miércoles 20 de febrero
Interesante

“Todo lo que necesitás saber sobre terrorismo” de Ana Prieto

En este libro se entiende el terrorismo como una estrategia política que organiza la violencia con un fin determinado. Las agrupaciones que promueven sus causas valiéndose del terror invocarán razones de autodeterminación, liberación o justicia para ejercerlo. El poder político o estatal de turno, a su vez, describirá a dichas agrupaciones como terroristas o legítimas según sus propios intereses. Los actos de terrorismo han sido utilizados por grupos diversos, en nombre de diferentes luchas y en lugares del mundo muy distintos. Han ocurrido en países desarrollados y en vías de desarrollo, en estados democráticos y autoritarios, en tierras colonizadas y de colonizadores, bajo ideologías de derecha y de izquierda, en nombre de alguna religión y en nombre de ninguna.


Pero ¿qué hace que el terrorismo sea terrorismo? ¿Quién se convierte en terrorista y por qué? ¿Qué diferencia al terrorismo de la Antigüedad del de nuestro siglo? ¿Las víctimas son solo quienes mueren? Estas son algunas de las preguntas que Ana Prieto desglosa y responde con absoluta responsabilidad y rigor periodístico. 

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

Capítulo 5

El medio y el mensaje

La propaganda por el hecho mediático

La literatura sobre la relación entre medios de comunicación y terrorismo suele invocar lo que en 1978 dijo uno de los pioneros en la investigación del impacto social de la comunicación masiva, Marshall McLuhan: “Sin los medios, el terrorismo no existiría”. El semiólogo y escritor italiano Umberto Eco sostuvo por entonces algo parecido: “El terrorismo es un fenómeno de la época de los medios de comunicación de masas. Si no hubiera medios masivos, no se producirían estos actos destinados a ser noticia”. El principio terrorista de la “propaganda por el hecho”, sin embargo, es muy anterior a los medios masivos y globalizados de hoy.

Desde los albores del terrorismo, entendido como un modo de organizar la violencia política, una de sus intenciones fundamentales ha sido la de comunicar. Hay un elemento cualitativo que concierne aquí, y es la función simbólica del acto terrorista. Como vimos en el primer capítulo, sus blancos son, en general, la representación de algo: de una opresión, de una cultura, de una ideología, de un sistema, de un enemigo. Para que ese acto simbólico se haga público y notorio, debe ser difundido.

Un delincuente común no quiere que su acción se conozca; un terrorista, en cambio, sí. Solo en dos casos se intentará ocultar la acción: en la extorsión y en el terrorismo de Estado.

Aparte de la “propaganda por el hecho”, o del atentado como tal, muchas agrupaciones han desplegado su propio aparato de propaganda, desde el diario Rabochaya Gazeta de los naródniki a los comunicados de ETA frente a cámaras, desde las emisiones radiales y televisivas del IRA Provisional y la Ulster Volunteer Force (que fueron prohibidas por el gobierno británico entre 1988 y 1994) a las matanzas casi coreográficas que hace el Estado islámico frente a dispositivos HD.

La masificación del mensaje terrorista, sin embargo, solo ha sido posible gracias a la intercesión de los grandes medios de comunicación.

Hasta la aparición de Internet, las emisiones televisivas en vivo y en directo fueron la caja de resonancia por excelencia del fenómeno terrorista. En este sentido, una de las tesis más comunes y extendidas acerca de la relación entre los medios y el terror es la de la simbiosis: los medios ofrecen a los actos terroristas una plataforma inmediata, gratuita y potencialmente masiva que convierte a sus responsables en protagonistas de la realidad.

Estos, por su parte, les dan a los medios el tipo de espectáculo que necesitan para satisfacer a su público: acción, incertidumbre, emociones fuertes y una lucha entre buenos y malos. Así mirado, los medios pasan a tener buena parte de la culpa del estado de ansiedad que el terrorismo quiere provocar, y además han sido acusados de proporcionar una plataforma de comunicación a los terroristas; restar eficacia a las acciones policiales; promover un “efecto de contagio”, por el que los actos vistos en la pantalla serían imitados por otros; presionar a las autoridades a cumplir con las demandas de los terroristas; proporcionarles información valiosa; reforzar su sentido de poder; explotar el efecto sensacionalista del terrorismo, y magnificar desproporcionadamente su capacidad destructora.

Pero no todos aceptan la linealidad de la tesis de la relación simbiótica.

Para el sociólogo francés Michel Wieviorka, existen tres modos paradigmáticos de vinculación entre los medios y el terror.

En el primero, los atacantes buscan activamente que su acto tenga repercusiones mediáticas y quieren ser protagonistas de la cobertura.

Fue el caso de la crisis de rehenes en los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972, que veremos en detalle en el siguiente apartado.

También fue el caso del secuestro de ministros petroleros por parte de Carlos “el Chacal” en 1975, quien se negó a abandonar la sede austríaca de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP) con los rehenes mientras no llegaran las cámaras de televisión.

En el segundo vínculo observado por Wieviorka, el incidente está más liderado por los medios que por los terroristas. Fue el caso del secuestro por Hezbolá del avión TWA 847 en ruta Atenas- Roma el 15 de junio de 1985. Apenas se supo del evento, canales de televisión, radioemisoras y diarios de todo el mundo reprodujeron una y otra vez las aterradas palabras del piloto cuando intentaba obtener el permiso para aterrizar en el aeropuerto de Beirut: “Tiene una granada de mano y va a hacer explotar el avión. Tenemos, repito, tenemos que aterrizar en Beirut. No hay alternativa”. Cuando finalmente se dio permiso para el aterrizaje, el piloto, desesperado por la pasividad del personal de tierra, rogó por combustible: “¡Están golpeando a los pasajeros, están golpeando a los pasajeros, están amenazando con matarlos ahora, están amenazando con matarlos ahora, queremos combustible!

