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“A brillar mi amor”, de Jorge Boimvaser

La Ejecución OK


Sin publicidad, solo con el recurso del boca a boca, las nuevas camadas de seguidores ya comienzan desde niños a escuchar a los Redondos y a adoptar las frases de los temas como dogmas. Chicos que escucharon desde el vientre materno a Los Redondos hoy piden ir con sus padres a las misas paganas del Indio Solari y Skay. «A brillar, mi amor» se ha transformado en un libro de culto.

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

¿Por qué son un mito viviente?

Seguimos preguntándonos: “¿Por qué Los Redondos son un mito viviente?”. Quizá la respuesta esté en la velocidad de las comunicaciones, internet, las redes sociales, y todos los avances que la tecnología nos trajo. Hoy podemos disfrutar de la genialidad artística de nuestros héroes al instante. Antiguamente, todo aquello que era receptáculo de una fuerza extraña, aquello que se diferenciaba de su medio, era considerado objeto sagrado. La lírica del rock argentino ha dado innumerables muestras de genialidad poética, pero, entonces, ¿por qué muchas de ellas han caído en el olvido y, en cambio, ciertos dogmas de Los Redondos están grabados a fuego en el inconsciente colectivo de los peregrinos pasados, actuales y futuros? Nadie podrá olvidar, si no han sido olvidadas hasta ahora, frases como “Violencia es mentir”, “Vivir solo cuesta vida”, “Lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir”, entre otros tantos dogmas infalibles.

Miguel Abuelo, cuando era muy jovencito, en los albores del rock nacional, compuso una hermosa canción llamada “Oye, niño”. En esa letra majestuosa reina una síntesis de toda la filosofía espiritual de Oriente, ya sea el taoísmo, el budismo o el zen. Lo que esos primeros hombres de espíritu escribieron en miles de páginas que hoy están al alcance de cualquiera de nosotros Miguel Abuelo lo sintetizó en catorce palabras: “Todo lo que ata es asesino, todo lo que ata no es la paz”. Pero la memoria colectiva se volvió amnésica, no por maldad de alguien, sino por esas fuerzas extrañas que dan a un texto un hito de inmortalidad y a otros una resaca de olvido…

Tu negocio es muy difícil de explicar
y fácil de enseñar…
Fácil de enseñar si dormiste bien…

El “Bhagavad Gita” es parte del Mahabharata, el mayor poema épico de India, que consta de setecientos versos repartidos en dieciocho capítulos. La tradición atribuye su autoría a Krishna-Dwaipayana, el mismo que arregló los vedas, lo que le ganó el nombre de Vyasa o compilador. Vyasa nos narra hechos acaecidos varios siglos antes de Cristo: el enfrentamiento entre las dos castas rivales de aquella época, los kurus y los pandavas, por la posesión del reino de Hastinapura. Este extenso poema es más que una simple narración de hechos. Es un vasto acopio de leyendas, historias, mitos, discursos didácticos escritos en un bello lenguaje, que han nutrido toda la mitología hindú y creado una de las mayores religiones del mundo: el hinduismo.

¿Qué tienen que ver estos libros antiquísimos con la historia del Peregrinaje Ricotero? Ya veremos la respuesta casi soplada en el viento con la misma suave intensidad con la que ß uye la lírica de Los Redondos.

El “Gita” —que fue traducido al inglés y, de ahí, al resto de las lenguas por el mismísimo Mahama Gandhi— forma parte de uno de los grandes temas de los 80, que no ha sido olvidado pero tampoco es tan recordado como merece: “El témpano”, compuesto por el autor rosarino Adrián Abonizio e interpretado por Juan Carlos Baglietto y Silvina Garré. Quizá sin saberlo, el propio Abonizio escribió un párrafo en el que sintetiza la esencia del “Gita” y nos trae desde lo profundo de la historia la mística sagrada que se convierte en inmortal. La esencia de este “Canto del bienaventurado” dice que “la lucha es de igual a igual contra uno mismo y eso es ganarla”. Y remata: “No se paren, no se maten, sólo es una forma más de demorarse”.

