Interesante

«Tras el grito», de Johann Hari

Un relato revolucionario y sorprendente sobre la verdadera historia que se esconde detrás de la guerra contra las drogas. El periodista Johann Hari se embarcó en un viaje épico de tres años de duración y cerca de 50.000 kilómetros con el fin de desvelar los secretos de la guerra contra las drogas; y de esa manera pudo constatar que existe una disparidad asombrosa entre lo que nos han transmitido y lo que en realidad sucede.


Hari recurre a la narración de historias reales de diversas personas que han visto transformadas sus vidas por culpa de esta guerra para exponer tan reveladores descubrimientos. Entre ellas encontramos desde un traficante transexual que busca a su madre en Brooklyn hasta un joven sicario mexicano que busca una salida a su encrucijada. El libro comienza con algo sorprendente que descubrió el propio autor: que en el inicio de la guerra contra las drogas se encuentra el acoso y asesinato de Billie Holiday por parte del hombre que lanzó esta cruzada; y concluye con la historia de un osado doctor que consiguió que su país legalizase todas las drogas, desde el cannabis hasta el crack, con resultados más que notables.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

CAPÍTULO 9

Bart Simpson y el ángel de Ciudad Juárez

Un ángel de dos metros y medio de altura estaba en una vereda en Ciudad Juárez, con sus alas de plumas desplegadas al viento y el cuerpo plateado resplandeciendo bajo la luz, cuando desde su atalaya, bajando la mirada, vio el cuerpo de una persona. Es —era— un varón de veinte años. Aquel hombre iba caminando por una carretera no lejos de su casa en esta ciudad, que es la más peligrosa de la Tierra, cuando en esas aparecieron unos hombres armados. El ángel, desde su posición, podía ver las heridas de bala, el charco de sangre, las lágrimas de dos de los parientes del muerto que habían llegado al lugar. En sus manos llevaba un cartel, el ángel. Un cartel dirigido a los asesinos, a aquellos que han segado la vida de más de sesenta mil mexicanos en apenas cinco años.

Un cartel que señalaba a los asesinos mencionándolos por su nombre.1 Chapo Guzmán, señor de las drogas; los Zetas, sus rivales más encarnizados; la policía; el ejército.

«El tiempo es corto—rezaba el cartel—. Arrepiéntete.»2

Juan Manuel Olguín se ha criado en Ciudad Juárez, en esta urbe situada en la frontera mexicana justo al otro lado de El Paso y que la guerra de las drogas ha convertido en la ciudad más mortífera de la Tierra. Yo lo conocí algún tiempo después de aquel jueves de 2012, cuando, con sus alas desplegadas, velaba en plena noche el cadáver que tenía junto a sus pies.3

El caso es que conocía bastante bien las estadísticas acerca de la guerra de las drogas en México, pero aquellos números no tenían mucho sentido para mí. Según las estimaciones más bajas —y vuelvo a reiterar la cifra—, algo más de sesenta mil personas han sido asesinadas en un lapso de cinco años. Y es que por esta zona pasaba el 90%de la cocaína consumida anualmente en Estados Unidos.4 Solamente de la venta de drogas en Estados Unidos, los cárteles de la droga mexicanos obtienen unas ganancias anuales de entre 19.000 y 29.000 millones de dólares.5 Pero las historias que había oído acerca de ellos eran de una crueldad tal que me resultaba imposible establecer ningún vínculo con aquella gente. Todas tenían en común un sadismo inconcebible—decapitaciones expuestas en YouTube, o mujeres embarazadas que habían sido acuchilladas con una botella—, algo que de tan inimaginable parecía irreal.

Ese fue el motivo por el que, una mañana de julio, me desplacé hasta Ciudad Juárez desde Estados Unidos cruzando las turbias aguas del Río Grande. El puente estaba abarrotado de vehículos y de personas limpiando parabrisas de acá para allá. Había mujeres sentadas en el suelo pidiendo limosna en ambos idiomas. Cuando llegó mi turno, la policía mexicana no revisó nada de lo que llevaba. Simplemente con un gesto adusto, inclinando levemente la cabeza, me indicaron que pasara.

Una de las primeras cosas que vi a mi llegada a la ciudad fue un cartel.

«Recorrido por el centro histórico de Ciudad Juárez», decía, con lo cual se me invitaba a recorrer los lugares que fueron famosos cuando este era uno de los grandes centros de diversión de América del Norte. Aquí es adonde Billie Holiday venía en busca de drogas y alcohol, 6 aunque ella entonces no era más que uno de los tantísimos norteamericanos que venían a Ciudad Juárez en busca de un chute. Pero ahora la ruta ha quedado empapelada de anuncios. «¿Ha visto a esta mujer?», se lee en un cartel pegado en la pared, y debajo pueden verse imágenes de unas cuantas jóvenes sonriendo en una fiesta a la que asistieron en otro tiempo. Me quedé mirando a una de ellas, que llevaba los labios pintados de rojo y un pañuelo de colores anudado al cuello. Ella y tantas como ella son ahora todo lo que puede verse en Ciudad Juárez: personas ausentes. Los lugares turísticos han sido pasto de las llamas o cerrados mucho tiempo atrás.

Mi contacto en la zona era Julián Cardona, corresponsal de la agencia

Reuters, y mientras me llevaba en coche por la ciudad aproveché para hacerme una idea del lugar donde me encontraba. No tardaría mucho en darme cuenta de que, si el Manhattan de Rothstein era una ciudad vertical que aspiraba a tocar el cielo, esta en cambio es una ciudad horizontal que se arrastra por el desierto. El centro es como el de cualquier ciudad de América del Norte, donde un Wendy’s abierto las veinticuatro horas se levanta junto a un centro comercial en el que suena una versión de Titanic mientras los clientes compran grandes televisores de pantalla plana. Pero si se sigue conduciendo por sus anchas autopistas algunos kilómetros más, entonces la ciudad se empobrece y donde antes había grandes superficies comerciales ahora solo pueden verse tiendas miserables y chabolas ruinosas. Y justo cuando uno piensa que ya ha llegado al final del municipio viene otra avalancha de casas y de tiendas antes de que empiecen las dunas del desierto.

