se cargaba astutamente las pretensiones de la gente.»

Una de las pasiones de Licklider era el arte. Siempre que realizaba un viaje se pasaba horas en los museos, algunas veces arrastrando a regañadientes a sus dos hijos. «Se volvió loco con el tema, nunca tenía bastante», explicó Tracy. Podía pasarse cinco horas o más en un museo, maravillándose ante cada pincelada, analizando cómo tomaba forma cada cuadro, tratando de descifrar lo que enseñaba sobre la creatividad. Tenía instinto para detectar el talento en todos los campos, tanto en el arte como en las ciencias, pero creía que donde resultaba más fácil distinguirlo era en las formas más puras, como la pincelada de un pintor o el estribillo melódico de un compositor. Decía buscar esos mismos toques de creatividad en los diseños de los ingenieros de computación o de redes. «Se convirtió en un cazador de talentos para la creatividad realmente experto. Hablaba a menudo de lo que hacía creativa a la gente. Creía que era más fácil verlo en un artista, así que se esforzaba aún más por detectarlo en la ingeniería, donde las pinceladas no se ven de forma tan evidente.»

Y, lo más importante, Licklider era generoso. Según su biógrafo, Mitchell Waldrop tiempo después, mientras trabajaba en el Pentágono, vio que la mujer de la limpieza estaba admirando las reproducciones de arte que colgaban de la pared de su despacho, a última hora de la tarde. Le dijo: «¿Sabe, doctor Licklider? Siempre dejo su despacho para el final porque me gusta tener un rato para mí, sin prisas, y mirar los cuadros». Él le preguntó cuál de las reproducciones le gustaba más, y la mujer señaló un Cézanne. Licklider estaba encantado, ya que era su favorita, y se apresuró a regalársela.

Tenía la sensación de que su amor por el arte lo volvía más intuitivo. Era capaz de procesar una larga serie de datos y detectar patrones siguiendo su olfato. Otra cualidad suya, que le vino muy bien cuando ayudó a reunir al equipo que sentó los cimientos de Internet, era que le encantaba compartir ideas sin importarle el reconocimiento. Tenía una personalidad tan poco egocéntrica que Licklider parecía disfrutar no reclamando, sino otorgando, a otros el mérito de ideas surgidas a lo largo de una conversación. «A pesar de la considerable influencia que tuvo en la computación, Lick conservó la modestia —dijo Bob Taylor—. Sus bromas favoritas eran las que se hacían a su costa.»

 

El tiempo compartido y la simbiosis hombre-computador

En el MIT, Licklider colaboró con el pionero de la inteligencia artificial John McCarthy, en cuyo laboratorio los hackers del Tech Model Railroad Club habían inventado el Spacewar. Con McCarthy al frente, ayudaron a desarrollar, a en el transcurso los años cincuenta, los sistemas de tiempo compartido.

Hasta entonces, si uno quería que un computador realizase una tarea, tenía que entregar una pila de tarjetas perforadas o una cinta a los operadores de la máquina, como si fuera una ofrenda para los sacerdotes que protegían el oráculo. Esto se conocía como «procesamiento por lotes», y era engorroso. Podía llevar horas e incluso días obtener los resultados, cualquier pequeño error podía obligar a repetir las tarjetas para un segundo intento, y era posible que uno no llegara a tocar o a ver siquiera la máquina en sí.

Con el tiempo compartido era diferente. Permitía conectar un gran número de terminales al mismo computador central, de modo que los usuarios podían introducir los comandos directamente y obtener una respuesta de manera casi instantánea. Como un gran maestro jugando simultáneamente docenas de partidas de ajedrez, la memoria de núcleos magnéticos del computador central llevaba el registro de todos los usuarios, y su sistema operativo era capaz de trabajar en modo multitarea y ejecutar múltiples programas. Esto proporcionaba a los usuarios una experiencia mágica; uno podía interactuar en tiempo real con un computador y tocarlo con los dedos, como en una conversación. «Empezamos a tener por aquí una especie de religión sobre lo distinto que iba a ser esto del procesamiento por lotes», indicó Licklider.»

