domingo 23 de septiembre
Interesante

“Bien al Sur. Historia del blues en la Argentina”, de Gabriel Grätzer y Martín Sassone

El blues surgió en el sur de los Estados Unidos pero alcanzó difusión a escala global. Las primeras expresiones de música folclórica norteamericana que más tarde darían forma al género llegaron a la Argentina a fines del siglo XIX y, desde entonces, ya sea como forma musical independiente o como parte del repertorio de los músicos de jazz, la presencia e influencia del blues fue creciente. A partir de la década del sesenta, en el contexto de un redescubrimiento y revalorización a nivel internacional, el blues en la Argentina comenzó a adquirir características particulares de la mano del naciente rock nacional que lo adoptó como parte de su lenguaje. Pero fue durante los noventa donde las frecuentes presentaciones de músicos internacionales en el país –entre los cuales se pudo ver tanto a legendarios como a jóvenes bluesmen estadounidenses– que el blues local vivió un inesperado boom que, en las décadas siguientes, no ha dejado de crecer y expandirse. “Bien al Sur. Historia del blues en la Argentina”, de Gabriel Grätzer y Martín Sassone (Gourmet Musical Ediciones) recorre las apasionantes historias de los músicos, los grupos, los lugares, los estilos, los viajes y los amantes de este arte en el país y confirma que el blues se ha convertido en parte de la música y la cultura argentina.


El libro se presenta hoy, martes 15 de diciembre, a las 20 en El Balcón del Blues (Lavalle 3602, Buenos Aires) con las actuaciones de Miguel Botafogo y Jorge Senno, entre otros.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

Blues con lenguaje propio Los cimientos del rock en la Argentina
Corrían los años cincuenta, y la escena del jazz, sobre todo en Buenos Aires, estaba muy consolidada de la mano de artistas como Oscar Alemán, las cantantes Blackie y Lois Blue, y algunas excelentes bandas y orquestas. Fue en ese momento que el rock & roll se hizo presente con dos películas: Don’t Know the Rock (Fred Sears) y Semilla de maldad (Richard Brooks). Con esos estrenos, a partir de 1955, la juventud argentina se vio transportada por el alocado ritmo de Rock Around the Clock de Bill Haley and His Comets. Así lo expresó Ernesto Castrillón: “Los azorados acomodadores de los cines porteños contemplaban cómo los jóvenes se sacudían, se subían a las buta¬cas o, simplemente, bailaban en los pasillos. Ya desde entonces, los mayores entrevieron el carácter revulsivo del nuevo ritmo y comenzaron a mirarlo con desconfianza”.
En plena fiebre por esta música, se produjo la llegada del ídolo. Entre abril y mayo de 1958, Bill Haley y sus Cometas se presentaron en el Teatro Metropolitan. El diario La Razón del 3 de abril anunció el acontecimiento con el siguiente titular: “Bill Haley llega a Buenos Aires para dislocar a la juventud porteña con el rock”. En su edición de mayo, la revista Antena publicó en tapa una foto de Haley con poncho y tomando mate. El dato es relevante porque desde hacía un tiempo, un sector conservador intentaba instalar un pensamiento opositor a la cultura del rock & roll, con el argumento de que se trataba de “música extranjerizante”. Esos críticos defendían otros valores y creían que, en términos musicales, el tango representaba lo nacional, lo nuestro. Este aspecto de la confrontación generacional que comenzó entonces influyó considerablemente en el desarrollo de una corriente de rock nacional que los jóvenes utilizaron para imponer sus propias ideas y sentimientos.