Pero para entonces yo había conseguido encontrarme con uno de los ángeles de la ciudad.

Juan tenía once años cuando empezó a percatarse de que sus amigos desaparecían en el tráfico de drogas de Ciudad Juárez. Esta es la ruta de contrabando de droga más  importante en el camino a Estados Unidos y las bandas de narcotraficantes ya habían entrado en guerra para hacerse con su control. Los cárteles prefieren contratar a niños, porque estos no entienden la muerte y por lo tanto tienen menos miedo. Un buen amigo de Juan decidió trabajar para la banda, para conseguir dinero, claro está, pero además porque, a la postre, sentía que formaba parte de algo.

Por su parte, Juan, atrapado en una niebla de hormonas, estuvo dándole vueltas a la idea de unirse él también a la banda. Así conseguiría dinero, al fin. Podría mantener a su familia, hundida en el alcoholismo y la drogadicción. Pero viendo que a su alrededor no había más que personas degolladas, casas quemadas y tiendas abandonadas en cada esquina,

Juan tomó una decisión distinta. A los dieciséis años, me confesó, «decidí convertirme en ángel».

Al principio, cada vez que había un asesinato, la gente huía despavorida de la escena del crimen. Luego las cosas cambiaron. Se quedaban y miraban. Luego hubo otras reacciones. La gente pasaba por delante y seguía su camino. Como si fuera algo normal. Como si no fuera nada importante. Pero en Ciudad Juárez sí que lo era. Y es que la población estaba aprendiendo por sí sola a no mirar, a eliminar de su cuerpo aquellos órganos capaces de ver un descuartizamiento.

Juan y sus amigos adolescentes, en cambio, no estaban dispuestos a vivir en una ciudad que cerraba los ojos ante el asesinato. Aunque no se les escapaba que todos los que se habían pronunciado contra los cárteles, el ejército o la policía habían sido asesinados, él y unos cuantos más que se reunían en su iglesia decidieron presentarse en los lugares de los crímenes para protestar. Antes, no obstante, se fabricaron unos trajes de ángel con alas hechas de plástico y plumas que medían dos metros. El cuerpo se lo pintaban de color plata brillante y luego se subían a un taburete bastante alto. Con sus largas túnicas colgando sobre su cuerpo y el taburete, aquellos ángeles tenían el aspecto de unas enormes criaturas que hubieran descendido del cielo. No resulta fácil describir su apariencia: podría decirse que son algo irreal, como una alucinación. Estos chicos, además, se hacen pancartas en las que desafían a los sicarios más crueles de la Tierra y se presentan con ellas en el lugar donde esos hombres acaban de perpetrar su matanza.

La noche que conocí a Juan habíamos sufrido una tormenta de verano y él se disponía a salir hacia una carretera en la que iba a mostrar sus carteles. Me invitó a acompañarlo. Dos chicas jóvenes iban detrás de él sosteniendo sus alas para que el viento no las doblase. Los conductores de los coches pasaban a toda prisa y se quedaban mirando, perplejos, confundidos y atenazados por el miedo.

«Yo no tengo miedo. Si me matan o me sucede alguna cosa será porque estoy haciendo algo bueno para la ciudad —me cuenta Juan—. Ya le he dicho a mi madre que, si me sucediera algo, debe sentirse orgullosa de mí.» Está convencido de que él y sus amigos han sido traicionados por la generación que está al frente de la guerra de las drogas: «Queremos mostrarles que, entre otras cosas, buscamos una sociedad mejor».7

A mucha gente le sorprende que todavía no los hayan matado. Si se les pregunta dicen, con gesto de cansancio, que es solo cuestión de tiempo.

Arnold Rothstein soñaba con una ciudad de Nueva York en la que el imperio de la ley hubiera quebrado y donde no hubiera más autoridad que la impuesta por criminales como él. Quería establecer su poder por la fuerza y hacerse, por medio del dinero, con todas aquellas estructuras del Estado que aún estuvieran en pie, hasta que pudiera utilizarlas, también, como armas. No llegó a ver cumplido su sueño. Una bala se lo impidió. Pero su sueño sí que permaneció vivo.

A mí me interesaba saber qué es lo que ese sueño significaba para la gente corriente en la vida real. Es la parte de la guerra de las drogas que más ajena resultaba a mi vida, asentada en la estabilidad londinense. Y, sin embargo, estaba empezando a sentir que todos estamos atrapados en lo mismo—los asuntos de la guerra contra las drogas y su lógica—, que todos formamos parte de una larga cadena con conexiones de carácter global. La represión, me parecía, es lo que había dado lugar a toda aquella historia, pero quería ver por mí mismo cómo lo había hecho.

Durante mi estancia en el norte de México me reuní con muchas personas que compartieron conmigo sus historias personales; pero si pude lograr entender lo que allí sucedía fue gracias al relato de tres jóvenes: un ángel, un asesino y una chica enamorada.

Así como antes había conseguido saber cómo es la vida en una banda callejera gracias a uno de sus integrantes, de la misma manera me proponía ahora entender cómo es la vida en un cártel de la droga; pero todos me decían que eso era imposible. Los cárteles asesinan a todos los que hablen con alguien de fuera. Son los sujetos más paranoicos y herméticos del mundo. Pero un día me hablaron de una persona en concreto, de la única que había conseguido arreglárselas para salir bien librada del trance y poder seguir hablando.

Así pues, escribí a la División de Prisiones del estado de Texas. Tras una larga espera me contestaron que se me concedían treinta minutos.

Cuando llegué al centro del condado de Tyler en el Texas rural —una enorme mole de hormigón y alambre de espino—, una de las guardas me sonrió.

«Me gusta su acento —me dijo ella con su marcado deje texano—.

Puede tomarse todo el tiempo que quiera.»

Otra guarda me guió a través de la prisión hasta que llegamos a una amplia sala de color gris en la que no había más que un cristal delante de mí. Al otro lado se veían celdas blancas de un tamaño minúsculo.