Fue un paso clave hacia la colaboración o simbiosis humano-computador. «La invención de la computación interactiva a través del sistema de tiempo compartido fue todavía más importante que la invención de la propia computación —opinaba Taylor—. El procesamiento por lotes era como intercambiar cartas con alguien, mientras que la computación interactiva era como hablar con en persona.»

La importancia de la computación interactiva se hizo evidente en el Laboratorio Lincoln, el centro de investigación con financiación militar que Licklider ayudó a construir en el MIT en 1951. Allí forjó un equipo, mitad psicólogos y mitad ingenieros, para buscar maneras de que los humanos pudieran interactuar con los computadores de modo más intuitivo y la información pudiera presentarse con una interfaz más accesible.

Una de las misiones del Laboratorio Lincoln era desarrollar computadores para un sistema de defensa aérea que proporcionaría una alerta temprana ante ataques enemigos y coordinaría la respuesta. Su nombre era SAGE (por las siglas en inglés de Control de Campo Semiautomático), y costó más dinero y empleó a más gente que la construcción de la bomba atómica del Proyecto Manhattan. Para funcionar, el sistema SAGE necesitaba que sus usuarios tuviesen una interacción instantánea con sus computadores. Cuando se acercaba un misil o un bombardero enemigo, no había tiempo para hacer cálculos mediante el procesamiento de lotes.

El sistema SAGE incluía veintitrés centros de seguimiento repartidos por todo Estados Unidos y conectados por líneas telefónicas de larga distancia. Era capaz de propagar la información hasta a cuatrocientos aviones en movimiento a la vez. Esto requería computadores potentes e interactivos, redes que pudiesen trasmitir cantidades ingentes de información y monitores que presentaran esa información con un estilo gráfico fácil de entender.

Por su formación en psicología, Licklider fue llamado para ayudar a diseñar las interfaces humano-máquina (lo que los usuarios veían en la pantalla). Formuló una serie de teorías en torno a la forma de cultivar una simbiosis, una colaboración estrecha que permitiría a los humanos y a las máquinas trabajar cooperativamente para solucionar problemas. Era particularmente importante dar con la manera de reflejar visualmente las situaciones cambiantes. «Queríamos métodos para visualizar el panorama aéreo durante varios segundos sucesivos, trazar trayectorias, no puntos, colorear esas trayectorias de forma que pudiésemos ver cuál era la información reciente y decidir qué dirección llevaba aquel objeto», explicó. El destino de Estados Unidos dependía de la capacidad de un operador de consola para evaluar correctamente los datos y dar una respuesta inmediata.

Los computadores interactivos, las interfaces intuitivas y las redes de alta velocidad mostraron cómo las personas y las máquinas podían trabajar juntas en una asociación colaborativa, y Licklider imaginó dónde más podía darse esta, aparte de en los sistemas de defensa aérea. Empezó a hablar de lo que él llamaba «un auténtico sistema SAGE» que conectaría no solo los centros de defensa aérea, sino también «centros de ideas», integrados por enormes bibliotecas depositarias de conocimientos y con los que la gente podría interactuar a través de monitores con una presentación accesible; en otras palabras, el mundo digital que tenemos ahora.

Estas ideas sirvieron de base para uno de los artículos más influyentes en la historia de la tecnología de la posguerra, titulado «La simbiosis hombre-computador», que Licklider publicó en 1960. «La esperanza es que, dentro de no muchos años, el cerebro humano y las máquinas computadoras estén unidos de un modo muy estrecho —escribió—, y que la asociación resultante piense como ningún cerebro humano lo haya hecho jamás y procese datos de un modo nunca atisbado por las máquinas de gestión de la información que conocemos hoy.» Esta frase merece una relectura, porque se convirtió en uno de los conceptos seminales de la era de los ordenadores en red. El artículo, afirmaría Licklider tiempo después, «trataba en su mayor parte de ideas para hacer que una computadora y una persona pensaran juntas, compartiendo, repartiéndose la carga».

Licklider se alineó más con Norbert Wiener, que basaba su teoría de la cibernética en la idea de humanos y máquinas trabajando codo con codo, que con sus colegas del MIT Marvin Minsky y John McCarthy, cuya búsqueda de la inteligencia artificial implicaba la creación de máquinas que pudiesen aprender por su cuenta y reproducir fielmente la cognición humana. Como explicaba Licklider, el objetivo más sensato era crear un entorno en el que humanos y máquinas «cooperarían en la toma de decisiones». En otras palabras, se mejorarían mutuamente. «Los hombres fijarán los objetivos, formularán las hipótesis, determinarán los criterios y llevarán a cabo las valoraciones. Las máquinas computadoras harán el trabajo rutinizable con el que preparar el terreno para el conocimiento y las decisiones en el pensamiento técnico y científico.»