¡AHORA, INMEDIATAMENTE!”. Después habló uno de los secuestradores:

“¡Si alguien se acerca, hacemos estallar el avión! ¡O le cargan combustible o lo hacemos explotar!”. No es difícil imaginar el efecto de ese diálogo en una audiencia masiva.

El secuestro duró diecisiete días, y fue emitido por televisión durante esos diecisiete días. Se produjo tal despliegue de prensa alrededor de la aeronave, que el piloto pudo ser entrevistado asomando la cabeza desde la cabina de control, hasta que uno de los secuestradores le tapó la boca mostrando sus armas, en una de las imágenes más icónicas de la historia del terrorismo internacional.

Finalmente los captores se internaron en Beirut con los rehenes que quedaban, y escaparon tras soltarlos. Poco después, la administración israelí liberó a más de setecientos presos chiíes libaneses –tal era la demanda de Hezbolá–, pero negó que tuviera relación alguna con el secuestro del TWA 847.

Todo el asunto llevó a la primera ministra británica Margaret Thatcher, famosa por su intransigencia ante las demandas del IRA, a pronunciar una de sus frases más memorables: “Los terroristas deben ser privados del oxígeno de la publicidad del que dependen”.

En el tercer tipo de vínculo que señala Wieviorka, la repercusión mediática no es responsabilidad ni de los terroristas ni de los periodistas, sino de alguna autoridad o figura pública –funcionarios, policías, abogados–, que despierta una y otra vez el interés en un suceso que de otro modo se desvanecería. En este vínculo también tienen su lugar las asociaciones de familiares de víctimas del terrorismo, organizadas para aumentar la conciencia pública, preservar la memoria y exigir justicia, y que, desde luego, no mantienen una “relación simbiótica” con el terrorismo.

Ahora bien, el 11 de septiembre de 2001 supuso un cambio profundo en la relación emocional de los ciudadanos globales con el fenómeno terrorista. Antes de esa fecha, el terrorismo era un evento impresionante, altamente emotivo y ampliamente condenado, pero no muy distinto de cualquier crimen que no tocara a la propia puerta. Es muy difícil que un danés recuerde el atentado a la AMIA, que un japonés sepa del último asesinato de ETA, o que un argentino recuerde el nombre de algún miembro del IRA. En cambio, difícilmente olvidemos cuándo y cómo cayeron las Torres Gemelas y quiénes se adjudicaron la autoría del hecho. Los blancos escogidos, la naturaleza de los ataques y la enorme cantidad de víctimas justificaron la intensa cobertura que se le dio, pero el aparato mediático global que se montaría en nombre de la guerra contra el terrorismo dejó en claro que después de golpear al país más poderoso del mundo, los efectos del terrorismo tocarían a la puerta de todos.

 

Recuadro 1
En 1975, Brian Jenkins, hoy asesor de la corporación Research and Development (RAND), escribió que el terrorismo “quiere a mucha gente mirando, pero no a mucha gente muerta”. En 2006 reformuló su idea, para decir que el terrorismo “quiere a mucha gente mirando y a mucha gente muerta”. Jenkins no es el único que opina que hasta los años noventa los actos terroristas se desplegaban bajo cierto código de ética y de sentido de la proporcionalidad en el uso de la violencia, a sabiendas, además, de que un excesivo derramamiento de sangre sería perjudicial para su causa. Según el autor, con el cambio de milenio “el odio étnico y el fanatismo religioso reemplazaron las agendas políticas”, y el terrorismo se volvió más letal y espectacular: “la necesidad de aparecer en los titulares exige una mayor cantidad de muertos”.

Destacado
Los atentados terroristas, mediante el uso de la violencia contra un grupo de víctimas, buscan coaccionar a una audiencia más amplia. Las víctimas inmediatas son, por lo común, instrumentales.

¿Sabías que… el terrorismo equilibra su limitada capacidad de violencia con una combinación de actos de terror y de propaganda?

Recuadro 2
En 2003 el periodista de Al Jazeera Taysir Allouni, quien había conseguido entrevistar a Osama bin Laden tras el 11 de septiembre, fue detenido en su casa de España bajo cargos de colaboración con Al Qaeda. El juez Baltazar Garzón lo sentenció a siete años de prisión en el año 2005. En 2012, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó la parcialidad del juicio y exigió que el Estado español indemnizara a Allouni.

En pocas palabras
Existe una relación natural y, en ocasiones, colaborativa entre el terrorismo y los medios de comunicación.

Todo lo que Necesitas Saber sobre Terrorismo
¿Qué hace que el terrorismo sea terrorismo? ¿Quién se convierte en terrorista y por qué? ¿Qué diferencia al terrorismo de la Antigüedad del de nuestro siglo? ¿Las víctimas son solo quienes mueren? Estas son algunas de las preguntas que Ana Prieto desglosa y responde con absoluta responsabilidad y rigor periodístico. Para el lector, se derrumbarán algunos mitos. Esperamos que esta obra escrita con valentía sea un aporte a la comprensión de un fenómeno que, a partir del 11 de septiembre de 2001, se erigió como la amenaza número uno de la humanidad.
Publicada por: Paidos
Fecha de publicación: 08/12/2015
Edición: 1a
ISBN: 9789501203059
Disponible en:Libro de bolsillo