«Estaré por aquí, en esta misma zona, porque no se me permite dejarle solo», me dijo antes de marcharse.8

En la parte posterior de una de las celdas se abrió una puerta y él salió caminando, pequeño y ágil. Tenía todo el aspecto de un aplicado estudiante que fuera a presentarme su trabajo de ciencias. Lo único que socavaba esta impresión era el tatuaje de sus ojos: unas lenguas de fuego de brillantes colores dominaban su rostro.

—Hola, ¿cómo va? —me dijo mirándome de arriba abajo. Y antes de que pudiera responderle añadió—: Primero dime qué es lo que sabes de mí. Quiero saberlo.

Tenía una voz grave.

—Sé que estás aquí—contesté—porque a los trece años entraste en los Zetas.

Asintió con la cabeza.

Luego pedí permiso a Rosalio para grabar nuestra conversación. El cristal tenía un hueco en el que deposité el aparato, con la luz roja encendida, y Rosalio empezó a hablar. Cada vez que me facilitaba alguna información me preguntaba, inquieto, qué es lo que pensaba de él y si le haría quedar bien parado en mi libro. Prácticamente me estaba suplicando. Y es que Rosalio llevaba mucho tiempo solo, recluido en una celda de aislamiento. Aquel día hablamos más de cuatro horas. A continuación reproduzco su historia a la luz de su propio relato, así como las pruebas de los crímenes que ha cometido y que se han podido encontrar.

 

En 2005, Rosalio Reta, como tantos otros norteamericanos de su edad, se encontraba en un campamento de verano. Era un texano de quince años bajito y de pelo crespo que respondía al sobrenombre de Bart, por su parecido físico con Bart Simpson (aunque algo menos amarillo) y su pasión por el skateboard.9 Por lo demás era aficionado a los Power Rangers, a la música pop alternativa y a los juegos de la Nintendo 64, sobre todo The Mask of Zelda y Donkey Kong. Pues bien, en aquel campamento estaba aprendiendo a hacer cosas muy útiles, cosas de esas que no se olvidan nunca. Aunque no era precisamente uno de esos campamentos en donde se enseña a ir en canoa, cantar en grupo o hacer una fogata.

Rosalio aún recordaba lo que aprendió aquellos días.10 Por ejemplo, a decapitar a una persona. «A veces vi cómo lo hacían con una sierra—me dijo a través del cristal—. Sale sangre por todas partes. Empiezan por la yugular y entonces—chasca los dedos—sale sangre a borbotones […] Dejan la cabeza allí mismo. Pero sigue moviéndose, haciendo gestos y esas cosas. Creo que es por los nervios; se puede ver el interior de la cabeza, los huesos, y todo sigue en movimiento. Es como si tuviera gusanos dentro. Yo mismo he visto cabezas moverse cuando estaban en el suelo. Si el tipo tenía cara de susto en el momento de morir, a veces se quedaba con esa expresión en la cara. Otras, en cambio, se le iba.»

Aquel campamento se encontraba en las montañas de México, en un lugar solitario, y Rosalio llevaba allí seis meses, convirtiéndose lenta pero inexorablemente en una máquina de matar. «Allí nos enseñaban todo tipo de cosas. Todo lo que uno puede aprender en un campamento militar —dice—. Nos enseñaban a disparar, a fijar nuestras coordenadas […]. A manejar todo tipo de explosivos, pistolas y rifles, a combatir cuerpo a cuerpo…» El lema del campamento era «Si retrocedo, ¡mátame!».11 Rosalio utilizó esos conocimientos para asesinar a una cantidad de personas tal que ha perdido la cuenta. Perpetró matanzas masivas, lanzó granadas en bares abarrotados y disparó a un hombre delante de su hijo y de su mujer embarazada.12

Unos años antes, el Gobierno de Estados Unidos —empeñado en extender la guerra contra las drogas a todo el mundo, tal como quería Harry Anslinger— había tomado la resolución de formar un comando de élite integrado por personal mexicano para que ganase dicha guerra. Para ello se los llevó a Fort Bragg, donde se les facilitó la mejor formación en materia militar y de servicios de inteligencia, así como equipamiento perteneciente al 7.º Grupo de Fuerzas Especiales de Estados Unidos.13 Su lema era: «Ni la muerte nos detiene».14 Pero una vez concluido el periodo de entrenamiento y recibidas las armas solicitadas, aquellos hombres a los que se había dado tan carísima formación, volvieron a su país y todos, en masa, abandonaron el ejército para pasarse a las filas del cártel del Golfo.15 Son la facción que se hizo llamar los Zetas.16 Para entendernos, es como si las Fuerzas de Operaciones Especiales de la Marina de Estados Unidos desertaran en masa para ayudar a los Crips a apoderarse de Los Ángeles… y que les saliera bien.

Laredo, la ciudad natal de Rosalio, en el árido desierto de Texas, es justamente uno de los pasos de la frontera estadounidense hacia Nuevo Laredo, en México. «Todos los cárteles quieren esa ruta —me dice Rosalio—. Es uno de los mejores lugares para pasar de un país a otro. […] Comercialmente es importantísimo, de ahí que todos lo quieran. […]. Y por lo que todos luchan precisamente es por hacerse con el control de la I-35.» Si es tu cártel quien controla la interestatal, entonces tienes el control de miles de millones de dólares. Pero si son tus enemigos quienes se hacen con el control, puedes estar seguro de que no te dejarán nada de nada. Así funciona esta guerra.

Volviendo a la historia de Rosalio, existen dos versiones distintas acerca de cómo se convirtió en un Zeta. Por una parte tenemos la versión que transmitió a la policía cuando lo detuvieron por primera vez a los dieciséis años, y, por otra, la historia que me contaría a mí en la cárcel cuando tenía veintitrés. Como no tengo forma de averiguar cuál de las dos responde exactamente a la verdad, voy a reproducir ambas para que sea el lector quien juzgue.