Ese concepto puede apoyarse con lo que acontecía en la radio con el programa Melodías de rock & roll, emitido diariamente por Radio Mitre con la conducción de César Lazaga, que se presentaba como una respuesta a Mediodías de tango, que iba todos los días por la misma emisora. El espacio rockero difundía temas de Little Richard, Eddie Cochran, Buddy Holly, Gene Vincent, The Platters y Paul Anka, entre varios otros protagonistas de la época. Otro programa clave de esos años fue Rock and Belfast (con el auspicio de la sastrería Belfast), que Jorge Beilliard puso al aire por Radio Excelsior. Allí comenzó a pasar los flamantes discos que iban llegando de los rockeros estadounidenses. Incluso la popular “revista Jazzlandia comenzó a diversificarse al rock incluyendo notas y letras de los rocks en boga, además de calificar las ediciones con una escala de uno a seis”.
En paralelo a este acontecimiento –y como consecuencia del mismo– comenzaron a editarse aquí los primeros discos de Elvis Presley y Little Richard (rebautizado como “Ricardito”), entre otros. La gente quería tener en sus casas lo que, con devoción, descubría en las radios. Sin embargo, el contacto más directo que el espectador tenía con esta música, en un principio, estaba más ligado al fenómeno del baile. Un buen ejemplo de ello fue la pelí¬cula nacional Venga a bailar el rock, estrenada el 29 de agosto de 1957. Dirigida por Carlos Stevani y protagonizada, entre otras estrellas del momento, por Nélida Lobato, Pedro Rico y Alfredo Barbieri, aparecía en ella el músico Eduardo Pequenino. Fue el primer film iberoamericano que tuvo como tema central el rock & roll.
Eddie Pequenino, trombonista y cantante de jazz, dejó los apacibles pasos del swing para formar lo que muchos consideran la primera banda de rock del país: Mister Roll y sus Rocks. Postura de rocker, elegantes trajes, coreografías casi circenses y canciones que alternaban covers en inglés con temas propios en español fueron el coctel perfecto para convertir a este hombre del barrio de Villa Urquiza en el pionero del rock argentino.
Años más tarde, otra aparición hizo furor: El Club del Clan. Con sus modelos estudiados, sus ritmos insulsos e inocentes, los músicos que lo inte¬graban eran, aun con su indiscutido talento y carisma, el ejemplo más logrado de la fabricación de ídolos juveniles por parte de los productores. Es cierto que jamás podrán ser señalados como el verdadero origen del rock nacional, pero con su aporte, la escena musical terminó de instalarse.
Como en Inglaterra, también aquí aparecieron los primeros imitadores de los rockeros del norte. Billy Cafaro, con éxitos multimillonarios como Pity, Pity, representó el costado más aggiornado, una típica imagen pop de aquellos años.
La influencia de una música y una moda extranjera trajo aparejada trabas con el lenguaje que llevaron a muchos músicos y productores a traducciones obligadas. Primero fueron los títulos de las canciones, luego los nombres de las bandas estadounidenses y, finalmente, las letras. Así, The Platters pasaron a ser Los Plateros y canciones como Rock Around the Clock, See You Later Alligator y Happy Baby se hicieron populares como Al compás del reloj, Rock del caimán y Nena feliz. Algunos músicos y bandas locales a veces tergiversaban el significado original de las canciones en inglés, como pasó con el mencionado éxito de Billy Cafaro, Pity, Pity, quien no tradujo el título (Pena, pena) con la intención de que pareciera un nombre de mujer.
También el aspecto estético formó parte del cambio cultural. En el final de la década del cincuenta, se puso de moda Elvis Presley. Con su tercera película, Loving You (estrenada aquí como La mujer que yo adoro, en 1958), los jóvenes argentinos comenzaron a vestir de un modo más liberal, se volvieron más provocativos. Se usaban jeans ajustados, la camisa abierta con el cuello levantado y lucían el cabello más cuidado. Elvis pasó también a ser el modelo a seguir de los músicos locales como Luis Aguilé con los Modern Rockers, Danny Santos y, más adelante, Palito Ortega, Johnny Tedesco y Roberto Sánchez, popularmente conocido como Sandro.