Estas historias casi mitológicas del rock nacional deberían ser parte de la lectura y el aprendizaje en las escuelas desde temprana edad. Sin embargo, en esta vieja cultura frita se siguen dando materias que son paparruchadas, y lo trascendente y eterno queda en el olvido.

La lírica ricotera nos recuerda uno de los textos de George Gurdjieff. Decía el gran maestro esotérico: “Todas las enseñanzas místicas y ocultas reconocen en el hombre la existencia de fuerzas y capacidades superiores, aunque en muchos casos sólo en forma de posibilidades, y hablan de la necesidad de desarrollar las fuerzas escondidas en el hombre”.

¿Cómo salen de la pluma de un creador textos tan maravillosos? Algunos se pierden y otros, como el de nuestros héroes vivos, quedan en el inconsciente colectivo. ¿Por qué? No hay respuestas científicas o empíricas, pero sí algunas definiciones de las sabidurías ocultas nos sirven para encontrar huellas de esas respuestas. El mismo Gurdjieff mencionaba la existencia de un centro intelectual superior que está muy alejado de nosotros y bastante inaccesible. Cuando la mente humana tiene acceso a esos cielos, se nos revela en esas letras ricoteras el porqué de su existencia. Nos encontramos ante fenómenos inexplicables pero ciertos, comprobables. Cualquiera de nosotros tiene raptos de felicidad resumidos en frases como: “a vivir que son dos días descolgados del laurel”.

Cuando la noche es más oscura
se viene el día en tu corazón.

Ya mencionamos a grandes autores del rock nacional como Miguel Abuelo y Abonizio o Baglietto, y así podríamos ejemplificar con letras de otros grandes héroes del rock nacional, como Javier Martínez (Manal), Luis Alberto Spinetta, Emilio del Guercio y tantos célebres autores argentinos. Si fuéramos a mencionar ejemplos de líricas hermosas pero olvidadas en el tiempo, quizá no nos alcanzarían ni cinco mil páginas para recordarlas.

Vale traer al presente a una banda de hace cuarenta años, que poseía una mística muy parecida a la que se incorporaron Los Redondos allá en los 80. Se trata de Vox Dei (del proverbio latino Vox populis, vox Dei, que significa “la voz del pueblo, la voz de Dios”), que al menos nos deja tranquilos en cuanto a que si alguno piensa que estas ideas son algo delirantes, también lo eran los que sostenían “la voz del pueblo es la voz de Dios”.

Apenas rozando los 20 años, Ricardo Soulé y Willy Quiroga escribieron La Biblia. En ese entonces, la Iglesia católica y el rock no hacían buenas migas. Vale recordar aquella estupidez surgida de las autoridades religiosas del cristianismo mundial que sostenía que si se escuchaba un disco de rock de atrás hacia delante aparecían voces diabólicas que nos invitaban a cometer crímenes. Hoy, en el siglo XXI, parece que estas imbecilidades hubieran surgido en la Edad Media, pero no. Ocurrieron hace apenas cuatro décadas.

Así y todo, con esas discrepancias entre el rock y los jefes de las religiones (“religión” no es lo mismo que espiritualidad), el cristianismo argentino reconoció a este disco de Vox Dei como una obra conceptual honesta y profunda.

Otro tema místico de esta maravillosa banda de fines de los 60, de muy fuerte llegada al corazón de los oyentes, es “Ritmo y blues con armónica”. En una de sus estrofas “la voz de Dios” nos dice: “Hoy por la mañana sentí nuevamente esas locas ganas de quererme bien”. Casi, casi como decir: “Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón”.

Luego algo sagrado hizo que nuestros “juguetes perdidos” tuvieran una intensidad de repercusión tan fuerte como para dejar atrás la obra de aquel mítico Vox Dei.

Pero no es una tabla de posiciones, en la que uno aparece primero y el otro segundo. Son simplemente efectos misteriosos que hacen que una lírica sea inolvidable o, mejor aún, que sea cada vez más poderosa, a medida que pasan los años.