Una de las pocas cosas que sabemos a ciencia cierta sobre Rosalio es que pasó su infancia en una casa de madera levantada sobre bloques de hormigón.17 Su madre era peluquera. Su padre, un inmigrante sin papeles que trabajaba en el sector de la construcción. Habían tenido diez hijos. Laredo es una de las poblaciones más pobres del país, un paso fronterizo en el que, como me contaba Rosalio, «si no eres poli, traficas con drogas. Y si no eres traficante, estás en un cártel. Así es como funcionan las cosas allí. Eso es todo lo que se puede hacer allí».18 Y en otra ocasión me dijo: «Aquí [en Estados Unidos] hay mucha gente que quiere ser abogado, juez, bombero, policía… Allí [en la frontera estadounidense-mexicana] adoran a los Zetas. Los niños, desde bien pequeños [dicen]: “Cuando crezca quiero ser un Zeta”».

Pero recalca: «A ver, no es que nosotros fuésemos pobres de solemnidad, ni mucho menos. Mis padres trabajaban los dos, así es que no nos faltaba de comer. Éramos personas corrientes. Una familia normal». Rosalio tenía dos buenos amigos con los que pasaba la mayor parte del tiempo, Jesse y Gabriel. Jugaban al fútbol, se iban al lago, jugaban con sus videojuegos… En fin, actividades propias de la infancia, que ellos pasaron saltando de un lado a otro de la frontera. Los refrescos y los caramelos eran más baratos en Nuevo Laredo, así que no eran pocas las veces que Rosalio se iba allí con sus amigos. Y tiempo después, ya adolescentes, encontrarían en la ciudad locales nocturnos que permitían  entrar a chiquillos de trece años, de manera que Rosalio, Jesse y Gabriel pasaban mucho tiempo por aquellos lares. Pues bien, llegados a este punto es donde la historia diverge.

En el primer interrogatorio, Rosalio declaró que se había pasado tres años inmerso en la vida de los Zetas, en aquel mundo donde la cultura del terror había alcanzado su variante más extrema. En las grabaciones de la policía parece dar rienda a suelta a su odio, sonriendo con suficiencia y dándose ínfulas, en parte como si esperara que los policías quedaran impresionados con sus alardes de asesino a sueldo. Cuenta entonces que a los trece años empezó a frecuentar una discoteca de Nuevo Laredo y que allí oyó hablar de un hombre que era el dueño de todo: Miguel Treviño. Había empezado de la nada y no paró hasta que logró convertirse en el lugarteniente de los Zetas. Al igual que Arnold Rothstein, era un hombre sencillo, sin pretensiones, que prácticamente tenía el aspecto de una persona corriente: de apenas metro y medio de estatura, no bebía alcohol, no tomaba drogas y generalmente iba vestido con vaqueros y camisetas de Walmart. Y, sin embargo, aquel hombre era el rey de la ciudad: tenía el control absoluto del tráfico de drogas, del ejército, de la policía…, en definitiva, de todo. Y Rosalio quería lo mismo. Por eso contactó con él y se ofreció a presentarle una prueba de su lealtad. Cualquiera, lo que él pidiese.

Aquí aparece una historia distinta acerca de cómo se inició en la banda. A mí me contó que uno de sus amigos tenía un hermano mayor que trabajaba para los cárteles y que un día se fueron todos juntos a comer a Nuevo Laredo. En esas estaban cuando el hermano recibió una llamada y dijo que tenía que marcharse, que debía ocuparse de unos asuntos; y Rosalio, ni corto ni perezoso, se ocultó en la parte trasera de su camioneta. Tenía curiosidad. Quería saber cómo era eso de ser del cártel. Cuando pararon cayó en la cuenta de que estaba en uno de los ranchos donde Miguel Treviño llevaba sus negocios… y vio demasiado.

Aquí es donde las dos historias vuelven a coincidir. Por lo visto, en ambas versiones, el rancho era uno de los lugares típicos donde los Zetas operaban. Tenían a unas treinta personas atadas. En un lado del recinto «se las introduce en bidones de gasolina y se las deja quemarse hasta que queden reducidas a cenizas». En el otro «se las descuartiza». Los Zetas, normalmente, torturaban a miembros de otras bandas o a cualquier persona molesta, con el fin de averiguarlo todo sobre posibles «refugios, rutas [de la droga], traficantes al mando… [Antes de matarlos] preguntaban acerca de las actividades de los retenidos, de sus jefes, del negocio que tenían entre manos. Y una vez muertos, quemaban los cuerpos en un “guiso” [como lo llaman ellos mismos], dejando que se consumiesen en el bidón […] hasta quedar hechos papilla».

En ese rancho fue donde Rosalio cometió su primer asesinato. «No le miré a la cara —me cuenta—. Lo tenían atado […]. Estaba arrodillado en el suelo, atado con las manos a la espalda y también por los pies […]. Todos los demás lloraban, imploraban, pedían que no los mataran. Absolutamente todos. Algunos sin embargo no llegaron a decir nada. Sabían que iban a matarlos. Que los habían llevado allí para asesinarlos. »

Rosalio cogió la pistola y disparó al hombre en la cabeza. Nunca supo quién era.

El primer Rosalio, el que aparecía cegado por la luz de los Zetas, contó a los policías que había disfrutado haciéndolo: «Me sentí como Superman. Matar a esa primera persona fue algo fantástico, me encantó. Los demás intentaron  quitarme el arma pero era como quitar un caramelo a un niño».19 A partir de entonces «habría otras personas que se hacían cargo de los asesinatos, pero yo me presentaba voluntario. Era como una especie de juego a lo James Bond […]. Algo que cualquiera puede hacer, pero a lo que no todos están dispuestos. Algunos son débiles de espíritu y no pueden llevar ese peso sobre su conciencia. Otros duermen como un lirón».20 Y concluía: «Me gusta lo que hago, no voy a negarlo».

El segundo Rosalio, el del tono monocromo del sistema penitenciario de Texas, dice que aquello fue una declaración sin fundamento ofrecida en un momento de locura, «porque era la primera vez en mucho tiempo que [me] sentía seguro. Estaba vivo. Había conseguido salir de México sano y salvo. Pero la mayoría de las personas que conocía estaban muertas. Todas las personas que fueron importantes para mí, aquellas con las que me había criado, todas estaban muertas. Yo en cambio seguía vivo. Había conseguido salir vivo de aquello después de haber estado a punto de ser asesinado…».