Este último mostró desde un comienzo un desenfreno y una rebeldía que nada tenían que envidiarles a los rockeros originales. Justamente Hay mucha agitación (Whole Lotta Shakin’ Goin’ On), de Jerry Lee Lewis, y Tutti-Frutti, de Little Richard son, quizás, dos de las más extraordinarias interpretaciones de rock & roll tradicional, reversionadas en castellano y grabadas no solo en la Argentina, sino en toda Latinoamérica. Sandro apuntaló su carrera can¬tando en español éxitos del rock inglés y estadounidense. En sus primeros discos para la CBS, entre 1964 y 1967, y antes de volverse un cantante melódico, interpretó a los Beatles con Ámame (Love Me Do), Boleto para pasear (Ticket to Ride) y Anochecer de un día agitado (A Hard Day’s Night); a Bob Dylan, Soplando en el viento (Blowin’ in the Wind); a The Kinks, Un hombre bien respetado (A Well Respected Man); y también una llamativa aproximación a La casa del sol naciente, que The Animals había recreado con tanto éxito en Inglaterra.

Con lo nuestro
En plena beatlemanía, y siguiendo la moda de los conjuntos extranjeros, un grupo de jóvenes gestó un movimiento vigoroso, aunque muchas veces marginal y hasta clandestino. En Buenos Aires, alrededor de La Cueva, de La Perla de Once y del Instituto Di Tella, lugares hasta entonces frecuentados por jazzeros, vanguardistas y bohemios, dieron sus primeros pasos Los Beatniks –con Moris, Javier Martínez y Pajarito Zaguri–, Tanguito y una infinidad de bandas beat como Los Mockers, The Bishops, Los Jerks, Los Knacks y Claudio Caramelo. En esa línea también estaban los Blue’s Men, que en 1968 editaron por Odeon su único disco, Prohibido prohibir, que se volvió un álbum de culto entre coleccionistas de todo el mundo. En su repertorio, conformado por mayoría de covers como Georgia On My Mind e If I Were a Carpenter, se destacaba la voz potente y profunda, comparable con las de Jim Morrison y Eric Burdon, del cantante Miguel Witis.
En el programa La escala musical, que se emitió por Canal 13 en 1967, se presentaron algunas bandas beat que, fiel a ese estilo, reproducían algunos viejos blues que habían escuchado de artistas más populares. Ese fue el caso de Telmo y los Stones que tocaron en vivo My Babe, inspirados en la versión de Ricky Nelson, pero que en realidad había escrito Willie Dixon para Little Walter. El cuarteto Los Interrogantes también se presentó en ese programa interpretando You Don’t Love Me, de Willie Cobbs, pero reproduciendo la versión que Sonny & Cher habían grabado en 1965.
Mientras tanto, un conjunto rosarino sumaba a su sonido algo de blues. Los Gatos Salvajes comenzaron tocando con el nombre de The Wild Cats en el Club Francés de esa ciudad del sur de Santa Fe. Tenían algunos temas pro¬pios, pero básicamente hacían covers de Chuck Berry, Elvis y de las bandas británicas como los Rolling Stones. Así, en su primer LP, de 1965, editaron la que podría ser considerada la primera grabación de blues eléctrico en el país: Little Red Rooster, de Willie Dixon –que los propios Stones habían incluido en su disco The Rolling Stones, Now! ese mismo año–, en la que incluso Juan Carlos “Chango” Puebla toca guitarra con slide. Luego, el grupo se separó, y dos de sus integrantes, Litto Nebbia y Ciro Fogliatta (más adelante uno de los grandes referentes del blues argentino), formaron Los Gatos cuyo primer sencillo, La balsa, es considerado el verdadero punto de partida del rock nacional. Pero esa es otra historia. Aquí simplemente se mencionan los cimientos del rock argentino para comprender y contextualizar las bases his¬tóricas sobre las que luego se construyó el blues local.
Fue esta, sin dudas, una época formativa y fundamental en muchos aspec¬tos y que tendría en el advenimiento del blues una incidencia notable, no solo por lo musical sino también en lo idiomático.