 

La Red Intergaláctica de Computadores

A medida que combinaba sus intereses en psicología e ingeniería, Licklider se fue centrando aún más en los computadores. Eso le llevó a fichar, en 1957, por la incipiente Bolt, Beranek and Newman, una compañía de investigación académico-comercial con sede en Cambridge en la que trabajaban muchos de sus amigos. Al igual que en los Laboratorios Bell cuando se inventó el transistor, en BBN se reunió una electrizante mezcla de talento que incluía teóricos, ingenieros, técnicos, científicos computacionales, psicólogos y algún que otro coronel del ejército.

Uno de los cometidos de Licklider en BBN era liderar un equipo al que se había asignado la tarea de averiguar cómo podían los computadores transformar las bibliotecas. Dictó su informe final, «Las bibliotecas del futuro», en el transcurso de cinco horas, sentado junto a la piscina durante una conferencia en Las Vegas. El informe analizaba el potencial «de los dispositivos y las técnicas para la interacción hombre computador en línea», un concepto que presagiaba Internet. Imaginaba la acumulación de una enorme base de datos de información que era conservada y cribada para que no se volviera «demasiado difusa, abrumadora o poco fiable».

En un original apartado del artículo, presentaba un panorama ficticio en el que planteaba preguntas a la máquina. Imaginaba la actividad del computador: «A lo largo del fin de semana, recopiló más de diez mil documentos, los examinó en busca en secciones ricas en material relevante, analizó todas los apartados valiosos y los dispuso en proposiciones con un cálculo de predicados de orden superior, y luego introdujo estas proposiciones en la base de datos». Licklider era consciente de que la visión que describía acabaría siendo superada. «Sin duda, un enfoque más sofisticado será factible antes de 1994», escribió, echando la vista tres décadas adelante.25 Fue extraordinariamente clarividente. En 1994 se desarrollaban para Internet los primeros motores de búsqueda por rastreo de texto, WebCrawler y Lycos, a los que seguirían enseguida Excite, Infoseek, AltaVista y Google.

Licklider predijo también algo que parece ir en contra de toda lógica, pero que hasta el momento ha mostrado ser gratamente cierto: que la información digital no reemplazará por completo a la información impresa. «Como medio para la presentación de información, la página impresa es magnífica —escribió—. Aporta una resolución suficiente para satisfacer las necesidades del ojo. Presenta la información idónea para ocupar al lector durante una cantidad apropiada de tiempo. Ofrece una gran flexibilidad de fuentes y formatos. Permite al lector controlar el modo y la velocidad de inspección. Es pequeña, ligera, manejable, recortable, archivable, pegable, reproducible, eliminable y económica.»

En octubre de 1962, mientras seguía trabajando en su proyecto de «Las bibliotecas del futuro», Licklider fue reclutado en Washington para dirigir una nueva oficina dedicada al procesamiento de información dentro de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada del Departamento de Defensa, por aquel entonces conocida como ARPA.  Adscrita al Pentágono, tenía poderes para financiar la investigación fundamental en universidades e institutos privados, lo que la convirtió en una de las tantas vías por las que el gobierno puso en práctica la visión de Vannevar Bush. Pero tenía también una razón de ser más inmediata. En octubre de 1957, los rusos habían lanzado el Sputnik, el primer satélite fabricado por el ser humano. El vínculo que había establecido Bush entre ciencia y defensa titilaba ahora en el cielo todas las noches. Cuando los estadounidenses entrecerraban los ojos para verlo, podían ver también que Bush tenía razón; la nación que financiara la ciencia más avanzada produciría los mejores cohetes y satélites. Le siguió una oleada de saludable pánico popular.