Mencionar otros arquetipos del rock nuestro es direccionar la flecha del recuerdo hacia la figura del flaco Luis Alberto Spinetta. ¿Cuántos mares de lágrimas derramamos a su muerte? Océanos, seguramente. Pero parte de su obra no la recordamos diariamente, aunque su figura pueda estar grabada a fuego en nuestra memoria. Otro tanto ocurre con el Virus de Federico Moura. El himno a la masturbación, “Luna de miel en la mano”, su bellísima “Imágenes paganas”, y aquel triste asunto posdictadura que resultó ser “Amor descartable”. Hoy pueden figurar en los anaqueles del museo del rock nacional, pero para muchos jóvenes es una obra desconocida.

Sin embargo, estas piezas son de la misma época que “Mi genio amor”, “Honolulu” o “De estos polvos, futuros lodos”, tres temas nunca grabados en estudio pero conocidos por todo ricotero.

¿Qué hace que una pieza musical, aún con su pureza intacta, a través de los años se pierda en el olvido? ¿Cuántos otros “inéditos de Los Redondos” están en boca de su legión de seguidores permanentemente? Son misterios difíciles de explicar, aún si dormiste bien…

Es una obligación recordar y repetir hasta el cansancio —más allá del folklore que enfrentó siempre a la banda de Cerati con la del Indio— que los Soda proporcionaron a nuestro rock piezas épicas como “Corazón delator”, “La ciudad de la furia”, “Prófugos” (una especie de himno a la clandestinidad) o “Trátame suavemente”.

Al mencionar “Prófugos” rememoro a todos los que tuvimos que correr para dispararles a la represión y a la muerte… El es351 tribillo, “no seas tan cruel, no busques más pretextos”, genera una identificación individual y colectiva con situaciones que cada uno de nosotros hemos atravesado en algún momento de nuestras vidas. ¿Cuántas veces le hemos pedido a alguien, en algún momento, “no seas tan cruel”?

Una metáfora que se renueva día a día, pese al tiempo transcurrido desde la grabación original de “Prófugos”, es aquella que reza que “no tenemos dónde ir, somos como un área devastada, carreteras sin sentido, religiones sin motivo, ¿cómo podremos sobrevivir?”. A esa pregunta, en Relatos de poder Carlos Castaneda expresa: “Ser un guerrero no es sólo cuestión de desearlo. Es más bien una lucha interminable que seguirá hasta el último instante de nuestras vidas. Nadie nace guerrero, como nadie nace hombre corriente. Somos nosotros quienes nos hacemos lo uno o lo otro”.

Los chamanes del antiguo México y la poesía de Gustavo están unidos por ese hilo invisible de la fantasía hecha realidad en términos casi incomprensibles. Aun así, muchos desconocen esta fabulosa letra de los Soda, pero nadie olvida a “Mi genio amor”, jamás grabado en estudio.

Esto ya no es rock, mi amor,
es pura suerte.

Que tantas bandas nuevas hayan surgido al calor del tributo ricotero es algo más que suerte. Luego buscarán su propia identidad, pero quienes nunca sintieron en vivo en un escenario el tic-tac efímero de Los Redondos pueden escuchar, al menos como premio consuelo, excelentes bandas tributando la historia ricotera. Por nombrar sólo algunas de ellas: los rosarinos de Buenos Psicópatas, los entrerrianos de Imaginaria Rock, los bonaerenses de Superlógico con el Conejo Jolivet —un héroe de tantos escenarios inolvidables como Huracán y Racing acompañando al Flaco Sky— y los porteños de La Parabellum. Valgan estos nombres en representación de todas las bandas que hacen del “último bondi afinisterre” un servicio de primera clase que se puede escuchar cada fin de semana en muchos escenarios argentinos.

Hubiésemos querido, también, algún tributo a Soda para deleitarnos con “Corazón delator” (alegoría de aquel hermoso cuento terrorífico de Edgar Allan Poe), “Cuando pase el temblor” o la sensible “Persiana americana”.

