miércoles 16 de enero
Periodismo Justo

Cambio

No se trata sólo de un cambio de gobierno. Termina una etapa política y comienza otra. Se puede decir que la saga finaliza como empezó: en el marco de la confrontación. Esa fue la marca de identidad del gobierno que llegó al poder en 2003. Néstor Kirchner dio sus primeras batallas contra los miembros de la Corte Suprema heredada del menemismo y luego con Eduardo Duhalde, su principal impulsor electoral. Cristina Kirchner ejerció sus dos mandatos con el mismo catecismo y los adversarios se fueron sucediendo: las patronales del campo, el Grupo Clarín y Hugo Moyano, fueron los más destacados. La Presidenta deja la Casa Rosada envuelta en una disputa con su sucesor que no tiene antecedentes en la historia nacional. Sólo desde la perspectiva del enojo personal y la mezquindad política se puede explicar su negativa a entregar los símbolos del poder de manera tradicional y en la Casa de Gobierno. La discusión sobre el escenario ideal sonó a excusa. Mauricio Macri tampoco colaboró para descomprimir una transición que se presentó compleja desde un principio. El pedido del Presidente electo y su vice para que la justicia determinara el momento exacto de finalización del mandato es un disparate difícil de explicar. Lo cierto es que el traspaso más tranquilo y ordenado desde el retorno de la democracia, en paz social y entre dos dirigentes legitimados por los votos, se transformó en un bochorno internacional, triste e innecesario.


La decisión de Cristina Kirchner tiene costos y, en principio, se mostró dispuesta a pagarlos. Su postura impactó en importantes sectores del peronismo, descontentos con la actitud intransigente. Las consecuencias son imposibles de medir ahora. Mauricio Macri tampoco tiene mucho para celebrar con el desencuentro. Uno de sus planteos de campaña fue “unir a los argentinos”. Contribuir a cerrar “la grieta”. El tres por ciento de diferencia a su favor obtenido en el balotaje así lo aconseja. Sin embargo, en su entorno, se impusieron los halcones. Lo convencieron de que la mejor manera de construir autoridad era en base a no hacer concesiones con el gobierno saliente. En esa línea estuvieron enmarcadas sus declaraciones y la decisión de impulsar la destitución de la Procuradora General de la Nación, Gils Carbó, aunque no se respete la legalidad en el procedimiento.

El resultado inmediato tampoco es alentador para un gobierno que necesita articular consensos mínimos en el Congreso de la Nación. Los diputados del Frente para la Victoria anunciaron que no participarían del acto de asunción del mandatario electo “en solidaridad con la Presidenta” y en el Senado, Miguel Ángel Picheto le recordó a Macri que la bancada de Cambiemos “es minoría” en ese recinto. La armonía que se vivió entre oficialistas y opositores que cambiaron de rol, durante la jura de los nuevos legisladores la semana pasada, se quebró y puede ser el prólogo de nuevas turbulencias.

Más allá de las formalidades vulneradas en la ceremonia de asunción, la intervención de la justicia (“un elefante en el bazar de la política”, como lo definió el fiscal Jorge Di Lello, autor del dictamen que puso plazo al mandato de la Presidenta) y la pirotecnia verbal entre los dirigentes de ambos bandos, lo cierto es que el kirchnerismo en el poder es parte del pasado. Sólo el tiempo permitirá juzgar con mayor objetividad la calidad de esas tres gestiones que terminan. Hay algo que puede anticiparse: no fue tan maravilloso como los funcionarios oficialistas pregonan a voz en cuello ni tan horrible como los opositores afirman en cada aparición mediática. Basta hacer una enumeración arbitraria para comprenderlo.

El gobierno que nombró a juristas prestigiosos e independientes en la Corte Suprema y firmó el decreto de autolimitación para nombrar a sus miembros; el que amplió derechos y aprobó el Matrimonio Igualitario; el que defendió la industria nacional y cuidó el mercado interno; el que propició la creación de millones de puestos de trabajo y consolidó el sistema de paritarias para discutir salarios; el que impulsó los juicios a los represores e hizo de los derechos humanos una política de Estado; el que extendió la cobertura previsional y aprobó la Asignación Universal por Hijo; el que consolidó el proceso de integración regional y renegoció exitosamente la deuda externa es el mismo gobierno que intentó incidir en decisiones judiciales y desplazar a magistrados que lo investigaban; destruyó las estadísticas oficiales para ocultar la inflación; consagró a César Milani como Jefe del Ejército; utilizó la pauta publicitaria para disciplinar a los medios críticos; no hizo una reforma fiscal ni bancaria; contribuyó a la debacle del transporte público (sólo revertido después de la tragedia de Once); tuvo una pésima política energética y tiene funcionarios acusados por distintos casos de corrupción.

Cristina Kirchner se va como llegó: con gesto beligerante y desafiando las formas. Ante una Plaza de Mayo colmada señaló a sus enemigos: los grandes medios, las corporaciones económicas y el partido judicial. Ahora deberá enfrentar un presente político sin poder y ante un peronismo en ebullición después de la derrota. Quedó claro por su último discurso que intentará liderar la oposición. La idea de un retiro apacible en El Calafate quedó descartada. Mauricio Macri llega a la Casa Rosada como lo soñó hace un par de años: sin “cargar” con ningún sector del peronismo y con un equipo diseñado a su medida: con amigos de la vida y de la política, ex directivos de empresas con experiencia de gestión privada y algunos radicales. Tiene enormes desafíos: consolidar a Cambiemos como fuerza política más allá de la mera alianza electoral, enfrentar la delicada situación económica sin afectar a los que menos tienen (en las últimas semanas se dispararon los precios y la especulación) y superar las antinomias que siguen atravesando a una sociedad que se quedó sin la foto del saludo entre dos de sus líderes más influyentes.