Al presidente Eisenhower le gustaban los científicos. Su cultura y su forma de pensar, su capacidad para ser racionales y huir de ideologías, lo atraían. «El amor a la libertad consiste en proteger todos los recursos que hacen posible esta libertad, desde lo sagrado de nuestras familias hasta la riqueza de nuestro suelo y el genio de nuestros científicos», había afirmado en su primer discurso inaugural. Organizó cenas para los científicos en la Casa Blanca, como harían los Kennedy con los artistas, y se rodeó de muchos de ellos para que ejercieran de asesores.

El Sputnik proporcionó a Eisenhower la oportunidad de oficializar esta simpatía. Cuando aún no habían pasado dos semanas desde el lanzamiento, reunió a quince asesores científicos de primera línea que habían colaborado con la Oficina de Movilización de Defensa y les pidió, como recordaba su asistente Sherman Adams, «que le dijeran qué lugar debía ocupar la investigación científica dentro de la estructura del gobierno federal». A continuación, desayunó con James Killian, el presidente del MIT, y lo nombró su asesor científico a tiempo completo. Junto con el secretario de Defensa, Killian trazó un plan, presentado en enero de 1958, para vincular la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada al Pentágono. Como escribió el historiador Fred Turner: «La ARPA supuso una ampliación de la colaboración entre el ejército y la universidad encaminadas a la defensa que se había iniciado en la Segunda Guerra Mundial».

La oficina del ARPA para la que fue reclutado Licklider como director se llamaba Investigación de Mando y Control. Su misión consistía en estudiar cómo los computadores interactivos podían ayudar a facilitar el flujo de información. Había otra vacante para liderar un grupo que estudiaría los factores psicológicos en la toma de decisiones militares. Licklider afirmó que ambos temas debían agruparse. «Empecé a defender con elocuencia la idea de que los problemas de mando y control eran en esencia problemas de interacción hombre-computador», diría tiempo después.30 Accedió a ocupar ambos puestos y rebautizó el nuevo grupo como Oficina de Técnicas de Procesamiento de la Información (IPTO por sus siglas en inglés).

Licklider tenía multitud de pasiones e ideas estimulantes, muy en particular la de fomentar el sistema de tiempo compartido, la interactividad en tiempo real y las interfaces que promovieran la simbiosis hombre-máquina. Todas ellas se entrelazaban en un sencillo concepto, una red. Con su irónico sentido del humor, empezó a referirse a su idea con el nombre «intencionadamente grandilocuente» de «la Red Intergaláctica de Computadoras». En un informe de abril de 1963 dirigido a los «miembros y afiliados» de esa red de ensueño, Licklider describía sus objetivos: «Consideremos una situación en que varios puestos distintos estén conectados en red […] ¿No es conveniente, o incluso necesario, que todos estos puestos se pongan de acuerdo en cuanto al lenguaje o, al menos, en cuanto a ciertas “¿Qué lenguaje hablas?”».

 

Los Innovadores
Después de su extraordinaria biografía de Steve Jobs, el nuevo libro de Walter Isaacson cuenta la fascinante historia de las personas que inventaron la computadora e internet; Los innovadores está destinado a convertirse en el relato definitivo de la revolución digital y en una guía indispensable para entender cómo sucede realmente la innovación. ¿Qué talentos y habilidades permitieron a algunos inventores y empresarios convertir sus ideas visionarias en realidades disruptivas? ¿ De dónde vinieron esos saltos creativos? ¿Por qué algunos triunfaron y otros fracasaron? En esta magistral saga, Isaacson arranca con Ada Lovelace, la hija de lord Byron, una pionera de la programación informática en la década de 1840. Además, presenta a las extraordinarias personas que gestaron la revolución digital que nos rodea, como Vannevar Bush, Alan Turing, John von Neumann, J.C.R. Licklider, Doug Engelbart, Robert Noyce, Bill Gates, Steve Wozniak, Steve Jobs, Tim Berners-Lee o Larry Page. Aquí se describe cómo funcionan sus cerebros y por qué han sido tan originales, pero también cómo su capacidad para colaborar y dominar el arte del trabajo en equipo los hizo aún más creativos. En una era que busca fomentar la innovación, la creatividad y el trabajo en equipo, Los innovadores es la obra que mejor muestra cómo se producen.
Publicada por: Debate
Fecha de publicación: 11/20/2014
Edición: Primera Edición
ISBN: 9789873752155
Disponible en:Libro de bolsillo