No es cierto que hubiera disfrutado, asegura. Si empezó a matar aquel día fue porque se dio cuenta de que, una vez visto el rancho, no iban a permitirle abandonar el lugar como testigo casual. O acababan con él, o se convertía en uno de ellos. A partir de ese momento «uno se ve obligado a acatar su voluntad. Quieras o no, tienes que hacer lo que te dicen. Te ves obligado a ello. Y si no lo haces, te matan. Así de sencillo. O matas o te matan, de eso iba todo».

Y, efectivamente, esa es la clave. Aquella bala lo convirtió en un Zeta y no le dejó ninguna otra salida.21 «No importa si has ido por tu voluntad u obligado —continúa Rosalio—, una vez que estás dentro ya no puedes salir. […] El trato está cerrado. […] Me guste o no, aquella gente me transformó en uno de los suyos, en un soldado que obedecía sus órdenes.»

Este relato fue confirmado años más tarde en el curso de una investigación policial llevada a cabo por Estados Unidos. Rosalio es una de las poquísimas personas que se ha metido en el corazón de un cártel mexicano y ha salido vivo. Tres años estuvo trabajando para Miguel Treviño.22 Y durante mucho tiempo fue uno de los miembros de sus fuerzas paramilitares que vivían a su lado en refugios seguros, apoyándolo, matando por orden suya. Treviño y sus Zetas tenían un término para todos aquellos chicos que trabajaban para ellos como hacían Rosalio,

Jesse y Gabriel: eran los «prescindibles».23

«Las cosas fueron muy deprisa a partir de aquel primer día. Desde entonces todo pasó… —Rosalio suelta un largo silbido, pfuuui— como la espuma. Hasta que llegó un día en que me di cuenta de que había traspasado el límite: estaba en otro mundo.»

No le habló a sus padres de su decisión porque estaba convencido de que, si lo hacía, acabarían asesinados. De hecho, no se lo contó a nadie.

En nuestro encuentro tardó bastante en mencionar el nombre de Treviño. «Es mejor que no lo menciones siquiera», me dice. E insiste: «Es mejor que no hables de él. […] Este tipo no tiene límites. Por eso hay tanta gente que no habla de él. Sobre todo en México. Tienen miedo hasta de decir su nombre».

No obstante, entre titubeos y en forma fragmentaria, Rosalio acabó trazándome un retrato de aquel hombre que, como Rothstein, solamente pensaba en el dinero y cómo obtenerlo, fuera como fuese. Aunque su violencia era más extrema, seguía la misma lógica impuesta por la prohibición. Se apropiaba del mercado por medios violentos y para conservarlo imponía el terror. Sus asesinatos no obedecían al azar, aunque en ocasiones eran psicóticos. Y es que todo se hacía pensando en «la intimidación —explica Rosalio—. En intimidar a los cárteles rivales. Si se grababan en vídeo las decapitaciones de sus hombres era para que supieran que hablaban en serio. Que no iban a andarse con tonterías».

Él en realidad estaba aprendiendo las mismas reglas que Chino aprendiera en su barrio, aunque proyectadas en un marco mucho más extremo. Se trata de ser tan aterrador que nadie se atreva jamás a meterse contigo. Para los jóvenes de Brownsville, esto implica palizas y tiroteos. Para los de Nuevo Laredo, decapitaciones y cuerpos quemados. A Rosalio se le había embarcado en una espiral de asesinatos con objetivos bien marcados: miembros de cárteles rivales, amén de cualquier persona que se pusiera en el camino de los Zetas.

En el día a día «nunca sabes qué es lo que van a hacer. Puede que hoy quieran torturar a alguien hasta la muerte, o puede que quieran ahogarle o colgarle, o que vayan a descuartizarlo y quemarlo vivo. Uno nunca sabe por dónde van a salir. Todo depende de lo que les apetezca en ese momento». Y añadió: «Siempre era la misma rutina. Mataban a gente a diario. No había día que no matasen a alguien. O que no torturasen a alguien. O que no quemasen vivo a alguien. […] Esa es la rutina de todos los días. Eso es lo que hacían para vivir». Cuando se le enviaba a matar a una persona, Rosalio «no sab[ía] quién era. No sab[ía] qué es lo que había hecho. Nada». Lo único que sabía es que debía morir.

Los cárteles envían mensajes escritos sobre carne humana. Su sistema de señales es bien conocido por todos. Si traicionas al cártel, te pegan un tiro en la nuca. Si hablas demasiado, te descerrajan un tiro en la boca. Si eres un espía, apuntan a la oreja. Todo cuerpo es una valla publicitaria en la que se anuncia que el cártel al que perteneces es el más despiadado.24

Jesse y Gabriel, los amigos de Rosalio, empezaron a trabajar para los Zetas a la par que él. Nunca dirá cómo empezó aquella historia, pero la investigación policial —y sus posteriores destinos— ha confirmado su implicación con la banda. ¿Acaso fue él quien se los presentó a Treviño? ¿Fue él quien los introdujo en la banda? No está del todo claro. Pero a nadie se le escapaba que, como él decía, «ya no [era] un juego».

«Nos obliga[ba]n a estar mucho tiempo sin dormir, a veces hasta una semana o semana y media —me contaba—. Prácticamente dos semanas sin dormir. Y todos le daban a la coca, porque solían darnos droga. […] Estábamos siempre de un lado para otro, por eso no podíamos dormir.» En algún momento, Gabriel se había tatuado unos ojos sobre los párpados para que pareciera que siempre estaba despierto, siempre en guardia.25 Porque estar despierto era algo imprescindible si querías seguir vivo. En la casa donde se refugia Treviño, siempre «hay un montón de tipos vigilando el lugar, haciendo guardias y todo lo demás. Si ven a otro narco por la zona o a algo sospechoso reúnen a todos los hombres para disparar a la vez». Todos tenían miedo de todos. Y por eso, al cabo de un tiempo «ya no pude confiar en ellos», dice Rosalio. «Solo me tenía a mí mismo. Nunca se sabe si van a venir a matarte, por la espalda. Lo he visto hacer muchas veces. Cuando trabajas para ellos hay mucha gente rondando por allí, si a alguno no le caes bien o estás en el lugar equivocado, en cuanto te descuidas acaban contigo. Justamente los tuyos, la gente con la que trabajas.»