La lejanía geográfica de la Argentina impidió que el país quedara dentro del recorrido de los grandes grupos de rock de los sesenta, a la vez que los productores internacionales tenían un desconocimiento total del potencial mercado sudamericano, lo cual también jugó en contra de posibles giras. Así, grupos como The Beatles, The Rolling Stones, The Who, The Animals y las demás bandas británicas de relieve de ese momento ni asomaron por aquí.
Entre 1964 y 1973, año en que Santana tocó en el país ante una audiencia masiva, solo habían pasado por nuestra tierra grupos de menor cuantía como Herman’s Hermits o The Tremeloes. Ambos se presentaron en 1967 y, como era de esperarse, lo hicieron ante escaso público y en lugares insólitos: los primeros en una cancha de básquet del Club Vélez Sarsfield y los segundos, en el Lawn Tenis de Ramos Mejía.
Pero esa ausencia de artistas internacionales, en algún punto, podía con¬siderarse beneficiosa para los músicos locales. Los obligó a crear un lenguaje propio, un ritmo, una forma de interpretar las cosas sin sentirse apabullados o tapados por el enorme despliegue musical, de tecnología y de producción, de los consagrados europeos y estadounidenses. El poder apreciar la evolución del movimiento únicamente a través de los discos les permitió a los rockeros argentinos no sentirse aplastados por la comparación e intentar su camino con los errores y aciertos propios. Es decir, crearon su música con lo que tenían a mano.
Otro hecho que contribuyó a la construcción del rock nacional fue el fenó¬meno del folclore tradicional, que explotó en los años sesenta, con el rotundo éxito en Buenos Aires de grupos del interior como Los Fronterizos, los Quilla Huasi o Los Chalchaleros y que trajo aparejado el auge por tocar su música. En cada hogar había una guitarra criolla o un bombo y alguien dispuesto, revistas mediante (los famosos cancioneros), a interpretar una zamba o unas chacareras. Así, para cuando el rock nacional se estaba gestando, ya había una noción primaria de los jóvenes de cómo tocar. Las guitarreadas folclóricas les habían hecho perder la inhibición. Las criollas se transformaron para el rock que, mediante exóticos y caseros sistemas de amplificación, se volvieron eléc¬tricas. Los bombos, con una pandereta sobre su parche, resultaban improvisa¬das baterías tal como sucedió con la tabla de lavar la ropa en el country blues primitivo de los Estados Unidos. Todo recurso era útil para tocar.
Por ello, si aún faltaba algún obstáculo por vencer, desapareció con el éxito de Los Gatos al demostrar que el rock y todo lo que de él derivara se podía hacer en castellano y, por ende, el blues también.
Este fenómeno permitió definir dos vertientes en el blues local: el blues argentino, con su forma propia, su sonido más rockeado y un lenguaje defi¬nido, que comenzaría a ser delineado por Manal y Pappo dede finales de los sesenta; y el blues en la Argentina, que ya se venía, de manera muy esporádica, tocando en el país y que explotaría en los noventa, incluyendo las expresio¬nes que, de alguna manera, recrean el género respetando las estructuras y los parámetros tradicionales.

Crisis y resurrección en el blues del nuevo milenio
A fines de los noventa, el blues entró en recesión. La brutal crisis eco¬nómica, con su pico más cruel en 2001, tuvo un impacto directo sobre todo y esta música no quedó al margen. Las visitas internacionales se redujeron casi a cero. Las bandas empezaron a experimentar una marcada merma de público, algo que se intensificó tras la tragedia de Cromañón, que causó la muerte de 194 personas y más de 1400 heridos cuando el 30 de diciembre de 2004 la disco de Once se incendió en pleno show de la banda Callejeros. El “efecto Cromañón” fue la clausura masiva de discotecas y espacios culturales que incumplían normas de seguridad, no solamente en la Ciudad de Buenos Aires, sino también en diversas partes del país.