Ya lo hemos dicho: el misterio se hace difícil de develar. El mito de Los Redondos es una llama que nunca se extingue. Sin embargo, otras grandes bandas que también nos dejaron un legado artístico de primera se diluyen en el tiempo, así como la oscuridad de la noche se diluye con los primeros rayos del sol.

Si empiezo a desconfiar de mi suerte estoy perdido,
pues tengo ideas cada vez menos atrevidas.

Al igual que genios universales del arte, de las ciencias, de las matemáticas, como Pitágoras, Salvador Dalí, Einstein, que dejaron su huella en la historia de la humanidad, Los Redondos lo han hecho en la nuestra. Cada uno de esos genios, con su locura, su creatividad, sus tesoros y miserias, fueron objeto de miradas y análisis de diferentes formas de ver el mundo.

Nuestro aporte a esta historia podrá ser visto como algo místico, delirante. Si no estuviste en Gualeguaychú, en una misa con más de doscientas mil almas, o no lo supiste compartir a la distancia, como algunos millones de almitas más, quizás te pueda parecer chiß ado, obnubilado, caprichoso, sonado… Pero, por haber estado allí, podemos decir: “No lo soñé”.

Voy a bailar el rock del rico Luna Park
y atomizar la butaca, y brillar,
como mi héroe, la gran bestia pop.

Si vamos a recordar a mentes brillantes —por lo menos para el autor de estas líneas—, un coloso ocupa una posición en lo alto del Altar de las celebridades de toda la historia de la humanidad. Un loco. Un místico. Un delirante vinculado con fuerzas extraterrestres: el científico serbio Nikola Tesla.

Tesla fue uno de esos tsunamis de creatividad absoluta. Alcanzó a registrar más de setecientos inventos, algo insuperable en la historia de la creatividad mundial. Fue el creador virtual de la radiofonía, título concedido en los años cuarenta por la suprema corte de los Estados Unidos. Fue el impulsor inicial de la idea de la transmisión inalámbrica de la energía, cuando la energía eléctrica ni siquiera corría a través de los alambres. O sea que eso de las comunicaciones inalámbricas que permitieron la creación de Internet, de las redes sociales, la computación, wifiy toda la parafernalia tecnológica de la que hoy disfrutamos, para bien o para mal, salió de su cerebro loco.

Tesla fue un científico ricotero, incluso antes de que se formaran Los Redondos; porque ser ricotero es una cuestión de trascendencia interna, una luz en la oscuridad de la noche. Ésa es la esencia del manifiesto ricotero.

Cuando le preguntaban de dónde sacaba semejantes pensamientos científicos de avanzada para su época, Tesla repetía una y otra vez que se le aparecían como fogonazos, ß ashes, explosiones lumínicas que le enviaban señales sobre lo que luego serían sus inventos.

La magia de la dupla Indio-Sky ¿tiene que ver con esas apariciones extraterrestres o metafísicas de las que hablaba Tesla? No podemos imaginar la letra de “El pibe de los astilleros” sin la música ni el riff del Flaco. No podemos imaginar “La bestia pop” sin esos tambores mágicos de Walter, ni “Cruz Diablo” sin ese bajo que late como el corazón de Semilla.

No tiene otra explicación que un conjuro de fuerzas de amor llevadas al arte y transmitidas desde un mundo invisible y metafísico. Cuando hablamos de lo extraterrestre no significamos esos personajes que representan enanitos verdes o E.T., sino que evocamos aquellos universos paralelos de los que hablaron desde Einstein hasta el mismo físico británico Stephen Hawking.

Desde esos universos paralelos nos vienen señales que las mentes de los artistas convierten en el mito sagrado, que hacen de la música de Los Redondos lo que Atahualpa Yupanki llamaba “el arte inmortal”.

¿Estamos un poco locos? Es posible. Pero esta música nos sigue conmoviendo cada día más, ya hay cerca de un millón de locos que compartimos un sentimiento que no se puede parar.

Antes de volver sobre el fenómeno de Nikola Tesla, veamos algunas pequeñas perlas que recogimos en este peregrinar que nunca cesa.