Todos sabían que «lo único que [Treviño] [tenía] que decir era—Rosalio hace un chasquido con los dedos—: “Mátalo”. Eso es todo lo que tenía que hacer. Dar la orden y listo, eras hombre muerto».

De cuando en cuando, Rosalio llamaba a su madre para que supiera que seguía vivo. No le contaba a qué se dedicaba.

Y es que la peor pesadilla no es que a uno lo asesinen; la peor pesadilla es que tú seas el asesino.

Pero allí, en medio del terror, también había recompensas.26 «Tenían dinero a espuertas, todo el que uno quisiera. Todo.» Treviño a veces organizaba sorteos. Para ello ponía los nombres de todos en una copa y el ganador —Rosalio precisamente— se llevaba un flamante Mercedes. Tenían mujeres a su disposición siempre que quisieran, y cocaína. A Rosalio se le pagaban 500 dólares a la semana como una forma de anticipo27 y mucho más por grandes golpes: a los quince años, por ejemplo, recibió 375.000 dólares por el asesinato de uno de los socios de Chapo Guzmán.28 En un determinado momento, olvidándose por un instante de que supuestamente había entrado en el cártel obligado, Rosalio me contó que, cuando se les daban recompensas, «no teníamos que hacer nada especial en ese momento. Pero una vez que te habían atraído, estabas en sus manos». Y dándose cuenta de lo que acababa de decir, rápidamente añadió que no se refería a él mismo, obviamente, sino a sus amigos: a él, insistió, lo habían obligado, había entrado en los Zetas obligado.

A veces cogían como refugio una casa de lujo del otro lado de la frontera, en Laredo.29 Allí Gabriel se pasaba el día con su novia. Rosalio y Jesse se dedicaban a pasearse por sus antiguos barrios y a jugar en las cercanías del lago, como hacían antes. ¿Y por qué los cárteles, inquirí, utilizaban a niños estadounidenses y no a niños de México? «Porque así tenían el acceso asegurado hacia los dos lados de la frontera.» Pero ¿qué ventaja aportaban esos niños cuando el cártel, al fin y al cabo, mataba a gente en México? «¿Qué es lo que tenías que hacer tú en Estados Unidos por ellos?» «No quiero hablar de eso —respondió Rosalio—. Hay muchas cosas de las que preferiría no hablar.»

Cuando tiempo después me puse a repasar las grabaciones de la entrevista, volví a pensar en el sociólogo francés Philippe Bourgois, gracias a cuyas teorías había logrado entender la historia de Chino. Bajo la prohibición, explicaba Bourgois, aquel que primero abandona una limitación moral obtiene una ventaja competitiva respecto a sus rivales y además obtiene el control de una cuota mayor del mercado de las drogas. Por eso no se enviaba a los «prescindibles» a matar a los miembros del cártel rival, sino a los familiares de estos.

En una escucha telefónica grabaron a Rosalio hablando con Gabriel. Este describía con sumo detalle el secuestro y tortura de dos jóvenes que eran primos de un rival.

Se murieron solos de la paliza que les dimos. Se murieron allí mismo. Joder, la palmaron ellos solitos. Deberías haber estado allí. Deberías haber visto a Pancho, tío. Lloraba como un marica. «No, por favor, soy tu amigo», me decía. «¿Amigo?—le solté yo—. ¿Tú amigo mío, hijo de puta? ¡Cierra la boca!» Y pum, golpe que va. Luego cogí una botella, y ¡zas! Se la metí en la tripa. Seguí golpeándole, un, dos, un, dos. Sangraba que no veas. Luego cogí una copa, y pum, otro golpe que le di. ¡Vaya golpe, tío! Y luego le di otro y otro. Llené la copa con su sangre y seguí y seguí […]. Y luego empecé con el otro marica y vuelta a lo mismo. Le rajé con la misma la botella.30

Rosalio se reía. De los cuerpos se encargó la propia policía, que trabajaba para Gabriel.31

Rosalio declararía tiempo después: «He matado a hombres atados o malheridos, pero no era algo que me entusiasmara o me emocionara. Yo prefiero seguirles el rastro a mis objetivos hasta que los localizo y luego, una vez que me conozco bien sus movimientos, me deslizo sigilosamente, les miro a los ojos y aprieto el gatillo, y entonces es cuando hay que correr».32

Aquel que sea el primero en matar a los allegados de sus rivales, incluso a sus mujeres embarazadas,33 obtiene una pequeña ventaja competitiva: los demás tendrán miedo de su cártel y le cederán una parte mayor del mercado de las drogas. Entonces el resto de los cárteles hace lo mismo y así es como se convierte en una práctica habitual. Aquel que sea el primero en decapitar a alguien obtiene una pequeña ventaja competitiva. Y luego todos los demás cárteles harán lo mismo. Aquel que sea el primero en grabar una decapitación y exponerlo en YouTube obtiene una pequeña ventaja competitiva. Y luego todos los demás cárteles harán lo mismo. Aquel que sea el primero en poner cabezas decapitadas sobre una pica y exponerlas en público, obtiene una pequeña ventaja competitiva.34 Y luego todos los demás cárteles harán lo mismo. Aquel que sea el primero en decapitar a una persona, cortarle la cara y cosérsela a un balón de fútbol, obtiene una pequeña ventaja competitiva.35 Y así sucesivamente.

La prohibición, sigue diciendo Bourgois, crea un sistema en el que la violencia más demente y sádica tiene una lógica funcional y sensata. Porque es necesaria. Porque tiene una recompensa.