Pero la experiencia vivida no fue en vano. Una nueva semilla del blues en la Argentina había empezado a germinar y sería cuestión de tiempo para que se empezaran a ver sus frutos. Los músicos que se formaron en el Blues Special y en el Samovar darían el salto a la madurez musical en los años veni¬deros, y una renovada lista de artistas internacionales comenzó a venir al país cada vez con mayor frecuencia. Se abrieron nuevos lugares para tocar y zapar. Internet y las redes sociales empezaron a ligar a los distintos intérpretes y fanáticos alrededor del país en comunidades virtuales que, de alguna manera, achicaron las distancias. La descarga de archivos mp3 provocó que cualquier joven tenga acceso directo y gratuito a una incalculable discoteca virtual. En este período hubo grandes hitos bluseros y también pérdidas muy importan¬tes, pero todo eso contribuyó al desarrollo de una escena que, pese a que en general no es comercial, siempre se las rebuscó para seguir creciendo.

El último blues de Pappo
El álbum doble Pappo & Amigos salió a la venta en mayo de 2000. Allí, el guitarrista repasaba temas de su carrera junto a bandas de rock como Divididos, Almafuerte y Viejas Locas, más algunos viejos conocidos y otros compañeros de ruta como Andrés Calamaro, Alejandro Medina, Vitico, Juanse y Adrián Otero. El 17 de junio presentó el disco en Obras con muchos
invitados y fue todo un suceso, que le abrió las puertas a una gira por ciudades del interior. En diciembre, Pappo despidió el año junto a La Mississippi y Memphis con un megashow en Autopista Center, en Haedo.
Todavía quedaban tres grandes acontecimientos bluseros en la vida de Pappo. Uno, más personal, fue tocar junto al albino Johnny Winter en un festival en España en mayo de 2003. El segundo, para satisfacer a su público, y por qué no a sí mismo, fue la grabación de Buscando un amor, un disco 99% blusero. El álbum se editó en noviembre de 2003 y fue producido por el empresario Jorge “Corcho” Rodríguez, quien por entonces era pareja de la animadora televisiva Susana Giménez. Buscando…, que fue presentado en todo el país, mezclaba temas propios como Rock and roll y fiebre y la balada Juntos a la par, con algunos clásicos del blues como Killing Floor y The Thrill Is Gone. Algunos lo cuestionaron porque grabó temas en inglés, pero él ya se había convencido de que así tendría una mayor proyección internacional. “Hablo inglés desde los nueve años, pero hace tres que estoy estudiando para perfeccionar la pronunciación cuando canto. Ahora salieron muchos a cri-ticarme por eso, pero si no lo hago me pierdo la chance de conquistar otros mercados. Así que no me importa, menos a esta altura de mi carrera”, respon¬dió en una entrevista.
El tercer suceso fueron tres shows tributo a B.B. King en noviembre de 2004 –dos en el ND Ateneo porteño y uno en el Willie Dixon de Rosario– en los que Pappo se rodeó de una estricta banda de blues, con Alambre González en guitarra, Bohemio Rubinsztein en bajo, Nico Raffetta en teclados y Tony Coleman, el baterista del mismísimo Rey.
El blues estaba en su alma y lo tocó hasta el final.
El 24 de febrero de 2005, sufrió un accidente fatal en el kilómetro 71 de la Ruta 5, en Luján. Tenía 54 años. La noticia fue demoledora, tanto para el ambiente del blues como para el de la música en general. Más de tres mil per¬sonas acompañaron al cortejo fúnebre desde La Paternal hasta el cementerio de la Chacarita.
“Sin él, Argentina ya no será lo mismo para mí. Era el mejor guitarrista de blues de Sudamérica”, dijo B.B. King al enterarse de su muerte.