Nuestro pacman no es de nadie pero el mono es de él,
a veces gana, a veces pierde, como todo jugador.

Allá por los 80 quise hacer una experiencia muy chiflada pero inolvidable: muy de noche, de madrugada, nos juntábamos un pequeño grupo de ricoteros en la puerta del hotel Savoy, sobre la calle Callao. Llevábamos uno de esos antiguos equipos de reproducción a pilas, formábamos un círculo casi sagrado y escuchábamos “Un Pacman en el Savoy”. Y cada uno deliraba sobre las personas que entraban y salían de ese viejo y coqueto hotel porteño.

A veces, por no decir casi siempre, el conserje del hotel llamaba a la policía porque no entendía qué estábamos haciendo. Nuestro delirio decía que entre los pasajeros debía estar el Pacman. Mirábamos sus rostros, pero ninguno de ellos se parecía al que imaginábamos, con un buen par de ojos de vidrio, ni llevaba puestas las supersticiones y la bobera del nuevo Pacman.

Era sólo un juego de ingenio mental para buscar alguna identidad mientras nos deleitábamos escuchando lo que en ese momento se reproducía en los cassettes. Como los viejos indios, sentados en derredor de un fuego, entonando cánticos sagrados a los dioses, nosotros nos animábamos hasta a hacer gestos, teatralizando escenas en las que estirábamos la mano, que asía un imaginario puñal y clavaba su fría hoja en la profundidad de la noche, mientras cantábamos “Mi cuchillo es un rayo cruel”.

No jodíamos a nadie, pero siempre la cana nos rajaba del lugar, y si no se atrevían a llevarnos detenidos o al loquero era porque… ¿Por qué nunca nos llevaron presos? Ni puta idea. Nosotros éramos felices con ese ritual, que terminaba en una pizzería de la avenida Corrientes cuando ésta todavía conservaba la magia, no había sangre rancia en sus veredas ni mucho menos tramontanas tajeadores en los puños de los desangelados que nos heredó la maldita década de los 90.

Es una línea y otra línea,
y otra línea más.
Voy cumpliendo como puedo,
yo trabajo acá.

Otra historia inconfesable es la de ir durante el día al localpeluquería de un hotel —que no era precisamente el Savoy—… Para entrar, bastaba con decirle a uno de los personajes que allí trabajaban la contraseña: “Aguante el rock para los dientes”. Te sentabas en el sillón de peluquero que, tijera en mano, hacía dos o tres pelotudeces sobre tu cabeza, te dejaba un par de papelas en el bolsillo y, finalmente, antes de irte, cuando pasabas por la caja, abonabas todo junto: el corte de pelo y las “golosinas de Satán”. Eran otros tiempos.

El polvo blanco, con su carga destructiva, limó muchos cerebros. Aun así, eran tiempos románticos. Poco under, mucho sheriff cuidando que no pise mierda en mi jardín. O sea, mucha merca y poco bongó.

Son sólo recuerdos de un pasado en el que se comenzó a forjar el mito ricotero. Y de aquel puñado de chiflados crecieron multitudes que se reproducen como hongos después de la lluvia. Los recuerdos mienten un poco, pero no demasiado. Fue verdad, aunque usted no lo crea.

El jean le aprieta la fresa y ella es la reina
en paredones que escarcha culpando su estrella.

Así, este peregrinaje fue subiendo pasajeros al bondi y, sin proponérselo, el tiempo fue depurando la locura violenta que algunos intentaron infiltrar entre los ricoteros durante esos años funestos del menemismo.

Solamente con actitudes personales y grupales, apoyado en los signos de Los Redondos, se fue escribiendo en el viento algo así como un Manifiesto, que se hizo carne y sangre en todos nosotros.

A brillar, mi amor
La historia de la banda y de los músicos de Patricio Rey y sus redonditos de ricota contada por un especialista y fanático en una edición ampliada.
Publicada por: Sudamericana
Fecha de publicación: 02/01/2016
Edición: 1a
ISBN: 9789500736657
Disponible en:Libro de bolsillo