Pese a que perpetraban muchas matanzas, Rosalio y sus amigos nunca tenían miedo de la policía o de que pudieran detenerlos. ¿Por qué? Rosalio afirmaba que advirtió algo extraño en Treviño el primer día que trabajó para él. Carolyn Rothstein decía que su marido Arnold a menudo comentaba que «posiblemente el mejor trabajo público para el que estaba capacitado era el de director de la policía de Nueva York».36 Treviño coincidía con él.

Fueran a donde fueran, Rosalio observaba que la policía mexicana siempre trabajaba para Treviño: «Ya no había policía. […] Todo estaba bajo su control [el de Treviño]. Lo dominaba todo, el ejército, la policía, todo».37 Treviño los sobornaba, y para asegurarse viajaba siempre con dos millones de dólares en metálico, por si se le presentaba algún pago inesperado. Y allá donde no funciona el soborno, «[la policía] sabe que si echan por tierra algo [como por ejemplo la ruta de la droga de contrabando] acabarán matándolos, así que no se entrometen». Y de hecho, «en algunas ocasiones la policía escolta a los sicarios hasta el lugar del asesinato […]. Es la propia policía la que secuestra a una persona y se la lleva al cártel». Los socios de Treviño fueron directos a la cúpula del Estado mexicano: «Tan pronto podían estar trabajando para el presidente durante el día como esa misma noche estar a las órdenes del cártel».

Pero ¿por qué las bandas de narcotraficantes han logrado apoderarse de México cuando en Estados Unidos no lo han hecho? Cuando intentaba encontrar respuesta a este interrogante me imaginaba las drogas prohibidas como un río que es desviado de su curso para que inunde la ciudad. Si llega hasta un rascacielos podría erosionar los muros y romper algunas ventanas. Pero si se desborda sobre una casa de madera acabará con ella. En México, la democracia y las leyes se asientan sobre cimientos de madera: es un país que, hasta el año 2000, ha sido gobernado durante setenta años por un partido cuasi dictatorial y por eso no se ha desarrollado todavía de la manera adecuada una cultura común en la que las leyes sean vistas como algo que emana del pueblo y que todos deben acatar. Es decir, que el río baja demasiado deprisa y lleva mucha más agua a las áreas circundantes: se estima que del 60 al 70% de la economía de Ciudad Juárez procede del dinero blanqueado por el tráfico de drogas, mientras que en Estados Unidos supone una cifra mucho menor.38

No hay nada que pueda aguantar esa fuerza.

Rosalio estaba en el bosque. Eso aún podía verlo por sí mismo, aunque no fuera capaz de ver mucho más. Tenía un ojo cerrado por la hinchazón, mientras que por el otro, también inflamado, solo podía ver un poco.

Y además sangraba por la garganta.

Los hombres de Treviño habían intentado abrírsela. Además le habían asestado puñaladas por todo el cuerpo. Esas cicatrices las tendrá Rosalio durante toda su vida.

Y ahora Rosalio corría.

En este caso tenemos, una vez más, dos versiones distintas acerca de cómo Rosalio había llegado allí, a aquel bosque y a aquella situación, con la garganta cortada.

La primera —avanzada en Nothing Personal, un documental de la televisión norteamericana— es que, después de haberle enseñado a ser un asesino, los cárteles perdieron el control sobre Rosalio. Este se había tomado algunas libertades respecto a Treviño y en ocasiones mataba por su cuenta. Por ejemplo, cuando se le envió a Monterrey a matar a un rival, en lugar de cumplir la orden se dedicó a lanzar una granada en una discoteca dejando un rastro de cuatro personas muertas y veinticuatro heridas. El sadismo de los cárteles es sin duda de una crueldad inimaginable pero siempre tiene un objetivo. Si vas por ahí como si fueras el mismísimo Carnicero de Milwakee, si extiendes tu sadismo  indiscriminadamente en lugar de dirigirlo a donde te ordenan, entonces no eres sino una distracción que ellos ni necesitan ni van a tolerar.

La segunda versión es la que ofreció el propio Rosalio. Resulta que, al cabo de tres años, «no podía seguir viviendo con aquella gente que me decía qué debía hacer, a quién matar, adónde ir, cómo dormir, cómo comportarme respecto amí mismo. No puedo vivir toda mi vida de esa forma. No puedo vivir siempre con el miedo a que den la orden de matarme. Tenía que parar aquello fuese como fuese». Rosalio ya había visto antes cómo hombres a los que habían disparado bandas rivales eran luego marginados, mantenidos aparte de aquella vida. Por eso, en un momento de desesperación, decidió que tenía que pegarse un tiro. Tenía dieciséis años.

Se subió la pernera del pantalón y me mostró una herida bastante grande. Estaba irritada. Tenía destrozados algunos nervios, en algunas partes había perdido la sensibilidad. Después de dispararse, me confesó Rosalio, hizo lo que había aprendido en el campamento de entrenamiento militar: se inyectó Novocain y seguidamente limpió la herida. «Vi que iba a perder un buen trozo de carne, así que me busqué ayuda para cerrar la herida y luego la cosí lo mejor que pude. Después desinfecté la zona y me tomé unos antibióticos.» El primer día no sintió gran cosa. «Pero el segundo…», Rosalio apretó los dientes.

No funcionó. «Me hicieron coserme la herida de bala y cuidarme yo solo», dijo. Poco después se le enviaría a hacer otro trabajo, a la discoteca de Monterrey. Pero no pudo hacerlo. No era capaz de seguir matando. Ya había tenido suficiente. «Estaba cansado de llevar esa vida. Quería que me dejaran en paz.» Y esa, asegura, es la razón por la que ellos se volvieron en su contra.

Rosalio nunca contó cómo logró evitar que le cortasen la garganta. Incluso arrestado evita jactarse de ello. «Nadie sabe qué pasó después —declaró—. Nadie lo sabe. Yo solo sé que tuve que luchar por mi vida. No voy a permitir que nadie me mate.»