Su música trascendió a su muerte. Sus discos siguen siendo una referencia ineludible del blues y del rock nacional y su influencia es palpable en infini¬dad de bandas emergentes. Incluso, con el tiempo, comenzaron a aparecer los discos tributo, entre los que se destaca Pappo x Juanse, editado a fines de 2014. Su imagen y su recuerdo están presentes en el monumento que se levantó
en su memoria, en la plazoleta Roque Sáenz Peña, en su barrio del alma, La Paternal, en la parada del metrobus de Juan B. Justo y Boyacá, y en el pasaje La Fronda, que por una ley sancionada por la Legislatura porteña en 2015 cambió su nombre por el Norberto Napolitano.
“La muerte de Pappo fue absurda, prematura e inesperada. Pero yo creo que si él hubiera podido elegir una forma de morir –sostiene Ricardo Tapia–, hubiera sido esa. O arriba del escenario tocando. Pappo vivió una vida intensa. Viendo en retrospectiva, hizo todo lo que un músico de rock quiere hacer en vida. Pero bueno, uno preferiría verlo viejo. Como decía su canción, trató de hacer las cosas a su tiempo sin darle importancia al cuerpo. Fue, es y será la viva imagen del rock argentino. Y más allá de sus dedos increíbles, dejó un legado de canciones que son tan buenas que hasta se pueden rasguear con una criolla”.

Del Colón a la Casa Rosada
Muchos artistas y bandas ofrecieron conciertos en lugares poco frecuentes como cárceles, hospitales o villas de emergencia. Pero en 2001, el blues llegó a un lugar ciertamente impensado: el Teatro Colón.
Gabriel Grätzer ya venía dando conciertos didácticos desde 1995, en la sala 9 de Julio del teatro (está en el primer subsuelo y se utiliza para ensayos) dentro de un ciclo emblemático que llevaba más de cincuenta años y que se llamó El Hecho Musical. A comienzos de mayo de 2001, la dirección artís¬tica del Colón, con Eugenio Scavo y Eugenio Abruzzese a la cabeza, dado el éxito de esas presentaciones de blues decidió que era un buen momento para pegar el salto. Así, el lunes 21 de mayo, con entrada libre y gratuita y ante un lleno total, Grätzer se convirtió en el primer músico de blues del país en tocar en ese teatro porteño. Fue un show que recorrió en música y comentarios la historia del blues: comenzó con algunas interpretaciones completamente acústicas de country blues y antiguas baladas, y concluyó con un muestrario de formas de blues eléctrico.
De aquel show participaron Adrián Jiménez, Daniel Raffo, Juan Codazzi, Mariano Llopis, Nicolás Raffetta, Fernando Tejero, Gabriel Gerez, Gabriel Cabiaglia, Mauro Diana, Roberto Porzio, Julieta Pizarro y algunos alumnos de la Escuela de Blues como invitados.
El diario La Nación, a través de René Vargas Vera, apuntó sobre aquel día: “Es muy saludable la iniciativa del Teatro Colón al abrir sus puertas a expre¬siones populares. El blues es, en este caso, además, la música folclórica por excelencia y Gabriel Grätzer, brillantemente secundado por los músicos de la Escuela de Blues, estuvo a la altura de semejante contexto”.77
Un año más tarde, en mayo de 2002, Clarín tituló: “El blues en el templo argentino de la lírica”.78 El diario hacía referencia a la presentación de Memphis La Blusera. La banda tocó durante casi dos horas “música creada en la calle”, como la definió Adrián Otero cuando subió al escenario. A dife¬rencia del concierto didáctico de Grätzer, este fue un show integral en el que
Memphis estuvo acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Gerardo Gandini.
En su crónica, el periodista Gabriel Giubelino escribió:
“Como en las otras oportunidades en que el rock pisó el Colón –ya lo habían hecho años antes Fito Páez y Gustavo Cerati– el templo de la música clásica explotó. Los palcos con capacidad para cuatro personas estaban ocu¬pados por ocho o nueve. En los pasillos había fans parados y sentados. Arriba, el gallinero parecía en un partido de la Copa Libertadores […]. Uno a uno fueron desgranando los temas cuya melodía y alguna que otra estrofa cono-cen aun aquellos que jamás tuvieron un disco de Memphis en sus manos. Angelitos culones, Quiero vivir en un lugar, Moscato, pizza y fainá, Irresponsable, La bifurcada, todos temas firmados por el cantante y el bajista Daniel “Ruso” Beiserman. Para el bis, ya sin la Sinfónica, el Blues de Rosario hizo bailar y cantar a todo el mundo.