¿Y qué podía hacer en aquella situación? Sabía que si se quedaba en México, tarde o temprano lo encontrarían y que le harían exactamente lo mismo que habían hecho a tantos otros en los tres años anteriores. Así es que llamó a la policía norteamericana en Laredo y les dijo que tenía información para ellos. A las cuarenta y ocho horas estaba de vuelta en Estados Unidos.39 «No quería morir, no quería que muriera mi familia por un error que yo había cometido a los trece años. […] No me cogieron. Me entregué yo mismo […]. No hubo nadie que viniera a por mí, ningún policía vino a arrestarme. Sencillamente me entregué. Porque quería poner fin a aquella historia. […] No quiero volver a llevar esa vida nunca más. No podía seguir así.»

Rosalio tomó la decisión correcta. Años más tarde vería en un juicio imágenes de lo que le habían hecho a su amigo Jesse no mucho tiempo después de que él huyera. «Tenía heridas por todas partes. Lo habían cosido a puñaladas. En el cuello, en la cabeza, la cara, el pecho, los brazos…, tenía la cara y el cuello destrozados, y una cuchillada justo en medio de la cabeza.» Rosalio parecía verdaderamente conmovido cuando describía las imágenes, quizá por primera vez en el curso de nuestra conversación.

«Seguía siendo un ser humano —dice—. Seguía siendo mi hermano.»

En la actualidad, Rosalio cumple dos condenas consecutivas a cadena perpetua en una prisión de Texas por los asesinatos que perpetró a este lado de la frontera. Cuando salga tendrá más de ochenta años, si es que para entonces sigue vivo. Algo que es bastante improbable. Después de pasar la alambrada de espino y los detectores de metales cuando voy a verle, la guarda de la prisión me comenta que «a los Zetas no les sería difícil llegar hasta él y ponerle precio a su cabeza dentro de la prisión».

Un año antes de nuestra entrevista, dos prisioneros se abalanzaron sobre Rosalio y le asestaron tres cuchilladas en la espalda y una más en la cabeza. Cuando nos vimos me mostró las cicatrices. Su cuerpo, ahora me doy cuenta, tiene una topografía poco común, en la que cada herida o resto de tejido cicatrizado marca una parte de su vida. La carne desgarrada constituye por sí misma una historia de la guerra de las drogas. Rosalio cree que, si intentaron asesinarlo, es porque una de las personas a las que él mató era miembro de una banda de la prisión y esta tenía que vengar su muerte. Ahora, por su propia seguridad, vive en estado de «segregación administrativa». La guarda me cuenta que «es algo así como el [régimen de] aislamiento, solo que nosotros no lo llamamos así». Rosalio me explicó cómo funcionaba: «Estás encerrado las veinticuatro horas del día sin salir para nada. No puedes ir a ninguna parte. No hay nada que puedas hacer. […] Simplemente has de estar en la celda. Solo. Ya llevo así algo más de un año». No puede hacer llamadas ni hablar con nadie. «Tal y como me tratan ahora, a veces pienso que debería haber dejado que me mataran», concluye.

Posiblemente Rosalio se pasará el resto de su vida en esas condiciones, sepultado, aparte del resto de la humanidad. Su familia, sin embargo, sí que puede ser alcanzada por los cárteles y por eso está convencido  de que acabarán matándolos. A ellos y a cualquiera que contacte con él.

«¿Qué te hace pensar que no van a ir a por ti? —me pregunta mirándome inquisitivamente—. Tú vienes aquí y me dices lo que ellos no pueden hacer, pero ellos pueden hacer lo que quieran. Tú no sabes hasta dónde pueden llegar. No sabes los contactos que tienen. No sabes a quién tienen en nómina. Tú no has vivido esa vida. Yo sí. Y sé muy bien lo que esa gente es capaz de hacer. Sé hasta dónde son capaces de llegar para matar a alguien. Yo sí que viví con ellos. Tú no.»

Rosalio piensa obsesivamente en aquel día en que, a los trece años, tomó la decisión de apretar el gatillo. Lo admite sin tapujos y habla prácticamente de todo lo que hizo para los Zetas; pero se pasa más de cuatro horas intentando convencerme, con una voz suplicante y doliente, de que se vio obligado a hacerlo.

Ahora caigo en la cuenta de que debería haberle dicho: «No es ese el momento que selló tu destino. No, tu destino quedó sellado mucho antes, cuando se inició la guerra contra las drogas». Quién sabe si lo hubiera entendido.

No cabe duda de que Rosalio fue un adolescente problemático y que posiblemente se habría metido en líos fuera cual fuese nuestra política en materia de drogas. Pero fue la guerra por las drogas la que se aprovechó de esa actitud favorable a la insubordinación y puso a su disposición incentivos económicos para cultivarla, agravarla y explotarla a su antojo. 40 En esta guerra se decía: «Mata y nunca te faltarán dinero ni coches ni mujeres». A los chicos se les daba formación militar para que cometieran sus asesinatos de la manera más eficaz posible. Y además contaban con el apoyo soterrado de las fuerzas policiales mexicanas, de ahí que Rosalio pudiera seguir matando sin miedo a ser arrestado.

«Todos los que estaban conmigo han muerto —me dijo Rosalio, y diría que en su voz había más conmoción que lástima de sí mismo—. Todos mis compañeros y amigos están muertos. Ahora solo quedamos vivos unos pocos.»

Meses después de mi encuentro con Rosalio, cuando ya estaba en Nueva York, me enteré por la prensa internacional de que Miguel Treviño, tras una masacre, se había convertido en el nuevo jefe de los Zetas. 41 Pero no había pasado mucho tiempo cuando se informó de la captura de Treviño en Nuevo Laredo por parte de la policía mexicana, seguramente porque una banda rival había pagado a los agentes para que fueran contra él.42

Nadie duda de que ahora hay otro gánster controlando las rutas de la droga desde México hasta Estados Unidos, como tampoco nadie duda de que tiene una nueva hornada de niños soldado listos para defenderlo.

Tras el grito
Un relato revolucionario y sorprendente sobre la verdadera historia de la guerra contra las drogas
Publicada por: Paidos
Fecha de publicación: 09/01/2015
Edición: 1a
ISBN: 9788449331350
Disponible en:Libro de bolsillo