El show quedó registrado en el álbum En vivo en el Colón, editado en 2004. Como anécdota, se sabe que más de un purista de la música clásica no aprueba esta mezcla de músicos populares en lugares como el Colón. El concierto de Grätzer fue anunciado por el presentador como “un concierto de jazz”, tal vez para evitar mencionar el término “blues” sobre ese escenario y, en el caso de Memphis, en medio del concierto una empleada animó a un fotógrafo que buscaba una buena toma y le gritó: “Subí y saludá si querés, si total acá sube cualquiera”.

* * *

El 30 de marzo de 2007, el blues criollo llegó a la Casa de Gobierno. Sucedió en el marco de una serie de recitales que se realizaron en el Salón Blanco y que, desde el mes de febrero, tuvo como protagonistas a distin¬tos artistas populares como Luis Alberto Spinetta, Abel Pintos y Mercedes Sosa. El motivo del evento, que fue transmitido por la Televisión Pública, fue “acercar la infraestructura institucional, como la Casa Rosada, a la sociedad, al pueblo y a la cultura”.
Claudio Gabis presentó un show fantástico en el que repasó los grandes temas de Manal y algunos de su carrera como solista. La banda que lo acom¬pañó estuvo integrada por Leo Sujatovich en teclados, Juan Pablo Navarro en bajo y contrabajo, y Fernando Martínez en batería. Gabis, además, contó con grandes invitados como Claudia Puyó, Ciro Fogliatta, Ricardo Tapia, Horacio Fontova, Claudio Kleiman, León Gieco, Uki Goñi, Kubero Díaz y Jorge Senno. El show comenzó con un instrumental que Gabis compuso para la ocasión que se llamó Blues del Salón Blanco y siguió con Blues del corazón destrozado. Luego, el guitarrista presentó a Ricardo Tapia como “otro amigo,
otro miembro del club del blues argentino”. El vocalista de La Mississippi cantó y tocó la armónica en Bajando a Buenos Aires.
El momento más emotivo de la tarde ocurrió con Blues del terror azul. Mientras Gabis presentaba a Claudia Puyó, se asomó por un costado el por entonces presidente Néstor Kirchner. La cámara lo enfocó justo cuando Gabis decía “ella [por Puyó] ha cantado mis temas ya que yo no los canto para beneficio de la humanidad”. Kirchner sonrió. Fue un instante muy espe¬cial para los que estuvieron allí presentes. Ese viejo blues de protesta, que en los años de plomo era muy difícil de tocar en vivo por lo que representaba su letra, sonó como una justa reivindicación a una generación que fue diezmada por el terrorismo de Estado.
“Fue uno de los momentos más importantes de mi vida. Por la música y por el significado. Por el momento histórico en el que se produjo. Por ser la primera vez que la cultura de blues rock argentino se expresó en un marco así. Los músicos que tocamos fuimos gente que venía con una historia musical y una manera de pensar bastante definida, también por un tema generacional; era muy increíble verlos a todos desparramados en el mismo sitio donde se generó parte de la tragedia de la historia reciente del país. No eran los artistas que habitualmente se ven en los eventos oficiales, era gente muy talentosa convocada por Claudio Gabis y con un gran grado de autenticidad –recuerda Jorge Senno–. Al haber varios guitarristas, le ofrecí a Gabis la posibilidad de llevar una dobro, que fue una imagen muy interesante: la primera vez que un instrumento de estas características visitaba un lugar así. Con esa guitarra acompañé a Claudio en Todo el día me pregunto. Pero, sin dudas, el gran momento de la noche fue la increíble interpretación del Blues del terror azul. Fue como un exorcismo”.

 

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